martes, 15 de diciembre de 2020

Las clases de civilidad

Nos ofendemos más con las formas que con
lo que tienen de fondo. Foto: BAER
Un gran pecado de la sociedad actual es el dar las cosas por hechas; los sobreentendidos han minado las relaciones sociales en un nivel que la indolencia se ha convertido en el comportamiento común, el bienestar social es una quimera y lo virtuoso es aprovecharse de los demás. La oposición a las reglas es una constante, ya sin un marco conceptual que le dé validez, se ejecuta por moda o por vanidad, quizá por no encontrar una forma lógica de sobresalir. La satisfacción sólo es material y quien ose afirmar lo contrario, será puesto en la plataforma de los perdedores. Lo anterior es debido a que aprendemos que los demás no existen sino para atacarnos, por lo tanto, es nuestro derecho divino defendernos.

Defenderse está bien y es eventual, lo malo es estar permanentemente a la defensiva; es un estado enfermizo de rasgos paranoides que impide pensar positivamente de cualquier situación. Es además, un estado mental histórico que está enfocado al regodeo del sentimiento derrotista grabado en nuestra piel con el hierro candente del mito del país conquistado: “Este complejo está determinado por nuestra visión de la historia que nos identifica como descendientes de aztecas conquistados”. (Zunzunegui, 2020) y no sólo eso, el determinismo resultante que intenta explicar nuestra postura de eternas víctimas de todos los países, otorga un buen pretexto para justificar el miedo al triunfo.

La civilidad nacional tiene como pilar a la pobreza como virtud; ser pobre pero honrado ha sido una tarjeta de presentación explotadas en la historias de consumo en el cine y la televisión -y últimamente por el gobierno federal- pero esa uniformidad supuestamente deseable por ciertas divinidades fuera de sustentar la conformidad, provoca que la mayor parte del tiempo nos quejemos por no tener dinero y obliga a algunos a dedicarse a la delincuencia. Las contradicciones acentúan las desesperanzas añejadas en barricas de mal entendida estoicidad y resignación punzante que se encaja en las rodillas de un pueblo penitente que finge fortaleza en un caparazón de simulación.

La convivencia está condenada a una ficción políticamente correcta, sin convicción ni ganas de volver a un esquema de honorabilidad guardada para las películas de los hermanos Soler; ya no se puede levantar la voz porque un grupo se espanta, la crítica es siempre un ataque a la sensibilidad de otro, el señalamiento es censura y la piel de los habitantes de este país es cada vez más delgada. Lo que parecía una fábula o novela de marcianos, se ha vuelto realidad; las verdaderas ofensas como la pobreza extrema, la discriminación irracional, la falta de condiciones para la libre empresa o cualquier otra lindura con la que nos han gobernado, amenazan con posicionarse para siempre. Salud.

Beto

Para saber más:

Zunzunegui, Juan Miguel. (2020). Los mitos que nos dieron traumas. México, De Bolsillo.

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