martes, 17 de septiembre de 2024

Las lecturas pausadas

Que el tener libros también es un tema
de economía. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Nada se compara al placer de acumular libros, excepto el haberlos leído en su totalidad; cuando se le ha quitado la obligatoriedad a la lectura, ésta se vuelve la compañía más completa que podamos tener, dadas sus condiciones de atención y generosa información que nos brinda sin tener que cuestionar más allá de lo que ofrece. Un libro no replica ni se traba y funciona estupendamente en condiciones buenas de luz; permite pausas en las que sus condiciones no cambiarán a pesar de que se prolongue por mucho tiempo, aunque los diálogos con sus páginas sí que se transformarán en un intercambio más maduro si nos permitimos una segunda, tercera o más lecturas ya que, las palabras no cambian, pero la manera de abordarlas sí. Pero nadie ha dicho que la lectura de un libro debe hacerse de cabo a rabo en una sentada, es válido por cualquier motivo, el hacer pausas puesto que varias tareas requieren nuestra atención.

Lo mejor de los libros es que no se ofenden si de pronto empezamos a leer otro, podríamos sentir que no hemos sido constantes, pero eso es problema nuestro, no de la obra y la sensación se borra retomándolo desde unas líneas atrás; a veces esos cambios nos sirven para afinar nuestros gustos o reafirmarlos o a veces la distancia hace que aumente el cariño por la lectura. Como en una vieja relación, volver a hojear un libro ya leído nos provee de perspectivas no contempladas la primera vez, las mismas palabras pueden provocarnos remembranzas de lo que vivimos antes de leerlo pero también de lo que sentimos después o durante la lectura de aquella; seguramente estarán tratando de recordar su primer libro comprado o regalado, el primero que les hizo llorar, el que los indignó, en cualquier caso, el autor tuvo un triunfo compartido con ustedes y si vuelven a leerlo, la comunión estará completada en el más alto nivel.

¿Y qué tal con aquellos que son complicados para leerse? En este momento recuerdo las siete veces que tuve que reiniciar «El Quijote», yo creo que Miguel no quería que lo leyera y me jactara en vano, aun así, lo terminé y me jacto no porque recuerde todo el contenido, bueno ni siquiera puedo afirmar que recuerde al menos un pasaje completo, pero sí presumo de que el español antiguo no me venció ni provocó que lo dejara como adorno en mi librero (aunque ganas no me faltaron por ahí de la cuarta leída); debo leerlo otra vez, ya que es una lectura que tiene muchas referencias que hay que corroborar y no es de lectores bien nacidos el dejar las cosas al aire, por otro lado aunque no he tenido la oportunidad de hacerlo en público, es bastante presumible decir: «yo sí me leí El Quijote completo», algo que no sí si el ingenioso hidalgo agradeciera o si Cervantes al menos me diera una palmada, pero sí presumiría a la primera provocación.

Como ése, otros libros han pasado más de una vez por el escrutinio de mi curiosidad y otro punto a presumir está en que soy de lo más democrático que pueda haber, pues no discrimino ni extensiones ni formatos, eso podría constatarlo Rius; podría afirmar en ese aspecto, que mi biblioteca es lo suficientemente variada como para calificarla de ecléctica, aunque no todo lo extensa que quisiera o pudiera, pero como diría mi madre, «si tuviera más espacio, seguro tampoco me sería suficiente», pero el chiste de todo ello es que, como lectores, debemos considerar que el poner en pausa una lectura, no significa que la tengamos en el abandono, sino que es la oportunidad de «oxigenarla», darle espacio para que, al retomarla, tengamos elementos para valorarla en todo su esplendor y ni qué decir de llevar varias lecturas al mismo tiempo, podrían ser complementarias. Salud.

Beto

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