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| Encontrar un sobrenombre no es cosa fácil. Foto: BAER |
Bueno, hasta don Efraín su marido, había tenido que sufrir las consecuencias de alguna falta de su parte, nunca se supo la naturaleza de los castigos porque eso era asunto privado, pero se notaba en la cara del señor que nada bien la había pasado cuando le tocaba. Tampoco se quejó pues decía que ante todo, un caballero debía aceptar con estoicismo sus errores y él lo era, por supuesto. Más que un matrimonio, Efraín y Carlota tenían un contubernio en el que ambos compartían lo compartible y mantenían ciertos espacios para sí mismos como pareja y como individuos. De esa manera los habían criado, desde la mayor hasta el menor, con la única distinción que a las mujeres debía concedérseles.
El matriarcado se hizo extensivo a las jóvenes que formaban el ramillete de bellezas que todos los caballeros de la colonia deseaban conquistar, lo que les trajo a los hombres de la casa no menos de un pleito por cabeza. Él mismo había tenido que sacar a flote sus dotes boxísticas porque el honor familiar así lo exigía, además de portar el mismo nombre de su padre, algo en lo que su progenitor no estuvo de acuerdo, pero la voluntad de Carlotita no consideraba oposiciones, quizá le encantaba decir dos veces “Efraín”. A su hermana mayor le causaba gracia que era al único al que no se le había encontrado un diminutivo que le quedara bien y que ayudara a facilitar su identidad con sus conocidos.
Porque, ¡ah, qué lata era el tener que aclarar de cuál Efraín hablaba su mamá! Entonces tuvieron que recurrir al apodo; buscaron en sus características físicas, en sus comportamientos, en sus gustos, en fin, en todo lo visible, con lo que se dieron cuenta de que lo conocían muy poco, ya que su discreción le permitió pasad inadvertido la mayor parte del tiempo. Teresa, la mayor, hasta organizó una junta para proponer y votar por alguno que fuera adecuado al fantasmal hermano que les había tocado. Después de los manoteos, gritos como de feria, risotadas, optaron por el menos complicado que hiciera alusión a lo callado y enigmático de su proceder, así fue rebautizado como “el Gato”. Salud.
Beto

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