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| La última cruzada es posiblemente la mejor de las entregas. Foto: BAER |
Si el director pensó la secuencia de esa manera, no lo sabré, pero sin duda le dio al clavo pues con un movimiento de cabeza logró meterme en la trama como si yo pudiera acompañar al protagonista tan cerca como los otros personajes, fue tal la identificación que sentí que años después adquirí un sombrero semejante, un artículo que me gustaba desde niño y el pretexto para su compra terminó de completarse al andar en la calle enfundado en un traje vendiendo seguros de vida. Por ese tiempo debe haber sido curioso ver a alguien con un equipo de cómputo vestido como en los años cincuenta y eso que no me vieron vestido como Indiana Jones como quería desde el principio, pero en el trabajo no me lo permitieron; pues sí, mi personaje favorito es ése que Harrison Ford ha inmortalizado gracias a una estupenda interpretación en una trilogía hecha de la manera más humana posible para un súper héroe, muy por encima del hombre araña.
Mi alegría se multiplicó cuando supe que habría un segundo capítulo, aunque he de decir que esa historia medio oscura no me dejó muy satisfecho que digamos, pero las actuaciones se mantuvieron en un muy buen nivel; la cosa cambió radicalmente con la tercera entrega; la intensidad, el suspenso y el humor se recuperaron hasta casi compensar los huecos que había dejado «El templo de la perdición». «La última cruzada» debe agradecer buena parte de su éxito a la actuación del icono cinematográfico que es Sean Connery, cuya participación como padre del personaje protagónico terminó de definir el perfil de éste, a la vez que encontramos la justificación de sus actitudes y su aparente cinismo a la hora de «negociar» los objetos que son de su interés. También supimos que su nombre no era Indiana, sino Henry Jones II, el otro era el nombre de su perro de la infancia, a decir de él, muy buen perro.
Ser arqueólogo nunca fue una opción seria para mí, aunque pasó por mi mente en una ocasión hasta que me enteré de las condiciones de trabajo; si no me atrae la idea de acampar por diversión, menos por trabajo; en la película, hasta lo más precario de las situaciones parece glamoroso, pareciera no importarles a los personajes el no tener acceso al agua corriente, a la electricidad o tener lodo en los calzones, que en realidad tampoco me importaría si supiera que en la noche regresaría a mi casa. Por desgracia, los milenios de evolución se han arraigado mucho en este cuerpecito que no se comerán los gusanos porque me han de cremar; pero mientras exista la manera de seguir viendo a Indiana Jones, aunque sea en las precuelas televisivas o en las secuelas donde ya rebasó los límites del octogenario promedio, mi sed de aventuras entre piedras milenarias, artefactos mágicos y pergaminos reveladores de oscuros secretos, estaré bien. Salud.
Beto

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