martes, 24 de septiembre de 2024

Mi personaje favorito

La última cruzada es posiblemente
la mejor de las entregas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Encontrarlo fue un golpe de suerte por cualquier lado que se le vea; no fue el resultado de una búsqueda exhaustiva, fue una total casualidad; no había tenido nociones de él en ningún momento y eso que en los primeros años de la universidad, llevaba una buena bitácora sobre las películas que quería ver; ni siquiera esa un momento lógico (desde mi perspectiva) para ir al cine, pues estaba de vacaciones con mi familia en Acapulco, pero entramos a la sala con la reserva y la resignación de no haber encontrado otra cosa que hacer. Además empezaría a llover en cualquier instante y no estábamos cerca del hotel; la cinta empezó sin el clásico aviso de inicio de todas las películas, eso sí, los créditos parecían esconderse entre los cuadros pues no recuerdo haberlos visto en esa primera ocasión y, a pesar de tratarse de unos exploradores en parajes selváticos, mi atención se mantuvo en la pantalla, pudo ser porque el aire acondicionado ya había hecho su magia.

Si el director pensó la secuencia de esa manera, no lo sabré, pero sin duda le dio al clavo pues con un movimiento de cabeza logró meterme en la trama como si yo pudiera acompañar al protagonista tan cerca como los otros personajes, fue tal la identificación que sentí que años después adquirí un sombrero semejante, un artículo que me gustaba desde niño y el pretexto para su compra terminó de completarse al andar en la calle enfundado en un traje vendiendo seguros de vida. Por ese tiempo debe haber sido curioso ver a alguien con un equipo de cómputo vestido como en los años cincuenta y eso que no me vieron vestido como Indiana Jones como quería desde el principio, pero en el trabajo no me lo permitieron; pues sí, mi personaje favorito es ése que Harrison Ford ha inmortalizado gracias a una estupenda interpretación en una trilogía hecha de la manera más humana posible para un súper héroe, muy por encima del hombre araña.

Mi alegría se multiplicó cuando supe que habría un segundo capítulo, aunque he de decir que esa historia medio oscura no me dejó muy satisfecho que digamos, pero las actuaciones se mantuvieron en un muy buen nivel; la cosa cambió radicalmente con la tercera entrega; la intensidad, el suspenso y el humor se recuperaron hasta casi compensar los huecos que había dejado «El templo de la perdición». «La última cruzada» debe agradecer buena parte de su éxito a la actuación del icono cinematográfico que es Sean Connery, cuya participación como padre del personaje protagónico terminó de definir el perfil de éste, a la vez que encontramos la justificación de sus actitudes y su aparente cinismo a la hora de «negociar» los objetos que son de su interés. También supimos que su nombre no era Indiana, sino Henry Jones II, el otro era el nombre de su perro de la infancia, a decir de él, muy buen perro.

Ser arqueólogo nunca fue una opción seria para mí, aunque pasó por mi mente en una ocasión hasta que me enteré de las condiciones de trabajo; si no me atrae la idea de acampar por diversión, menos por trabajo; en la película, hasta lo más precario de las situaciones parece glamoroso, pareciera no importarles a los personajes el no tener acceso al agua corriente, a la electricidad o tener lodo en los calzones, que en realidad tampoco me importaría si supiera que en la noche regresaría a mi casa. Por desgracia, los milenios de evolución se han arraigado mucho en este cuerpecito que no se comerán los gusanos porque me han de cremar; pero mientras exista la manera de seguir viendo a Indiana Jones, aunque sea en las precuelas  televisivas o en las secuelas donde ya rebasó los límites del octogenario promedio, mi sed de aventuras entre piedras milenarias, artefactos mágicos y pergaminos reveladores de oscuros secretos, estaré bien. Salud.

Beto

martes, 17 de septiembre de 2024

Las lecturas pausadas

Que el tener libros también es un tema
de economía. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Nada se compara al placer de acumular libros, excepto el haberlos leído en su totalidad; cuando se le ha quitado la obligatoriedad a la lectura, ésta se vuelve la compañía más completa que podamos tener, dadas sus condiciones de atención y generosa información que nos brinda sin tener que cuestionar más allá de lo que ofrece. Un libro no replica ni se traba y funciona estupendamente en condiciones buenas de luz; permite pausas en las que sus condiciones no cambiarán a pesar de que se prolongue por mucho tiempo, aunque los diálogos con sus páginas sí que se transformarán en un intercambio más maduro si nos permitimos una segunda, tercera o más lecturas ya que, las palabras no cambian, pero la manera de abordarlas sí. Pero nadie ha dicho que la lectura de un libro debe hacerse de cabo a rabo en una sentada, es válido por cualquier motivo, el hacer pausas puesto que varias tareas requieren nuestra atención.

Lo mejor de los libros es que no se ofenden si de pronto empezamos a leer otro, podríamos sentir que no hemos sido constantes, pero eso es problema nuestro, no de la obra y la sensación se borra retomándolo desde unas líneas atrás; a veces esos cambios nos sirven para afinar nuestros gustos o reafirmarlos o a veces la distancia hace que aumente el cariño por la lectura. Como en una vieja relación, volver a hojear un libro ya leído nos provee de perspectivas no contempladas la primera vez, las mismas palabras pueden provocarnos remembranzas de lo que vivimos antes de leerlo pero también de lo que sentimos después o durante la lectura de aquella; seguramente estarán tratando de recordar su primer libro comprado o regalado, el primero que les hizo llorar, el que los indignó, en cualquier caso, el autor tuvo un triunfo compartido con ustedes y si vuelven a leerlo, la comunión estará completada en el más alto nivel.

¿Y qué tal con aquellos que son complicados para leerse? En este momento recuerdo las siete veces que tuve que reiniciar «El Quijote», yo creo que Miguel no quería que lo leyera y me jactara en vano, aun así, lo terminé y me jacto no porque recuerde todo el contenido, bueno ni siquiera puedo afirmar que recuerde al menos un pasaje completo, pero sí presumo de que el español antiguo no me venció ni provocó que lo dejara como adorno en mi librero (aunque ganas no me faltaron por ahí de la cuarta leída); debo leerlo otra vez, ya que es una lectura que tiene muchas referencias que hay que corroborar y no es de lectores bien nacidos el dejar las cosas al aire, por otro lado aunque no he tenido la oportunidad de hacerlo en público, es bastante presumible decir: «yo sí me leí El Quijote completo», algo que no sí si el ingenioso hidalgo agradeciera o si Cervantes al menos me diera una palmada, pero sí presumiría a la primera provocación.

Como ése, otros libros han pasado más de una vez por el escrutinio de mi curiosidad y otro punto a presumir está en que soy de lo más democrático que pueda haber, pues no discrimino ni extensiones ni formatos, eso podría constatarlo Rius; podría afirmar en ese aspecto, que mi biblioteca es lo suficientemente variada como para calificarla de ecléctica, aunque no todo lo extensa que quisiera o pudiera, pero como diría mi madre, «si tuviera más espacio, seguro tampoco me sería suficiente», pero el chiste de todo ello es que, como lectores, debemos considerar que el poner en pausa una lectura, no significa que la tengamos en el abandono, sino que es la oportunidad de «oxigenarla», darle espacio para que, al retomarla, tengamos elementos para valorarla en todo su esplendor y ni qué decir de llevar varias lecturas al mismo tiempo, podrían ser complementarias. Salud.

Beto

martes, 10 de septiembre de 2024

¿Y los lectores?

Los grandes personajes suelen cocinarnos
muy buenas tramas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Posiblemente una especie en extinción pero, ¿quién puede asegurar que no es eso, sino la manifestación de una evolución en la lectura? El avance que significa, no nada más en lo tecnológico sino en el alcance de las letras contemporáneas, el poder leer en pantalla lo que resulta de interés a cada uno de nosotros sin el esfuerzo que significaba antaño el buscarlo, trae también una adaptación de nuestra anatomía, lo que seguramente no veremos, pero seguro que nuestros padecimientos darán a las futuras generaciones ventajas para no quedar a ciegas, al menos en eso confío. Los casos de «vista cansada», multiplicados últimamente por el uso de las pantallas, no se han frenado aun la implementación de lentes de protección en contra de la radiación azul, puesto que no nos ha quedado claro que el problema está, más que nada, en el tiempo tan prolongado de su uso, por lo que habría que pensar en imponernos un tiempo estimado prudente.

El lector es un investigador en potencia, hurga en las páginas con el entusiasmo de un niño bajo el árbol en día de navidad, con la diferencia de que tal fiesta se puede repetir a diario con un libro. Habrá quien diga que leer les da la oportunidad de reflexionar y ordenar las ideas, otros preferirán la versión de que sirve primordialmente como entretenimiento, ambas versiones son válidas puesto que ninguna excluye a la otra, la diferencia entre uno y otro lector, será la profundidad que le otorgue a lo que sus ojos captan. Un lector asiduo aprende además a calificar su entorno porque al contrario del decir de algunos, las comparaciones no son odiosas, lo que molesta es la intención con la cual se hace; el que tiene la costumbre de leer, encuentra en todo lo que le rodea, referencias que le ayuden a comprender situaciones o acontecimientos con los cuales valorar sus propias acciones y la pertinencia de mantenerlas igual.

Algo en lo que pocas veces reparamos y ni qué decir de mencionarlo, es el sentido crítico; lo ejercemos, es cierto, pero sin la parte que de verdad lo hace valioso que es la propuesta. Es relativamente fácil señalar fallas o errores, pero pocas veces esos señalamientos vienen con la sugerencia de qué hacer al respecto y, antes de que protesten por esta afirmación, pregúntense si es que lo hacen, cuántas veces iniciaron sus «sugerencias» con «lo que debes hacer», «es que no pones atención» o «se te ha dicho varias veces», todas indicando que en realidad no hay un interés de acompañamiento y quien todo el tiempo, quien cometa un error, estará solo. Eso significa que no hemos aprendido a leer a las personas o que no nos interesa más que saber sobre los resultados, por lo que -si trasladamos eso a un libro- pocas veces estaremos seguros y satisfechos sobre lo que obtuvimos de las páginas a las que les dimos tiempo.

La complicidad se hace presente con cada paso de página, el sonido es la garantía de que el gusto va dirigiendo la lectura, que el apetito aumenta conforme va en aumento el lado izquierdo del libro y la satisfacción es en lo último en lo que se piensa porque conforme se acerca el final, se desearía que mágicamente aumentaran las hojas, pero como eso no es posible, habrá que empezar otro proceso de enamoramiento con otra obra. Al convertirnos en lectores adquirimos un compromiso por conocimiento personal, no necesariamente con el autor, sino con los personajes que éste nos presenta; hay diálogo con cada uno de ellos por todo aquello que nos refieren ya sea por coincidencia con personas reales, otros personajes u objetos en ciertos lugares o por lo que provocan que sintamos, según el estado de ánimo que nos domine, aunque por lo general, somos bastante empáticos a la hora de posar la mirada en sus hojas. Salud.

Beto

martes, 3 de septiembre de 2024

¿Hay un mundo de escritores?

Muchos de los mundos parecen flotar
en la nada. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Es posible, pero no estoy enterado si eso aplica en la ciudad; he tenido la impresión de que el círculo intelectual-artístico irapuatense es muy cerrado pero es sólo eso, una impresión. Conozco a mucha gente inteligente, ilustrada, que suele mantener buenas conversaciones o citar buenos libros, que también es capaz de ver lo interesante en otros seres y vivir su vida de tal manera que, con un solo vistazo, los demás podemos apreciar lo luminosos que son; pero una sociedad de expertos en la pluma no parece tener aún un espacio específico, al menos no evidente, donde el intercambio de ideas se dé por oficio, ni en la forma de un club, ni en la de una logia, por lo que he estado pensando en las posibles razones de que no haya el interés de que exista y al vuelo se me ocurren tres que, si les damos atención, seguramente nos demos cuenta de que son fáciles de resolver con una pizca de voluntad y otra de curiosidad.

Escribir es como criar a un perro, se hará de acuerdo a cómo lo trates, si lo socializas se hace sociable, si lo ocultas se vuelve arisco, si lo azuzas se hará hosco y hasta podría atacar a alguien; una vez que ha madurado se le deja libre pero a diferencia de los cánidos, no se espera que regrese, por el contrario, se desea que encuentre hogar en todos los espacios en los que logre entrar y adoptar en ellos nuevas responsabilidades. Es posible que sea más específico de los mundos de los escritores, pues incluso, cada uno es capaz de crear varios de ellos, tanto para compartir con los lectores como entre sí; la convivencia cotidiana puede hacer que varias mentes creativas transformen un mismo espacio en mundos pocas veces explorados, como sucede con los juegos infantiles. Y no sólo es la facultad de dejar volar la imaginación, sino el permitirse cada uno escuchar las visiones que los demás tienen que compartir.

El mundo del escritor debe tener papel y plumas en abundancia, un archivo extenso de sucesos referenciales, datos históricos que sirvan de marco y una lista muy grande de conocidos a quienes «culpar» de todo eso que se le venga a la mente; habrá lectura, por supuesto, pero sólo como un mecanismo para compartir impresiones con otros escritores, los personajes resultantes serán la renta que pudieran cobrar para las próximas producciones. Esas lecturas -acompañadas de letras o no- servirán para lo mismo que Chava Flores decía que servían los compositores, para darle sabor al caldo. Las características de las lecturas que todos somos capaces de hacer, están aderezadas con los estados de ánimo que tengamos en el momento, lo cual es válido porque la objetividad está hecha para la teorización, no para la ludicidad, así que si las tomamos como punto de partida para echar a volar la imaginación, serán los sentimientos las monedas de cambio.

El mundo del escritor suele ser todo lo contrario a lo establecido líneas arriba, son relativamente pocos a los que les interesa una vida social activa y luminosa, no por ser antisocial, sino porque se distrae pensando en varias cosas a la vez; el profesional de la pluma cree fervientemente que todo en la vida puede ser objeto de narración por lo que invertirá su tiempo (buena parte de él) en observar su entorno, en sacar los detalles que hagan a objetos y personas interesantes para los demás, sacar a la luz esas relaciones que pudieran representar una enseñanza o al menos una referencia para actuar frente a un evento. El escritor mismo llega a pertenecer a sus escritos volviéndose un personaje que, voluntaria o involuntariamente, muestra todo aquello que le mueve a meterse en situaciones ajenas para hacerlas de su control, quién quita y en un paseo, ustedes se vuelven protagonistas de una historia. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...