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| Ningún personaje se deja ningunear. Foto: BAER |
En medio de la turbulencia provocada por la lectura, nacerán los emisarios de otras realidades tan parecidas a ésta, pero que encierran esperanzas donadas por la voluntad de su creador, éste inmisericorde, torcerá hasta el límite de la paciencia las situaciones sometidas a su capricho, pero que encontrará en su interlocutor, al cómplice perfecto. Confiará en su discreción, en que los crímenes que cometa, se vestirán con la obviedad del secreto a voces, que el juicio al que los sometan será sólo la prolongación de su capricho y tendrán como resultado el estupor circunstancial que habrá de repetirse en cada lectura, en cada cabeza que ose introducirse en esas páginas.
Cada cierto tiempo, la mano hace una pausa para permitir una revisión; las palabras escritas comienzan a alejarse y adquieren autonomía, el texto se vuelve ajeno y vive por sí mismo, exige que se siga un camino aparentemente determinado al que la pluma no tiene más remedio que ceñirse. Las muecas de las caras de los personajes cambian independientes y las palabras que salen de sus bocas son gritos de libertad. Y no hay condiciones, la pluma danza en la hoja al ritmo que le marca el coro ficticio para este mundo, pero real del otro lado del espejo. Bastaría con extender los brazos para que en ese momento se invirtieran los papeles.
Por un instante eso sucede, el puente construido mediante oraciones se ve transitado por un innumerable grupo de personajes que vienen a vigilar lo que su creador les encomendará; posiblemente no estarán de acuerdo con las vestimentas asignadas ni con los parentescos propuestos; presionarán para cambiar lo cambiable y mantener lo inamovible. La última página se vislumbra no como una meta, sino como una promesa de nuevos enlaces, de otros espacios, de diferentes rostros; en sí misma, aunque lleve la palabra impresa, no será el fin, sino el acuerdo tácito entre el creador y sus personajes con un posible lector de una nueva cita. Salud.
Beto

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