martes, 26 de mayo de 2020

Iniciación

La magia existe. Foto: BAER
La noticia la tomó por sorpresa pues no esperaba regresar tan pronto a lo que la temprana educación le enseñó a apreciar como su país; los viajes se habían multiplicado por causa del trabajo de su padre, así que la chiquilla no sabía lo que era sentirse parte de un grupo específico, sin embargo, aprendió con ello a adaptarse a cualquier situación.
Desde que la habían hecho partícipe de la posibilidad de regresar, empezó a contar los días para conocer en persona a su abuelo. Su único contacto se daba por medio de vídeo-llamadas, lo que le permitió tener una buena idea de lo que se encontraría una vez que se tuvieran de frente, hasta había hecho una lista de lo que le gustaría hacer con él.
Cada una de las cosas que se le ocurrieron, podrían parecer locuras para quienes no conocieran a don Anselmo, un hombre que expelía bondad por cada uno de sus poros y que, a decir de muchos, tenía ciertos dones nada fáciles de explicar en una oración. Cuando se le preguntaba al respecto, se limitaba a sonreír amablemente.
Los pies infantiles bailaban nerviosos en cuanto se escucharon las pisadas del viejo acercándose a la puerta, en seguida abuelo, padres y nieta se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. En seguida, trataron de ponerse al corriente, entre risas y anécdotas sobre quedarse atorados en algún aeropuerto los unos o que se olvidara de alimentar a su gato el otro.
Las ansias traicionaron a la chiquilla y con un mohín le suplicó a su abuelo que le mostrara el álbum de fotos que guardaba en su armario, la expresión de su rostro fue tan vehemente que a don Anselmo no le quedó de otra que acceder de inmediato. Hicieron un semicírculo en torno a la mesita de centro y los rectángulos coloridos comenzaron a pasar.
Siguiendo las indicaciones del viejo, las pequeñas manos rozaban los bordes de las imágenes; destellos de colores surgían de ellas danzando al compás que le marcaban sus deditos hasta formar en tres dimensiones lo que se había retratado, incluso, podía escucharse la plática de ese momento. Cada fotografía relataba historias alegres o tristes.
El asombro crecía exponencialmente pero el vértigo cesó en cuanto llegaron a la imagen de la abuela. Anselmo posó una mano en el hombro de su nieta mirando a los ojos a su hija y a su yerno. Ellos asintieron y con palabras llenas de emoción le dijo a la niña: “no es casualidad que estés aquí, es hora de que te enteres de la maravilla de tu herencia”. Salud.
Beto

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