martes, 29 de diciembre de 2020

La familia Grande 2a entrega

Encontrar un sobrenombre no es
cosa fácil. Foto: BAER

Ambas, aún niñas, aprovechaban cada instante para tratar de enterarse de todo lo que fuera posible, hasta que la voz de su madre imponía orden y para eso doña Carlotita se destacaba desde muy joven. Decían sus allegados que con una sola mirada era capaz de movilizar legiones, sin importar que sus palabras sonaran dulces a los oídos menos entrenados, sus órdenes eran ley. Por ello, tanto Sofi como Laura, entendían que había límites y sobrepasarlos detonaría toda la furia que el diminuto cuerpo de Carlotita era capaz de almacenar y ya que no necesitaba de aspavientos, nadie se enteraría en el momento en que el castigo fuera impuesto, sino ya que éste se cumpliera, así que no había defensa para ello.

Bueno, hasta don Efraín su marido, había tenido que sufrir las consecuencias de alguna falta de su parte, nunca se supo la naturaleza de los castigos porque eso era asunto privado, pero se notaba en la cara del señor que nada bien la había pasado cuando le tocaba. Tampoco se quejó pues decía que ante todo, un caballero debía aceptar con estoicismo sus errores y él lo era, por supuesto. Más que un matrimonio, Efraín y Carlota tenían un contubernio en el que ambos compartían lo compartible y mantenían ciertos espacios para sí mismos como pareja y como individuos. De esa manera los habían criado, desde la mayor hasta el menor, con la única distinción que a las mujeres debía concedérseles.

El matriarcado se hizo extensivo a las jóvenes que formaban el ramillete de bellezas que todos los caballeros de la colonia deseaban conquistar, lo que les trajo a los hombres de la casa no menos de un pleito por cabeza. Él mismo había tenido que sacar a flote sus dotes boxísticas porque el honor familiar así lo exigía, además de portar el mismo nombre de su padre, algo en lo que su progenitor no estuvo de acuerdo, pero la voluntad de Carlotita no consideraba oposiciones, quizá le encantaba decir dos veces “Efraín”. A su hermana mayor le causaba gracia que era al único al que no se le había encontrado un diminutivo que le quedara bien y que ayudara a facilitar su identidad con sus conocidos.

Porque, ¡ah, qué lata era el tener que aclarar de cuál Efraín hablaba su mamá! Entonces tuvieron que recurrir al apodo; buscaron en sus características físicas, en sus comportamientos, en sus gustos, en fin, en todo lo visible, con lo que se dieron cuenta de que lo conocían muy poco, ya que su discreción le permitió pasad inadvertido la mayor parte del tiempo. Teresa, la mayor, hasta organizó una junta para proponer y votar por alguno que fuera adecuado al fantasmal hermano que les había tocado. Después de los manoteos, gritos como de feria, risotadas, optaron por el menos complicado que hiciera alusión a lo callado y enigmático de su proceder, así fue rebautizado como “el Gato”. Salud.

Beto

martes, 22 de diciembre de 2020

La familia Grande 1a entrega

La colilla entre sus dedos quemó un poco
de piel. Foto: BAER

Una bocanada extraída de lo más profundo del cigarrillo casi extinto, formó un aro irregular similar a los que antaño divertían a su sobrina en las tardes en que solía visitar a su único hermano vivo. Después de haber formado parte de una familia muy numerosa, el que ya sólo sobrevivieran ellos dos resultaba extraño, principalmente en las festividades en las que solían reunirse todos. En esas fechas, la mesa, la mesa hecha por su padre, rebosaba de chiquillos risueños que se desbordaban en cuanto su madre, arriesgando el físico, colocaba alguna cazuela o el canasto de tortillas que le habían tomado media mañana hacer, pues no confiaba en los círculos de masa casi cruda que vendía Chole en la tortillería de la esquina.

Lejos habían quedado los gritos de su padre para levantar a las seis y media de la mañana, a toda “la tropa” como llamaba a todos sus hijos “de riego y de temporal”, broma que a su mujer no le hacía mucha gracia pues, de los seis que fueron de sangre, se sumaban tres primos hijos de una hermana que falleció en circunstancias extrañas, a decir de las autoridades, dos de un trabajador de la obra en la que había trabajado de capataz y otros dos de un compadre que salió del país huyendo por haber matado a su esposa. Eso sí, todos adoptados según la ley, favorecidos por la ayuda de un conocido bien posicionado en la política nacional que los inscribió a todos en un programa gubernamental de asistencia.

La colilla entre sus dedos quemó un poco de piel obligándolo a dar un manotazo para deshacerse del dolor; levantó las cobijas dispuesto ya a levantarse pensando en el regaño que le hubiera dado su madre de haberlo encontrado otra vez con ese mal hábito de fumar en la cama. Parecía oírla: “mal amaneciendo Dios, ya estás con esa porquería”; terminó por levantarse no muy convencido de lo que iba a hacer. Aún mantenía la sensación de esperar turno para bañarse, a pesar de haber vivido solo los últimos cinco años, pues su vida de casado (en tres ocasiones) sólo fue un continuo de la vorágine en que cada día despertaba en la casa paterna, una edificación tan grande como vetusta.

Debió ser que su primer matrimonio lo pasó allí, al menos una buena parte, lo que le dejó varias marcas en el alma; bien dicen que no hay amor que soporte extremas carencias y la principal, dado que para ese entonces ya contaba con empleo y un sueldo decente, era la privacidad. Sin luna de miel, tuvo que compartir desde el primer día la recámara de sus hermanas menores, pues era la que más se prestaba para dividirla con un lazo y una colcha atravesados de pared a pared, pero como era imposible meter otra cama, Sofi tuvo que cederles la suya y compartir con Laura, aprovechando que ambas eran de corta estatura, aunque juntas no eran dechados de discreción ni de confiabilidad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de diciembre de 2020

Las clases de civilidad

Nos ofendemos más con las formas que con
lo que tienen de fondo. Foto: BAER
Un gran pecado de la sociedad actual es el dar las cosas por hechas; los sobreentendidos han minado las relaciones sociales en un nivel que la indolencia se ha convertido en el comportamiento común, el bienestar social es una quimera y lo virtuoso es aprovecharse de los demás. La oposición a las reglas es una constante, ya sin un marco conceptual que le dé validez, se ejecuta por moda o por vanidad, quizá por no encontrar una forma lógica de sobresalir. La satisfacción sólo es material y quien ose afirmar lo contrario, será puesto en la plataforma de los perdedores. Lo anterior es debido a que aprendemos que los demás no existen sino para atacarnos, por lo tanto, es nuestro derecho divino defendernos.

Defenderse está bien y es eventual, lo malo es estar permanentemente a la defensiva; es un estado enfermizo de rasgos paranoides que impide pensar positivamente de cualquier situación. Es además, un estado mental histórico que está enfocado al regodeo del sentimiento derrotista grabado en nuestra piel con el hierro candente del mito del país conquistado: “Este complejo está determinado por nuestra visión de la historia que nos identifica como descendientes de aztecas conquistados”. (Zunzunegui, 2020) y no sólo eso, el determinismo resultante que intenta explicar nuestra postura de eternas víctimas de todos los países, otorga un buen pretexto para justificar el miedo al triunfo.

La civilidad nacional tiene como pilar a la pobreza como virtud; ser pobre pero honrado ha sido una tarjeta de presentación explotadas en la historias de consumo en el cine y la televisión -y últimamente por el gobierno federal- pero esa uniformidad supuestamente deseable por ciertas divinidades fuera de sustentar la conformidad, provoca que la mayor parte del tiempo nos quejemos por no tener dinero y obliga a algunos a dedicarse a la delincuencia. Las contradicciones acentúan las desesperanzas añejadas en barricas de mal entendida estoicidad y resignación punzante que se encaja en las rodillas de un pueblo penitente que finge fortaleza en un caparazón de simulación.

La convivencia está condenada a una ficción políticamente correcta, sin convicción ni ganas de volver a un esquema de honorabilidad guardada para las películas de los hermanos Soler; ya no se puede levantar la voz porque un grupo se espanta, la crítica es siempre un ataque a la sensibilidad de otro, el señalamiento es censura y la piel de los habitantes de este país es cada vez más delgada. Lo que parecía una fábula o novela de marcianos, se ha vuelto realidad; las verdaderas ofensas como la pobreza extrema, la discriminación irracional, la falta de condiciones para la libre empresa o cualquier otra lindura con la que nos han gobernado, amenazan con posicionarse para siempre. Salud.

Beto

Para saber más:

Zunzunegui, Juan Miguel. (2020). Los mitos que nos dieron traumas. México, De Bolsillo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La textura de la tinta

No te muevas, no te va a doler. Foto: BAER

La metamorfosis tiene sonido en el papel, las manchas dejadas por la punta del bolígrafo cambian su textura con cada surco convertido en signos, signos transformados en imágenes que a su vez conforman historias. La suavidad de la hoja en blanco da paso a un tacto apergaminado que cruje sin armonía aparente, pues el ritmo está marcado exclusivamente por la lectura. Crestas y valles en miniatura enamoran a las pupilas, éstas se extasían con los irregulares trazos de un pulso que se vuelve un poco más errático cada día, pero que nada le resta a la intención de llegar a consciencias ajenas; un contacto visual antes de la virtualidad en que nos conducimos en estos días.

Los retratos y paisajes resultantes de los trazos en las líneas guía, tienen el cometido de replicar sus rasgos en cada masa encefálica que acepta el reto de mimetizarse por unos momentos con realidades alternas visualizadas desde diversos aprendizajes; algunos informarán, otros acusarán, los más servirán de distracción de las labores impuestas por la fuerza de la costumbre. Algunos derramarán la tinta, otros la colocarán cuidadosamente en el albo de la superficie sacada de las entrañas de los añosos árboles que encuentran así, una versión alterna de la eternidad, ésta compartida mediante un acuerdo en el que se entregaron resignados a ser mutilados por sierras carentes de todo pudor.

Surco a surco las páginas se llenan de recuerdos o ficciones, crean mundos enteros en complicidad con aquellos dispuestos a dejarse llevar figurativamente por la fantasía; pero también la contundente realidad tiene cabida y se cuela sin importar el color del pigmento que se use, el efecto de semi rigidez no reconoce cromaticidad pero sí se alivia un poco con el peso de las páginas. La mano hiere y rasga, la hoja recibe el estímulo sin protesta, pero exigiendo la formalidad total de las convenciones caligráficas ya que en sí misma, si se carece del mínimo cuidado, se transformará su intención inicial en perenne reclamo, en denuncia infinita de lo irrespetuoso de nuestro proceder.

Al llegar al último renglón, se tiene la oportunidad de cambiar de hoja o de concluir la idea, sin embargo, si lo que se termina es la tinta, todo afán termina con ella, no puede separarse de donde fue colocada, no pueden cambiarse las formas dibujadas, nunca volverá a ser potencial insumo, ya se transformó en producto, ya cumplió un cometido. Cambió su líquida esencia en un sinfín de rayas cuya coherencia queda a consideración de personas ajenas al proceso inicial pero que amenazan con convertirse en parte integrante de una nueva dinámica que resulta auto renovable con cada nueva vista, conformando así, una complicidad que espera ser heredada. Salud.

Beto

martes, 1 de diciembre de 2020

Exlibris

Cada rasgo en cada imagen sirve para identificar
a un ente especial. Foto: BAER

Al igual que con cualquier mercancía, el problema no está en crearlas, sino en posicionarlas en al gusto de los diversos públicos que existan para ellas; las ideas pueden ser muy buenas y hasta presentarse como propuestas para solucionar problemas arraigados, sin embargo, dependen del entorno en el que se quiera aplicarlas. Muy buena parte en el logro de posicionamiento tiene que ver con la identificación de la marce; señalamos y señalamos con signos lo que es de nuestra propiedad o a lo que le transferimos nuestra identidad. Lo apartamos del montón, le damos una categoría y lo exponemos a la vista de los demás para que también ellos tengan el conocimiento de la ascendencia que ejercemos.

Las firmas o mejor dicho, las rúbricas y los logotipos aún presentan una utilidad generalizada; documentos, peliculas, programas de televisión, automóviles, en fin, la cantidad de objetos susceptibles de propiedad individual o corporativa se identifican con algún signo que, de alguna manera, resume la identidad de su fabricante o su dueño. En el caso de los libros, el signo de propiedad individual de mayor elegancia es el exlibris; de diseño único, su dibujo puede estar impreso mediante un sello o sobre una cartulina adherible, generalmente puesto en la página inicial de una obra que se quiere mostrar que pertenece a alguien en particular, ya sea porque se adquirió mediante un pago o por regalo.

Por mucho tempo fueron motivo de cierto barroquismo por parte de sus creadores, al grado de ser una explosión visual de colores y formas que, si bien resultaban atractivas, dificultaban la distinción de sus componentes. Éstos podían variar según el gusto del portador y contener aves, plantas, animales mitológicos o lugares de interés que hicieran referencia a una zona geográfica, a la nobleza del identificado o a alguna parte de un escudo de armas. Las dimensiones también cambiaban según fuera el formato de los libros a “sellar”, pero sus proporciones debían corresponder armónicamente con la hoja que ocuparán, para no tener que aumentar la imagen o rellenarla.

Aunque en la actualidad sólo algunos interesados hacen uso de él, la imagen del exlibris mantiene esa imagen de distinción por la creación de figuras más elaboradas que hacen referencia a personas especiales interesadas en la conservación de sus archivos bibliográficos. Además, la creación de un exlibris es un ejercicio mental que obliga a plasmar en una imagen la manera en la que nos gustaría que nos percibieran todos aquellos que se dieran el tiempo de asomarse a nuestra biblioteca. Si acaso pensáramos que no es un trabajo en el que nos fuera bien porque dibujar no está entre nuestras fortalezas, para eso nos serviría contratar los servicios de un diseñador gráfico y así de paso, nos enteramos que realmente son útiles. Salud.

Beto

martes, 24 de noviembre de 2020

Nueva vida al papel

La conjunción de dos almas para configurar
un mismo espíritu. Foto: BAER

La nobleza de la restauración se aprecia desde el momento en que ponemos manos a la obra en alguna de ellas; no importa su naturaleza, los pasos parecen ser los mismos en cualquiera. El objeto a restaurar ofrecerá las pistas por donde prefiere ser intervenido, la manera en cómo lo desea y el tiempo de atención que requiere. La proverbial sabiduría oriental pone como ejemplo la recuperación de las piezas de cerámica, humanizando hasta cierto punto, las cicatrices que se forman cuando se rompen y después se pegan los trozos resultantes, algo como cuando escuché a mi hermano Jorge decir que una cicatriz en la piel no era otra cosa que una medalla del deporte.

En un llibro, la restauración adquiere dos títulos nobiliarios, uno por los delicados movimientos que se requieren para despojarlo de aquellos elementos que ya no tienen una utilidad práctica y dos, por la valía del contenido; algunas de las piezas deberán reemplazarse, esto cuidando que la obra mantenga su dignidad y la naturaleza de su factura y otras, sólo requerirán de mantenerse lo más cercano posible a su estado original, lo cual significa que, los elementos agregados no saquen de contexto a la intención para la cual fue hecho; por mucho que el arreglo intente mejorar la presentación, el respeto es primordial para no provocar un resultado adverso.

Una restauración en los libros -y en cualquier objeto- implica hacerle nuevas heridas; se trata de una intervención quirúrgica en la que necesariamente aparece la mano de quien llevó a cabo la operación. Habrá quienes hasta dejen constancia de ello con una especie de firma característica, para otros quizá eso no sea tan importante, el caso es que en cada ocasión la relación entre artesano y obra es de una estrecha intimidad en la que el objetivo es darle una segunda oportunidad a un tercero, que bien puede ser el autor para que su conocimiento no se pierda o bien, un lector, para que aumente su bagaje abrevando de una fuente ajena a su realidad pero cercana en naturaleza.

La fragilidad de las páginas sueltas, dejará su lugar a una fortaleza recuperada a base de hilo y pegamento, de nuevas piezas de papel o de tinta, para dar nuevo brillo a los blasones adquiridos con el resonar de las palabras impresas en cada cabeza que haya tenido y tenga la futura suerte de recorrer cada uno de sus renglones. Claro, no todos los libros corren con la misma suerte, pero los pocos que sí, acumularán el cariño y el respeto de cada par de ojos que se animen a acompañarlos en la aventura que guardan en su interior. a pesar de la gran producción en masa, la figura del restaurador se mantendrá como la de un vigilante de las relaciones se amor-odio entre los autores y sus lectores. Salud.

Beto

martes, 17 de noviembre de 2020

Guardameta de la pluma

Un escrito puede ser un gol en contra.
Foto: BAER

El escritor es como el portero en el fútbol, hay muchos momentos de soledad, generalmente las metas se festejan sin compañía y en una jugada puede convertirse en héroe o villano. No importa la extensión del escrito, la lectura será implacable con cualquier error cometido, sin que se tome en cuenta el tiempo ni el esfuerzo que se haya tomado la preparación, por lo cual, el nivel de locura que deben manifestar tanto el escritor como el portero, estará por encima de la crítica porque, al final de cuentas, nadie le pidió que trabajara en ello. Entonces, ¿por qué la necesidad de escribir? Por mucho que exista la necesidad de entretenimiento o la complicidad para creer lo que se lee, nadie señala hacia una persona en especial para que escriba.

Se podría argumentar vocación, pasión por contar historias, quizá simple gusto, la exposición es la misma y los sinodales igualmente infinitos; aun así, la locura prevalece esperando en un marco imaginario la jugada que lo encumbre al nivel de celebridad, al menos por un partido, con la esperanza de repetir la faena en otros estadios ya sea de local o de visitante o ¿por qué no? en un escenario mundial. Las demás posiciones seguirán realizando sus tareas como defensas-artesanos, medios-profesionistas o delanteros-artistas con la atención que les corresponde según su espectacularidad, pero con la seguridad de que su trabajo es fundamental para asegurar su supervivencia.

El escritor-portero debe confiar en que su accionar, fluctuante entre la dependencia y la independencia, obtendrá de sus coequiperos los argumentos necesarios para mantener su arco invicto. Sin embargo, todo el mundo sabe que, si su actuación es discreta, se debe a que su equipo trabajó muy bien, por lo cual sus servicios no fueron necesarios, pero si lució con acciones espectaculares, fue porque la escuadra a la que pertenece hizo agua y, al final de cuentas para eso está. Rara vez dará órdenes, pues cada línea del grupo tendrá su líder aunque, por su visión amplia del campo, se le concederá en derecho a señalar algún movimiento siempre a la defensiva.

Si logra el suficiente respeto y convertirse en referente de su equipo, tendrá el derecho a opinar sobre cómo mejorar las condiciones o las estrategias de acción, pero no tanto como para hacerlo desde adentro, para ello deberá despojarse de su investidura y convertirse en otra cosa, Ya no será más escritor-portero, se tendrá que transformar en entrenador-político con la consecuencia de que deberá transformar asimismo, su fiabilidad en concertación, renunciar a su libertad de discernimiento para vigilar la libertad de expresión de los demás. Por lo tanto, el escritor-portero tratará de extender su vida productiva más allá del retiro legal, por fortuna su puesto lo permite. Salud.

Beto

martes, 10 de noviembre de 2020

El imperio de la voluntad

Ningún personaje se deja ningunear.
Foto: BAER

La pluma va hiriendo renglón a renglón la hoja que se resistía a revelar los secretos acumulados el día anterior, sin embargo, forzados a revelarse para no perderse en la escasa memoria de este tiempo, vendrán a constituir el cúmulo de legajos que algún día serán valorados por ojos que no conocieron al autor. La sangre negra rellena los surcos y las ideas tornan en imágenes factibles de intercambiarse en torno a una taza de café, tomarán el aroma de éste y se transformarán en euforia cuya talla no será exclusiva, pues vestirá lo mismo los ánimos de jóvenes y ancianos, de pobres y adinerados, de hombres y mujeres ávidos de proyectarse en nuevos mundos.

En medio de la turbulencia provocada por la lectura, nacerán los emisarios de otras realidades tan parecidas a ésta, pero que encierran esperanzas donadas por la voluntad de su creador, éste inmisericorde, torcerá hasta el límite de la paciencia las situaciones sometidas a su capricho, pero que encontrará en su interlocutor, al cómplice perfecto. Confiará en su discreción, en que los crímenes que cometa, se vestirán con la obviedad del secreto a voces, que el juicio al que los sometan será sólo la prolongación de su capricho y tendrán como resultado el estupor circunstancial que habrá de repetirse en cada lectura, en cada cabeza que ose introducirse en esas páginas.

Cada cierto tiempo, la mano hace una pausa para permitir una revisión; las palabras escritas comienzan a alejarse y adquieren autonomía, el texto se vuelve ajeno y vive por sí mismo, exige que se siga un camino aparentemente determinado al que la pluma no tiene más remedio que ceñirse. Las muecas de las caras de los personajes cambian independientes y las palabras que salen de sus bocas son gritos de libertad. Y no hay condiciones, la pluma danza en la hoja al ritmo que le marca el coro ficticio para este mundo, pero real del otro lado del espejo. Bastaría con extender los brazos para que en ese momento se invirtieran los papeles.

Por un instante eso sucede, el puente construido mediante oraciones se ve transitado por un innumerable grupo de personajes que vienen a vigilar lo que su creador les encomendará; posiblemente no estarán de acuerdo con las vestimentas asignadas ni con los parentescos propuestos; presionarán para cambiar lo cambiable y mantener lo inamovible. La última página se vislumbra no como una meta, sino como una promesa de nuevos enlaces, de otros espacios, de diferentes rostros; en sí misma, aunque lleve la palabra impresa, no será el fin, sino el acuerdo tácito entre el creador y sus personajes con un posible lector de una nueva cita. Salud.

Beto

martes, 3 de noviembre de 2020

Artesano culinario

Muy pronto, será un banquetazo. Foto: BAER

En la gimnasia cerebral los descansos también son importantes; dentro de la temporalidad en la que estamos insertos, es fácil entender los breves momentos y la necesidad de tomarlos en donde nuestros pensamientos deben tener un grado casi cero, en los que las neuronas puedan estirarse perezosas sin la carga de resolver problemas. Por ello tomé el día de muertos, me deslindé un rato de este mundo para tratar de no sentir, de no adquirir nuevas fobias ni reafirmar las viejas. No diré que lo usé para recordar a mis seres queridos que ya partieron al cielos que se hayan fabricado, a ellos los recuerdo sin que medie pretexto y a la hora que les venga en gana, porque sé que los recuerdos, en buena medida, los proveen ellos.

Me tomé el día porque necesitaba poner orden a mis pensamientos, algo que para los que gustamos de soñar despiertos, representa toda una obra de ingeniería que no redunda en una gran emoción, pues lo que impera en el caos sináptico es la sorpresa. Aun así, volqué mi atención en los utensilios de cocina que guardo más por el valor sentimental que por el uso que les haya dado hasta ahora, aunque he de decir que he puesto un sitio estratégico para retomar el incipiente... iba a decir arte, pero en mi caso sería la incipiente artesanía culinaria que dejé trunca por motivos laborales. Debo decir que mis frijoles refritos vuelven a tener la consistencia de antaño, al menos en pequeñas cantidades, ya que no suelo recibir visitas.

Claro que no pienso convertirme en Chapina Peralta; para los que no son de mi generación, ella es la precursora de los programas de cocina televisivos en México, mucho menos presumir que sé guisar, pero sí quiero estar preparado para cuando vuelva a tener a alguien a quien recibir y al menos poder ofrecerle un sandwich de pepino, ¡está bien! Emparedado. De lo que sí estoy seguro, es de que nunca se me quemará el agua; ya en serio, de lo que más me ha servido el trajín con las cazuelas, es para apreciar el esfuerzo y la sazón de los demás. A pesar de que aún no logro domar mi compulsión por comer, sí puedo decir que de la gente que sé que cocina, la mayor parte de sus platillos tienen un muy agradable sabor y un toque particular.

Por supuesto, mis papilas gustativas no están entrenadas para definir a ciegas qué plato corresponde a qué persona, pero eso lo veo como una ventaja, ya que cualquier variación siempre me parecerá única y original al no tratar de encontrar a fuerza, el sabor estandarizado. Quizá eso me convierta en el comensal que cualquier cocinero quisiera en su mesa. Pues bien, en estos días debo retomar la manufactura de las tortillas, las legendarias tlaxcalli, que me impulsaron a adquirir mi propia prensa de madera, que ahora está en rehabilitación, espero que lo pando de la tabla superior sea reversible, porque si no lo es, tendré que buscar otra para sustituirla, sólo espero que el carpintero no se mande con el cobro de la pieza. Salud.

Beto

martes, 27 de octubre de 2020

Hecatombe

un destino ya contemplado por muchos.
Foto: BAER

Se están gestando las historias que se han de contar en un lustro o en una década, las que servirán para que los nuevos inquilinos de este traqueteado mundo aprendan a protegerse de los males que nos inventamos en estos días o se aterren con las leyendas surgidas de sufrimientos y batallas en contra de enemigos, producto de las febriles mentes de poderosos y desposeídos. Tengan o no las armas necesarias, esas generaciones protestarán por posibles condiciones infrahumanas universalizadas desde la codicia de unos cuantos y elevarán odas a modernos titanes que acaudillarán huestes que no tendrán una idea digna de lo que es vivir en paz o dormir sin pesadillas.

La infertilidad pasará de los humanos a los campos, de la flora a la fauna; no habrá más moneda de cambio que el agua ni mayor equivalencia que la sangre. La normalidad estará enferma y contaminada con los desechos de la última civilización, la nueva edad de piedra ya no buscará heredar inteligencias ni habilidades, sólo las añorará tratando de recapturar sus detalles pues en ello le irá la vida. Esa vida que fue rindiéndose sin poder defender ni a los seres más fuertes, por permitir que la especie más débil tomara el poder por sobre las demás, bajo el yugo de un altruismo paternalista que sirvió para ahogarlas con el progreso.

Las deidades nada habrán podido hacer, simplemente quedarán atónitas una vez que sus creadores hayan decidido que ya no les son de utilidad; serán conferidas a un rincón en el que la mente grupal no las encuentre y, si de casualidad las viera, no reconocerán sus rostros. Ya nada significarán sus poderes con los que fueron investidas, sus festejos no serán más que una hebra tirada al torrente onírico, sin sentido alguno. Perecerán una a una, las páginas de antiguos libros en piras cuyo calor no alcanzará a cubrir las siluetas de entes que alguna vez fueron personas de rostros casi perfectos, comparados con las muecas permanentes que deambularán en la oscuridad.

Claro está, ya no habrá qué comer, llenarán sus estómagos con algas que sobrevivirán por mutación, sabrán que los envenenarán gradualmente; conforme se alimenten de ellas, irán avanzando a una muerte segura, pero será mejor que soportar los aguijones del hambre. Milagrosamente los niños habrán desarrollado cierta inmunidad, no todos, los que fallecerán serán motivo de llanto y algo parecido a un sepelio, Pero habrá esperanza, aquellos que sobrevivan, observarán mudos el deterioro en su entorno. Nada habrán tenido que ver con la destrucción, sin embargo, en su mirada podrá verse que estarán inconformes y el veneno de su alimento se mimetizará en una mueca que clamará venganza. Salud.

Beto

martes, 20 de octubre de 2020

La búsqueda de estilo

En la variedad está el estilo. Meninas
Velázquez-Picasso. Foto: Tatiana Corte

A un día de terminar con las hojas de la segunda libreta de apuntes, repaso mentalmente la forma y el orden de las palabras que he utilizado en este tiempo, las que he repetido y las que he dejado escapar casi como una travesura; no puedo decir con toda certeza que ya poseo una manera de escribir que ne identifique, de hecho, no tengo idea de si algún día la tendré ya que, de la misma forma en que leo los escritos, es decir, fijándome sólo en cómo transcurre la historia, escribo lo que se me viene a la mente. A veces no es otra cosa que un asalto en despoblado.

Lo más cercano al reconocimiento de un estilo propio es el comentario de dos o tres personas muy significativas para mí que me hicieron el favor de leer mi libro de cuentos y que coincidentemente usaron el mismo juego de palabras: “eres muy tú” o algo así, seguramente, porque he de admitir que intento escribir como hablo o al menos como doy clases. Pero el estilo debe identificarse, además, en cómo se presentan las ideas, si éstas se resuelven por su cronología, por su importancia o por su impacto, ya que la fuerza de su argumentación reside en la lógica.

Si subimos un escalón y nos adentramos en la afirmación de que el estilo debe reflejar el carácter del autor, tendríamos que confiar más en la percepción de quienes conviven con los creadores más que en lo que nos sugiere la misma obra, lo que representa un compromiso poco sustentable desde le simple consumo. Incluso, no podríamos sostener alguna afirmación sobre ello basándonos, por ejemplo, en entrevistas o presentaciones ante los medios de información, dado que en el fondo, esos eventos tienen un porcentaje muy alto de simulación o actuación.

La afirmación anterior no debe tomarse en un sentido peyorativo, pues a todos nos han enseñado que debemos comportarnos según el lugar donde nos encontremos, Por ende, ser uno mismo o mostrar el carácter en una obra, depende más de la apreciación del observador que del ímpetu vertido en la obra por parte del artesano o del artista. Eso sí, creo profundamente en que debe mantenerse un esfuerzo honesto a la hora de producir contenidos, no importa el tipo, con la intensidad que permitan la escala de valores y la educación de cada creador, lo demás es responsabilidad ajena. Salud.

Beto

martes, 13 de octubre de 2020

Nada de altruismos mentales

Ver el arte, es como encontrar parecidos.
Foto: Oldskull

Un libro es totalmente inútil si no se lee, lo mismo pasa con los eventos cotidianos, las noticias y hasta las personas. Cada una con tipos de lecturas que ya hemos aprendido consciente o inconscientemente por ensayo y error o porque lo consultamos de alguna manera. Aprendemos a leer guiados por la necesidad de hacernos entender, de saber cómo pedir las cosas, de situarnos temporal y espacialmente en lugares determinados por las actividades que realizamos cotidianamente, para dar respuesta a interrogantes y dar solución a los problemas que se nos vayan presentando a diario.

Si lo anterior es cierto, ¿cómo aprendemos a ser creativos? O mejor aún, ¿cómo deberíamos aprender a aceptarnos como tales? Siguiendo con la tendencia oficial es posible que, si preguntara en la calle, muchos contestarían que ser creativo es una cualidad propia de los artistas, entendiendo que éstos son personajes capaces de hacer algo que los demás no pueden, que ello cauda admiración y que pueden vivir de eso. Una definición poco académica, pero que podría ilustrar un poco la exclusión que hacemos normalmente de nuestras capacidades, para limitarnos a una actividad contemplativa.

Porque, ¿qué de artístico puede tener el cocinar bien, medio combinar colores, saber definiciones de palabras o diagnosticar comportamientos? Si los sacamos del esquema comercializador, mucho. Cada una de esas actividades requiere de su propia lectura específica que todos podemos dominar en mayor o menor medida y donde la máxima ganancia es el aprender a apreciar el trabajo de los demás; es ahí donde se encierra todo el juego del arte pues, para que algo sea considerado como tal, la afirmación debe surgir de alguien que ostente algún tipo de poder en su grupo social.

Es por ello, quizá, que muchos artistas no son reconocidos sino hasta el día de su muerte, ya que ese alguien con poder es conmovido por una obra en particular o porque sus intereses se ven beneficiados; ninguno es malo, aunque lo óptimo sería reconocer al artista mientras éste vive. Representa esto mucho trabajo, sin que ello signifique una proyección universal de cada sujeto capaz de trazar líneas, dirigir orquestas o crear historias, es algo tan sencillo y complicado como provocar el reconocimiento de su entorno inmediato, aunque no se convierta en profeta. Salud.

Beto

martes, 6 de octubre de 2020

Viajero cuántico

Como Dios quiso que el hombre volara,
le dio imaginación: Foto: BAER

El viajero virtual ya vive en la época en que mejor se desempeña, para la que fue creado, su capacidad de experimentar lo que no le rodea, lo traslada a lugares lejanos sin la mediación de vehículos de engorroso accionar, conoce a la gente que deambula por calles que no le guardan secreto alguno, sabe lo que quieren a adonde se dirigen para conseguirlo; ningún otro viajero ha tenido tal libertad de movimiento ni la rapidez para juzgar una situación con un beneficio consecuente de manera segura. Si llegara a equivocarse, corrige el camino, las ofensas son un lujo perecedero.

Ya que las distancias no importan, no se preocupa por quedar mal en una cita pues siempre llegará a tiempo, así la haya concertado tres meses atrás para ese mismo instante, tampoco importa si tuvo que interrumpirla a la mitad, podrá retomarla cuantas veces sea necesario sin que ello demerite lo que estuviera tratando, pues su interlocutor podría nunca envejecer. El viajero tampoco, al menos no en el universo que está creando donde cada paso, cada avance lo actualiza encontrando así, nuevos mediadores que le den indicios para adaptarse a lo que se considere coetáneo.

Torna a pasados inexplorados o bien conocidos con la misma curiosidad, pues lo que importa tiene que ver más con lo que pueda averiguar que con lo que pueda enseñar; no busca la verdad, sino razones para seguir viajando. Puede convertirse en un argonauta, un cosmonauta o un simple peatón, el medio sigue sin importar pues su voluntad bastará para cubrir las distancias, eso sí, llevando el morral colmado con lo mejor de su arsenal. ¿Las armas? Papel y plumas, su prodigiosa memoria, el don de la empatía y la inteligencia para usar la más devastadora: su juicio crítico.

El viajero virtual no reparará en historias, no se desvanecerá en búsquedas, no cejará sin sensatez; prudencia, su eterna acompañante, dictará los rumbos sin más restricción que la libertad. Regresará a sus muchos puntos de origen sabedor de que abren nuevas rutas, de que cada nueva variante ofrece la oportunidad de crear nuevas historias aun los actores sean los mismos. Él como muchos otros viajeros, sabe que las redundancias en su oficio no son otra cosa que nuevas creaciones originales, variaciones de un concierto que jamás acabará. Salud.

Beto

martes, 29 de septiembre de 2020

No lo tiene ni Gepetto

No todos los horizontes son aptos para
la creatividad. Foto: BAER
De entre las actividades que tienen un beneficio para la salud mental está la encuadernación. Reúne las características de aquellas manualidades que recomiendan los psicólogos para mejorar la concentración, reforzar la atención y posiblemente, regular el ritmo cardiaco además de ejercitar la motricidad fina. Es un oficio que ha pasado a las filas de los que están en peligro de extinción como el de afilador de cuchillos, con la ventaja de que los libros son menos desechables que las hojas de acero, además, tienen ciclos de uso diferentes, lo que hace que el desgaste sea mucho menos significativo en las hojas impresas.

Un libro difícilmente se convertirá en un arma mortal, aunque sea posible que tenga en su interior más muertes que la espada de César, por otro lado, un puñal matará a una persona una sola vez mientras que un libro lo hará cada vez que sea leído; la restauración de un cuchillo lo vuelve a una única utilidad, la de un libro traerá un sinfín de enseñanzas según sea la cualidad de las manos que la lleven a cabo en cada caso. Las heridas que producen son diametralmente opuestas, pues mientras las del cuchillo pueden sanar, las de un libro son perennes.

Como ejercicio mental, traté de recordar un episodio entrañable con algún cuchillo Lenox o Barrilito y, fuera de que pude casi rebanarme un dedo cortando cebolla, no tuve algo que contar, en cambio, podría volver a sorprenderme repasando las páginas de La metamorfosis o tratar de imaginar a qué hora se transformaba y desdoblaba doña Consuelo en Aura o de qué otra manera debo observar a la publicidad en Seducción subliminal o angustiarme de nueva cuenta porque de las novecientas sesenta y ocho páginas de contenido del libro de Cálculo y geometría analítica, no entendí ni una.

Por todo lo anterior, creo que me resulta más satisfactorio fabricar y reparar libros, aunque sea de manera artesanal, con herramientas poco ortodoxas y adaptadas por la urgencia en un espacio que comparten equipos de sonido, fotográfico y de video, que a veces es un taller de micro carpintería y costura, que al mismo tiempo hace las veces de hemeroteca, discoteca y sala de ejercicio. Que a pesar del caos imperante, mantiene todo a la mano para que el plagado, cosido y pegado de hojas quede a mi gusto y a la entera satisfacción del cliente, que generalmente soy yo. Salud.

Beto

martes, 22 de septiembre de 2020

In memoriam

Faltan muchos como mi tío Cándido,
pero siempre están presentes. Foto: BAER

Las ausencias tienen la gracia de entrelazarse de manera caprichosa con los recuerdos, a veces se hacen notorias en el rostro que tiende a imitar algún gesto, en ocasiones se trepan en la espalda volviéndose una carga que, aunque liviana, evidencia algún faltante en la diaria contabilidad de las emociones; las frases que decía uno, los reclamos de la otra, el candor de la mirada de aquella más lejana pero siempre presente, hacen que las fechas se confundan por lo que ya no importa cuándo se fueron, sino qué día los hicimos nuevamente presentes compañías eventuales.

Con un pequeño esfuerzo, nuestra máquina del tiempo puede traer los aromas, los sonidos, los sabores que compartimos con ellos; los favores, las penas, las enseñanzas, el orgullo de haber compartido cada uno de esos momentos que suelen repetirse involuntariamente con los más insospechados detonantes, insisto, sólo hace falta un detalle. La mejor clase de geografía y fenómenos climáticos me la dio uno de mis tíos, aunque de rebote porque la plática no era conmigo; la prudencia y la paciencia las vine a ejercitar con indicaciones e mis abuelas.

El desprendimiento lo entendí con un sacerdote jesuita; el gusto por los boleros y la bohemia, un compañero de la universidad; la disposición a ayudar con otra compañera; la importancia de documentar antes de hablar con un mastro y amigo; hasta aquí, quizá suene frío o parezca una simple enumeración de eventos, pero tengan por seguro de que cada uno de ellos ha tenido un gran significado en lo que me he convertido, influyeron incluso en mis preferencias teóricas y artísticas, pero ahora por sus decisiones o por cumplir ciclos, están ausentes.

Cada uno se habrá construido un cielo acorde a sus gustos; los imagino deisfrutando de todo lo que aprendieron en vida, quizá degustando algún platillo, tocando un instrumento, jugando con un balón; quizá estén aprendiendo otras cosas porque todos tenían en común una gran curiosidad. Me daría muchos gusto, si existiera la posibilidad, que se conocieran, que pudieran intercambiar impresiones, que aumentaran los espacios de paz que se agenciaron en este mundo y, por supuesto, que vayan apartando otro, para cuando nos toque visitarlos. Salud.

Beto

martes, 15 de septiembre de 2020

Hay cosas mejores que hacer

Así sea muestra de traje de baño, el esfuerzo
es igualmente respetable. Foto: BAER

La ambientación del estudio está lista para que las páginas de la ya muy gastada libreta empiecen a llenarse de signos, algo rebuscados en ocasiones, pero simples en sus aspiraciones; la espera por una buena idea suele ser tormentosa máxime si se le fuerza a asomarse a un ambiente poco cordial con la libertad de expresión. Es posible que el primer pensamiento sobre el ejercicio o prohibición de esta libertad sea acerca de la denuncia, cierto, ocupa un lugar muy importante aunque no se ejecute como se debiera quizá por el temor al revanchismo desgraciadamente presupuestado.

Sin embargo, la libertad de expresión tiene que solventar otros muy variados obstáculos, desde la burda y tórrida mofa hasta la implacable descalificación actualmente cobijadas en la inmediatez tecnológica, la ignorancia por desechabilidad o el anonimato por amontonamiento. Todo accesible ahora, hasta en un estadio de futbol, bueno, antes de la pandemia. ¿Tiene algún sentido censurar mediante la agresión? Planteado así de pronto, la respuesta inmediata podría ser no. no obstante habría que observar las causas que motivan el querer participar del protagonismo ajeno.

El fenómeno que se da hacia la denostación de los realizadores de contenidos, en video principalmente, obedece creo yo a dos premisas: uno, la supuesta facilidad con la que se valúa a la imagen en movimiento por atractiva, impactante y fácil de insertar en alguna categoría y dos, el doble trabajo que implica hacer lo mismo pero con el texto. El consumo de ambas formas de expresión trajo consigo la manifestación de una exigencia obtenida sin esfuerzo, un simple botón accionado desde la comodidad del adormilamiento cotidiano ha dado el poder de descalificar el trabajo de personas con la que no se tiene relación alguna ni se les considera importantes en la vida de cada uno, ello sin tomar en cuenta el esfuerzo ni el coraje requeridos. para exponerse a la crítica de una masa informe, ávida del desquite por soportar condiciones de vida depauperadas y sin motivo alguno. También es cierto que existen contenidos que no debieron siquiera pensarse pero, ¿de verdad es necesario hacerles patente a sus creadores, mediante comentarios hirientes e insultos baratos, que se está en desacuerdo con lo que realizan? ¿No sería mejor ignorarlos y dejar de hacerles el caldo gordo? Yo diría que sí. Salud.

Beto

martes, 8 de septiembre de 2020

Sólo por hoy

La dirección puede estar marcada,
el chiste es saber cómo llegar: Foto: BAER
La mesura, como forma impuesta de convivencia, exige cierta uniformidad que la sangre latina tiende a desdeñar; cada triunfo supone un festejo en la medida de lo que se obtuvo, cierto, pero lo es el que cada óptica impone la magnitud de sus alcances. Es decir, si un pequeño ratón lograra ascender el Everest, magnificaríamos tal logro como el más portentoso del mundo, aunque no supiéramos qué motivó al roedor hacerlo. Lo bueno es que ninguno de esos pequeños seres tiene la necesidad de andar anunciando lo que va a hacer o ha hecho con miras a conseguir “laics” como los humanos.

Como parte de esta pandémica especie, caigo en los brazos de la vanidad y me regodeo como guajolote en arena con la noticia que recibí anoche por parte de una entrañable maestra, colega por un buen tiempo; resulta y acontece que utilizó una de mis publicaciones (Cultura Mexicana # 17) como tema de una de sus clases universitarias. Puede parecer poco y por supuesto que no reuní a una turba para caminar por las calles gritando consignas en favor de que siga sucediendo, pero qué bien se siente saber que algo que pasó por mi mente, fue leído por ojos ajenos y neutrales.

Además debo agradecerle que se haya fijado en mi escrito como para pensar que pudiera parecerle interesante a sus alumnos (al menos eso espero); por otro lado, ese acto incrementa mi  responsabilidad al grado de imaginar que el atosigar sólo a mis diez lectores no será así en ocasiones, por lo que debo variar puntos de vista, aumentar datos, adherir propuestas, en fin, aceptar que realmente me estoy convirtiendo en escritor. Porque una cosa es dibujar palabras en papel como divertimento y otra muy distinta, saber que se tiene el poder de modificar, aunque sea un poco, la perspectiva de alguien.

Hay algo de nervio que no permito que se vuelva miedo, lo mantengo en inquietud, en cosquilleo que antaño anticipaba la entrada al escenario o a un salón de clase. Nunca desaparece, es un duendecillo que juguetea en mi oreja recordándome que está allí para recordarme que soy falible, que lo que haga o escriba debe tener la ambición de la perfección o al menos, la decencia de lo coherente; el susurro se vuelve grito y por hoy la libré. Y como en la película Torero de Carlos Velo, me siento en la silla haciendo eco a la voz de Luis Procuna: “¿Y la próxima semana, qué?”. Salud.

Beto

martes, 1 de septiembre de 2020

FIL UG 62

Navegar por páginas mágicas y olvidar
la rutina por un momento. Foto: BAER

Concluyó hace dos días la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guanajuato en la que se homenajeó a Amparo Dávila, Juan García Ponce, “La China” Mendoza y al maestro Eugenio Trueva. Asimismo contó con pabellones en línea como “El día que desaparecieron los significados”, organizado por el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato que contó con la participación del autor Gilberto Hernández y Luz Verónica Mata. “Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)” fue una plática con la autora Alma Delia Murillo que tuvo el toque de una charla de café.

Una presentación que ha recorrido varios foros donde la autora describe a la escritura como una forma de escape, pues en la ficción puedes zafarte de las presiones de un trabajo “normal”, incluida la escritura misma. Además el oficio de escritor permite espacios de humor dirigidos esencialmente por los personajes. En cuanto a si la literatura es una actividad asexuada o el género determina las formas de abordar cualquier tema, la autora encuentra la diferencia en cuanto a los sistemas de dirección, inversión u otorgamiento de apoyos, pues el esquema es machista.

Por otro lado, está de acuerdo en que escribir es escribir dado que el proceso creativo no reconoce de qué género es la neurona que lo lleva a cabo. Es éste el punto de interés primordial de su plática, pues para crear no se necesita ser macho o hembra, sino tener y manejar adecuadamente a un tiempo y un espacio específicos, las herramientas que nos conviertan en escritores, por su parte, el sistema de administración requiere de cambios, pero eso significa romper paradigmas aún enraizados en nuestras costumbres políticas. Algo así como un nuevo renacimiento con fumigación incluida.

La pluma de Alma Delia, así como se ocupa de plasmar sus casi viajes astrales, también asienta pensamientos dirigidos a la crítica social desde su columna quincenal sabatina en el periódico Reforma, llamada Posmodernos y Jodidos algo que, a decir de ella misma, llega a produciirle tal inquietud que sólo resuelve al escribir ficción. A sus cuarenta y tres años ha comprendido la utilidad de las multiplataformas para lograr una mejor distribución del trabajo editorial, lo que se demuestra en su actividad alternativa en su página de Patreon y revistas como Confabulario. Hay mucho que ver. Salud.

Beto

martes, 25 de agosto de 2020

Rumbo al soplo divino

En algún momento los títeres se liberarán.
Foto: BAER

Por supuesto en nada se parecen ni me atrevería a compararlos en su aspecto físico; el resultado anímico de “parir” a un personaje semejaría un poco a dar vida a un hijo, empezando porque hay que dotarlo de una fisonomía que cause sentimientos o sensaciones a quienes vayan a conocerlo, debe ataviársele de ropajes acordes a su estampa que representen, además, el origen que se le haya asignado, su crecimiento puede representar toda su vida, una etapa, una temporada, un día o un instante, pero debe cuidársele como si fuera a dar sus primeros pasos, todo en aras de que sea aceptado por personas que le darán otros rostros.

Cuando llegue a su etapa madura y esté apto para volar, las relaciones derivadas de sus aventuras ya nada tendrán que ver con su creador, tendrá que defenderse por sí mismo además de soportar toda la posible crítica negativa en su contra, así como mantenerse ecuánime ante los elogios, sin olvidar por supuesto, que pertenece a una casta de personajes hecha o por nacer. Dialogará al mismo tiempo con sus compañeros de páginas y lectores ávidos de asomarse a una ventana que les brinde otra perspectiva de la grandeza y la miseria humanas donde verse reflejados.

Un personaje es, entonces, un emisario de dualidades al que cada uno de los lectores abordará dándole la dirección que crea conveniente, en una suerte de mímesis conciliadora entre el ser real y la ficción. Cada uno de esos puentes se volverá entrañable en la medida de la identificación que se establezca dando así, pie a un sinfín de modalidades en las relaciones sean éstas potenciales o en uso; la curiosidad vendrá a sazonar a cada una de ellas conforme al tiempo que se dedique al ejercicio del ponerse en los zapatos del otro, ajeno pero dispuesto a ser explorado.

El aprendizaje se dará en automático, para eso son loas comparaciones; una vida en la ficción no hace más que resaltar detalles de la realidad que servirán de marco para un entendimiento más profundo de la propia existencia. Si un personaje, cualquiera que sea su origen o trascendencia, sirven como referente o punto de partida para iniciar una etapa de crecimiento, habrá cumplido con un cometido designado desde lo más profundo de un espíritu creador heredado de tradiciones que en la mayoría se perciben como normales, pero habrá alguien curioso que se encargue de resaltarlas. Salud.

Beto

martes, 18 de agosto de 2020

También te transformas si no lees.

Kafka o cómo hacer que Borges no te vea
como bicho raro. Foto: BAER

Hay obras literarias a las que estamos obligados a leer pero que representan un reto más allá del simple entendimiento de lo escrito, pues quienes ya las leyeron , las han envuelto en un halo misticismo o de intelectualidad excluyentes, tanto que de forma inconsciente, los de a pie nos sentimos indignos de posar nuestras miradas por esas páginas que creemos, están reservadas para inteligencias superiores. La privación de ese goce, puede repercutir en caer en las garras de lecturas menores que impedirían aventurarnos más allá de la comodidad cuaSi monosilábica.

Esta suerte la he pasado con La metamorfosis de Kafka, un libro llevado y traído que sirve de referencia para algunos que desean posicionarse como buenos lectores que no se conforman con el “Sensacional de trileros” o las reediciones de Memín pinguín; en lo particular, aunque cuento con una copia de la obra, por desgracia me he conformado con conocer la historia por boca de terceros, algunas veces preguntando por pasajes en específico y otras, poniendo cara de “lo sé”, aunque no me percate de que estaban hablando de ella sino hasta un rato después.

Quizá, también tuvo que ver que en la contraportada apareciera el comentario firmado por Jorge Luis Borges, otro monstruo de las letras que de cierta manera me intimida, al proponer en sus escritos datos que, a decir de sus admiradores, pudiera ser que no existieran obligándote así, a realizar sublecturas para entender su obra. Es ahí donde la erudición me parece al tramposa, pues creo que, si vas a ofrecer algo como cierto, no deberías esperar suspicacias por parte de quienes te leen sólo para probar que tus conocimientos van más allá de la media universal.

Volviendo a Kafka (que ninguna culpa tiene de lo anterior), tendré que deshacerme de la pachorra para vencer al pretexto escondido tras lecturas emergentes y así saber de una buena vez si lo que me han contado durante estos años es cierto o sólo es un exageración; tampoco deseo convertirme en algo similar a lo que el mismo Franz describe en sus primeras líneas: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, después de un sueño agitado, se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto”. todo por rehusarme a leerlo como se debe. Salud.

Beto

martes, 11 de agosto de 2020

Somos lo que escribimos y leemos

Todos estamos escribiendo la gran historia.
Foto: BAER
Cuando la primera respuesta de alguien es “no sé escribir”, pareciera más la negación a la oportunidad de hacerlo por cuestiones gramaticales más que la ausencia de creatividad; en un país como el nuestro, acostumbrado y entrenado para contar y escuchar historias, resulta contradictorio que sólo una pequeña parte de su población se anime a escribir si no es en forma de chiste o anécdota breve. es posible que se trate de una necesidad imperiosa de agradar o el tránsito por el intento empático de compartir el dolor de manera menos tortuosas, sin embargo, la “escritura seria” parece reservarse para algunos elegidos.

Pero, ¿quién establece qué es un texto digno de leerse o de difundirse a gran escala? La respuesta obvia sería que una casa editorial, un corrector de estilo o alguien ya probado en el oficio de la pluma, aun cuando todos entendemos que quienes encumbran a un escritor es nada menos que el lector al igual que pasa con los cantantes o actores y sus seguidores, con la diferencia de que éstos últimos pueden hacer uso de su físico para agradarles. El escritor, junto con el pintor o el escultor, deben atenerse al alcance que logren sus obras.

Así, la dependencia a la que se someten con el público o algún mecenas que se encarguen de la difusión, es tan fuerte como el tiempo que dure el gusto de los posibles consumidores y con todo, la figura del líder de opinión adquiere un peso que se ha mantenido por mucho tiempo. Este personaje no necesariamente es alguien con poder social, que ostente un poder político o aparezca en algún medio de información, se trata de alguien en quien confiamos y tenemos sus argumentos en alta estima; alguien muy cercano en cualquiera de los rubros de nuestra vida.

Aparte del guardarropa, la forma en que se cocina y las palabras que usamos para comunicarnos, el tipo de libros que lucimos en el librero también conforman una buena radiografía de quiénes somos y con quiénes nos relacionamos; incluso, es un buen punto de partida para valorar las historias que somos capaces de contar. No es cuestión de la cantidad de páginas almacenadas o leídas, sino de lo que hayamos entendido de ellas y la utilidad que les encontremos en nuestra realidad, Los medios están, como nunca antes, al alcance falta decisión. Salud.

Beto

martes, 4 de agosto de 2020

El último romántico

La poesía está en los ojos del poeta. Foto: BAER
N
o, no se trata de mí, aunque podría tener motivos para tal regresión al siglo diecinueve, como el continuo abandono de mis objetos amorosos, posiblemente la única coincidencia porque del talento y el sentido poético... El título lo ostenta Gustavo Adolfo Bécquer, sevillano nacido en 1836, de nombre kilométrico como se usaba entonces y perteneciente a una familia de artistas. Sin embargo, no es su biografía lo que llamó mi atención, sino su concepción de la poesía la cual está perfectamente perfilada en su rima IV publicada en 1870:
Mientras las ondas de la luz al beso palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera ¡habrá poesía!
Este pequeño fragmento resume la perspectiva de Bécquer con respecto del espíritu poético, pues en otras palabras e imágenes, las demás estrofas siguen el mismo tenor y el motivo de traerlo a colación este día, tiene que ver con lo que yo llamaría una enajenación del sentimiento.
Nada que no hayamos hecho como humanidad en cada etapa de nuestra historia; primero creamos una idea, dejamos que crezca, la dejamos libre para terminar venerándola. Lo anterior lo aplicamos independientemente de la disciplina que se trate, sin tomar en cuenta que sólo es una herramienta mental que nos ayuda a ordenar nuestros pensamientos. Incluso, algunas reflejan un egocentrismo que, como especie, no ha hecho más que diferenciarnos en razas o en ubicaciones geográficas como los regionalismos o la idea de que el tiempo es universal.
Sin querer decir que Bécquer estaba equivocado, pues la carga poética de sus afirmaciones en su rima IV debe observarse desde su propio universo, es necesario advertir que la literalidad en sus versos no tiene cabida; pensar que la poesía existe sin el poeta sería tanto como afirmar que la medicina existiría sin los médicos o las escuelas sin los maestros y alumnos. Las ideas las creamos los humanos para entender el entorno no para esclavizarnos. La poesía no es un ente que flote en el ambiente, es la facultad que tenemos todos para vestir de belleza al mundo. Salud.
Beto
Para un análisis detallado:
LSV (2012) lenguasanchi.blogspot.com, octubre 22.
Poemario (2014), https://poemario.org/rima-3.
www. cervamntesvirtual.com/Cronología

martes, 28 de julio de 2020

Fútbol y vida

La inteligencia y el fútbol sí se llevan. Foto: BAER.
El grupo de creadores aumenta su número; sorprende en gran medida que los medios alternativos sean ocupados por una variedad significativa, sin exclusividades y con un intercambio dinámico que tiene como base a una buena parte de egresados universitarios; el oasis que va surgiendo, trasciende fronteras que hasta hace unos años serían impensables dadas las condiciones de propiedad de los medios de información. Ahora, la democratización ha traído consigo la gran oportunidad del acceso libre y de primera mano a eventos que antaño eran de incumbencia exclusiva de intermediarios.
En este sentido, me fue muy gratificante saber que la jugadora de Tigres, Natalia Gómez Junco posee un podcast llamado Futbholístico, donde por derecho propio, toca temas variados relacionados no sólo con el deporte que practica, sino con otras disciplinas que también tienen que ver con el desarrollo personal. Afirmo que tiene el derecho pues es una mujer preparada, dedicada, con una evidente curiosidad por descubrir qué hay en su entorno que pueda ayudar a los demás a verse como seres productivos y curiosos como lo es ella, usando recursos variados como la colaboración de especialistas.
Lo más curioso, es que su formación universitaria nada tiene que ver con los medios, es ingeniero civil, pero su desenvolvimiento ante el micrófono revela que de mucho le sirvió haber tenido una instrucción a nivel superior, posiblemente lo esquemático de su carrera contribuyó a que la estructura de su programa, además de tener una simpleza muy útil, es bastante amena y dinámica. En aproximadamente treinta días (supongo), ha logrado lo que a algunos les hubiera tomado meses en los medios tradicionales; tener una identidad radiofónica y un sello que fácilmente competiría con su tío.
Dicen que lo que se hereda no su hurta por lo que podríamos ver una constante en los Gómez Junco, hacia la criticidad y el saber conjuntar conceptos que definan situaciones específicas en pro de entender, en este caso, el fútbol. Vale la pena entonces, darse una vuelta por este podcast, dejarnos sorprender por un trabajo que denota preparación con un plan bien definido y la promesa de mantenerse con un aceptable control de calidad. Algo bueno debía dejar el confinamiento, pues las oportunidades de aprendizaje surgen de donde menos se espera. Salud.
Beto

martes, 21 de julio de 2020

Ficción o realidad

Observamos la realidad sin saber cuándo nos
asaltará la fantasía. Foto: BAER
El oficio de narrador ofrece diversos senderos por los cuales transitar, muchas veces fantásticos, otras tantas crudos y sin adornos, esos caminos están ahí, a la espera de ser descubiertos por nuevos andantes que no se conformen con lo dicho por otros viajeros; si bien es cierto que fueron construidos por antiguos, también lo es que no pierden vigencia y tienen la facultad de reinventarse con cada caravana de cronistas, sin importar cuántas veces éstos los hayan recorrido; veredas que se resisten asimismo, a convertirse en supervías, pues lo que importa es el camino más que el destino.
Desearíamos que alguno de esos senderos fueran eternos y lo más cercano a ello, es la repetición del peregrinaje sobre los ladrillos que componen sus palabras, que cambian de color o tamaño según sea el entusiasmo, la habilidad o el tiempo con los que contemos; en cada descubrimiento, agregamos una parte de nosotros a la historia, lo que de ninguna manera tergiversa su sentido, por el contrario, da profundidad a los paisajes, provee de rostros a los personajes, intensifica las sensaciones y así, entre todos vamos conformando el gran relato.
No importa qué tipo de narración estemos escuchando o leyendo, al final todo se refiere o gira alrededor del amor y el desamor; así se refiera a un tratado de física cuántica o una fábula de dragones y unicornios, ambos tuvieron la misma motivación: la consecución del objeto amado o la pérdida de él. Escribir, entonces, es un acto de amor, independientemente de que se trate sólo de un reporte de actividades, pues en el fondo, con mayor o menor impacto, lo que se busca es la cercanía con el otro, alguien que posiblemente sea anónimo pero que nos importa en la medida del compromiso.
La elección del sendero a transitar por medio de la palabra escrita o hablada dependerá de nuestros intereses y habilidades, sí, pero también de las influencias a las que les hayamos permitido jugar en nuestro parque de diversiones que es el bagaje acumulado desde la infancia. Ambas, ficción y realidad conviven en una simbiosis que traza una espiral a lo largo de nuestras vidas, a veces se mezclan y otras se disputan el privilegio de nuestra atención, pueden compartir el espacio o liarse en justas encarnizadas, al final los ganadores seremos nosotros. Salud.
Beto

martes, 14 de julio de 2020

Falto de amperaje

El poema es el resumen de la lírica y la música. Foto: BAER
Hay de corrientes a corrientes, como las que nos proveen de energía o las que no saben comportarse en sociedad; la que nos concierne ahora es la poética, ésa que inunda algunos escritos para embellecerlos, provocando que nuestros cerebros realicen malabares con las palabras, al punto de coquetear con los sinsentidos. Evocar pasajes de nuestras vidas resulta fácil frente a un poema, al menos eso dicen quienes entienden a López Velarde o les queda claro el dominio masculino para quienes leen a Sor Juana Inés o desahogan sus más profundos problemas existenciales aquellos admiradores de Borges.
Habrá quienes, como Serrat, trasladan la musicalidad del poema a una canción pues el todo pasar y quedar como afirmaría Machado, lo que impera en la poesía, es el saber rebautizar a lo ya creado de la mejor manera posible; la poesía es entonces, el espíritu que guía la pluma del poeta, que flota en un ambiente de discordia con lo cotidiano humano y lo rompe para parir algo divino que es el poema. En palabras de Alejandro Aura, éste es una “mosca” que se aventura a volar entre la más dulce de las frutas o la más repugnante de las mierdas, sin perder su esencia.
La corriente poética viene así, a dar un sentido nuevo a las cosas, sin caer en metáforas baratas, a dar un sabor exótico a lo que paladeamos comúnmente, como el agua de limón de la doctora Ramírez, que realmente no sabía a limón, pero que estaba muy buena, el agua... Debo aclarar que no cualquier rima, alegoría o palíndromo escritos en un verso, conforman un poema ni por mucho que sea llegador en una tarde de caguamas en algún jardín anónimo, por lo que me disculparán los admiradores de Joan Sebastian; su título popular no lo convierte, desde mi punto de vista, más que en un buen compositor.
Y podrán alegarme lo que quieran (algo que difícilmente sucederá pues lo que yo opine del señor, les viene guango a la mayoría) pero, sin menospreciar sus creaciones, creo que un poema debe contener más de nueve voltios. Lo que sí considero que es un buen mérito, es que logra conmover con sus canciones, a un gran número de personas, cuya identificación con sus letras resulta, por demás, evidente. Toda esta “predica” en el desierto tuvo que ver con el tratar de imaginar cómo es que algunos cantantes adquieren sus motes. Al parecer, es una de esas manifestaciones donde la democracia nada tiene que ver. Salud.
Beto

martes, 7 de julio de 2020

La revolución de la palabra

La lectura es un viaje en el tiempo. Foto: BAER
A veces me pregunto cómo habrá sido el primer relato que un proto humano dirigió a otros, ¿de qué habría tratado? ¿A quiénes tendría como protagonistas? Necesariamente habría hecho uso de palabras y de señas pero, ¿cuántas serían éstas? Ya debían haber tenido un lenguaje definido aunque no reglamentado; si así fue ¿cómo lo acordaron? ¿Votarían por el uso de unos sonidos sobre otros? ¿Quién llevó la memoria para que dichos sonidos se usaran siempre bajo las mismas estructuras? Si, como dice la historia, no contaron con lenguajes escritos, entonces ¿la palabra detonó el desarrollo cerebral?
Por supuesto, no tengo las respuestas y ni siquiera una teoría lógica sobre el asunto, pero debe haber sido fascinante el momento primigenio en que un individuo pudo mantener la atención de otros sobre lo que contaba, quizá sin saber que lo que estaba haciendo, le confería cierto poder. Porque el uso de las palabras otorga poder, aunque la mayor parte de los relatores y escritores se conforman con el prestigio, ya sea desde una plataforma crítica o de entretenimiento. Dirían los clásicos: “la pluma es más poderosa que la espada”, yo agregaría, si no tiene un “doble filo”.
El relator, así como el escritor, adquieren un compromiso muy fuerte, pues no basta con aprovechar la complicidad del escucha o del lector (de la que ya hice referencia en otro espacio) sino que deben ser coherentes y advertir de lo que intentarán con su trabajo, ya que quien avisa no es traidor. Puede pensarse que al definirse por pertenecer a un bando o mantenerse neutral, se condenan al uso de un grillete que dejará poco margen para el libre ejercicio de la creatividad. Nada tan alejado de la realidad, ya que el compromiso es personal y no con un esquema laboral.
En todo caso, se trataría de un grillete auto impuesto del cual, sólo el propietario tendría la llave. Por fortuna, aún estamos en una sociedad donde cada quién es responsable de lo que dice o lo que escribe, donde las argumentaciones -y sólo ellas- son el vehículo para la comprensión del entorno, donde el insulto barato o gratuito nada más sirve para evidenciar la poca capacidad de apertura y entendimiento de quienes los profieren. Estoy seguro que ese primer relator no se imaginó que daría inicio a la acción más revolucionaria que el humano haya soñado con realizar. Salud.
Beto

martes, 30 de junio de 2020

Para la cuarentena

Escribir es un deporte. Foto: BAER
En cuestiones creativas, ¿hasta dónde debe regir la disciplina? La espera de doña inspiración puede ser muy larga y doña consistencia tiene momentos de tiranía absoluta; en el caso de un servidor, querida decena de lectores, cuya atención semeja más a la de un milenial que a la rebaba del hippísmo, pudiera parecer que el ajustarme a un horario y a un espacio, es un tema que pertenece a las buenas intenciones de inicio de cada año y van disolviéndose conforme pasan los meses.
¿Cómo le haría Monsiváis? de reciente homenaje televisivo, ¿cómo Carlos Fuentes? Si a González Bocanegra su mujer lo encerró en un cuarto, dicen, ¿será la desesperación por salir lo que detone la inventiva? Porque llevamos poco más o menos cuatro meses de encierro y mi disciplina sigue tan laxa como cuando desgastaba las suelas de mis zapatos en distantes aceras, buscando motivos que obligaran a mis bolígrafos a impregnar con su tinta las casi incólumes hojas de mis libretas.
Pero ambas cosas se acumularon sin poder ser partícipes de algún relato mas que a cuentagotas, sin orden alguno pero, eso sí, exigiendo en silencio una pronta atención, pues el acumulamiento ya tenía visos de sobrepoblación; y la imaginación vuela, gritando a los cuatro vientos que es libre, que su naturaleza no le permite seguir caminos prediseñados por quienes quieren mecanizar lo que se le ocurre, sin entender que una imaginación atada es como una danza sin música.
Ahora que, si en alguna ocasión el genial Chava Flores afirmó que un compositor servía únicamente para “darle sabor al caldo”, en referencia a que no se debe esperar de él que transforme al mundo con una creación suprema todos los días, quizá eso prive también para otro tipo de escritores, lo cual quitaría un gran peso que permitiría a la inspiración y a la imaginación juntarse, crear conciertos de palabras, pintar parajes donde sus “hijos” puedan retozar sin la traba del encierro. Salud.
Beto

El que no sabe

La sospecha no siempre está bien documentada. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. S ospecha. Varios son los personajes que en una novela cuestiona...