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| Escribir es un deporte. Foto: BAER |
En cuestiones creativas, ¿hasta dónde debe regir la disciplina? La espera de doña inspiración puede ser muy larga y doña consistencia tiene momentos de tiranía absoluta; en el caso de un servidor, querida decena de lectores, cuya atención semeja más a la de un milenial que a la rebaba del hippísmo, pudiera parecer que el ajustarme a un horario y a un espacio, es un tema que pertenece a las buenas intenciones de inicio de cada año y van disolviéndose conforme pasan los meses.
¿Cómo le haría Monsiváis? de reciente homenaje televisivo, ¿cómo Carlos Fuentes? Si a González Bocanegra su mujer lo encerró en un cuarto, dicen, ¿será la desesperación por salir lo que detone la inventiva? Porque llevamos poco más o menos cuatro meses de encierro y mi disciplina sigue tan laxa como cuando desgastaba las suelas de mis zapatos en distantes aceras, buscando motivos que obligaran a mis bolígrafos a impregnar con su tinta las casi incólumes hojas de mis libretas.
Pero ambas cosas se acumularon sin poder ser partícipes de algún relato mas que a cuentagotas, sin orden alguno pero, eso sí, exigiendo en silencio una pronta atención, pues el acumulamiento ya tenía visos de sobrepoblación; y la imaginación vuela, gritando a los cuatro vientos que es libre, que su naturaleza no le permite seguir caminos prediseñados por quienes quieren mecanizar lo que se le ocurre, sin entender que una imaginación atada es como una danza sin música.
Ahora que, si en alguna ocasión el genial Chava Flores afirmó que un compositor servía únicamente para “darle sabor al caldo”, en referencia a que no se debe esperar de él que transforme al mundo con una creación suprema todos los días, quizá eso prive también para otro tipo de escritores, lo cual quitaría un gran peso que permitiría a la inspiración y a la imaginación juntarse, crear conciertos de palabras, pintar parajes donde sus “hijos” puedan retozar sin la traba del encierro. Salud.
Beto

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