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| Es como devanarse los sesos en buscar nombre para que terminen diciéndose «wey». Foto: BAER |
Al igual que la población de habla inglesa, los que vivimos en el marco de una lengua española hemos supuesto que el contraer palabras es un avance, sin embargo, creo que el usar apócopes o aféresis no enriquece realmente al idioma, sólo nos hace creer que somos cariñosos con personas específicas, así usamos «má» o «pá» por mamá y papá; ¿qué decir de los anglicismos, que parecieran ponernos en un nivel superior cuando en realidad muestran un marcado desconocimiento del español y en cada caso, no hubo una revisión académica para su uso o preferir su equivalencia como vestimenta en lugar de outfit, incluso tenemos términos más exactos como «ropa de calle» para saber a cuál ropa externa (contraria a la ropa interior) nos referimos; la vida cotidiana se ve inundada de ocurrencias que nos parecen simpáticas pero que nada aportan a la riqueza del idioma, pues no se nota un cambio significativo que facilite la comprensión.
Por supuesto es gracioso escuchar a Teo González decir que «mariguanicen la legaliguana» en una de sus rutinas pero que los de a pie intentemos hacerlo por parecer graciosos con todas las palabras que se nos atraviesan, no es muy loable que digamos; en los deportes hemos escuchado términos que, como nos tocó el tiempo en que los implementaron, los escuchamos como algo natural, por ejemplo ¿de dónde viene la palabra «trallazo»? Quizá se escriba trayazo, no estoy seguro, pero por su sonido es posible que se trate de una fusión de dos palabras como trazo y rayo con el aumentativo al final o que a algún comentarista se le trabó la lengua y dijo una barbaridad que a los demás se les hizo curiosa y la usaron sin mayor revisión sobre su pertinencia, así que se quedó. Pero no cualquier ocurrencia tiene buen destino, aunque sigan usándose, pues sólo denotan una falta de conocimiento como el vocablo «óilo» que usaba Capulina en sus películas.
Ahora bien, no estoy en contra de la adopción de palabras o de su invención por cualquier medio, pero no creo en el hacerlo sin cuestionarnos el origen o el porqué de adaptarlas; las que ya estaban antes de que naciéramos no son del todo nuestra responsabilidad el erradicarlas, pero sí saber la razón de su existencia, sin embargo, a partir de que tenemos conciencia de nuestros lenguajes, sí es nuestra obligación el proteger nuestras formas de expresión, sin el afán de ser puristas, tan sólo por poder explicar la razón por la cual usamos o no ciertas palabras, el que la mayoría ignorante deje de usarlas y por ello pasen a las filas de los anacronismos, no significa que se hayan vuelto inútiles, lo único que necesitan es que se les dé la oportunidad de volver y adquirir nueva significación de acuerdo a las circunstancias actuales y así dejar de integrar anglicismos (u otros) sin ton ni son. Salud.
Beto

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