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| La lectura es un viaje en el tiempo. Foto: BAER |
A veces me pregunto cómo habrá sido el primer relato que un proto humano dirigió a otros, ¿de qué habría tratado? ¿A quiénes tendría como protagonistas? Necesariamente habría hecho uso de palabras y de señas pero, ¿cuántas serían éstas? Ya debían haber tenido un lenguaje definido aunque no reglamentado; si así fue ¿cómo lo acordaron? ¿Votarían por el uso de unos sonidos sobre otros? ¿Quién llevó la memoria para que dichos sonidos se usaran siempre bajo las mismas estructuras? Si, como dice la historia, no contaron con lenguajes escritos, entonces ¿la palabra detonó el desarrollo cerebral?
Por supuesto, no tengo las respuestas y ni siquiera una teoría lógica sobre el asunto, pero debe haber sido fascinante el momento primigenio en que un individuo pudo mantener la atención de otros sobre lo que contaba, quizá sin saber que lo que estaba haciendo, le confería cierto poder. Porque el uso de las palabras otorga poder, aunque la mayor parte de los relatores y escritores se conforman con el prestigio, ya sea desde una plataforma crítica o de entretenimiento. Dirían los clásicos: “la pluma es más poderosa que la espada”, yo agregaría, si no tiene un “doble filo”.
El relator, así como el escritor, adquieren un compromiso muy fuerte, pues no basta con aprovechar la complicidad del escucha o del lector (de la que ya hice referencia en otro espacio) sino que deben ser coherentes y advertir de lo que intentarán con su trabajo, ya que quien avisa no es traidor. Puede pensarse que al definirse por pertenecer a un bando o mantenerse neutral, se condenan al uso de un grillete que dejará poco margen para el libre ejercicio de la creatividad. Nada tan alejado de la realidad, ya que el compromiso es personal y no con un esquema laboral.
En todo caso, se trataría de un grillete auto impuesto del cual, sólo el propietario tendría la llave. Por fortuna, aún estamos en una sociedad donde cada quién es responsable de lo que dice o lo que escribe, donde las argumentaciones -y sólo ellas- son el vehículo para la comprensión del entorno, donde el insulto barato o gratuito nada más sirve para evidenciar la poca capacidad de apertura y entendimiento de quienes los profieren. Estoy seguro que ese primer relator no se imaginó que daría inicio a la acción más revolucionaria que el humano haya soñado con realizar. Salud.
Beto

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