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| Los recuerdos se agolpaban unos sobre otros. Foto: BAER |
Las dos únicas veces en que se atrevió a preguntarle, recibió como respuesta una mirada fría y fija y un “no se preocupe, no es nada malo”; como para confirmar su apodo, realizaba diariamente una rutina de ejercicios después de haber corrido cinco kilómetros que lo mantenían en una condición física envidiable y una agilidad felina. En algún momento, dos de sus hermanos, Juan y Mariano mayores que él, quisieron unirse, pero sus ansias de futbolistas no les alcanzaban para las exigencias propias de un gimnasta. Su físico era la consecuencia lógica de tanta preparación, como labrado a cincel y martillo, despertaba el interés de más de una de las vecinas de su cuadra, sin importar estado civil.
No se le conoció novia alguna hasta que llegaba con matrimonio consumado, las tres veces; tuvo suerte de que las tres mujeres hubieran caído bien en el ánimo familiar, a pesar de las carencias iniciales y la posterior bonanza que lo sacó de la casa paterna. Justo donde se entrenaba, mirando por la ventana, escuchando el tráfico, sabiendo que no encajaba en la vida estandarizada de esos seres que corrían por las calles detrás del transporte público que los acercaría a las oficinas donde dejaban parte de su vida haciendo cosas para satisfacer necesidades ajenas e ignorantes de que, parte de la precaria sensación de seguridad que los rodeaba, dependía justo de que él realizara bien sus tareas.
El riesgo intrínseco le obligaba a mantener en silencio su agenda, consideraba que con ello mantendría cierto margen de seguridad para los suyos aunque con el tiempo, sabría que eso no sería del todo cierto. Los recuerdos se agolparon en su cabeza como tratando de ocupar el mayor espacio posible uno sobre otro; detuvo su introspección en cuanto ubicó el día en que sus padres las informaron que la vida como la conocían, daría un giro con la llegada de nuevos integrantes a la casa. Tanto él como sus hermanos y sus primos, no daban crédito a lo que escuchaban, pero cualquier reclamo se ahogó en las juveniles gargantas en el momento en que su madre tomó la palabra. Salud.
Beto

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