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| Muchos de los mundos parecen flotar en la nada. Foto: BAER |
Escribir es como criar a un perro, se hará de acuerdo a cómo lo trates, si lo socializas se hace sociable, si lo ocultas se vuelve arisco, si lo azuzas se hará hosco y hasta podría atacar a alguien; una vez que ha madurado se le deja libre pero a diferencia de los cánidos, no se espera que regrese, por el contrario, se desea que encuentre hogar en todos los espacios en los que logre entrar y adoptar en ellos nuevas responsabilidades. Es posible que sea más específico de los mundos de los escritores, pues incluso, cada uno es capaz de crear varios de ellos, tanto para compartir con los lectores como entre sí; la convivencia cotidiana puede hacer que varias mentes creativas transformen un mismo espacio en mundos pocas veces explorados, como sucede con los juegos infantiles. Y no sólo es la facultad de dejar volar la imaginación, sino el permitirse cada uno escuchar las visiones que los demás tienen que compartir.
El mundo del escritor debe tener papel y plumas en abundancia, un archivo extenso de sucesos referenciales, datos históricos que sirvan de marco y una lista muy grande de conocidos a quienes «culpar» de todo eso que se le venga a la mente; habrá lectura, por supuesto, pero sólo como un mecanismo para compartir impresiones con otros escritores, los personajes resultantes serán la renta que pudieran cobrar para las próximas producciones. Esas lecturas -acompañadas de letras o no- servirán para lo mismo que Chava Flores decía que servían los compositores, para darle sabor al caldo. Las características de las lecturas que todos somos capaces de hacer, están aderezadas con los estados de ánimo que tengamos en el momento, lo cual es válido porque la objetividad está hecha para la teorización, no para la ludicidad, así que si las tomamos como punto de partida para echar a volar la imaginación, serán los sentimientos las monedas de cambio.
El mundo del escritor suele ser todo lo contrario a lo establecido líneas arriba, son relativamente pocos a los que les interesa una vida social activa y luminosa, no por ser antisocial, sino porque se distrae pensando en varias cosas a la vez; el profesional de la pluma cree fervientemente que todo en la vida puede ser objeto de narración por lo que invertirá su tiempo (buena parte de él) en observar su entorno, en sacar los detalles que hagan a objetos y personas interesantes para los demás, sacar a la luz esas relaciones que pudieran representar una enseñanza o al menos una referencia para actuar frente a un evento. El escritor mismo llega a pertenecer a sus escritos volviéndose un personaje que, voluntaria o involuntariamente, muestra todo aquello que le mueve a meterse en situaciones ajenas para hacerlas de su control, quién quita y en un paseo, ustedes se vuelven protagonistas de una historia. Salud.
Beto

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