martes, 9 de noviembre de 2021

La familia Grande 47a. entrega

“Por favor, por lo que más quieran,
no vayan el miércoles”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La entrega de Ciudad Universitaria por parte del ejército aquel 30 de septiembre parecía ser la señal de que todo regresaría a la normalidad; el Gato y Saúl esperaban la llamada de Luis para saber en dónde se verían para hacer los preparativos y participar en el mitin del miércoles en la Plaza de las Tres Culturas, debían aguardar pacientemente pues los martes, el papá del muchacho lo tenía ocupado hasta entrada la tarde con el fin de acortar el tiempo que invertía con Isabel, algo que resultaba completamente vano, ya que eso sólo provocaba que su vástago se las ingeniara para escaparse en cuanto podía, pero justo ese día se quedó a cumplir con sus tareas. Parecía estar en otro mundo y el ánimo con el que siempre se presentaba, en esa ocasión brillaba por su ausencia.

Había escuchado de uno de los trabajadores que algo gordo se estaba cocinando y que después del mitin ya nada sería igual, que por lo pronto él iba a prohibirle a su hijo asistir y que lo encerraría con llave si fuera necesario; por eso no había salido del trabajo, tampoco encontraba la manera de avisarles a sus compañeros sin que su padre se diera cuenta de que usaría el teléfono de su oficina. Por fin, ellos decidieron ir a la nevería que habían adoptado como “cuartel” dejándole el encargo a Mónica que le dijera que fuera hacia allá en cuanto pudiera. Caminaron unas cuantas cuadras hasta el lugar que siempre lucía lleno de jóvenes, más en esos días en que el ir a clases se supeditaba al capricho del ejército.

Los hermanos mayores del Gato, Juan, Mariano y Jacinto no habían tomado acciones tan abiertas como lo había hecho él, por lo que éste respiraba tranquilo de saber que no estarían en gran riesgo, aunque sí les pedía su opinión acerca de las tareas que les encomendaban a los del primer año de la universidad, por otro lado, tanto Teresa como Maura se encargaban de argumentar en contra de todo, pues consideraban que después de sus padres, ellas eran las encargadas de velar por la seguridad de todos sus hermanos. Una vez en la cafetería, Saúl advirtió que había un grupo de muchachos ajenos a la cotidianidad del lugar; el Gato, sin mostrar demasiada sorpresa, distinguió una cara conocida y apenas con una pequeña inclinación de cabeza, saludó a Sergio que estaba en el grupo.

“¿Es..?”; “Sí”. Dijo Efraín con su habitual tono casi neutro. Sergio se levantó pretextando ir al baño y al pasar, fingió reconocerlos, por lo que se detuvo un instante y después de los saludos de rigor advirtió a los muchachos que anduvieran con cuidado porque el día del mitin habría un operativo para terminar de una vez por todas con el movimiento. Después les explicó que el grupo con el que estaba, era un pequeño comando emplazado en esos rumbos con el fin de ubicar a algunos cabecillas y tenían entendido que esa cafetería podría ser su centro de reuniones. “Me voy, dije que sólo iba al baño. Por favor, por lo que más quieran, no vayan el miércoles”. Se retiró, los dos muchachos lo siguieron con la mirada, se quedaron un rato más y pidieron la cuenta. Continuará. Salud.

Beto

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