martes, 8 de septiembre de 2020

Sólo por hoy

La dirección puede estar marcada,
el chiste es saber cómo llegar: Foto: BAER
La mesura, como forma impuesta de convivencia, exige cierta uniformidad que la sangre latina tiende a desdeñar; cada triunfo supone un festejo en la medida de lo que se obtuvo, cierto, pero lo es el que cada óptica impone la magnitud de sus alcances. Es decir, si un pequeño ratón lograra ascender el Everest, magnificaríamos tal logro como el más portentoso del mundo, aunque no supiéramos qué motivó al roedor hacerlo. Lo bueno es que ninguno de esos pequeños seres tiene la necesidad de andar anunciando lo que va a hacer o ha hecho con miras a conseguir “laics” como los humanos.

Como parte de esta pandémica especie, caigo en los brazos de la vanidad y me regodeo como guajolote en arena con la noticia que recibí anoche por parte de una entrañable maestra, colega por un buen tiempo; resulta y acontece que utilizó una de mis publicaciones (Cultura Mexicana # 17) como tema de una de sus clases universitarias. Puede parecer poco y por supuesto que no reuní a una turba para caminar por las calles gritando consignas en favor de que siga sucediendo, pero qué bien se siente saber que algo que pasó por mi mente, fue leído por ojos ajenos y neutrales.

Además debo agradecerle que se haya fijado en mi escrito como para pensar que pudiera parecerle interesante a sus alumnos (al menos eso espero); por otro lado, ese acto incrementa mi  responsabilidad al grado de imaginar que el atosigar sólo a mis diez lectores no será así en ocasiones, por lo que debo variar puntos de vista, aumentar datos, adherir propuestas, en fin, aceptar que realmente me estoy convirtiendo en escritor. Porque una cosa es dibujar palabras en papel como divertimento y otra muy distinta, saber que se tiene el poder de modificar, aunque sea un poco, la perspectiva de alguien.

Hay algo de nervio que no permito que se vuelva miedo, lo mantengo en inquietud, en cosquilleo que antaño anticipaba la entrada al escenario o a un salón de clase. Nunca desaparece, es un duendecillo que juguetea en mi oreja recordándome que está allí para recordarme que soy falible, que lo que haga o escriba debe tener la ambición de la perfección o al menos, la decencia de lo coherente; el susurro se vuelve grito y por hoy la libré. Y como en la película Torero de Carlos Velo, me siento en la silla haciendo eco a la voz de Luis Procuna: “¿Y la próxima semana, qué?”. Salud.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...