martes, 24 de noviembre de 2020

Nueva vida al papel

La conjunción de dos almas para configurar
un mismo espíritu. Foto: BAER

La nobleza de la restauración se aprecia desde el momento en que ponemos manos a la obra en alguna de ellas; no importa su naturaleza, los pasos parecen ser los mismos en cualquiera. El objeto a restaurar ofrecerá las pistas por donde prefiere ser intervenido, la manera en cómo lo desea y el tiempo de atención que requiere. La proverbial sabiduría oriental pone como ejemplo la recuperación de las piezas de cerámica, humanizando hasta cierto punto, las cicatrices que se forman cuando se rompen y después se pegan los trozos resultantes, algo como cuando escuché a mi hermano Jorge decir que una cicatriz en la piel no era otra cosa que una medalla del deporte.

En un llibro, la restauración adquiere dos títulos nobiliarios, uno por los delicados movimientos que se requieren para despojarlo de aquellos elementos que ya no tienen una utilidad práctica y dos, por la valía del contenido; algunas de las piezas deberán reemplazarse, esto cuidando que la obra mantenga su dignidad y la naturaleza de su factura y otras, sólo requerirán de mantenerse lo más cercano posible a su estado original, lo cual significa que, los elementos agregados no saquen de contexto a la intención para la cual fue hecho; por mucho que el arreglo intente mejorar la presentación, el respeto es primordial para no provocar un resultado adverso.

Una restauración en los libros -y en cualquier objeto- implica hacerle nuevas heridas; se trata de una intervención quirúrgica en la que necesariamente aparece la mano de quien llevó a cabo la operación. Habrá quienes hasta dejen constancia de ello con una especie de firma característica, para otros quizá eso no sea tan importante, el caso es que en cada ocasión la relación entre artesano y obra es de una estrecha intimidad en la que el objetivo es darle una segunda oportunidad a un tercero, que bien puede ser el autor para que su conocimiento no se pierda o bien, un lector, para que aumente su bagaje abrevando de una fuente ajena a su realidad pero cercana en naturaleza.

La fragilidad de las páginas sueltas, dejará su lugar a una fortaleza recuperada a base de hilo y pegamento, de nuevas piezas de papel o de tinta, para dar nuevo brillo a los blasones adquiridos con el resonar de las palabras impresas en cada cabeza que haya tenido y tenga la futura suerte de recorrer cada uno de sus renglones. Claro, no todos los libros corren con la misma suerte, pero los pocos que sí, acumularán el cariño y el respeto de cada par de ojos que se animen a acompañarlos en la aventura que guardan en su interior. a pesar de la gran producción en masa, la figura del restaurador se mantendrá como la de un vigilante de las relaciones se amor-odio entre los autores y sus lectores. Salud.

Beto

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