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| Lenguajes limitados exigen mayor esfuerzo expresivo. Foto: BAER |
La respuesta rápida es la ignorancia, pero la responsabilidad es de quien concientemente deja de usarlas por la razón que sea, la primera que se me viene a la cabeza es el cambio temporal de contenido social, lo que tiene que ver con materiales, crecimiento urbano, tecnologización, cambios en la moda y todo aquello que requiera ser bautizado o renombrado y así como la vida cotidiana apunta a la simplificación, también los esfuerzos al tratar de cumplir con las tareas y una parte del origen está en los lenguajes que usamos; si las palabras dirigen el aprendizaje por la amplitud del conocimiento que proporcionan, por supuesto que se manifestarán en el comportamiento que manifestamos a diario en cualquier lugar, algunas veces el argumentar que por a«utenticidad» nos comportamos de la misma manera en todos lados, sólo es un intento por ocultar una capacidad limitada de identificar los espacios.
Esa identificación puede ser adecuada en la medida en que conocemos las palabras y los significados de las mismas que los califican; las palabras se arraigan en la mente como garrapatas en la piel, una vez que nombramos algo, nada hay que haga que lo llamemos de otra manera. Argumentarán que cuando aprendemos un nuevo idioma es justo lo que hacemos, sin embargo, lo que realizamos es encontrar equivalencias a lo que ya conocemos pero hay un caso hipotético que ayudaría a entender el arraigo al que hago referencia. Imaginen que nacieron con un defecto visual que les hace ver dos de los colores del espectro al revés, es decir, que vieran el rojo como verde y el verde como rojo, no que cambien sólo los nombres, ven los colores como los vemos todos, pero reciben la refracción de la luz al contrario de los demás, ¿creen que tendrían algún problema?
Ni siquiera podríamos pensar en un progreso visual pues lo que vemos, tiene un grado de acto de fe, ¿cómo sabemos que los colores que percibimos, los demás los ven de la misma manera? Coincidimos es que uno es azul, que otro es amarillo y aquel es magenta pero, ¿realmente los vemos igual? Digamos que sí para no meternos en líos ya que no contamos con los aparatos que comprobarían esas dudas; pasa algo semejante, aunque más manejable porque no lidiamos con espectros, sino con entonaciones (en el caso de la expresión oral) y gramática (en la expresión escrita) que para nuestros sentidos resultan más tangibles. En un último esfuerzo mental (por hoy), me tomaré la libertad de preguntarles, ¿quiénes creen que tengan más dificultad para socializar, los ciegos o los sordo-mudos? Piensen en quiénes son más expresivos con sus rostros y eso nos dará pista sobre el esfuerzo que deben hacer para comunicarse. Salud.
Beto

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