martes, 24 de agosto de 2021

La familia Grande 36a. entrega

“Te topaste con pared, porque
yo no robé a la empresa”. Foto: BAER

La incomodidad de la silla a la que lo habían atado, hizo que despertara con algunos dolores en la espalda y en las piernas; la oscuridad del cuarto se recortaba con el haz de luz proveniente de una lámpara que apuntaba directamente a su rostro, una voz apenas audible daba instrucciones sobre lo que debían hacer algunos otros con unos bultos o algo así. El contraluz provocado por la figura masculina entre Estévan y la lámpara, acentuaba lo negro de la sombra por lo que no podía distinguir el rostro de quien empezaba a hacerle preguntas que al principio escuchaba como balbuceos, pero que fueron aclarándose conforme pasaron los minutos; una vez que pudo distinguir los rasgos del que lo cuestionaba con una retahíla de preguntas, tomó confianza y se envalentonó.

“¿Acaso crees que vas a asustarme con amenazas? Yo voy a decirte lo que en verdad puede amenazar tu vida, al grado de no poder dormir cuatro de siete noches”. Los ojos del Gato se clavaron en sus pupilas, acostumbrado a escuchar argumentos tan dispares, que las palabras de Estévan le parecían sólo desvaríos de alguien que aún no se daba cuenta de su situación. El joven Corcuera no daba crédito, algo que nunca hubiera considerado que le sucediera. “Es hora de que me digas qué hiciste con el dinero que sustrajiste de la cuenta común de la empresa”, Estévan no pudo disimular su extrañeza al oír esas palabras; algo en su interior se hizo añicos pero de inmediato recobró la entereza y amenazó con llamar a sus guardias en cuanto tuviera una mano libre.

“¿Te refieres a esos tres que están allí?” Una luz dirigida iluminó a los hombres que debían estar todo el tiempo alertas y que en ese momento lucían como tres fardos inertes en el piso. “En estos días es difícil encontrar personal confiable”, dijo el Gato sin mostrar emoción alguna. “¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Dinero? Te topaste con pared porque yo no robé a la empresa”. “Eso dicen todos los culpables cuando se sienten acorralados”. “¡Mírame bien! ¿De verdad crees que tendría el valor de mentir en el estado en el que me encuentro?”. “Sí supieras la razón por la que estás aquí, probablemente”. “Sólo pregúntate el porqué no he cuestionado quién me denunció”. “Imagino que lo sabes o al menos, lo supones, pero la razón podría resultarte deprimente.

La discusión paró en seco cuando Estévan le explicó al Gato que entendía perfectamente lo que se seguro su padre le habría pedido, pero que definitivamente se trataba de una cortina de humo. “Si es como te lo estoy diciendo, mi padre te envió a detenerme porque descubrió que estaba investigando precisamente ese robo y estaba a punto de descubrir los turbios manejos que se han gestado desde que murió mi tío, el fundador y principal accionista de las empresas que ahora presidimos”. “Las pruebas que me mostró son muy convincentes y todas apuntan hacia ti”, dijo Efraín incrédulo de la situación que se le presentaba. La duda estaba sembrada, aunque su germinación debía pasar por algunos tamices más. Continuará. Salud.

Beto

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