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| Observamos la realidad sin saber cuándo nos asaltará la fantasía. Foto: BAER |
El oficio de narrador ofrece diversos senderos por los cuales transitar, muchas veces fantásticos, otras tantas crudos y sin adornos, esos caminos están ahí, a la espera de ser descubiertos por nuevos andantes que no se conformen con lo dicho por otros viajeros; si bien es cierto que fueron construidos por antiguos, también lo es que no pierden vigencia y tienen la facultad de reinventarse con cada caravana de cronistas, sin importar cuántas veces éstos los hayan recorrido; veredas que se resisten asimismo, a convertirse en supervías, pues lo que importa es el camino más que el destino.
Desearíamos que alguno de esos senderos fueran eternos y lo más cercano a ello, es la repetición del peregrinaje sobre los ladrillos que componen sus palabras, que cambian de color o tamaño según sea el entusiasmo, la habilidad o el tiempo con los que contemos; en cada descubrimiento, agregamos una parte de nosotros a la historia, lo que de ninguna manera tergiversa su sentido, por el contrario, da profundidad a los paisajes, provee de rostros a los personajes, intensifica las sensaciones y así, entre todos vamos conformando el gran relato.
No importa qué tipo de narración estemos escuchando o leyendo, al final todo se refiere o gira alrededor del amor y el desamor; así se refiera a un tratado de física cuántica o una fábula de dragones y unicornios, ambos tuvieron la misma motivación: la consecución del objeto amado o la pérdida de él. Escribir, entonces, es un acto de amor, independientemente de que se trate sólo de un reporte de actividades, pues en el fondo, con mayor o menor impacto, lo que se busca es la cercanía con el otro, alguien que posiblemente sea anónimo pero que nos importa en la medida del compromiso.
La elección del sendero a transitar por medio de la palabra escrita o hablada dependerá de nuestros intereses y habilidades, sí, pero también de las influencias a las que les hayamos permitido jugar en nuestro parque de diversiones que es el bagaje acumulado desde la infancia. Ambas, ficción y realidad conviven en una simbiosis que traza una espiral a lo largo de nuestras vidas, a veces se mezclan y otras se disputan el privilegio de nuestra atención, pueden compartir el espacio o liarse en justas encarnizadas, al final los ganadores seremos nosotros. Salud.
Beto

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