martes, 9 de junio de 2020

Un mundo a cuestas

Expecttiva y realidad, pocas veces juntas
Foto: BAER
Si bien nunca había aprendido a hacer piruetas, tampoco podía decirse que era un improvisado; mantenía la fuerza de sus piernas a pesar de la inactividad impuesta por la necesidad de encontrar un “trabajo de verdad”. El de instructor de patinaje era complementario y temporal, ya que esperaba que el me siguiente fuera promovido a la jefatura de su departamento.
No se quejaba del trabajo y nunca lo hizo, simplemente el dinero no alcanzaba para mantener un hogar moteado con algunas quejas sordas y llantos infantiles sin consuelo inmediato. Los médicos decían que la condición de su hijo no mejoraría, que lo único que podía hacer, era darle la mejor calidad de vida posible, pero al parecer, su situación se tomaba su tiempo.
Una nueva “bendición” se asomaba como recordatorio de la urgencia de ese puesto prometido y la razón de los cambios abruptos de humor de su mujer. Ella se se esforzaba por no externar sus frustraciones, pero había momentos en que no soportaba más; las madres de ambos se esmeraban por tratar de hacerles llevadera su situación, sin logros evidentes.
¡Y cómo lograrlo si tenía que ver más con las aspiraciones que con conformarse! Ambos jóvenes se exigieron más allá de sus posibilidades, las cuales no tenían que ver con sus capacidades intelectuales, sino con su carencia de empatía. Los sonidos de las llantitas de poliuretano volvieron a sus oídos y una voz chillona terminó por sacarlo de sus cabilaciones: “entonces qué, ¿ya me va a enseñar o va a seguir jalándome nada más?. Salud.
Beto

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