martes, 1 de diciembre de 2020

Exlibris

Cada rasgo en cada imagen sirve para identificar
a un ente especial. Foto: BAER

Al igual que con cualquier mercancía, el problema no está en crearlas, sino en posicionarlas en al gusto de los diversos públicos que existan para ellas; las ideas pueden ser muy buenas y hasta presentarse como propuestas para solucionar problemas arraigados, sin embargo, dependen del entorno en el que se quiera aplicarlas. Muy buena parte en el logro de posicionamiento tiene que ver con la identificación de la marce; señalamos y señalamos con signos lo que es de nuestra propiedad o a lo que le transferimos nuestra identidad. Lo apartamos del montón, le damos una categoría y lo exponemos a la vista de los demás para que también ellos tengan el conocimiento de la ascendencia que ejercemos.

Las firmas o mejor dicho, las rúbricas y los logotipos aún presentan una utilidad generalizada; documentos, peliculas, programas de televisión, automóviles, en fin, la cantidad de objetos susceptibles de propiedad individual o corporativa se identifican con algún signo que, de alguna manera, resume la identidad de su fabricante o su dueño. En el caso de los libros, el signo de propiedad individual de mayor elegancia es el exlibris; de diseño único, su dibujo puede estar impreso mediante un sello o sobre una cartulina adherible, generalmente puesto en la página inicial de una obra que se quiere mostrar que pertenece a alguien en particular, ya sea porque se adquirió mediante un pago o por regalo.

Por mucho tempo fueron motivo de cierto barroquismo por parte de sus creadores, al grado de ser una explosión visual de colores y formas que, si bien resultaban atractivas, dificultaban la distinción de sus componentes. Éstos podían variar según el gusto del portador y contener aves, plantas, animales mitológicos o lugares de interés que hicieran referencia a una zona geográfica, a la nobleza del identificado o a alguna parte de un escudo de armas. Las dimensiones también cambiaban según fuera el formato de los libros a “sellar”, pero sus proporciones debían corresponder armónicamente con la hoja que ocuparán, para no tener que aumentar la imagen o rellenarla.

Aunque en la actualidad sólo algunos interesados hacen uso de él, la imagen del exlibris mantiene esa imagen de distinción por la creación de figuras más elaboradas que hacen referencia a personas especiales interesadas en la conservación de sus archivos bibliográficos. Además, la creación de un exlibris es un ejercicio mental que obliga a plasmar en una imagen la manera en la que nos gustaría que nos percibieran todos aquellos que se dieran el tiempo de asomarse a nuestra biblioteca. Si acaso pensáramos que no es un trabajo en el que nos fuera bien porque dibujar no está entre nuestras fortalezas, para eso nos serviría contratar los servicios de un diseñador gráfico y así de paso, nos enteramos que realmente son útiles. Salud.

Beto

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