martes, 26 de octubre de 2021

La familia Grande 45a. entrega

“En la mayoría privaba un ambiente
mortuorio”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La risa de Isabel inundó el espacio haciendo que los remeros de otras lanchas voltearan a verlos, Luis mientras tanto, trataba de secarse la cara con la manga de su camisa y divertido, se unió a la risa de la muchacha. Platicaron sobre cosas triviales y algunas no tanto; las conmemoraciones del año anterior a cerca de la muerte de Pedro Infante en su décimo aniversario, les trajo a la memoria canciones que se resistían a dejar su lugar al desenfreno causado por el rock and roll desde hacía un lustro. De pronto, las notas de Cien años salieron de la garganta de Isabel y un impulso incontenible, obligó a Luis a unírsele “... Te vi sin que me vieras, te hablé sin que me oyeras y toda mi amarguuuraa se ahogoooooó dentro de miiií”. Se vieron fijamente y completaron la letra mientras se cumplía la hora de renta.

Entre los dos no había enamoramiento, era una complicidad mayor provocada por las coincidencias en el pensamiento, la complementariedad del temperamento y la decisión compartida de no convertirse en un estorbo el uno del otro. Por supuesto que los momentos juntos no eran del todo tersos -menos en tiempos tan convulsos- pues sus convicciones los llevaban a veces por distintos rumbos, pero tenían claro que no debían mezclar temas y éstos se consideraban finiquitados una vez que ya no hubiera argumentación, total, no serían ellos los que cambiarían al mundo. La semi clandestinidad provocada por el celo del padre de Isabel, hacía que ambos desearan estar por más tiempo juntos y el movimiento les dio la mayor parte de los pretextos que apartarse de lo que les rodeaba.

Alejados del embarcadero, se dieron tiempo para tomarse una foto en donde se ponían los “caballitos”, más propios de la Alameda Central, pero que algunos se escapaban para aprovechar a los visitantes del bosque; escogieron a uno que parecía de tamaño natural, tordillo con el gris característico en el pelaje, el fotógrafo les colocó un par de sombreros charros e Isabel montó en el cuaco a su vez que Luis se colocaba de pie a su izquierda. La postal quedó que ni planeada con anticipación, hasta parecían modelos de alguna marca de cerveza que, por esos días, apelaban a una idea de mexicanidad impulsada desde los tiempos de Ruiz Cortines. Isabel guardó la foto en su bolsa de mano, mientras Luis pagaba el monto por el servicio y como el tiempo era justo, enfilaron hacia la marcha.

Paseo de la Reforma parecía contener una romería; gente de distintos estratos se dieron cita para unir, como en contadas ocasiones, voluntades disímbolas en lo cotidiano, pero únicas en las contingencias. Al inicio de la marcha, a algunos de los caminantes les pareció buena idea lanzar consignas pero fueron callados inmediatamente pues de lo que se trataba era de avanzar en silencio, mostrando con ello que no gastarían su voz en discursos vanos. En la mayoría privaba un ambiente mortuorio, seguramente porque se trataba de familias que habían perdido a alguien en los incidentes del mes pasado. Al frente de la marcha, algunas autoridades educativas eran el vivo reflejo de la desesperación, pero estaban esperanzados en que todo se resolvería con diálogo. Continuará. Salud.

Beto

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