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| Quien promueve la lectura es porque ya ha transitado por esos caminos. Foto: BAER |
Y hablando de cuartillas, viene a mi mente el recuerdo de cuando estaba en la universidad, las tareas de un maestro ya mencionado en estos espacios; éstas consistían en leer un libro y hacer un comentario de él a manera de examen mensual, el único requisito era que debíamos realizarlo en una cuartilla, ni más ni menos. Al principio nos pareció una misión imposible pues, ¿cómo íbamos a «meter» todo lo que nos sugiriera la obra entera? Debía estar loco, si quería nuestro trabajo, tenía que darnos más espacio para trabajar, al menos dos. La protesta pudo trascender si no es porque nos dimos cuenta que al pedirnos el trabajo, sí teníamos que leer todo el libro, pero sólo escribir sobre un aspecto específico que nos hubiera llamado la atención y, honradamente, qué bueno que era así pues en lo que a mí respecta, significó un ejercicio de humildad ya que fue la primera vez que descubrí «la hoja en blanco» pues poco y nada se me ocurría.
Escribir historias es algo muy cercano a la creación divina, las vidas de los personajes están en manos de una voluntad que puede mostrarse de acuerdo a las restricciones que ella misma se imponga, quizá disemine entre ellos sus miedos, sus fortalezas, sus ambiciones y, muy probablemente, todo aquello de lo que no se sienta capaz de hacer, sublime o perverso, con la ventaja de que el daño o beneficio que pudiera hacer, sería indirecto; encender pasiones es el oficio del escritor literario y del dramaturgo, pero el primero promete una intimidad más centrada en el individuo, que apela a la complicidad del lector para recrear todo, el número de veces que sea necesario en cada cabeza, algunas se quedarán ahí en su totalidad, otras sólo en partes, las demás se olvidarán como una invitación a una nueva lectura en la que el descubrimiento sea la moneda de cambio.
El discurso literario es, en resumen, la herramienta que permite a dos personas hablar entre sí mediante el diálogo entre personajes, en lugares creados y recreados por dos visiones distintas con valores semejantes aunque no necesariamente en el mismo orden, lo que permite encontrar mayor riqueza en cada lectura; el acto de leer un texto cargado de fantasía, misterio, horror o cualquier otro género literario apuesta a la libertad de interpretación y a la atención voluntaria de las tramas, muy distinta a la tergiversación de contenidos por la cual podríamos calificar erróneamente una obra y dejarla de lado por algún prejuicio. Siendo la lectura, posiblemente, el único vicio que tiene una afectación positiva, promoverla debería ser una obligación moral y los promotores ser vistos con alguna deferencia, por ejemplo Benito Taibo, Francisco Martín Moreno, Juan Miguel Zunzunegui y muchos otros. Salud.
Beto

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