martes, 12 de octubre de 2021

La familia Grande 43a. entrega

“Ahora piensa en lo que vamos a decir
en la junta”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Por algo que después definió como la mayor suerte de su vida, Luis descubrió a uno de los encubiertos que deambulaba entre los estudiantes sin hacer caso a lo que sucedía en el estrado, más bien, ponía atención a las actitudes y reacciones de los muchachos que levantaban los brazos en señal de apoyo a los argumentos del rector. Lo siguió a una distancia prudente para no ser descubierto de igual manera por el agente; analizó su vestimenta con el fin de establecer alguna similitud que le diera pista de dónde se encontrarían los demás operativos hasta que, por unos segundos, su objetivo se detuvo a intercambiar unas palabras con otro sujeto y allí estaba, no era la vestimenta sino el corte de cabello lo que los identificaba.

Siguieron un pequeño protocolo que el sujeto al que Luis seguía, repitió con otros tres; con los datos que recabó, pudo identificar a no menos de quince. De pronto, un aguijonazo de angustia le dio de lleno en la boca del estómago, casi olvidó que debía reunirse con Isabel, la compañera de clases en la facultad con la que se encargaría de repartir volantes durante el tiempo que durara la manifestación. Habían comenzado a hablarse con el pretexto de apoyar al movimiento pero eso dio pie a una relación más profunda, de una complicidad  a toda prueba. El muchacho tenía la intención de integrarla al equipo que formaría con Efraín y Saúl, pero los acontecimientos de ese día le harían cambiar de opinión.

Dejó atrás al que había sido su objetivo por unos minutos y se puso a buscar a la chica, que por esos momentos ya debía haber comenzado a repartir las hojas de papel impreso; tal fue su sorpresa al descubrir que uno de los guardias encubiertos estaba a punto de darle un manazo y ella no se percataba del asunto. Como pudo, se abrió paso entre la muchedumbre y entre empellones y jalones, pudo llegar antes de que el encubierto la alcanzara. “Órale, ¿no te dije que  no anduvieras haciéndole caso a estos revoltosos? Tú ni siquiera sabes para qué son estos volantes. ¡Y por médigos cincuenta pesos!”. Ante la behemencia del “regaño” Isabel no pudo pronunciar palabra, así que Luis la sacó de allí con un jalón en el brazo.

Tanto la muchacha como el guardia no salían del azoro, al grado de que aquel ni siquiera dio parte a sus compañeros. Todavía, como para salir de dudas, Luis remato diciendo “Ándale, vámonos a la casa que mi mamá te está esperando”. Aún no terminaba el mitin pero ambos se alejaron por una de las laterales del estadio universitario. A una distancia prudente, Isabel reaccionó con un mohín, reclamándole que le hubiera tirado todos los papeles, “Y ahora, ¿qué vamos a repartir?” Se miraron a los ojos por unos segundos y rompieron en carcajadas, porque en el fondo ella sabía que la había salvado de un serio percance. “Ahora piensa en lo que vamos a decir en la junta”; “no te preocupes, nos darán más volantes y ya”. Continuará. Salud.

Beto

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