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| En algún momento los títeres se liberarán. Foto: BAER |
Cuando llegue a su etapa madura y esté apto para volar, las relaciones derivadas de sus aventuras ya nada tendrán que ver con su creador, tendrá que defenderse por sí mismo además de soportar toda la posible crítica negativa en su contra, así como mantenerse ecuánime ante los elogios, sin olvidar por supuesto, que pertenece a una casta de personajes hecha o por nacer. Dialogará al mismo tiempo con sus compañeros de páginas y lectores ávidos de asomarse a una ventana que les brinde otra perspectiva de la grandeza y la miseria humanas donde verse reflejados.
Un personaje es, entonces, un emisario de dualidades al que cada uno de los lectores abordará dándole la dirección que crea conveniente, en una suerte de mímesis conciliadora entre el ser real y la ficción. Cada uno de esos puentes se volverá entrañable en la medida de la identificación que se establezca dando así, pie a un sinfín de modalidades en las relaciones sean éstas potenciales o en uso; la curiosidad vendrá a sazonar a cada una de ellas conforme al tiempo que se dedique al ejercicio del ponerse en los zapatos del otro, ajeno pero dispuesto a ser explorado.
El aprendizaje se dará en automático, para eso son loas comparaciones; una vida en la ficción no hace más que resaltar detalles de la realidad que servirán de marco para un entendimiento más profundo de la propia existencia. Si un personaje, cualquiera que sea su origen o trascendencia, sirven como referente o punto de partida para iniciar una etapa de crecimiento, habrá cumplido con un cometido designado desde lo más profundo de un espíritu creador heredado de tradiciones que en la mayoría se perciben como normales, pero habrá alguien curioso que se encargue de resaltarlas. Salud.
Beto

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