martes, 22 de diciembre de 2020

La familia Grande 1a entrega

La colilla entre sus dedos quemó un poco
de piel. Foto: BAER

Una bocanada extraída de lo más profundo del cigarrillo casi extinto, formó un aro irregular similar a los que antaño divertían a su sobrina en las tardes en que solía visitar a su único hermano vivo. Después de haber formado parte de una familia muy numerosa, el que ya sólo sobrevivieran ellos dos resultaba extraño, principalmente en las festividades en las que solían reunirse todos. En esas fechas, la mesa, la mesa hecha por su padre, rebosaba de chiquillos risueños que se desbordaban en cuanto su madre, arriesgando el físico, colocaba alguna cazuela o el canasto de tortillas que le habían tomado media mañana hacer, pues no confiaba en los círculos de masa casi cruda que vendía Chole en la tortillería de la esquina.

Lejos habían quedado los gritos de su padre para levantar a las seis y media de la mañana, a toda “la tropa” como llamaba a todos sus hijos “de riego y de temporal”, broma que a su mujer no le hacía mucha gracia pues, de los seis que fueron de sangre, se sumaban tres primos hijos de una hermana que falleció en circunstancias extrañas, a decir de las autoridades, dos de un trabajador de la obra en la que había trabajado de capataz y otros dos de un compadre que salió del país huyendo por haber matado a su esposa. Eso sí, todos adoptados según la ley, favorecidos por la ayuda de un conocido bien posicionado en la política nacional que los inscribió a todos en un programa gubernamental de asistencia.

La colilla entre sus dedos quemó un poco de piel obligándolo a dar un manotazo para deshacerse del dolor; levantó las cobijas dispuesto ya a levantarse pensando en el regaño que le hubiera dado su madre de haberlo encontrado otra vez con ese mal hábito de fumar en la cama. Parecía oírla: “mal amaneciendo Dios, ya estás con esa porquería”; terminó por levantarse no muy convencido de lo que iba a hacer. Aún mantenía la sensación de esperar turno para bañarse, a pesar de haber vivido solo los últimos cinco años, pues su vida de casado (en tres ocasiones) sólo fue un continuo de la vorágine en que cada día despertaba en la casa paterna, una edificación tan grande como vetusta.

Debió ser que su primer matrimonio lo pasó allí, al menos una buena parte, lo que le dejó varias marcas en el alma; bien dicen que no hay amor que soporte extremas carencias y la principal, dado que para ese entonces ya contaba con empleo y un sueldo decente, era la privacidad. Sin luna de miel, tuvo que compartir desde el primer día la recámara de sus hermanas menores, pues era la que más se prestaba para dividirla con un lazo y una colcha atravesados de pared a pared, pero como era imposible meter otra cama, Sofi tuvo que cederles la suya y compartir con Laura, aprovechando que ambas eran de corta estatura, aunque juntas no eran dechados de discreción ni de confiabilidad. Continuará. Salud.

Beto

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