martes, 26 de enero de 2021

La familia Grande 6a. entrega

“Sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera
de la dirección...”. Foto: BAER

Las preguntas salían como trueno de la garganta del director, indignado por el comportamiento de su vástago que calificó de imperdonable que, en el lenguaje de su familia, significaba un severo castigo. Los ojos del niño casi se salían de sus órbitas del terror que le causaban las palabras de su progenitor. De todos en la escuela era sabido que el director no se tentaba el corazón a la hora de corregir a sus hijos, al menos al mayor llegó a dejarle varias marcas en la espalda por los azotes que le propinó en diferentes momentos y, al decidir que ya no estaba dispuesto a tolerar los devaneos de un mozalbete irresponsable, lo envió a una academia militarizada en el puerto de Veracruz, sin más indicaciones ni vacilaciones.

Después de todo lo que parecía haber acumulado por días, el director por fin dirigió su mirada al Gato quien, a pesar de mantenerse de pie sin ninguna expresión visible, por dentro el miedo lo invadía de pies a cabeza, amenazando con hacerlo caer desmayado justo frente al escritorio. Luego de algunos segundos densos para todos los presentes, simplemente preguntó su nombre, a lo que el muchacho contestó con una seguridad que estaba lejos de sentir: “Efraín Grande, señor”. Volvió a clavar la mirada en los ojos del infante mostrando cierto interés en lo que acababa de escuchar. “Habrá sufrido varias bromas por ello, ¿no?” dijo el docente con cierta sorna que no se permitía con cualquiera.

“No entiendo la pregunta, señor” contestó el Gato tratando de adivinar la intención de tales palabras, “olvídalo” dijo el director inquiriendo sobre los detalles del encuentro con su hijo. Sin saber porqué, el chamaco asumió la responsabilidad total y aseguró que Luis nada había tenido que ver. Cualquier expresión que pudiera haber provocado ese arranque de arrojo brilló por su ausencia, dejando en el director una especie de máscara de cera; sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera de la dirección y se dirigiera a su salón, que lo llamaría después. tras de sí, se cerró la puerta y un susurro se perdió después del click del cerrojo. Sin comprender del todo, pero sin vacilar, obedeció la orden.

Media hora después, Luis pidió autorización para ingresar a la clase; por todo el trayecto hasta su banca fue acompañado por el murmullo de sus compañeros y la mirada fija del Gato que no alcanzó a descifrar el gesto de ese niño que hacía apenas un rato había intentado romperle la cabeza. Ya se había limpiado la cara, pero las huellas de la escaramuza seguían en su camisa. Las clases continuaron sin mayor contratiempo; el timbre del patio sonó anunciando la salida y cada niño se apresuró a guardar en sus mochilas de cuero, los cuadernos y libros usados ese día. En la puerta del edificio, Efraín y Sergio esperaban a Virginia cuando vieron a Luis acercárseles junto a dos de sus incondicionales. Continuará. Salud.

Beto

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