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| Faltan muchos como mi tío Cándido, pero siempre están presentes. Foto: BAER |
Con un pequeño esfuerzo, nuestra máquina del tiempo puede traer los aromas, los sonidos, los sabores que compartimos con ellos; los favores, las penas, las enseñanzas, el orgullo de haber compartido cada uno de esos momentos que suelen repetirse involuntariamente con los más insospechados detonantes, insisto, sólo hace falta un detalle. La mejor clase de geografía y fenómenos climáticos me la dio uno de mis tíos, aunque de rebote porque la plática no era conmigo; la prudencia y la paciencia las vine a ejercitar con indicaciones e mis abuelas.
El desprendimiento lo entendí con un sacerdote jesuita; el gusto por los boleros y la bohemia, un compañero de la universidad; la disposición a ayudar con otra compañera; la importancia de documentar antes de hablar con un mastro y amigo; hasta aquí, quizá suene frío o parezca una simple enumeración de eventos, pero tengan por seguro de que cada uno de ellos ha tenido un gran significado en lo que me he convertido, influyeron incluso en mis preferencias teóricas y artísticas, pero ahora por sus decisiones o por cumplir ciclos, están ausentes.
Cada uno se habrá construido un cielo acorde a sus gustos; los imagino deisfrutando de todo lo que aprendieron en vida, quizá degustando algún platillo, tocando un instrumento, jugando con un balón; quizá estén aprendiendo otras cosas porque todos tenían en común una gran curiosidad. Me daría muchos gusto, si existiera la posibilidad, que se conocieran, que pudieran intercambiar impresiones, que aumentaran los espacios de paz que se agenciaron en este mundo y, por supuesto, que vayan apartando otro, para cuando nos toque visitarlos. Salud.
Beto

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