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| “Se quedó presenciando todo el trajín, observando los movimientos de los uniformados”. Foto: BAER |
Desde la azotea del edificio de enfrente, el Gato observó cómo los agentes irrumpían en el recinto alquilado que les sirvió para el interrogatorio; nunca imaginó que los juegos de niños donde él encarnaba a los forajidos y su hermano Sergio a los representantes de la ley, fueran a convertirse en realidad, aunque bien a bien, no podía decirse que su actitud estuviera dirigida a hacer daño por mucho que estuviera fuera de la ley. El disfraz volvió a funcionar pues, a pesar de haber caminado en medio de algunos de ellos, ninguno de los policías lo reconoció; dentro de la casa había dejado algunas pistas para que se entretuvieran lo suficiente y así dar más tiempo a que su equipo se alejara lo más posible.
Se quedó presenciando todo el trajín, observando los movimientos de los uniformados, el arremolinamiento de los curiosos -que nunca faltan-, escuchando los bocinazos de los automóviles que querían evadir el cerco de patrullas y las órdenes que a grito pelón daba Sergio a diestra y siniestra. Todo lo anotó en su inefable libretita, puesto que de esos apuntes saldrían nuevas estrategias para salvar el pellejo en futuros trabajos. Su hermano adoptivo se veía bien organizando grupos, hubiera sido un buen elemento en su equipo si sus ideas de justicia no estuvieran contrapuestas en lo operativo ni fueran tan cuadrados en lo conceptual. Recordó las innumerables veces en que intentó convencerlo de que lo que hacían estaba basado en la honestidad.
“¿Honestidad mediante el engaño? Creo que debes revisar tus valores, Efraín”. Obtuvo como respuesta la última vez que tocaron el tema; nunca entendió que de verdad quería ayudar al que lo necesitara aunque sus métodos fueran poco ortodoxos y hasta fuera del marco legal, pero siempre en busca de la justicia. De cualquier manera, se alegró de que Sergio hubiera tomado el camino de la policía, quizás entendiendo que debía compensar todo lo que había padecido en la escuela, eventos en los que el Gato, Luis y Saúl habían tenido que salir al quite para que sus problemas, independientemente fueran con la dirección u otro compañero, no trascendieran; en algunos fueron tan discretos que ni el mismo Sergio se dio cuenta. Continuará. Salud.
Beto

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