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| La responsabilidad compartida entre escribir y leer tiene sus límites. Foto: BAER |
Es cierto que se trata de una actividad artificial, tanto que se trata de un doble aprendizaje de identificación de signos y de creación de símbolos que nos permiten trascender, al mismo tiempo como individuos y como sociedad; ya sea que se use un bolígrafo o un teclado, la relación con lo que resulte de las heridas de tinta en el papel se volverá ajeno al autor sin separarlo de la responsabilidad.
Lo que suceda con el texto una vez puesto a la disposición de ojos ajenos, está fuera de su control, lo que supone una responsabilidad apriori a lo que se haya escrito. A menos que se trate de un instructivo, la imaginación de los lectores ejercerá su derecho a la independencia sin mayor restricción que los referentes que tenga a la mano, para la interpretación.
Pero también hay complicidad y deseo de ser conducidos a mundos alternos, a ver el entorno con otras visiones, a saber qué tan capaces son de ponerse en los zapatos del narrador. Y este último sólo podrá imaginar cuántas versiones de su obra cuántos rostros asumirán sus personajes o qué fachadas tendrán sus casas y edificios, sin importar el tiempo.
Sin embargo, hay un riesgo mayor, éste que el ser reinterpretado y es qué tanto expondrá de sí mismo en las páginas, cuánto estará dispuesto a que los demás lo conozcan, de qué manera asumirá el reflejo que otras inteligencias le regresen. La incertidumbre será eterna, pues ninguna relación es igual a otra, mucho menos cuando se trata de un medio de comunicación.. Salud.
Beto

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