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| Todos estamos escribiendo la gran historia. Foto: BAER |
Pero, ¿quién establece qué es un texto digno de leerse o de difundirse a gran escala? La respuesta obvia sería que una casa editorial, un corrector de estilo o alguien ya probado en el oficio de la pluma, aun cuando todos entendemos que quienes encumbran a un escritor es nada menos que el lector al igual que pasa con los cantantes o actores y sus seguidores, con la diferencia de que éstos últimos pueden hacer uso de su físico para agradarles. El escritor, junto con el pintor o el escultor, deben atenerse al alcance que logren sus obras.
Así, la dependencia a la que se someten con el público o algún mecenas que se encarguen de la difusión, es tan fuerte como el tiempo que dure el gusto de los posibles consumidores y con todo, la figura del líder de opinión adquiere un peso que se ha mantenido por mucho tiempo. Este personaje no necesariamente es alguien con poder social, que ostente un poder político o aparezca en algún medio de información, se trata de alguien en quien confiamos y tenemos sus argumentos en alta estima; alguien muy cercano en cualquiera de los rubros de nuestra vida.
Aparte del guardarropa, la forma en que se cocina y las palabras que usamos para comunicarnos, el tipo de libros que lucimos en el librero también conforman una buena radiografía de quiénes somos y con quiénes nos relacionamos; incluso, es un buen punto de partida para valorar las historias que somos capaces de contar. No es cuestión de la cantidad de páginas almacenadas o leídas, sino de lo que hayamos entendido de ellas y la utilidad que les encontremos en nuestra realidad, Los medios están, como nunca antes, al alcance falta decisión. Salud.
Beto

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