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| “Que sea entonces el número catorce...”. Foto: BAER |
Los fotogramas comenzaron a pasar vertiginosamente a treinta y dos cuadros por segundo, manipulados por las expertas manos de Saúl que aporreaba materialmente el teclado de su laptop, al tiempo en que Luis procuraba mantener la dirección de la señal remota hacia el cubículo de apuestas, gracias a lo cual, el caballo número siete, viniendo desde atrás y seguido por el nueve, cruzó la meta con más de un cuerpo de ventaja sobre el grupo que los seguía. Estévan dejó escapar un grito eufórico y de inmediato abrazó a Lina que no se resistió al gesto del hombre, Ruth se unió a la pareja fingiendo cierto entrometimiento para que el joven no fuera a sobrepasarse con “su hija”.
Una vez pasado el momento, sin lograrlo del todo, Estévan trató de recuperar la ecuanimidad pero la sonrisa no se le borraba del rostro; “Nunca en la vida había ganado dos carreras seguidas” dijo como tratando de contagiar a sus acompañantes de la felicidad que lo embargaba. Tanto las mujeres como los guardias se hicieron eco de su estado de ánimo y le sugirieron que siguiera apostando, el muchacho vio fijamente el recuadro donde aparecía el monto de lo ganado hasta ese momento, después el listado de los siguientes corredores en el orden de posibilidades de ganar y la cantidad a pagar según esos momios; sus ojos se detuvieron en el número catorce, tercero en el orden y de nombre “Cinnamon”, bastante grande para seguir corriendo.
“Algo me dice que ese caballo va a dar su mejor actuación hoy”, dijo Estévan con tal seguridad que se diría que también había participado en la elaboración del plan para secuestrarlo, pero eso no impidió que la maquinaria se pusiera a funcionar de nueva cuenta. En esa ocasión, el muchacho se mostró menos eufórico, sin dejar de “animar” a su caballo; repetidamente volteaba a ver a Ruth y a Lina quienes, al darse cuenta de que eran observadas, se limitaron a regresarle la mirada con unas sonrisas que ocultaban medianamente su nerviosismo. “Esta vez apostaré al que usted elija, señor, ya veo que tiene buen ojo para los caballos también”. “Que sea entonces el número catorce, con eso sabré qué tan afortunado vengo”. Continuará. Salud.
Beto

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