martes, 14 de diciembre de 2021

La familia Grande 52a. entrega

“Deténganse, las manos en alto”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- En el mismo instante, un adolescente caía abatido a su lado con la cara ensangrentada. Luis tuvo que asir fuertemente a Isabel para que no se levantara de pronto, a riesgo de ser arrollada por toda la gente llena de pánico, pero también podían ser aplastados si no se quitaban de allí así que, como pudieron, se incorporaron y se dirigieron a toda prisa hacia la parroquia de Santiago Apóstol para salir por la calle de Almacenes y de allí hacia Flores Magón, al menos ésa era la idea. No pudieron llegar puesto que dos mosquetones 762 empuñados por dos soldados, les impidieron el paso “deténganse, las manos en alto”. De inmediato obedecieron la orden sabedores de que no había alternativa salvo ser acribillados a balazos.

Desde su posición, vieron cómo toda una columna copaba todo el largo de la explanada obligando a los manifestantes a retraerse hacia el centro; no era claro si por miedo o por desobediencia, los que mantenían su intento de escapar, de pronto caían tiñendo de rojo las baldosas. El ejército disparaba en todas direcciones, incluso hacia los pisos superiores del edificio Chihuahua; el fuego cruzado cobraba a cada segundo más víctimas sin que se percibieran que éstas hubieran estado realmente armadas. No sólo eran estudiantes, también amas de casa y trabajadores salían heridos por la metralla. “Caminen, no se queden viendo”. Ambos sintieron cómo la cacha del arma se encajaba entre sus escápulas.

Luis trató de tomar la mano de Isabel cuando casi llegaban a integrarse a un grupo de jóvenes también custodiados por varios militares, pero el golpe en la cara con un rifle se lo impidió, la muchacha sintió cómo otro golpe asestado en su vientre ahogó el grito de angustia que estaba por salir de su boca. Luis apenas pudo levantar la mano derecha “no, en el estómago no”. Vio a Isabel en posición fetal recibiendo una patada en la región occipital antes que él mismo perdiera el conocimiento por otro golpe. En otro lado de la explanada, Saúl y el Gato, agazapados detrás de una de las escaleras de acceso al edificio Nuevo León, esperaban la oportunidad para salir del infierno desatado tan inesperadamente, de pronto, una maleta cayó por el hueco abriéndose totalmente.

Parecía pertenecer a una pareja de ancianos, pero no era tiempo de averiguar, de inmediato Efraín la jaló hacia sí y comenzó a buscar algo que pudiera servirles. Los nervios y el miedo no le permitían a Saúl entender qué era lo que su amigo pretendía, no reaccionó hasta que Efraín le enfundó en un vestido gris y le colocó en la cabeza un velo negro “Arremángate el pantalón y pónte esos zapatos”. Cuando volteó a verlo, el Gato ya tenía puesto un sombrero y un suéter y se cubría el rostro con un paliacate. Una mirada de súplica le dio a entender que lo que intentaba era una locura, pero no había tiempo para pensar, era eso o morir allí mismo. “No puedo, no puedo”. Un golpe de puño en la rodilla lo convenció y sirvió para fingir un paso cansino. Continuará. Salud.

Beto

martes, 7 de diciembre de 2021

La familia Grande 51a. entrega

“Le susurró algo al oído mientras una luz tenue
iluminaba sus rostros”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La noche terminó sin que Luis o los otros pudieran calmarse del todo; localizar a Isabel fue prácticamente imposible y sólo quedó esperar a que se dieran las tres de la tarde para que se pusieran en camino a la Plaza de las tres Culturas pero las manecillas se movían desesperadamente lento en cada reloj que los muchachos revisaban; sabedores de que sus padres se opondrían a que salieran ya que el ambiente se tornaba cada día más turbio, se pusieron de acuerdo con Sofía para que ésta los entretuviera mientras el Gato con sus compañeros se escapaban por el patio trasero, aunque eso significaba tener que comprarle dulces por toda una semana. Ella, ignorante de la situación, no tardó en urdir una estratagema para mantener a sus papás en su cuarto.

Mal comieron y comenzó la chiquilla que, a sus catorce años daba la impresión de ser una actriz consolidada. Se puso lívida y con un simple gesto, puso en alerta a todos los presentes en la mesa; como si se tratara de una rutina ensayada por años, la llevaron en procesión a su recámara en el instante en que Luis, Saúl y el Gato se escurrían hacia la calle. El recorrido hacia Tlatelolco fue tortuoso para Luis que no paraba de preguntar la hora o que si ya habían pasado tal o cual avenida; sin esperar a que el taxi hubiera parado del todo, saltó hacia el arroyo y corrió como loco hacia la explanada con la esperanza de encontrar lo más pronto posible a Isabel. Esquivó, empujó y rodeo según consideraba que las personas al rededor ameritaban tales piruetas.

Pasaron quince minutos antes de que pudiera distinguir al grupo con el que se encargarían de repartir volantes y con alivio, reconoció el rostro que lo había tenido en la incertidumbre total. “¿En dónde te habías metido? Intenté avisarte que me quedaría con Paty en su casa”. Lo recibió la muchacha fingiendo molestia. “Después te cuento, lo importante es que ya te encontré”. Cuatro veinticinco de la tarde y el presentador estaba por darle la palabra al representante del Politécnico Nacional; sus palabras resonaban en todas direcciones; los asistentes -que algunos contaron posteriormente en diez mil- contestaban algunas arengas al mismo tiempo que recibían de varios jóvenes, hojas impresas en stencil (estarcido). Los minutos pasaban sin mayor contratiempo.

Avanzado el discurso del segundo expositor, éste de la UNAM, Luis e Isabel volvieron a reunirse en el punto que habían acordado una vez que terminaran el reparto; sonriendo ambos, se abrazaron como si no se hubieran visto por largo tiempo, lo que aprovechó la muchacha para susurrarle algo al oído. “¿Es cierto eso?”, exclamó Luis feliz mientras sus rostros se iluminaban con una luz tenue emanada de cuatro bengalas disparadas hacia lo alto de la Plaza. De pronto el caos; sin saber cómo, ambos fueron arrastrados por la muchedumbre que corría sin dirección fija debido a unas detonaciones que salían desde diferentes puntos del lugar, su primer impulso fue correr, pero sólo atinaron a tirarse al suelo. Continuará. Salud.

Beto

martes, 30 de noviembre de 2021

La familia Grande 50a. entrega

“Salió como de ultratumba, la voz del Gato”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Las escasas monedas sonaron en el bolsillo derecho del pantalón y ese octubre no parecía muy benigno ni en lo referente al clima. ¿Cómo demonios no tomó la chamarra que había dejado en la silla en la bodega? El frío comenzó a calar fuerte y lo único que se le ocurrió, fue buscar un teléfono público para localizar a Efraín o a Saúl; deambuló por calles semi solitarias tratando de evitar las que estaban en penumbra, pues el rumbo no le era del todo familiar y, más importante que su integridad física, debía encontrar la manera de que nada entorpeciera la búsqueda de Isabel. Por fin dio con un aparato que parecía en buenas condiciones, de inmediato saco un veinte y lo colocó en la ranura, esperó el tono de marcar y su dedo hizo girar el disco.

El repiqueteo inundó toda la estancia en donde el Gato llevaba dos noches esperando noticias de su amigo, éste levantó el auricular antes de que otro miembro de su familia fuera a contestar. La voz de Luis denotó la angustia que le provocaba su situación, que se acentuó conforme se dio cuenta de que no podía escuchar la respuesta de Efraín, puesto que la parte superior del auricular estaba rota; confiando en que del otro lado sí lo escucharían, dio su ubicación para que fueran a encontrarlo lo más rápido posible. Consciente de la situación, el Gato se apresuró a llamara a Saúl para que consiguiera un transporte y se encontraran en la esquina, por fortuna, él se encontraba en la misma vigilia y salió rápido a conseguir un taxi.

La espera y la incertidumbre acentuaban la angustia de Luis, el frío aumentaba y ya no podía controlar los temblores que esto le producía. Pasaron varios carros, algunos verdaderamente amenazantes que hacían volar su imaginación, ¿qué tal si eran policías o soldados de incógnito, de ésos que el gobierno se empeñaba en negar su existencia? Los lejanos aires de las ocupaciones nazis de los que había oído hablar en sus clases de historia, tomaban forma en todo lo acontecido en los meses anteriores; por supuesto, confiaba en que el movimiento sirviera para que nunca se repitiera, ya que la idea del futuro apuntaba a que el pueblo tomara conciencia y no permitiera que ningún gobernante hiciera del país su feudo personal para cumplir sus caprichos.

Dos faros lo iluminaron, medio se abrió una de las puertas traseras y salió como de ultratumba la voz del Gato que lo apuraba a subir a la unidad; “Toma, mi madre te mandó este suéter”; “Lo sabía, ella debe ser adivina”. Intentaron sonreír pero el frío en el cuerpo de Luis y la preocupación que había provocado en sus amigos sólo les permitió emitir un gruñido que el conductor interpretó como una orden para iniciar el camino de regreso. “¿Vamos otra vez a su casa, joven?”; “Sí, por favor” Durante un buen tramo, permanecieron callados, quizá pensando en qué le dirían a sus respectivos padres por la salida a tan altas horas de la noche. El único que tenía claro que no se encontraría en esa circunstancia de inmediato era el mismo Luis, su prioridad seguía vigente. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de noviembre de 2021

La familia Grande 49a. entrega

“¿Por dónde empezar a buscarla?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “Creo que no sabes lo que dices; la cosa está muy fea allá afuera”; “lo he visto y lo he palpado de cerca. Además, debo ir a advertirles a mis amigos. ¿Usted no haría lo mismo si estuviera en mi situación?”. La súplica de Luis salía de lo más hondo de sus entrañas y notó que había calado en lo más hondo del ánimo del viejo. “Así  perdí a mi hija, joven. Sé que la desaparecieron y no han querido darme razón de su paradero”; “Perdón, no sabía siquiera que tuviera una hija, pero eso me da la razón. Tengo que salir”. Ambos hombres quedaron en silencio por unos instantes, hasta que por fin, Eustaquio atinó a decir “es posible que me arrepienta. Ojalá nada malo le pase”. Se apartó unos pasos haciendo una seña con su mano izquierda como dejándole el camino libre.

Aún no creyendo del todo en su suerte, corrió hacia la puerta de salida; el aire nocturno de la ciudad de México le golpeó las mejillas, el ruido de los autos dio un toque dramático a su búsqueda de transporte. Por fin, un taxi se detuvo y abordó presuroso casi golpeando con sus palabras los oídos del conductor, al que tuvo que repetir la dirección pues la primera vez no la pronunció de manera inteligible; la prisa por llegar a casa de Isabel no le dio tiempo de contar el dinero que don Eustaquio le puso en las manos antes de medio despedirse y asegurarle que no tendría inconveniente en inventarse una historia para que el patrón no lo maltratara mucho. Luis le juró que lo compensaría de alguna manera.

El auto se estacionó frente a una puerta medio desvencijada porque no había sido reparada desde el accidente donde un camión materialista había dejado caer, por descuido, unos ladrillos destinados a la obra de la acera de enfrente. El ingeniero encargado les había asegurado que la repondrían, pero ya habían pasado tres meses de aquello, por lo pronto, la sostenían desde adentro con una viga que la misma obra les proporcionó. Pagó Luis con la misma premura que le atormentó todo el viaje, quedándole tan sólo unos cuantos centavos y de un saltó se plantó ante el rectángulo de metal y tocó frenéticamente, una y otra vez, hasta que una voz llena de fastidio, le contestó desde el interior sin mucho ánimo de abrirle.

“¿¡Quién!?”; “Soy yo señor, Luis. Disculpe que lo moleste a esta hora, pero necesito hablar con Isabel”; “Ella no está, se quedó en casa de una amiga, que’sque para llegar temprano a donde van mañana”; “¿Sabe qué amiga es ésa?”; “No la conozco, debe ser una de las nuevas con las que se junta últimamente. ¡Donde vayan a andar en malos pasos..!”; “No se preocupe por eso, señor, pero sí tengo que encontrarla pronto”; “Pues creo que esa chamaca vive por los rumbos de Mixcoac, más de eso, no sé”; “Se lo agradezco de todos modos, procuraré encontrarla”; “Anda, pero váyanse con cuidado”; “No se preocupe”. Una especie de desorientación lo invadió, conocía a algunas de sus amigas, pero, ¿por dónde empezar a buscarla? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de noviembre de 2021

La familia Grande 48a. entrega

“¿Quiere que le traiga otra cosa antes
de irme a acostar?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Salieron pausadamente tratando de no llamar la atención de los acompañantes de Luis, que se mantuvo en el baño hasta que su hermano y su amigo se fueron. ´-estos tomaron rumbo de regreso a casa del Gato, al llegar, Mónica les dijo que Luis no se había comunicado lo que les hizo temer que se hubiera metido en algún problema, lo que no estaba muy alejado de la realidad. Su padre había encontrado un paquete de volantes que invitaba a asistir ese 2 de octubre a la Plaza de las Tres Culturas al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, por lo que éste castigó al muchacho encerrándolo en una galera que les servía de bodega para algunos artículos de importación, sin más contacto con el exterior que un trabajador de confianza del negocio.

La idea era tenerlo allí hasta que pasara todo el borlote y fuera seguro salir a las calles nuevamente; su estancia no sería incómoda puesto que el lugar contaba con todos los servicios ya que servía de alojamiento temporal a los nuevos empleados que llegaban de provincia y no contaban de inmediato con un lugar para vivir, lo que privaba al muchacho era el aislamiento que  no le permitía saber de Isabel ni de sus amigos; sus pensamientos se concentraron en salir, no importaba la manera. La voz de don Eustaquio, el velador, lo sacó de sus cavilaciones, “Coma un poco, joven. A su edad debe estar fuerte para soportar problemas como estos”. En primera instancia no entendió si se refería a lo del movimiento o al encierro, pero, ¿ese viejo qué iba a saber de problemas sociales?

Probó un poco del sandwich de jamón con queso que el anciano le dejó sobre la mesita que estaba sirviéndole de escritorio, ya que tampoco podía darse el lujo de desatender sus deberes escolares, menos con la imagen que se había formado su padre en las últimas horas. “¿Quiere que le traiga otra cosa antes de irme a acostar?” “No, gracias don Taquio, con esto tengo suficiente, además creo que el cafesito me va a tener despierto toda la noche”. “No debería ocuparse de tanto, hay cosas que nada más les interesa a los adultos”. “No creo que sepa exactamente de lo que se trata, don Taquio. Nada más fíjese en cómo estoy, soy el vivo retrato de lo que estamos padeciendo en el país. Una generación que cree que lo sabe todo y oprime a la otra”. “Será como dice, joven, pero...”.

Luis se quedó callado, ya se veía tratando de instruir sobre movimientos sociales a un hombre que lo único que le urgía era saber si tendría algo que llevarse a la boca al día siguiente; ¿¡qué estaba pensando!? Ése era el objeto de estar en el movimiento, sacar a la gente que, como Eustaquio, se encontraba en un marasmo que los hacía víctimas de un montón de abusos por parte de autoritarios enfocados nada más en explotarlos, aunque en ese esquema encajara también su padre. “Don Eustaquio, debería dejarme salir”. “¿Qué dices muchacho? Tu padre me mataría si hago eso”. “No tiene que enterarse del cómo sucedieron las cosas Le puede decir que lo sorprendí y de un empujón lo tiré al suelo. Sería entendible y yo podría ir a pelear por lo que nos han quitado”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de noviembre de 2021

La familia Grande 47a. entrega

“Por favor, por lo que más quieran,
no vayan el miércoles”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La entrega de Ciudad Universitaria por parte del ejército aquel 30 de septiembre parecía ser la señal de que todo regresaría a la normalidad; el Gato y Saúl esperaban la llamada de Luis para saber en dónde se verían para hacer los preparativos y participar en el mitin del miércoles en la Plaza de las Tres Culturas, debían aguardar pacientemente pues los martes, el papá del muchacho lo tenía ocupado hasta entrada la tarde con el fin de acortar el tiempo que invertía con Isabel, algo que resultaba completamente vano, ya que eso sólo provocaba que su vástago se las ingeniara para escaparse en cuanto podía, pero justo ese día se quedó a cumplir con sus tareas. Parecía estar en otro mundo y el ánimo con el que siempre se presentaba, en esa ocasión brillaba por su ausencia.

Había escuchado de uno de los trabajadores que algo gordo se estaba cocinando y que después del mitin ya nada sería igual, que por lo pronto él iba a prohibirle a su hijo asistir y que lo encerraría con llave si fuera necesario; por eso no había salido del trabajo, tampoco encontraba la manera de avisarles a sus compañeros sin que su padre se diera cuenta de que usaría el teléfono de su oficina. Por fin, ellos decidieron ir a la nevería que habían adoptado como “cuartel” dejándole el encargo a Mónica que le dijera que fuera hacia allá en cuanto pudiera. Caminaron unas cuantas cuadras hasta el lugar que siempre lucía lleno de jóvenes, más en esos días en que el ir a clases se supeditaba al capricho del ejército.

Los hermanos mayores del Gato, Juan, Mariano y Jacinto no habían tomado acciones tan abiertas como lo había hecho él, por lo que éste respiraba tranquilo de saber que no estarían en gran riesgo, aunque sí les pedía su opinión acerca de las tareas que les encomendaban a los del primer año de la universidad, por otro lado, tanto Teresa como Maura se encargaban de argumentar en contra de todo, pues consideraban que después de sus padres, ellas eran las encargadas de velar por la seguridad de todos sus hermanos. Una vez en la cafetería, Saúl advirtió que había un grupo de muchachos ajenos a la cotidianidad del lugar; el Gato, sin mostrar demasiada sorpresa, distinguió una cara conocida y apenas con una pequeña inclinación de cabeza, saludó a Sergio que estaba en el grupo.

“¿Es..?”; “Sí”. Dijo Efraín con su habitual tono casi neutro. Sergio se levantó pretextando ir al baño y al pasar, fingió reconocerlos, por lo que se detuvo un instante y después de los saludos de rigor advirtió a los muchachos que anduvieran con cuidado porque el día del mitin habría un operativo para terminar de una vez por todas con el movimiento. Después les explicó que el grupo con el que estaba, era un pequeño comando emplazado en esos rumbos con el fin de ubicar a algunos cabecillas y tenían entendido que esa cafetería podría ser su centro de reuniones. “Me voy, dije que sólo iba al baño. Por favor, por lo que más quieran, no vayan el miércoles”. Se retiró, los dos muchachos lo siguieron con la mirada, se quedaron un rato más y pidieron la cuenta. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de noviembre de 2021

La familia Grande 46a. entrega

“Don Efraín empezó a ver al movimiento
con otros ojos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- A la mañana siguiente, las notas de los periódicos sólo dieron parte de lo que llamaron la “manifestación silenciosa”, sin dejar de develar eventos violentos como el de dos estudiantes heridos en la madrugada de lo que el MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, calificado como reaccionario) responsabilizaba a los “comunistas”, todo porque según ellos, habían externado su interés de que se reanudaran las clases el siguiente Martes; por otro lado, una escueta nota en Excélsior daba a conocer que cinco empleados de la Universidad de Puebla habían sido linchados la noche anterior en San Miguel Canoa, con la aclaración “los creyeron estudiantes”. Luis lamentó que todo estuviera tergiversándose de forma que empezaba a verse a través de una nebulosa.

Aun con las noticias, la sonrisa no se le borraba de la cara; la tarde con Isabel había sido mejor de lo que había pensado y la promesa de seguir viéndose en clases como fuera de ellas, le hizo despertar esperanzas de tener una relación duradera, muy a pesar de lo que su padre opinaba. “Una muchachita que se meta en eso que llaman ‘movimiento’, no puede, de ninguna manera, tener buenas intenciones”, la repetía cada vez que había oportunidad. Cuando sucedía eso, Luis prefería ir a casa de los Grande a refugiarse pues, conociéndose, sabía que si se quedaba, la discusión con su progenitor duraría horas sin que lograra convencerlo de que Isabel hacía que él mismo fuera mejor persona y, que si le diera una oportunidad... No, eso no sucedería.

Los días siguientes transcurrieron entre declaraciones poco agraciadas del secretario de Gobernación acerca de la ocupación de Ciudad Universitaria ese 18 de septiembre y los llamados del rector a la cordura, además de la denuncia en seis puntos que publicaron varios intelectuales, encabezando una lista de doscientos los escritores Inés Arredondo, Emmanuel Carballo, Jorge Carreón y Carlos Monsiváis junto con el director de teatro Héctor Mendoza. Y mientras las autoridades universitarias apelaban a la autonomía, el gobierno de la República defendía su postura de asegurar la celebración de los Juegos Olímpicos. Cuando don Efraín, como ya llamaban al padre del Gato, descubrió que en esa lista publicada por el diario El Día aparecía José Chávez Morado, empezó a ver al movimiento con otros ojos.

Bajo la sentencia de que el ejército no permitiría más desorden emitida por el secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, siguieron detenciones como las del maestro Elí de Gortari y el ingeniero Heriberto Castillo, sin darse a conocer claramente las razones de ello; María Luisa “La China” Mendoza, en su escrito del 21 de septiembre, trataba de explicar la incertidumbre que vivía la población en cuanto a las acciones llevadas a cabo por las autoridades y las formas establecidas por el periodismo para narrar los hechos, sugiriendo con ello que el resultado era una atroz desinformación. Por esas fechas, la efervescencia se había extendido a otras latitudes como en la manifestación en la ciudad de Puebla, realizada por seis mil estudiantes y grupos de obreros y campesinos. Continuará. Salud.

Beto

martes, 26 de octubre de 2021

La familia Grande 45a. entrega

“En la mayoría privaba un ambiente
mortuorio”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La risa de Isabel inundó el espacio haciendo que los remeros de otras lanchas voltearan a verlos, Luis mientras tanto, trataba de secarse la cara con la manga de su camisa y divertido, se unió a la risa de la muchacha. Platicaron sobre cosas triviales y algunas no tanto; las conmemoraciones del año anterior a cerca de la muerte de Pedro Infante en su décimo aniversario, les trajo a la memoria canciones que se resistían a dejar su lugar al desenfreno causado por el rock and roll desde hacía un lustro. De pronto, las notas de Cien años salieron de la garganta de Isabel y un impulso incontenible, obligó a Luis a unírsele “... Te vi sin que me vieras, te hablé sin que me oyeras y toda mi amarguuuraa se ahogoooooó dentro de miiií”. Se vieron fijamente y completaron la letra mientras se cumplía la hora de renta.

Entre los dos no había enamoramiento, era una complicidad mayor provocada por las coincidencias en el pensamiento, la complementariedad del temperamento y la decisión compartida de no convertirse en un estorbo el uno del otro. Por supuesto que los momentos juntos no eran del todo tersos -menos en tiempos tan convulsos- pues sus convicciones los llevaban a veces por distintos rumbos, pero tenían claro que no debían mezclar temas y éstos se consideraban finiquitados una vez que ya no hubiera argumentación, total, no serían ellos los que cambiarían al mundo. La semi clandestinidad provocada por el celo del padre de Isabel, hacía que ambos desearan estar por más tiempo juntos y el movimiento les dio la mayor parte de los pretextos que apartarse de lo que les rodeaba.

Alejados del embarcadero, se dieron tiempo para tomarse una foto en donde se ponían los “caballitos”, más propios de la Alameda Central, pero que algunos se escapaban para aprovechar a los visitantes del bosque; escogieron a uno que parecía de tamaño natural, tordillo con el gris característico en el pelaje, el fotógrafo les colocó un par de sombreros charros e Isabel montó en el cuaco a su vez que Luis se colocaba de pie a su izquierda. La postal quedó que ni planeada con anticipación, hasta parecían modelos de alguna marca de cerveza que, por esos días, apelaban a una idea de mexicanidad impulsada desde los tiempos de Ruiz Cortines. Isabel guardó la foto en su bolsa de mano, mientras Luis pagaba el monto por el servicio y como el tiempo era justo, enfilaron hacia la marcha.

Paseo de la Reforma parecía contener una romería; gente de distintos estratos se dieron cita para unir, como en contadas ocasiones, voluntades disímbolas en lo cotidiano, pero únicas en las contingencias. Al inicio de la marcha, a algunos de los caminantes les pareció buena idea lanzar consignas pero fueron callados inmediatamente pues de lo que se trataba era de avanzar en silencio, mostrando con ello que no gastarían su voz en discursos vanos. En la mayoría privaba un ambiente mortuorio, seguramente porque se trataba de familias que habían perdido a alguien en los incidentes del mes pasado. Al frente de la marcha, algunas autoridades educativas eran el vivo reflejo de la desesperación, pero estaban esperanzados en que todo se resolvería con diálogo. Continuará. Salud.

Beto

martes, 19 de octubre de 2021

La familia Grande 44a. entrega

“De pronto sintió el agua mojándole la cara”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- En el transcurso de esos días, los acontecimientos violentos se sucedieron de manera vertiginosa aunque algunos medios se negaban a transmitir lo que llamaban “noticias alarmistas”; las convocatorias a la concordia, las negativas sobre la existencia de presos políticos y el marco presentado por Díaz Ordaz en su cuarto informe de gobierno, parecían un intento vano de enmascarar el problema en el que se encontraba el país, cosa que contrastaba con las afirmaciones presidenciales sobre “defender a la nación”, “hacer lo que se deba” y actuar con “toda la energía si fuera necesario”; sin embardo, varios escritores y columnistas se inclinaron por tratar de denostar al movimiento acusándolo de ser una degeneración del alumnado mexicano. Para el 3 de septiembre, el CNH insiste en continuar.

El viernes 13 de septiembre, al amanecer, Luis revisaba su aspecto frente al espejo del baño y repasaba mentalmente el trayecto que seguiría la manifestación de ese día; ni el “ambiente olímpico” lograba distraerlo de su cometido, menos en esos días en que le había prometido a Isabel que la cuidaría aunque fuera lo último que hiciera en su vida, que por lo pronto, se remitía a transitar junto a ella y en silencio desde el Paseo de la Reforma hasta la Plaza de la Constitución. Después de un frugal desayuno y una abundante comida, se dirigió a la parada de autobuses en donde se encontraría con la muchacha; habían planeado irse con anticipación para pasear un rato antes de integrarse a la marcha.

La vio llegar con una blusa ceñida y un pantalón acampanado que recortaba sus caderas por el medio, su cabellera suelta jugaba con el viento y le daba un toque travieso a su expresión que se negaba, por momentos, a dejar salir a la mujer en la que estaba convirtiéndose. “Te ves hermosa” dijo Luis sin ocultar su emoción, Isabel agradeció mirándolo con un brillo muy especial en sus ojos; se mantuvieron en silencio unos segundos, hasta que el ruido de los frenos del autobús los sacó de sus cavilaciones. Abordaron y ocuparon uno de los asientos libres de la parte trasera, el trayecto no tuvo contratiempos, bajaron a la altura de Chapultepec y lo primero que buscaron fue el camino hasta el lago. Luis le presumió su pericia con los remos.

El embarcadero ya presentaba un importante movimiento de parroquianos, unos nada más viendo el paisaje y otros esperando su turno para abordar una de las lanchitas en renta. Con el Castillo como fondo, Isabel sorprendió al muchacho contándole cómo fue que Maximiliano llegó a habitarlo y Carlota casi lo obligó a construir el Paseo para vigilar sus idas y regresos de Palacio Nacional. La versión de que los hombres no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo, Luis la ejemplificó a cabalidad, pues por escucharle atentamente, dejó de remar. “¿Quieres que nos quedemos aquí en medio del lago?” La pregunta sacó a Luis de su embelesamiento y apenado, reanudo el movimiento de sus brazos, de pronto, sintió el agua mojándole la cara. Continuará. Salud.

Beto

martes, 12 de octubre de 2021

La familia Grande 43a. entrega

“Ahora piensa en lo que vamos a decir
en la junta”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Por algo que después definió como la mayor suerte de su vida, Luis descubrió a uno de los encubiertos que deambulaba entre los estudiantes sin hacer caso a lo que sucedía en el estrado, más bien, ponía atención a las actitudes y reacciones de los muchachos que levantaban los brazos en señal de apoyo a los argumentos del rector. Lo siguió a una distancia prudente para no ser descubierto de igual manera por el agente; analizó su vestimenta con el fin de establecer alguna similitud que le diera pista de dónde se encontrarían los demás operativos hasta que, por unos segundos, su objetivo se detuvo a intercambiar unas palabras con otro sujeto y allí estaba, no era la vestimenta sino el corte de cabello lo que los identificaba.

Siguieron un pequeño protocolo que el sujeto al que Luis seguía, repitió con otros tres; con los datos que recabó, pudo identificar a no menos de quince. De pronto, un aguijonazo de angustia le dio de lleno en la boca del estómago, casi olvidó que debía reunirse con Isabel, la compañera de clases en la facultad con la que se encargaría de repartir volantes durante el tiempo que durara la manifestación. Habían comenzado a hablarse con el pretexto de apoyar al movimiento pero eso dio pie a una relación más profunda, de una complicidad  a toda prueba. El muchacho tenía la intención de integrarla al equipo que formaría con Efraín y Saúl, pero los acontecimientos de ese día le harían cambiar de opinión.

Dejó atrás al que había sido su objetivo por unos minutos y se puso a buscar a la chica, que por esos momentos ya debía haber comenzado a repartir las hojas de papel impreso; tal fue su sorpresa al descubrir que uno de los guardias encubiertos estaba a punto de darle un manazo y ella no se percataba del asunto. Como pudo, se abrió paso entre la muchedumbre y entre empellones y jalones, pudo llegar antes de que el encubierto la alcanzara. “Órale, ¿no te dije que  no anduvieras haciéndole caso a estos revoltosos? Tú ni siquiera sabes para qué son estos volantes. ¡Y por médigos cincuenta pesos!”. Ante la behemencia del “regaño” Isabel no pudo pronunciar palabra, así que Luis la sacó de allí con un jalón en el brazo.

Tanto la muchacha como el guardia no salían del azoro, al grado de que aquel ni siquiera dio parte a sus compañeros. Todavía, como para salir de dudas, Luis remato diciendo “Ándale, vámonos a la casa que mi mamá te está esperando”. Aún no terminaba el mitin pero ambos se alejaron por una de las laterales del estadio universitario. A una distancia prudente, Isabel reaccionó con un mohín, reclamándole que le hubiera tirado todos los papeles, “Y ahora, ¿qué vamos a repartir?” Se miraron a los ojos por unos segundos y rompieron en carcajadas, porque en el fondo ella sabía que la había salvado de un serio percance. “Ahora piensa en lo que vamos a decir en la junta”; “no te preocupes, nos darán más volantes y ya”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 5 de octubre de 2021

La familia Grande 42a. entrega

“La explanada empezaba a cubrirse
de inquietos jóvenes...”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El rector Barros Sierra había convocado a una reunión en la explanada de Ciudad Universitaria donde su discurso sobre la autonomía universitaria, dijeron posteriormente las crónicas sobre el movimiento estudiantil, había encendido las alarmas en el seno del poder ejecutivo, por lo que se seleccionaron algunos elementos jóvenes que pudieran pasar por estudiantes para vigilar el orden, mezclados con la gente presente en el acto. Las órdenes para Sergio y algunos otros fueron que estuvieran alertas y sólo intervinieran únicamente si se ponía fea la cosa pero otros, además con las armas con las que los equiparon, llevaban pequeños dispositivos de grabación, con la indicación de que se movieran en las filas cercanas al estrado.

Habían pasado varios días de zozobra para el Consejo Nacional de Huelga, cada dirigente temía ser vigilado las veinticuatro horas del día y en lo único en que Luis había hecho caso a Efraín era en no hacerse muy visible para que esa vigilancia no lo alcanzara; fueron esporádicas sus apariciones y su participación fue más de producción ejecutiva, se dedicó a aprender sobre movilizaciones y formas de enfrentar a la policía, algo en lo que el Gato estaba especializándose por otra vía. Por su lado, Saúl se interesó en el análisis de mensajes, por lo que su afición les fue de suma utilidad a sus compañeros en su futura asociación. Tanto Efraín como Luis se movían muy bien en el campo, Saúl tenía que conformarse con esperar a que llegara la información.

La explanada empezaba a cubrirse de inquietos jóvenes ávidos de entender porqué se habían convertido en el blanco de la censura de adultos y autoridades; rodeados por los murales de David Alfaro Siqueiros, Juan O’Gorman y Diego Rivera, cada uno de los asistentes parecía sentirse parte de los retablos de la historia que los observaban desde el edificio de Rectoría, la Biblioteca Central y el Estadio Olímpico. La voz del ingeniero Javier Barros cortó el murmullo generado por el izamiento de la bandera a media asta, su sentencia de “no aceptaremos provocaciones de ninguna provocaciones de ninguna especie, vengan de donde vengan”, soltó las amarras de un sentimiento guardado por semanas y la ovación no se hizo esperar estallando y confundiéndose con el viento.

Pero las palabras que se tomaron como una afrenta personal en Los Pinos, golpearon de lleno a la sensibilidad de una figura presidencial acostumbrada a hacer su santa voluntad (al fin poblano) e imponer criterios tanto de comportamiento como de pensamiento, algo que heredó a su remplazo en el siguiente sexenio: “Defenderemos la autonomía universitaria, cueste lo que cueste... y contra las intervenciones de todo tipo”. Cada palabra fue grabada y escrita tanto por los agentes encubiertos como por los medios de información, de los cuales algunos gozaban de las dádivas gubernamentales, lo que se deducía por su tendencia a magnificar los enfrentamientos violentos y sacar de contexto las afirmaciones de los dirigentes estudiantiles. Continuará. Salud.

Beto

martes, 28 de septiembre de 2021

La familia Grande 41a. entrega

“Suponía que su hermano se encontraría de frente
con un posible operativo...”. Foto: BAER

La preparatoria fue una etapa de muchos cambios, los tres jóvenes que se habían jurado lealtad, tuvieron varias oportunidades para probar su palabra; la inquietud de Luis por probar su audacia les procuró el entretenimiento suficiente para entrenar las habilidades que caracterizaban a cada uno. En alguna ocasión al asistir a unos de los eventos de la escuela donde un grupo festejaba el haber ganado las votaciones para conformar la mesa directiva estudiantil, el Gato tuvo que separar a sus compañeros de una pequeña cuadrilla que se sintió ofendida por los improperios que Luis les gritaba. Era 1964 y la educación en México había dado un giro hacia el adoctrinamiento, al menos así lo afirmaba Saúl, que en ese año se había aficionado a la lectura de Augusto Comte desde que se enteró que era la base de los contenidos en los programas de bachillerato en el país.

Aún no se notaba la efervescencia que privó cuatro años después en todo el mundo y que en el país culminó en uno de los hechos más bochornosos en los que haya participado un gobierno mexicano. Justo el movimiento del ‘68 fue el marco del primer desencuentro entre Sergio y la incipiente asociación que estaban conformando Efraín, Luis y Saúl; este último convencido de los ideales del movimiento, había sido testigo de varios enfrentamientos entre policías y estudiantes, aunque la participación directa en las escaramuzas corría a cargo de Luis. El Gato, ponderando siempre la ecuanimidad, trató de convencerlos de participar de manera distinta para no tener problemas ni meter a sus familias en alguno que no pudieran resolver.

Pero Luis, siempre de mecha corta y sin haber resuelto los conflictos de autoridad emanados de la relación con su padre, siempre estuvo dispuesto a la camorra al más mínimo pretexto; entonces, el novato de una agrupación semi oculta formada supuestamente para salvaguardar la organización de los Juegos Olímpicos, se encontró con la encrucijada de cumplir a rajatabla con su deber o hacerse de la vista gorda para mantener salvos a su hermano y sus amigos. ese conflicto interno fue haciendo que Sergio se volviera cada día más retraído, al grado de poner en riesgo de terminar prematuramente su relación con Virginia. Ella fue lo suficientemente prudente para no influir de ninguna manera en la decisión que pudiera tomar.

Una semana después del conflicto entre las vocacionales dos y cinco del Instituto Politécnico Nacional y la escuela secundaria Isaac Ochoterena, el batallón Olimpia se encontraba acuartelado en la zona militar No. 1 por órdenes del general Alfonso Corona del Rosal, jefe del Departamento del Distrito Federal; Sergio movía sus piernas repetidamente, nervioso porque suponía que su hermano se encontraría de frente contra un posible operativo al que los enviarían a poner orden. Desde la marca del 26 de julio, las reuniones de representantes de diferentes facultades con las autoridades gubernamentales del día siguiente y el derribo del portón del edificio de San Ildefonso el 29, el ambiente para ese Martes 30 no generaba tranquilidad alguna. Continuará. Salud.

Beto

martes, 21 de septiembre de 2021

La familia Grande 40a. entrega

“Se quedó presenciando todo el trajín, observando
los movimientos de los uniformados”. Foto: BAER

Salió de prisa del cuarto donde interrogaba a Estévan, alzó la voz para no dar tiempo a discusiones e instruyó a su equipo para que apagaran todos los dispositivos antes de salir. “Sigan las rutas de siempre, pero tengan cuidado y asegúrense de que nadie los sigue”. Sin más que añadir, hizo señas para que Saúl se hiciera cargo de trasladar a Estévan mientras él se quedaba para cubrir su salida, al fin y al cabo, con el disfraz que había utilizado ese día, podía pasar inadvertido, pues tuvo el cuidado de no salir a cuadro en ninguna de las cámaras del hipódromo. Pasaron no más de cinco minutos después de su salida, cuando las sirenas de las patrullas rompieron el silencio que hasta ese momento prevalecía en la calle.

Desde la azotea del edificio de enfrente, el Gato observó cómo los agentes irrumpían en el recinto alquilado que les sirvió para el interrogatorio; nunca imaginó que los juegos de niños donde él encarnaba a los forajidos y su hermano Sergio a los representantes de la ley, fueran a convertirse en realidad, aunque bien a bien, no podía decirse que su actitud estuviera dirigida a hacer daño por mucho que estuviera fuera de la ley. El disfraz volvió a funcionar pues, a pesar de haber caminado en medio de algunos de ellos, ninguno de los policías lo reconoció; dentro de la casa había dejado algunas pistas para que se entretuvieran lo suficiente y así dar más tiempo a que su equipo se alejara lo más posible.

Se quedó presenciando todo el trajín, observando los movimientos de los uniformados, el arremolinamiento de los curiosos -que nunca faltan-, escuchando los bocinazos de los automóviles que querían evadir el cerco de patrullas y las órdenes que a grito pelón daba Sergio a diestra y siniestra. Todo lo anotó en su inefable libretita, puesto que de esos apuntes saldrían nuevas estrategias para salvar el pellejo en futuros trabajos. Su hermano adoptivo se veía bien organizando grupos, hubiera sido un buen elemento en su equipo si sus ideas de justicia no estuvieran contrapuestas en lo operativo ni fueran tan cuadrados en lo conceptual. Recordó las innumerables veces en que intentó convencerlo de que lo que hacían estaba basado en la honestidad.

“¿Honestidad mediante el engaño? Creo que debes revisar tus valores, Efraín”. Obtuvo como respuesta la última vez que tocaron el tema; nunca entendió que de verdad quería ayudar al que lo necesitara aunque sus métodos fueran poco ortodoxos y hasta fuera del marco legal, pero siempre en busca de la justicia. De cualquier manera, se alegró de que Sergio hubiera tomado el camino de la policía, quizás entendiendo que debía compensar todo lo que había padecido en la escuela, eventos en los que el Gato, Luis y Saúl habían tenido que salir al quite para que sus problemas, independientemente fueran con la dirección u otro compañero, no trascendieran; en algunos fueron tan discretos que ni el mismo Sergio se dio cuenta. Continuará. Salud.

Beto

martes, 14 de septiembre de 2021

La familia Grande 39a. entrega

“Debemos salir de inmediato por si acaso
tuvieras razón”. Foto: BAER

Las imágenes que Efraín estaba formándose en la cabeza parecían insostenibles, pero en algo tenía razón Corcuera, era extraño que para un trabajo tan simple, el empresario hubiera contratado sus servicios sabiendo que le constaría diez veces más que haber utilizado un comando de ex militares, por ejemplo. Alguien mentía y no estaba dispuesto a esperar demasiado para saber la verdad. “Sabes que tengo los medios para comprobar lo que estás diciendo ¿no?”, lanzó la pregunta imaginando que Estévan terminaría por retractarse. “Por supuesto que lo sé, no muchos se hubieran tomado tantas molestias como para hacer un escenario como el que me fabricaste; ¿qué usaste, un programa de inserción de imágenes? Eso explicaría la racha ganadora en las carreras.

“Eso fue exactamente”, contestó el Gato dándose cuenta de que no trataba con ningún improvisado. Le mostró un pequeño dispositivo con el que gobernaba la inserción de imágenes de su computadora a las pantallas a las que hubiera robado la clave de captación de señales, con lo que podía cambiarlas a placer. “Muy ingenioso, pero una total pérdida de tiempo. En estos momentos la policía debe estar buscándonos y no tardarán en rodear este lugar”. El Gato tomó aire y enfatizando sus palabras le aseguró que todo lo tenían controlado, que cualquier señal emitida desde sus dispositivos era bloqueada para no ser rastreados, por los equipos de la policía y que, en caso de una falla, tendrían al menos media hora para escapar.

“Te creo cuando dices que tienes mejor equipo que la policía, pero mi padre tiene juguetitos como los tuyos y la gente para manejarlos. ¿No sabes que una buena parte de las compañías están en la división de electrónica? Quizá tu equipo tenga partes de las que fabricamos”. Las alarmas en la cabeza de Efraín se encendieron, lo que Estévan decía tenía mucho sentido; las empresas de su padre tenían la fama de fabricar, además de todo tipo de productos para el hogar, armamento codificado para el ejército de los Estados Unidos, pero también, que tenía algo así como una “puerta trasera” para surtir del mismo a varias agrupaciones delictivas con lo que sus ganancias alcanzaban niveles por demás estratosféricos.

Aunque, claro, todo eso se manejaba como una leyenda urbana que, según los medios, se usaba para justificar lo inexplicable de algunos accidentes de fábricas o comercios curiosamente competidores de los Corcuera. Hubo algunas denuncias por parte de los afectados, al menos de los que sobrevivieron, pero la policía guardó silencio y dio pronto carpetazo a todo asunto relacionado. El Gato recordó que en uno de esos “accidentes” murió una de sus hermanas que trabajaba en el diseño de autopartes eléctricas; la compañía se retiró del país sin hacer ruido. “Debemos salir de inmediato, por si acaso tuvieras razón. Ya en el camino aclararemos lo que dices”. “La tengo, de eso no tengo la menor duda”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 7 de septiembre de 2021

La familia Grande 38a. entrega

“Sólo falta saber por qué contratarte
precisamente a ti”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Quedaron en seguir con lo planeado hasta nuevo aviso, Jacinto encendió su auto y se perdió calle arriba en medio del tráfico vespertino. El Gato regresó a la casa de seguridad pensativo, tratando de poner en orden sus pensamientos. No concebía que Luis anduviera tratando de conquistar a una jovencita, lo que había discutido con Saúl alguna vez y que en otra ocasión había sorprendido a los más jóvenes apostando sobre el mismo evento. A todos pidió la máxima discreción hasta aclarar todo el embrollo; llegó preguntando por el cautivo, todo estaba sin mayor novedad puesto que esté seguía en su postura de no hablar si no se le aseguraba su integridad y la de sus escoltas además de que se le revelara la verdadera intención por la que habían sido capturados.

“No deberías preocuparte por ellos, están a salvo. Mejor deberías confesar lo que hiciste con lo del desfalco del mes pasado”, dijo el Gato retomando el interrogatorio. “Lo que entiendo es que si fueran de alguna corporación policiaca, ya me hubieran preguntado por números en específico y si se tratara de secuestradores, la tortura ya habría pasado a un plano físico. No, ustedes son otra cosa, algún tipo de mercenarios que usan la teatralidad para sacar información; sólo me falta saber el motivo”. Ambos hombres se miraron fijamente, el Gato hacia los ojos interrogantes del muchacho y éste a la silueta que recortaba la luz detrás de su captor. El breve instante de silencio hizo que se recrudeciera la duda en la cabeza de Efraín.

“Hay algo que no termino de comprender; desde hace un rato sabes que fue tu padre quien te tendió esta trampa y no pareces muy sorprendido por ello. Cuando él nos contrató, aseguró que tú habías tenido que ver con todas las cantidades sustraídas de la empresa, pero que sólo deseaba darte un escarmiento para evitar futuros robos y no enviarte a prisión”. La cara de Estévan se transformó en un gesto de incredulidad e ironía y las palabras que salieron de su boca, si no hubiera estado en esa precisa posición, pudieron haber sido interpretadas como paternales. “De verdad que pecas de ingenuo, en estos momentos ya debe haber levantado una denuncia en mi contra por los supuestos robos y otra en contra tuya por considerarte mi cómplice.

“Sólo piénsalo por un momento; debe haberte dado manga ancha para revisar mis archivos o al menos, los que te presentó como tales. Quizá tampoco hubo restricciones para que te movieras por la empresa. aún estoy pensando en cómo resolvieron lo de la seguridad del edificio, pero se nota que son gente con recursos”. con cada palabra, los ojos del Gato se abrieron más y más, incrédulo de lo que estaba escuchando. “¿Sólo darme un escarmiento? ¿En qué cabeza cabe que alguien tan prominente haya dejado pasar tanto tiempo de robos sin tomar cartas en el asunto? No, mi amigo. Mi padre está buscando un chivo expiatorio para justificar lo que él mismo ha robado y ése no soy yo. Falta saber por qué contratarte precisamente a ti”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 31 de agosto de 2021

La familia Grande 37a. entrega

“Era hora de enfrentarlo y saber la verdad”.
Foto: BAER

No puede ser cierto lo que dices, el miedo te obliga a decir cualquier cosa con tal de quedar libre”, dijo el Gato rematando su oración con un golpe de puño en su palma izquierda” ¿Acaso me ves como alguien que tiene miedo?”. Lo único que temo es que mi padre aproveche esta ausencia para hurgar en mis cosas y encontrar algo que pueda utilizar para incriminarme y librarse por fin de mí”. El tono en la voz de Estévan se apagó de pronto, evidenciaba una franca tristeza vista por muy pocos en su vida. Nuevamente hizo gala de autocontrol y asumió la expresión amenazante que solía utilizar en cualquier tipo de negociación, porque consideró que eso se esperaba de él bajo las circunstancias en que lo mantenían, de ser otra la intención, ya lo habrían matado.

El Gato, sin decir más, dio media vuelta y salió del cuarto apagando antes la luz, dejando al joven en la oscuridad total. ¿Por qué el muchacho habría mencionado que su padre querría incriminarlo? ¿Incriminarlo en qué? ¿Acaso no era culpable? Se dirigió al salón donde estaban aún reunidos Lina, Ruth, José y Saúl, Luis había tenido que ausentarse por una de esas ocasiones especiales. “¿Cómo lo ves?”, preguntó Ruth con cierto desdén. “Hablará, no tiene opción”, contestó Efraín sabiéndose dueño de la situación aunque algo intrigado por lo dicho por Estévan. “Escuchamos lo que te dijo, ¿crees que haya algo que no nos dijeron?, preguntó Saúl francamente preocupado. “Ya ves que con esa gente nunca se sabe por dónde van a ir, mienten por costumbre”.

El Gato asomó una leve sonrisa, “Algo que no debería sorprendernos debido a lo que nos dedicamos”. “No es lo mismo”. Interrumpió Ruth, “lo nuestro es para que las cosas queden en su lugar”. “Pero no deja de ser una mentira”, terminó Efraín sin dar margen a otra argumentación por parte de sus asociados. “Saldré un momento, sólo cuiden que Corcuera no vaya a hacerse daño”. La puerta se cerró dejándolos algo pensativos, pero entendiendo que el Gato se abriría sólo cuando éste se sintiera confiado. A unas cuantas cuadras de allí, Jacinto esperaba en su coche con una cámara fotográfica y un teléfono móvil, Efraín le había indicado que aguardara en ese lugar para que le diera los últimos informes sobre su vigilancia a Luis.

Después de un saludo afectuoso pero parco, Jacinto le dio los pormenores de la jornada junto con las fotografías y el vídeo que habían tomado los encargados de cada turno, exceptuando el tiempo en que Luis se encargó de una parte de la logística del caso Corcuera. Las situaciones se repetían, Luis en compañía de una joven en una tienda, un restaurante, un cine y una de las facultades del IPN, pero algo no encajaba del todo, la familiaridad que mostraban no parecía tan cercana, como si se tratara de una relación comercial o de negocios. ¿Sería posible que a estas alturas Luis penara en abandonar al grupo y estuviera reclutando gente? Al menos, algo así había ocurrido en el pasado. Era hora de enfrentarlo y saber la verdad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 24 de agosto de 2021

La familia Grande 36a. entrega

“Te topaste con pared, porque
yo no robé a la empresa”. Foto: BAER

La incomodidad de la silla a la que lo habían atado, hizo que despertara con algunos dolores en la espalda y en las piernas; la oscuridad del cuarto se recortaba con el haz de luz proveniente de una lámpara que apuntaba directamente a su rostro, una voz apenas audible daba instrucciones sobre lo que debían hacer algunos otros con unos bultos o algo así. El contraluz provocado por la figura masculina entre Estévan y la lámpara, acentuaba lo negro de la sombra por lo que no podía distinguir el rostro de quien empezaba a hacerle preguntas que al principio escuchaba como balbuceos, pero que fueron aclarándose conforme pasaron los minutos; una vez que pudo distinguir los rasgos del que lo cuestionaba con una retahíla de preguntas, tomó confianza y se envalentonó.

“¿Acaso crees que vas a asustarme con amenazas? Yo voy a decirte lo que en verdad puede amenazar tu vida, al grado de no poder dormir cuatro de siete noches”. Los ojos del Gato se clavaron en sus pupilas, acostumbrado a escuchar argumentos tan dispares, que las palabras de Estévan le parecían sólo desvaríos de alguien que aún no se daba cuenta de su situación. El joven Corcuera no daba crédito, algo que nunca hubiera considerado que le sucediera. “Es hora de que me digas qué hiciste con el dinero que sustrajiste de la cuenta común de la empresa”, Estévan no pudo disimular su extrañeza al oír esas palabras; algo en su interior se hizo añicos pero de inmediato recobró la entereza y amenazó con llamar a sus guardias en cuanto tuviera una mano libre.

“¿Te refieres a esos tres que están allí?” Una luz dirigida iluminó a los hombres que debían estar todo el tiempo alertas y que en ese momento lucían como tres fardos inertes en el piso. “En estos días es difícil encontrar personal confiable”, dijo el Gato sin mostrar emoción alguna. “¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Dinero? Te topaste con pared porque yo no robé a la empresa”. “Eso dicen todos los culpables cuando se sienten acorralados”. “¡Mírame bien! ¿De verdad crees que tendría el valor de mentir en el estado en el que me encuentro?”. “Sí supieras la razón por la que estás aquí, probablemente”. “Sólo pregúntate el porqué no he cuestionado quién me denunció”. “Imagino que lo sabes o al menos, lo supones, pero la razón podría resultarte deprimente.

La discusión paró en seco cuando Estévan le explicó al Gato que entendía perfectamente lo que se seguro su padre le habría pedido, pero que definitivamente se trataba de una cortina de humo. “Si es como te lo estoy diciendo, mi padre te envió a detenerme porque descubrió que estaba investigando precisamente ese robo y estaba a punto de descubrir los turbios manejos que se han gestado desde que murió mi tío, el fundador y principal accionista de las empresas que ahora presidimos”. “Las pruebas que me mostró son muy convincentes y todas apuntan hacia ti”, dijo Efraín incrédulo de la situación que se le presentaba. La duda estaba sembrada, aunque su germinación debía pasar por algunos tamices más. Continuará. Salud.

Beto

martes, 17 de agosto de 2021

La familia Grande 35a. entrega

“Ay José, lo lastimas. Se te pasó la mano.”.
Foto: BAER
El tono de su voz había cambiado sutilmente no tanto como para parecer amenazante, pero sí para encender una pequeña alarma en los oídos del Gato; ”Estén preparados por si tenemos que intervenir con anticipación”,  dijo con su autoridad y pendiente de los cuadros de su pantalla. En el interior del cubículo, los tres apostadores repitieron la rutina por otras tres carreras donde la suerte parecía no terminar; pero en un instante, el semblante del joven Corcuera cambió, la sonrisa se transformó en una mueca de escepticismo, tensó la mandíbula para después ordenar a sus escoltas que se quedaran con la “viuda”, mientras él sacaba al pasillo a Lina, tomándola del brazo y dando un firme tirón hacia la puerta de acceso.

“Me lastima”, dijo la muchacha mientras sentía que su cuerpo casi iba en vilo. “Y más haré si en este momento no me dices qué es lo que está pasando”, contestó el hombre casi iracundo. Fingiendo sorpresa, Lina casi balbuceando contestó, “No sé a qué se refiere”. “No intentes colmar mi paciencia, que tengo muy poca; ¿acaso pensaron que no me daría cuenta? No están tratando con un idiota”. “Le repito que no tengo idea de qué me está hablando”. “Ya deja de fingir. Comprobé mi sospecha en la segunda carrera; de verdad fue un manejo muy torpe el usar el nombre de uno de mis caballos para intentar engañarme. además no sé cómo lo lograron, pero debes decirle a quien te haya hecho los videos, que tiene varios saltos de imagen en ellos.

Un par de piernas se movilizó por el pasillo de acceso, el zumbido de un inductor de sueño fue el aviso para que Ruth diera cuenta de los dos escoltas que la custodiaban, gracias a su experiencia en las artes marciales aprendidas en el ejército israelí, no tuvo resistencia alguna, mientras el Gato acomodaba al que había reducido en la entrada en una silla, atándolo fuertemente a ella, Ruth asomó por la puerta con una interrogación dibujada en la mirada; “Búscala, no deben estar lejos”, ordenó Efraín sin dar mayor detalle, Después de unos segundos, logró encontrar a la pareja forcejeando. “Déjela en paz”. “¿O qué?” contestó Estévan, “¿Quién va a detenerme, usted?”. “No, yo lo haré”. Como salido de la nada, José se plantó detrás del apostador y le aplicó la dosis del inductor.

Después de unos espasmos, Estévan cayó inerte al piso, Lina no pudo contener una expresión mezcla de indignación y sorpresa. “Ay José, lo lastimas, se te pasó la mano”. “Qué va, si apenas lo toqué, pero estas cosas son una chulada”. “Cualquiera diría que te interesa este sujeto”. increpó Ruth. Titubeante, Lina apenas pudo negar con un gesto de desaprobación. “Mejor apurémonos, porque el efecto del inductor se le puede pasar rápido”. “No hay problema, sólo le aplico lo mismo que a sus guardias y ya”. “Voy, ¿a poco muy efectiva?”, dijo José con cierta sorna. “Cuando quieras puedo darte una muestra”. “No gracias, lo creo”. Rieron los tres pero interrumpieron su efusividad al llegar el Gato. “¡Ya están los ‘paquetes’? Alístense que nos vamos en cinco”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 10 de agosto de 2021

La familia Grande 34a. entrega

“Que sea entonces el número catorce...”.
Foto: BAER

El joven se quedó callado, pues estaba seguro de haber visto un ligero parpadeo en la pantalla; Tanto Ruth como Lina soplaron aliviadas pero a partir de ese momento, pusieron más atención a las reacciones de cada uno de los hombres para tratar de minimizar los errores. “¿A cuál le apostará señor Corcuera?”, preguntó Ruth con un aire de suficiencia como si supiera mucho de carreras. “No tentaré demasiado a mi suerte”, dijo sin quitar los ojos de los de Lina, “repetiré el número ganador”. Ambos se desearon la mejor de las fortunas, pero había que picar el orgullo del caballero poco acostumbrado a perder, así que indicó que ella apostaría al número nueve, por razones familiares que nadie atendió pues había comenzado la carrera.

Los fotogramas comenzaron a pasar vertiginosamente a treinta y dos cuadros por segundo, manipulados por las expertas manos de Saúl que aporreaba materialmente el teclado de su laptop, al tiempo en que Luis procuraba mantener la dirección de la señal remota hacia el cubículo de apuestas, gracias a lo cual, el caballo número siete, viniendo desde atrás y seguido por el nueve, cruzó la meta con más de un cuerpo de ventaja sobre el grupo que los seguía. Estévan dejó escapar un grito eufórico y de inmediato abrazó a Lina que no se resistió al gesto del hombre, Ruth se unió a la pareja fingiendo cierto entrometimiento para que el joven no fuera a sobrepasarse con “su hija”.

Una vez pasado el momento, sin lograrlo del todo, Estévan trató de recuperar la ecuanimidad pero la sonrisa no se le borraba del rostro; “Nunca en la vida había ganado dos carreras seguidas” dijo como tratando de contagiar a sus acompañantes de la felicidad que lo embargaba. Tanto las mujeres como los guardias se hicieron eco de su estado de ánimo y le sugirieron que siguiera apostando, el muchacho vio fijamente el recuadro donde aparecía el monto de lo ganado hasta ese momento, después el listado de los siguientes corredores en el orden de posibilidades de ganar y la cantidad a pagar según esos momios; sus ojos se detuvieron en el número catorce, tercero en el orden y de nombre “Cinnamon”, bastante grande para seguir corriendo.

“Algo me dice que ese caballo va a dar su mejor actuación hoy”, dijo Estévan con tal seguridad que se diría que también había participado en la elaboración del plan para secuestrarlo, pero eso no impidió que la maquinaria se pusiera a funcionar de nueva cuenta. En esa ocasión, el muchacho se mostró menos eufórico, sin dejar de “animar” a su caballo; repetidamente volteaba  a ver a Ruth y a Lina quienes, al darse cuenta de que eran observadas, se limitaron a regresarle la mirada con unas sonrisas que ocultaban medianamente su nerviosismo. “Esta vez apostaré al que usted elija, señor, ya veo que tiene buen ojo para los caballos también”. “Que sea entonces el número catorce, con eso sabré qué tan afortunado vengo”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 3 de agosto de 2021

La familia Grande 33a. entrega

“Saltó eufórico bajo la mirada divertida
de sus acompañantes...”. Foto: BAER

Saltó eufórico bajo la mirada divertida de sus acompañantes que de pronto se unieron al festejo; en la cocina, el Gato comenzó a preparar los videos que insertarían en el módulo de apuestas que simularían competencias en otros lugares, mientras Luis se encargaba de que la conexión se hiciera independiente, aunque el encargado de manipular las imágenes sería Saúl. La coordinación del trabajo correría a cargo de José, por tener la oportunidad, como capitán de meseros, de observar las reacciones de su objetivo y poder así, ofrecerle la mejor de las experiencias, por supuesto, con la sugerencia de que apostara en “hipódromos extranjeros”, los que le ofrecerían mejores ganancias con la ventaja de que no tendría que ir hasta la caseta a realizar sus apuestas.

Envalentonado por el primer triunfo en mucho tiempo, Estévan no objetó el cambio pues ya se veía codeándose con apostadores profesionales de todo el mundo; la maquinaria se había echado a andar, de pronto la pantalla mostró el listado de recintos abiertos en el orbe. Después de un rápido vistazo, el joven Corcuera eligió Singapur, pues recordó haber estado alguna vez allí, mencionando que recordaba un cambio de color en la puerta del tercer carril que servía de señal a los espectadores para saber en cuales colocarían a los caballos favoritos, algo que sólo se hacía en ese lugar. Un detalle que puso en alerta a todo el equipo pues no habían considerado algo así, de inmediato se pusieron a averiguar cuál era la forma de la señal.

Como el truco de una falla técnica pondría en riesgo la operación, Lina puso en juego todos sus encantos para sacarle a Estévan la información, esto debía ser lo más pronto posible puesto que no debían manipular demasiado las imágenes, pues corrían el riesgo de que aparecieran en ellas “fantasmas” de color que evidenciarían el fotomontaje. Juan tomó el “ratón” de la máquina que operaba el Gato por ser la que tenía a la mano, con el programa de diseño, trazó unas líneas mientras escuchaba por el auricular la descripción de la mancha de pintura que hacía Estévan a una Lina que se esforzaba por mantener una expresión de interés que estaba lejos de sentir y Ruth hacía plática con los escoltas que parecía iban a adivinar al plan en cualquier momento.

Pasados unos minutos, el emplaste quedó perfecto, con un pequeño detalle, Juan lo había puesto en la puerta dos y nadie lo hubiera notado de no ser porque el escolta más joven, aburrido porque nadie atendía su plática, se fijó en la pantalla, “jefe, ¿qué no había dicho que la marca estaba en la puerta del carril tres?” Más intrigado por la osadía de que la hablara cuando estaba ocupado que por verificar el error, Estévan volteó a ver qué era lo que sucedía con su empleado, segundo que aprovechó Juan para cambiar de lugar el señalamiento. “¿Qué dices insensato? Yo la veo donde dije que estaba”. Después de unas cuantas burlas de su patrón y su compañero, todos se dispusieron a ver la carrera. Continuará. Salud.

Beto

martes, 27 de julio de 2021

La familia Grande 32a. entrega

“... tuvieron que esperar el fallo que dictaminara
la fotografía...”. Foto: BAER

En esos primeros pasos, las guías daban en pocas palabras, los pormenores del funcionamiento de las estaciones de apuestas que podían ser individuales o comunales, según las preferencias del cliente. La que tomó el turno de Estévan y sus acompañantes repitió la rutina aprendida en dos meses de trabajo; haciendo gala de observación, sugirió un cubículo individual a lo que el hombre dijo que sí de inmediato. Ambas mujeres voltearon a verse entendiendo que la oportunidad estaba abriéndose con suma facilidad. Tomaron asiento en tres acojinados sillones mientras los escoltas permanecían afuera, pendientes de lo que pudiera suceder al rededor, aunque confiados pues nunca se les había presentado percance alguno.

Apareció en la pantalla el arrancadero, los caballos algo nerviosos golpeaban el suelo con sus cascos, los jinetes trataban de mantenerlos concentrados en las puertecillas automáticas para su reacción al momento de abrirse, fuera inmediata. “¿A qué caballo apostó, señor?” “Al número siete, me lo recomendaron mucho”. “¿Y en las siguientes?” “Aún no he decidido, ésas las dejo para la emoción del azar”. Los dos jóvenes sonrieron sellando cierta complicidad que comenzaba a definirse. Mientras tanto, Ruth tecleaba en su teléfono un mensaje dando el número de cubículo en el que se encontraban, mismo que fue rápidamente localizado por Luis desde su ubicación, en el mapa virtual que había preparado José.

Esa primera carrera les serviría para calibrar su conexión en el sistema operativo del hipódromo, por lo que debían dejar pasar normalmente el primer evento. Por fin, sonó la chicharra, las puertas automáticas se abrieron y los equinos salieron disparados sobre la pista; los micrófonos de ambiente hacían que el estruendo provocado por el golpeteo de los cascos se magnificara, las tomas de las cámaras aumentaban el dramatismo con acercamientos que parecían sacar los pensamientos de los jinetes y la respiración de los caballos. La voz del narrador no permitía desviar la atención de la carrera mientras Estévan estrujaba su boleta con su mano izquierda. Dos números se separaron del grupo en el último tercio, el nueve y el siete.

Ambos brutos iban tan parejos que parecían una misma bestia de ocho patas; los jinetes fustigaban desesperadamente en los cuartos traseros a sus animales y éstos respondían a cada golpe, dando la impresión de que en cualquier momento escupirían las vísceras por el esfuerzo. Al cruce de la meta le siguió un grito estruendoso, los apostadores reclamaban para cada uno de los bandos el triunfo, Estévan ahogó un alarido, expectante al resultado. Todos tuvieron que esperar el fallo que dictaminara la fotografía; en cada segundo se respiraba tensión, hasta que por fin, la imagen no dejó duda, por una nariz el número siete había cruzado primero. El heredero de los Corcuera pudo así soltar el grito que había reprimido momentos antes. Continuará. Salud.

Beto

martes, 20 de julio de 2021

La familia Grande 31a. entrega

“... obsequiaban bebidas y guiaban a los visitantes...”.
Foto: BAER

Sí, comienza clases la próxima semana”, dijo Ruth adelantándose a la respuesta de la chica. Un poco contrariado y con un dejo de sarcasmo, el hombre preguntó: “¿Acaso no puede responder por ella misma?” Ante la aparente turbación de “su madre”, Lina respondió: “Claro que puedo, nada más que mi madre sigue cuidándome como si fuera una niña”. Para evitar un posible conflicto del cual no estaba dispuesto a ser partícipe, Estévan se disculpo por su atrevimiento y de inmediato cambió de tema; por fortuna para él, estaba por comenzar la primera carrera, solícito ofreció a ambas damas escoltarlas hasta las gradas, donde ya la mayoría de los aficionados estaban esperando el arranque.

La característica voz del narrador comenzó el listado de los equinos que pondrían a trabajar sus cascos en la pista, cada apostador, desde su palco, revisaba más de una vez sus boletas dejando ver su emoción. El ambiente, entre tenso y expectante, envolvió de inmediato al trío de recién conocidos que no pudieron evitar el involucrarse al instante; Lina se acomodó unos lentes oscuros que sacó de su bolso que ocultaban perfectamente la diminuta cámara de video empotrada en el armazón; la señal se proyectaba en el rostro inexpresivo del Gato mediante un monitor, en el interior de un cubículo improvisado en la cocina del restaurante, alejado del calor de las estufas.

Consideró innecesario utilizar intercomunicadores, pues confiaba en la memoria de Ruth y Lina, a pesar de que no habían tenido mucho tiempo para ensayar, eso sí, con la señal de video estaría al pendiente de cualquier problema que pudiera surgir. El planteamiento general era permitir que el joven Corcuera apostara en algunas carreras, que las ganara y aprovechar su euforia para provocar un descuido que lo alejara de su grupo de guardias; al bno contar con un contacto que les asegurara una “predicción” satisfactoria, tendrían que convencerlo de ir a la sala-casino que se había abierto apenas unas semanas antes.

El espacio cerrado ofrecía una experiencia parecida a la de un casino de Las Vegas, pero estaba especializado en las carreras de caballos, no sólo del hipódromo local, sino de varios al rededor del mundo. Desde las puertas de cierre casi hermético, entrar era transportarse a un mundo ajeno a la realidad de la mayoría: la bienvenida la realizaban jóvenes mujeres con ajustados ‘bodies’ monocromáticos que resaltaban la idea de mantener un físico específico, atlético y curvilíneo. Con charola en mano, estas jóvenes obsequiaban bebidas y guiaban a los visitantes al menos por los primero cincuenta metros. Continuará. Salud.

Beto

martes, 13 de julio de 2021

La familia Grande 30a. entrega

“¿A propósito, ¿usted estudia, señorita?”
Foto: BAER

“¿Cómo va a quererlo ahora, señor?” “Comencemos con lo clásico, para ir tanteando el terreno”. Al instante pidieron a un mesero que les llevara a las mujeres un par de bebidas; la expresión de sorpresa que éstas hicieron fue digna de un festival cinematográfico. Voltearon en la dirección que el mesero les indicó, levantaron ambas copas en agradecimiento y Lina clavó coqueta sus grandes ojos en los del apostador, una leve sonrisa de triunfo del hombre poco acostumbrado a fallar, asomó por su comisura derecha, ésa era la señal para que unos de sus guardias se levantara a invitar a las mujeres a su mesa, la respuesta no fue la que esperaba.

“Le agradezco la cortesía, joven, pero sería más sencillo que el caballero fuera quien viniera a nuestra mesa si quiere hablar con nosotras”. La aceptación implícita a la condición sorprendió a Estévan que suponía, tendría mayor resistencia, aunque en el fondo, representaba una gran palmada a su ego. “Sólo una cosa muchachos, si veo que es ‘demasiado fácil’ el asunto, marcan de inmediato a mi teléfono”. Como todas, la señal para ello ya estaba convenida en lo que llamaban su “manual de procedimientos”. Se levantó en pleno control de sus movimientos, cada paso lo había calculado para que tuviera un efecto específico, por supuesto, dirigido a la joven.

Antes de que el hombre pudiera decir cualquier cosa, Ruth le extendió la mano con el dorso apuntando hacia su rostro; sin dejar de sonreír, la tomó por los dedos y la besó cortésmente. Lina repitió el gesto y la escena volvió a iniciarse; después de los formalismos para intercambiar nombres, Estévan tomó asiento entre las dos mujeres, tratando de quedar de frente a la mesa donde habían quedado sus guardias. Algunas trivialidades salieron a flote como la estadía de madre e hija en la ciudad, sus respectivas aficiones, el tamaño de sus negocios y hasta las decisiones que mantendrían soltero al hombre que, inexplicablemente, les profesaba tal confianza.

“Así que es usted un hombre de negocios”, dijo Ruth tomando nuevamente la iniciativa, “así es señora, me hago cargo de unas empresas que han sido de mi familia por algunas décadas”; algo en el gesto de la mujer hizo que rectificara un poco sobre su afirmación, “bueno, también me doy algunos momentos para distraerme”. “Como todos, véanos a nosotras, si no fuera por el ejército de contadores, abogados y administradores, no podríamos estar aquí, tratando de consolarnos”. “¿ Le dolió mucho la muerte de su marido?” “Imagínese, llevaba un buen tiempo a su lado; ahora me toca enseñar a esta niña a vivir sin su padre”. “A propósito, ¿usted estudia señorita?”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 6 de julio de 2021

La familia Grande 29a. entrega

“Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado,
con un escote pronunciado a la espalda”. Foto: BAER

Disculpe, es mi primer día; si el señor me hiciera el favor de indicarme cuál es de su agrado”. Con los ojos, el mismo escolta le señaló la mesa contigua, con lo que José de inmediato se dispuso a colocar en orden los servicios. En cuanto se sentaron, solícito entregó las cartas al momento en que recitaba las sugerencias del chef. Con el desdén de quien cree haberlo visto todo, Estévan ordenó el desayuno Continental y algo para picar mientras esperaba la primera carrera para meter su apuesta; su corredor le había asegurado que “Nube gris” tenía las mejores posibilidades de ganar. Aunque el nombre del caballo no le dio mucha confianza, siguió el consejo.

Su escolta ordenó alimentos sencillos, que no significaran un desperdicio en caso de tener que dejarlo a medias por una emergencia; una vez entregadas de regreso las cartas, se llegó el momento de buscar a su siguiente presa. Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado, con un escote pronunciado a la espalda y que cubría hasta poco más arriba de la rodilla, enmarcando un cruce de piernas que resaltaba la magnificencia de unas pantorrillas que remataban en unos zapatos acordes a la indumentaria. Era evidente que se trataba de una novel apostadora guiada por otra no menos atractiva experta en los juegos de azar y las apuestas.

Lo primero que debía hacer, era asegurarse de la identidad de las dos mujeres que, a leguas  se notaba que eran las más atractivas del lugar; con una seña le indicó al mayor que preguntara al capitán de meseros todo lo relacionado con ellas, lo que le tomó a éste sólo unos minutos pues ¿quién en su sano juicio se resiste a recibir mil pesos por contestar unas preguntas? Al rato volvió, satisfecho con la información que había obtenido: “Se trata de una viuda que vivía en el norte, heredera de un rancho ganadero asociado con varias empresas lecheras; se había casado muy joven y tuvo una hija, a la que se trajo a la capital para que estudiara la universidad”.

Suspicaz, Estévan frunció el ceño, “¿No te parece raro que, siendo rica, no traiga guardaespaldas?” preguntó convencido de la inteligencia manifiesta en su cuestionamiento. “Me dijo el capitán que tiene un acuerdo con altas esferas del Gobierno de la República, lo que la hace intocable”. Lejos de disuadirlo, la respuesta encendió esa especie de reto que sentía cuando algo parecía peligroso o prohibido. “Prepárense para el ‘cortejo’, ésta es una ‘pieza’ que no se me va”. Se les dibujó a sus hombres una sonrisa sardónica entendiendo que serían testigos de una conquista más de su jefe, que en el fondo se creía la reencarnación de Casanova. Continuará. Salud.

Beto

El que no sabe

La sospecha no siempre está bien documentada. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. S ospecha. Varios son los personajes que en una novela cuestiona...