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| “De pronto sintió el agua mojándole la cara”. Foto: BAER |
El viernes 13 de septiembre, al amanecer, Luis revisaba su aspecto frente al espejo del baño y repasaba mentalmente el trayecto que seguiría la manifestación de ese día; ni el “ambiente olímpico” lograba distraerlo de su cometido, menos en esos días en que le había prometido a Isabel que la cuidaría aunque fuera lo último que hiciera en su vida, que por lo pronto, se remitía a transitar junto a ella y en silencio desde el Paseo de la Reforma hasta la Plaza de la Constitución. Después de un frugal desayuno y una abundante comida, se dirigió a la parada de autobuses en donde se encontraría con la muchacha; habían planeado irse con anticipación para pasear un rato antes de integrarse a la marcha.
La vio llegar con una blusa ceñida y un pantalón acampanado que recortaba sus caderas por el medio, su cabellera suelta jugaba con el viento y le daba un toque travieso a su expresión que se negaba, por momentos, a dejar salir a la mujer en la que estaba convirtiéndose. “Te ves hermosa” dijo Luis sin ocultar su emoción, Isabel agradeció mirándolo con un brillo muy especial en sus ojos; se mantuvieron en silencio unos segundos, hasta que el ruido de los frenos del autobús los sacó de sus cavilaciones. Abordaron y ocuparon uno de los asientos libres de la parte trasera, el trayecto no tuvo contratiempos, bajaron a la altura de Chapultepec y lo primero que buscaron fue el camino hasta el lago. Luis le presumió su pericia con los remos.
El embarcadero ya presentaba un importante movimiento de parroquianos, unos nada más viendo el paisaje y otros esperando su turno para abordar una de las lanchitas en renta. Con el Castillo como fondo, Isabel sorprendió al muchacho contándole cómo fue que Maximiliano llegó a habitarlo y Carlota casi lo obligó a construir el Paseo para vigilar sus idas y regresos de Palacio Nacional. La versión de que los hombres no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo, Luis la ejemplificó a cabalidad, pues por escucharle atentamente, dejó de remar. “¿Quieres que nos quedemos aquí en medio del lago?” La pregunta sacó a Luis de su embelesamiento y apenado, reanudo el movimiento de sus brazos, de pronto, sintió el agua mojándole la cara. Continuará. Salud.
Beto

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