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| La dirección puede estar marcada, el chiste es saber cómo llegar: Foto: BAER |
Como parte de esta pandémica especie, caigo en los brazos de la vanidad y me regodeo como guajolote en arena con la noticia que recibí anoche por parte de una entrañable maestra, colega por un buen tiempo; resulta y acontece que utilizó una de mis publicaciones (Cultura Mexicana # 17) como tema de una de sus clases universitarias. Puede parecer poco y por supuesto que no reuní a una turba para caminar por las calles gritando consignas en favor de que siga sucediendo, pero qué bien se siente saber que algo que pasó por mi mente, fue leído por ojos ajenos y neutrales.
Además debo agradecerle que se haya fijado en mi escrito como para pensar que pudiera parecerle interesante a sus alumnos (al menos eso espero); por otro lado, ese acto incrementa mi responsabilidad al grado de imaginar que el atosigar sólo a mis diez lectores no será así en ocasiones, por lo que debo variar puntos de vista, aumentar datos, adherir propuestas, en fin, aceptar que realmente me estoy convirtiendo en escritor. Porque una cosa es dibujar palabras en papel como divertimento y otra muy distinta, saber que se tiene el poder de modificar, aunque sea un poco, la perspectiva de alguien.
Hay algo de nervio que no permito que se vuelva miedo, lo mantengo en inquietud, en cosquilleo que antaño anticipaba la entrada al escenario o a un salón de clase. Nunca desaparece, es un duendecillo que juguetea en mi oreja recordándome que está allí para recordarme que soy falible, que lo que haga o escriba debe tener la ambición de la perfección o al menos, la decencia de lo coherente; el susurro se vuelve grito y por hoy la libré. Y como en la película Torero de Carlos Velo, me siento en la silla haciendo eco a la voz de Luis Procuna: “¿Y la próxima semana, qué?”. Salud.
Beto

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