martes, 23 de noviembre de 2021

La familia Grande 49a. entrega

“¿Por dónde empezar a buscarla?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “Creo que no sabes lo que dices; la cosa está muy fea allá afuera”; “lo he visto y lo he palpado de cerca. Además, debo ir a advertirles a mis amigos. ¿Usted no haría lo mismo si estuviera en mi situación?”. La súplica de Luis salía de lo más hondo de sus entrañas y notó que había calado en lo más hondo del ánimo del viejo. “Así  perdí a mi hija, joven. Sé que la desaparecieron y no han querido darme razón de su paradero”; “Perdón, no sabía siquiera que tuviera una hija, pero eso me da la razón. Tengo que salir”. Ambos hombres quedaron en silencio por unos instantes, hasta que por fin, Eustaquio atinó a decir “es posible que me arrepienta. Ojalá nada malo le pase”. Se apartó unos pasos haciendo una seña con su mano izquierda como dejándole el camino libre.

Aún no creyendo del todo en su suerte, corrió hacia la puerta de salida; el aire nocturno de la ciudad de México le golpeó las mejillas, el ruido de los autos dio un toque dramático a su búsqueda de transporte. Por fin, un taxi se detuvo y abordó presuroso casi golpeando con sus palabras los oídos del conductor, al que tuvo que repetir la dirección pues la primera vez no la pronunció de manera inteligible; la prisa por llegar a casa de Isabel no le dio tiempo de contar el dinero que don Eustaquio le puso en las manos antes de medio despedirse y asegurarle que no tendría inconveniente en inventarse una historia para que el patrón no lo maltratara mucho. Luis le juró que lo compensaría de alguna manera.

El auto se estacionó frente a una puerta medio desvencijada porque no había sido reparada desde el accidente donde un camión materialista había dejado caer, por descuido, unos ladrillos destinados a la obra de la acera de enfrente. El ingeniero encargado les había asegurado que la repondrían, pero ya habían pasado tres meses de aquello, por lo pronto, la sostenían desde adentro con una viga que la misma obra les proporcionó. Pagó Luis con la misma premura que le atormentó todo el viaje, quedándole tan sólo unos cuantos centavos y de un saltó se plantó ante el rectángulo de metal y tocó frenéticamente, una y otra vez, hasta que una voz llena de fastidio, le contestó desde el interior sin mucho ánimo de abrirle.

“¿¡Quién!?”; “Soy yo señor, Luis. Disculpe que lo moleste a esta hora, pero necesito hablar con Isabel”; “Ella no está, se quedó en casa de una amiga, que’sque para llegar temprano a donde van mañana”; “¿Sabe qué amiga es ésa?”; “No la conozco, debe ser una de las nuevas con las que se junta últimamente. ¡Donde vayan a andar en malos pasos..!”; “No se preocupe por eso, señor, pero sí tengo que encontrarla pronto”; “Pues creo que esa chamaca vive por los rumbos de Mixcoac, más de eso, no sé”; “Se lo agradezco de todos modos, procuraré encontrarla”; “Anda, pero váyanse con cuidado”; “No se preocupe”. Una especie de desorientación lo invadió, conocía a algunas de sus amigas, pero, ¿por dónde empezar a buscarla? Continuará. Salud.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...