martes, 6 de julio de 2021

La familia Grande 29a. entrega

“Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado,
con un escote pronunciado a la espalda”. Foto: BAER

Disculpe, es mi primer día; si el señor me hiciera el favor de indicarme cuál es de su agrado”. Con los ojos, el mismo escolta le señaló la mesa contigua, con lo que José de inmediato se dispuso a colocar en orden los servicios. En cuanto se sentaron, solícito entregó las cartas al momento en que recitaba las sugerencias del chef. Con el desdén de quien cree haberlo visto todo, Estévan ordenó el desayuno Continental y algo para picar mientras esperaba la primera carrera para meter su apuesta; su corredor le había asegurado que “Nube gris” tenía las mejores posibilidades de ganar. Aunque el nombre del caballo no le dio mucha confianza, siguió el consejo.

Su escolta ordenó alimentos sencillos, que no significaran un desperdicio en caso de tener que dejarlo a medias por una emergencia; una vez entregadas de regreso las cartas, se llegó el momento de buscar a su siguiente presa. Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado, con un escote pronunciado a la espalda y que cubría hasta poco más arriba de la rodilla, enmarcando un cruce de piernas que resaltaba la magnificencia de unas pantorrillas que remataban en unos zapatos acordes a la indumentaria. Era evidente que se trataba de una novel apostadora guiada por otra no menos atractiva experta en los juegos de azar y las apuestas.

Lo primero que debía hacer, era asegurarse de la identidad de las dos mujeres que, a leguas  se notaba que eran las más atractivas del lugar; con una seña le indicó al mayor que preguntara al capitán de meseros todo lo relacionado con ellas, lo que le tomó a éste sólo unos minutos pues ¿quién en su sano juicio se resiste a recibir mil pesos por contestar unas preguntas? Al rato volvió, satisfecho con la información que había obtenido: “Se trata de una viuda que vivía en el norte, heredera de un rancho ganadero asociado con varias empresas lecheras; se había casado muy joven y tuvo una hija, a la que se trajo a la capital para que estudiara la universidad”.

Suspicaz, Estévan frunció el ceño, “¿No te parece raro que, siendo rica, no traiga guardaespaldas?” preguntó convencido de la inteligencia manifiesta en su cuestionamiento. “Me dijo el capitán que tiene un acuerdo con altas esferas del Gobierno de la República, lo que la hace intocable”. Lejos de disuadirlo, la respuesta encendió esa especie de reto que sentía cuando algo parecía peligroso o prohibido. “Prepárense para el ‘cortejo’, ésta es una ‘pieza’ que no se me va”. Se les dibujó a sus hombres una sonrisa sardónica entendiendo que serían testigos de una conquista más de su jefe, que en el fondo se creía la reencarnación de Casanova. Continuará. Salud.

Beto

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