martes, 31 de diciembre de 2024

Doce campanadas

El año nuevo viene crecidito. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Los símbolos suelen ser interesantes y algunos hasta divertidos, los de fin de año además cuentan con cierta teatralidad; quienes tienen por costumbre barrer la calle, sacar maletas, ondear banderas y comer uvas lo tienen muy claro, esos símbolos reunidos en rituales paganos son en realidad muy divertidos. Tomándolos en serio o en broma (en realidad no importa) suelen mostrarnos realidades alternas en las que hay una espiritualidad tan válida como cualquiera pues los mecanismos mentales son los mismos, más allá de los discursos sobre adhesiones y destinos; es posible que ya hayan realizado sus ejercicios para prepararse para este año que llega y despedir con dignidad al que termina, el entornos se transforma de acuerdo a los intereses que mantengamos vigentes hasta este día, mañana comenzará otro ciclo en el que las promesas se combinan con las trabas que ponemos para realizarlas y la diferencia queda.

Recuerdo algunos detalles en los que mi familia tuvo que ver, que cambiaron un poco la tradición como aquella en la que se comen doce uvas como símbolo de que nada nos faltará en el siguiente año, al menos el sustento pero al rededor de 1972, con la llegada de mi hermano Pepe, las compras no pudieron hacerse tan puntuales como habían sido los años anteriores, así que no había uvas para la cena, pero estando en la capital mundial de las fresas, ¿cuál era el sustituto natural? Lo adivinaron, los higos... ¡no es cierto! Creo que el ritual nos salió sui géneris porque tratar de tragar fresas lo más rápido posible, no es muy recomendable que digamos, varios estábamos atragantándonos, creo que las semillitas incrustadas en la piel de la frutilla era un buen aviso de que no debimos hacerlos, pero lo hicimos y la tentativa ce competencia por ver quién las terminaba primero se realizó en cámara lenta.

Sin importar la fruta, el simbolismo no cambia, cada «mes» que se engulle lleva consigo la promesa de que será bueno y que nada habrá que nos preocupe; mi ejercicio mental inició el pasado noviembre, recorriendo lo hecho desde enero, lo cual resultó fácil ya que un blog (para mí, una columna virtual) funciona casi como un diario. traté de hacer una comparativa a manera de proyección, algo así como si en marzo del año pasado hice... ¿qué haré en el próximo? Lo mismo con todos los demás, sólo espero no haber dejado la vara muy alta en algunos de ellos para poder superarlos; he pensado incluso iniciar una tradición personal, si llego a cumplir o superar una de las tareas que me haya propuesto cada mes, tocaré la pequeña campana que perteneció a mi abuela y luego a mi tía, teniendo como testigo a la licenciada Rodríguez para que dé fe del hecho.

No creo que haya problema si inicio inmediatamente mañana, aunque me levante tarde, ya que he tenido a bien publicar en cada inicio de año, sólo tendré que ubicar en qué día cayó el 1° de enero. Sólo espero que a todos nos vaya mejor y que nada se interponga entre lo que nos proponemos y nosotros; a ustedes, mis diez lectores, que encuentren solución a todos los problemas que se les presenten y si no los tienen, ¡pasen la receta, no sean ingratos! Desde está humilde pero aguerrida trinchera, espero que el siguiente año nos lleve por caminos parejitos, sin contratiempos y con todo lo necesario para llegar a buen término, dando cuenta de aquello que hayamos emprendido; tengan buena salud, ánimos para trabajar y el mejor entendimiento de todo lo que vaya sucediendo en el entorno que, de mi parte, será lo mejor que nos pueda pasar. Reciban un gran abrazo. Salud.

Beto

martes, 24 de diciembre de 2024

¿Y para el cierre?

Escribir es como andar en bicicleta. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Les habrá ocurrido que están haciendo algo en su casa, como una reparación, de pronto se dan cuenta que les falta una herramienta y no pueden salir rápido a la ferretería porque es domingo y está cerrado y ni cómo ir a una tienda de autoservicio porque si se separan de la obra, corren el riesgo de que la reparación provisional no aguante, lo peor del caso es que se trate de una simple llave de tuercas que uno de sus parientes les pidió prestada por una semana que se cumple al día siguiente pero lo malo, es que ese pariente no vive en la ciudad, por lo que la alternativa es dejar todo como está, hecho un desastre, vigilándolo para que no se haga más grande. ¿Mandar a alguien con los vecinos a pedir prestada una? ¡Ni pensarlo! ¿Para que todo el mundo se entere de que no somos capaces de encontrar una solución adecuada? Además, ni tu mujer sabe de herramientas como para pedir una, ni tus hijos podrían porque están muy chiquitos.

¿A quién recurrir entonces? El manual del macho mexicano (si existiera), dice que hombre que se precie de serlo, saldrá por sí mismo de cualquier problema que se le presente, con los mejores resultados posibles; las úlceras gástricas son lo de menos, la hipertensión no es más que una simple molestia y los infartos son el pan de cada día, así que una pequeña traba no va a detenernos, por lo que en cuestiones de escritura sólo seremos el cierre y nosotros -nota aclaratoria: también hay machos con faldas-; los días y las noches que estuvimos devanándonos los sesos para encontrar a los personajes idóneos, los lugares adecuados, las situaciones reveladoras y todos los detalles escabrosos, estarían a un paso de volverse nada si no encontramos el final de nuestra historia y no hablo de cualquier término con la palabra fin, sino de la culminación que provocará que los lectores quieran más.

También está la sensación de apego a lo que se produce, la cual resulta muy complicado de desligar de nuestro sistema por lo cual, supongo, se vuelve muy difícil terminar lo que se empezó, una especie de sentimiento de no querer que los hijos crezcan; las separaciones son dolorosas y cuando se trata de cosas salidas de uno mismo, el trabajo mental tiene un poco de luto, sin embargo, dejarlas sin terminar tampoco es digno, así que como si se tratara de ver partir a un hijo, hay que procurar que nuestros escritos salgan a defenderse solos, porque como nos decían en la carrera, cuando un texto es publicado, ya no le pertenece al autor sino a cada lector que se toma el tiempo de echarle un vistazo. Lo anterior es lógico porque no va a estar el escritor explicando a cada uno lo que éste no entendió de la obra, ni siquiera se puede pensar en una conferencia masiva, las preguntas serían muchas.

Cerrar es concluir de todos modos, en un instante, de un jalón con aquello que iniciamos con cierta ilusión, no importa si el escrito es corto o largo, la micro despedida funciona igual en cualquier época del año, el desapego sirve por temporadas pero la necesidad de sentir que un escrito nos pertenece, vuelve con una cadencia como si se tratara del primer bailable de un hijo en el kinder y eso de que el texto, una vez que es publicado, debe defenderse solo, debe ayudar a forjar nuestra templanza como creadores. Lo mejor es tratar de ubicar que la idea de lo que escribimos se queda con nosotros aunque el texto se vaya por diferentes rumbos y, aunque los motivos para escribir sean muchos, debe ser sólo uno el que nos lleve a terminas cada texto y es el tener la oportunidad de iniciar otro. Porque la razón de ser escritor es escribir, no acumular escritos. Salud.

Beto

martes, 17 de diciembre de 2024

Un minuto antes

¿Y después? Foto: BAER

Irapuato, Gto. La idea ha cruzado varias veces por nuestra cabeza y estamos frente al cuaderno, la máquina de escribir, el ordenador, la tableta, el teléfono, la pluma o lo que sea que usemos para escribir, la idea que había dado vueltas en nuestras mentes se sostiene como un paracaidista antes de saltar del avión con la salvedad de que el salto que vamos a presenciar, deben estrellarse en una hoja de papel o en una pantalla sin desparramamientos inconexos; los dedos parecen briosos corceles lanzando coces en el arrancadero y algo parecido a la ansiedad se agolpa en nuestro pecho, tanto que ya quisiéramos que todo estuviera escrito, pero no, el proceso exige paciencia para que las palabras puedan salir en orden y una por una. La antesala comienza a subir la temperatura y hasta hay tiempo para preguntarnos si lo que estamos a punto de redactar será bueno o sólo un montón de oraciones que todos verían como algo ya hecho en todas las etapas de la humanidad.

Sin embargo, hay un asidero al que podemos aferrarnos y es que, a pesar de que todos los temas ya hayan sido abordados en algún momento, nadie en el mundo los ha visto de la misma manera ni desde la misma perspectiva que nosotros; habrá coincidencias, por supuesto, por cuestiones culturales pero las diferencias se establecen por la educación que recibimos y las maneras en que hayamos entendido las teorías en la escuela o en la calle; podemos empezar en cómo entendemos la existencia en general, nada para hacer un tratado sobre ello, todo con razonamientos simples. De la misma manera, cómo entendemos nuestra existencia personal y ya encarrerados, si eso que pensamos lo vemos reflejado en alguien más que no necesariamente sea pariente... o real. Alguien con ese esquema de vida ¿qué tipo de aventuras puede pasar? Ahí estaremos perfilando a un personaje.

Quizá todavía no sea del todo publicable, pero será un muy buen paso para volverlo así o para perfilar otros que lo sean; conforme pase el tiempo y la tenacidad se mantenga, las historias mejorarán al punto de que se volverá una necesidad el ser leído, además de sentir que todo será bajo las propias reglas ¡el opio del escritor! Como sea, los segundos previos a plasmar palabras en una hoja en blanco hacen que nos preguntemos un montón de cosas, a veces inconexas, otras tantas relacionadas con eventos del pasado; las evocaciones pueden ser útiles en tanto no nos expongan sin razón, mucho menos a las personas que nos importan. Parece mentira que tantos pensamientos crucen por nuestra mente en sólo sesenta segundos, posiblemente una muestra de la relatividad del tiempo o quizá el equivalente de escritorio del pánico escénico en un atril.

Los sesenta segundos antes de herir a la hoja con el filo de la pluma sirven también para acomodar los cuadernos, afilar los lápices, ordenar los apuntes y los señaladores y la atención se centra en cómo empezará la primera oración; nada para angustiarse pero sí para ponerse a pensar, una vez terminado el texto, cómo será la rutina al día siguiente. Es posible que lleguemos a angustiarnos un poco por lo que pudiéramos olvidar el próximo mes y no tener tema para escribir; lo que significa el minuto anterior a la escritura, estará impregnado de aquello que queremos que los demás sepan del entorno, de los nuestros o de nosotros, de cómo los vemos y ellos los pueden ver. Ese instante, preludio de la composición literaria podría ser visto como la antesala de una cita encarecidamente esperada, los nervios se manifiestan de la misma manera, pero al escribir se quedan con nosotros. Salud.

Beto

martes, 10 de diciembre de 2024

La belleza en los ojos

Hay gusto que causan disgustos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Alguna ocasión escuché que la belleza no era algo estático, que se transformaba conforme íbamos creciendo, lo cual me pareció ridículo pues, si nos fijamos bien, las pinturas, las esculturas y las construcciones consideradas bellas no cambiaban ni su estructura, ni su valor, además en ese preciso momento, estaba observando el rostro de alguien sumamente atractiva que, para mi sensibilidad adolescente (sarcasmo), suponía que sería eterna. Lo mismo pasaba cuando descubría un paraje o coincidía con una máquina o veía un espectáculo, pero todos cambiaban, quizá mantenían intacta su esencia, pero lo que en un inicio había llamado mi atención, habría desaparecido después; a lo que tuve que enfrentarme fue a mi tendencia de mantener las cosas inamovibles y era claro que el mundo no estaba interesado en dejar las cosas a mi entero gusto; posiblemente era hora de entender e interiorizar lo que teóricamente había racionalizado.

Por una parte, es cierto lo que afirmé al principio, las obras de arte no cambian, lo que se transforma es la manera de mirarlas o de percibirlas con los demás sentidos; si nos imaginamos una de cada una (según sus gustos muy particulares) quizá descubramos que ha pasado un proceso indirecto por el cual o ya no nos gustan como antes y dejaron de ser nuestros favoritos o adquirieron un valor teórico por lo que tuvimos un resultado semejante. Yo podría pensar en la icónica fotografía del Che Guevara, la que en mis veintes me parecía un logro estético y de diseño que se alejaba de manera abismal de todo lo que hasta ese momento conocía y llevaba poco más o menos siete años de pensar así; mis primeros escarceos con las teorías marxistas y la ideología de izquierda vinieron primero a darle a esa imagen un valor adicional y después, a cuestionar su exagerada comercialización.

Hay que estar preparados para la belleza, esto es, haber aprendido a diferenciarla de aquello que sólo es impresionante, por así decirlo, sería como saber la diferencia (mediante el gusto) entre Odisea del espacio 2001 y la saga completa de Viernes 13; ambas pueden gustarnos, pero sólo una nos dejará algo en qué pensar. El aprender qué es bello nos conduce por varios derroteros que, si me lo permiten, yo ubicaría en tres pasos; el primero tiene que ver con la naturaleza, ya que ésta en la mayoría de sus manifestaciones es tan bella como sorprendente y, a veces, aterradora, así que la producción humana que la imite, tiene un paso ganado para considerarse bella. Un segundo estadio se referirá a la armonía, lo cual significa que sus proporciones están equilibras y un tercer punto sería la evocación o sea, que nos haga sentir algo bueno, pero claro, todo tiene que ver con la percepción personal.

La mayoría de nosotros no somos capaces de ver lo que no tenemos como valioso, esto es quizá un eufemismo para decir que no ponemos atención en lo que no nos importa, lo que es entendible puesto que observamos según nos hayamos educado y las referencias académicas que hayamos cultivado, entendemos la belleza sin dudarlo, pero hay diversas maneras, algunas por conveniencia, otras por afinidad y las otras, por una que otra perversión menor. Otra forma coloquial de decirlo es «en gustos se rompen géneros» y podríamos redundar con más expresiones, pero lo realmente importante es entender que, a pesar de la relativización de la mayor parte de los contenidos, el que a muchos les guste la música actual, el expresionismo, el pollo frito empanizado del Coronel Sanders y las hamburguesas del payaso, no significa que siquiera sean buenos. Salud.

Beto

martes, 3 de diciembre de 2024

Sí hay diferencias

«Pintar los sentimientos» Autor desconocido
incluso en su casa. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Así como acomodamos nuestras escalas de valores (y varios cambiándolas), así también acomodamos nuestros gustos, según la época , las relaciones o el acceso que tengamos los espectáculos después de haber pasado todo un proceso de educación en el arte o eso debería ser en teoría. La práctica es otra cosa, a diario somos bombardeados por información de toda índole, principalmente de noticias (generalmente malas) y de supuesto contenido artístico (algunas veces peores); lo que más vemos y escuchamos se refiere al teatro o la actuación en general y a la música, ésta con una penetración mayor debido a que su naturaleza le permite estar presente en nuestras casas casi todo el tiempo y desde hace mucho, nos parece natural llamar a cualquiera que lance dos notas al aire como «artista», pero las circunstancias que involucran sus trabajos, distan mucho de apegarse a la definición académica de lo que es el arte.

Claro está, no hay una única definición pero la que dice que una obra debe presentar equilibrio entre el fondo y la forma es la que más me hace sentido dado que, como dirían en la antigua Grecia, el equilibrio es la base de la belleza la cual, es el objetivo de todo arte; no haré uso de mi ejemplo favorito aunque me cosquillean las manos, pero Andy Warhol está reservado para ocasiones especiales. Me declararé culpable de no haber buscado otros exponentes, seguidores, copistas de la obra de ese señor, porque la verdad nunca me pareció una expresión digna de una admiración más allá de considerarlos buenos diseños, es decir, la forma era muy llamativa y hasta bonita pero nada hay en la parte del contenido, en otras palabras, no tienen una historia que contar. Lo anterior no es tan malo si consideramos que la principal facultad que necesitamos para apreciar el arte es nuestro sentido del gusto.

Ahora bien, ¿qué nos gusta y sabemos definir el porqué nos gusta? Si se trata de comida, sólo debemos seguir las rutas de los sabores: salado, dulce, picante, amargo, ácido y mientras unos alimentos nos producen placer instantáneo, otros atacan nuestros receptores del dolor, porque eso es lo que produce el chile; ¿acaso somos masoquistas o creemos que con el picor estamos expiando nuestros pecados? Vaya usted a saber, el caso es que cada uno tendrá sus razones a ese nivel, pero sabemos que un platillo está rozando los niveles del arte, cuando la forma en la que es presentado agrada también a nuestra vista y algunos de ellos logran hacernos evocar algo de nuestro pasado lo cual, por mínimo que parezca, añadirá otro nivel de percepción a lo que estamos llevándonos a la boca y, quién sabe, el apreciarlo de esa manera quizá esté arrancándole una sonrisa a alguien que ya partió de este mundo.

El arte en estos tiempos no lo es en sí mismo hasta que alguien con poder decide que lo es; por desgracia, la afirmación anterior se basa en la suposición de que una de dos, ese alguien con poder tiene muy mal gusto o supone que somos nosotros los que no tenemos naciones de apreciación artística, de cualquier forma, el resultado es el mismo, tenemos que fletarnos música estridente con voces deplorables, pinturas que apuntan a la exclusividad supuestamente simbólica pero que sólo son manchas sin sentido evidente, esculturas que parecen sacadas de las pesadillas de Lovecraft, bailes que cada vez se alejan de la danza, películas basadas en historias de diván, edificios que sólo pueden pagar los que tienen dinero y libros que deben pelear un sitio porque supuestamente, nadie lee. Los valores artísticos se han confundido con la comodidad y el ornato de baja producción intelectual. Salud.

Beto

martes, 26 de noviembre de 2024

Arte que no es arte

Cantidad y calidad nunca van a la par. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Antes que todo, debo aclarar que no soy crítico calificado, ni siquiera un seguidor seguidor asiduo de algún artista en particular, sin embargo en mi favor diré que, por mi carrera, debo estar preparado para decodificar mensajes y ¿qué otra cosa son las pinturas o las esculturas, sino mensajes? Empezaré por la definición que entiendo de lo que el arte es y diré que para mí, la academia da la más sencilla y comprensible, «el arte es una expresión que tiene un equilibrio entre fondo y forma», lo que nos da pie a tratar de identificar, mediante la lupa de la belleza, aquello que valga la pena ver, escuchar, oler, acariciar o degustar porque su apariencia corresponde a su estímulo en nuestros sentidos y no es sólo la impresión personal, las coincidencias en las impresiones crea reglas como la manera en que debe cocinarse un pavo, cómo debe presentarse una obra de teatro o qué debe contener un fotograma en un retrato, así que, ¿por qué somos tan laxos con la música?

La industria de las notas y el gorgorito estableció un ritmo de producción industrial muy fuerte en el que la novedad dura lo mismo que un suspiro, por lo cual se apuesta más por la cantidad que por la calidad, dejando con ello, un círculo vicioso que difícilmente va a romperse; la mecánica ha sido muy simple, parece que ahora es poco rentable mantener ventas de acuerdo a una lista de popularidad, así que la vigencia de las canciones es mucho menos que antaño, dado lo anterior, las casas productoras exigirán a los compositores el tener nuevas canciones en un lapso no mayor (por así decirlo) a dos meses, sean éstas éxitos o no, porque un hit deberá salir cada tres (viéndonos generosos), eso solamente para mantener al cantante o al grupo vigentes, ya que si desean que su fama se prolongue por más de medio año, tendrán que sacar un éxito trimestral por al menos cinco años.

O rezar por que su obra original sea de esas pocas que se tocan hasta en las bodas, cumpleaños y primeras comuniones, lo cual tampoco es garantía de ventas porque posiblemente recuerden quiénes son los autores e intérpretes de La macarena pero, ¿y los de Sopa de caracol? Volviendo a la idea de que es mejor producir, los autores son sometidos a un estrés que muy pocos resisten por lo que tienen tres opciones, la primera ya mencionada en líneas arriba y con ello volverse alguien influyente en el medio, hacerse de un equipo de letristas que más o menos aseguren el nivel de calidad de las composiciones así como el estilo o de plano, bajar la calidad tanto de letras como de música para poder trabajar a destajo; aunque no descartaría la opción de combinar las dos últimas como sospecho que siempre lo hicieron Juan Gabriel y Julio Iglesias, porque hay que ver cómo se llegaron a fusilar a sí mismos.

De la música que se escucha ahora tengo muy poco qué decir, no la escucho, pocas veces las notas chillonas sacadas de un acordeón o de la garganta de aspirantes a cantantes populares me son atractivas y tampoco hago mucho caso a denominaciones que parecen haber sido escogidas sólo para salir al paso y no nada más lo digo por el supuesto regional mexicano, porque regionales y del país también son los sones veracruzanos y yucatecos, la música de mariachi y las polkas regiomontanas y tamaulipecas, sino también a mi muy apreciable rock le he cuestionado sus clasificaciones como ópera-rock (si sólo hay un grupo) o el glam-rock (que se basa nada más en la vestimenta y no en un aspecto musical) pero como afirmé en alguna ocasión, las tonterías mejor no entenderlas y si en español van a venderme engaños, dramones de telenovela o asesinatos, mejor consumo otra cosa porque no cualquier pelagatos es artista. Salud.

Beto

martes, 19 de noviembre de 2024

Líneas de investigación artística

Ella sólo pinta lo que la otra toca. Foto: BAER

Irapuato, Gto. El arte, como objeto de estudio, involucra a varias disciplinas siendo la principal en nuestros días, la historia; si tomamos en cuenta el punto de vista del artista, sus averiguaciones tendrían que ver con técnicas, materiales, tendencias y todo aquello que le ayude en su expresión. Un sociólogo posiblemente se interese en para qué se produce, un psicólogo vería la relación entre su historia de vida y el mensaje plasmado en la obra y un comunicólogo se avocaría a averiguar si hay mensajes cifrados, pero la tradición no es investigada, se da como un hecho, es decir, ¿cómo sabemos que lo vivido altera o no la producción artística? Damos por hecho que todos somos hijos de nuestro tiempo, quizá porque nos avocamos a seguir las reglas impuestas por el grupo, sin embargo, suponemos que un artista ve las cosas de manera distinta, por lo tanto, es posible que sienta que lo que nos rige a los «normales» no se aplica a ellos.

Lo que suponemos es que, lo que ven, les sirve de referencia para plasmar aquello con lo que no concuerdan pero, ¿por qué pasaría eso? La segunda suposición es que ellos pueden ver todo eso que nosotros no y la tercera (poco probable), que con su obra proponen alternativas para todo lo que está mal; lo más seguro es que las obras de cualquier artista se queden en el nivel de la denuncia porque su papel no es el de administrar la vida de ninguna nación, apenas y embellece el entorno cumple con ciertas expectativas. Otra línea de investigación sería la de la educación del gusto y la apreciación por medio de la experimentación, es decir, ¿cómo podemos valorar una obra, si no tenemos idea del proceso creativo que implica la misma? Hasta ahora, la educación artística es sólo una nota en las escuelas y poco más o menos, una práctica de ornato, aunque admiramos prácticas pseudo artísticas.

¿Qué pasa con los protagonistas y los movimientos? La forma en la que se presente cada obra es importante porque las técnicas de investigación exigen orden y como una de sus herramientas, la clasificación nos facilitará su observación en sí mismas de las obras y sus contextos; es importante establecer un orden coherente y significativo para los demás pues lo más importante de una investigación (con mayor razón una sobre arte) es la difusión de los resultados pues son ellos precisamente los que dictan los rumbos a transitar en la producción de las expresiones artísticas sean escénicas, de transformación o ingeniería. Las piezas resultantes de todo ese trabajo irán adquiriendo valor conforme se alineen a un propósito sea éste de contemplación o de utilidad, a las de la segunda categoría solemos calificarlas de artesanías porque interviene en ellas la producción en serie.

Desde la generalidad que tiene que ver con la identidad de una región, hasta asuntos más específicos como los materiales, herramientas y tendencias, todo es motivo de investigación en arte, sin embargo, la difusión del mismo se toma como algo hecho cuando los canales, contenidos y exponentes «gozan» de un casi permanente anonimato en lo que a la población en general se refiere; el estilo de la difusión cultural y por ende, del arte, no ha cambiado en casi un siglo, por lo que parece acartonada y sin atractivo en sí misma; sería interesante implementar un estilo más dinámico para ello en el sentido de que tratamos, al igual que en otros planos, sobre la relación entre productos y consumidores, por lo que el objeto de estudio podría ser encontrar un método que incluya la creación de imágenes que provoquen el consumo de arte, ¡está fácil! Salud.

Beto

martes, 12 de noviembre de 2024

La interactividad

Tocar también es un modo
de apreciar el arte. Foto: BAER

Irapuato, Gto. No sé dónde se inició la idea, pero aquí en el país el primero fue Papalote Museo del niño en la ciudad de México, si no me equivoco; debió ser allá por el tamaño y el número de personas que hay, aunque cabría preguntar si realmente el número de visitantes es proporcional a la población total, pero eso es material para otra ocasión, lo que importa ahora es imaginarnos cómo describiríamos la experiencia de hacer uso de instalaciones que parecen contraponerse al concepto clásico de museo. Lo más cercano que tenemos en el estado se encuentra de forma permanente en la ciudad de León con el nombre de Explora que ya con él nos dan una idea de lo que se trata, en la ciudad de Silao, el Parque Bicentenario, de forma itinerante, que cada cierto tiempo cambia sus contenidos y algunos son aptos para manipularlos. Los que no tomamos en cuenta son dos ciudades enteras que son Guanajuato capital y la ciudad de San Miguel de Allende.

Menciono ambas ciudades porque es posible que no tengamos conciencia de que son dos lugares en los que inter actuamos con el pasado directamente, en algunos sectores, desde las mismas baldosas que pisamos, las paredes con las que nos protegemos de sol o los puentes que aún funcionan para cruzar calles o ríos; pareciera que las piedras con las que fueron hechos nos hablaran, pero en un español que apenas va saliendo del medievo, por lo que entenderlas nos cuesta algo de trabajo sin que eso impida admirarnos por su enorme belleza y perenne utilidad. Los utensilios, a pesar de su tamaño, van por el camino de convertirse en piezas de arte como los metates y los molcajetes de Comonfort; no creo que haya más interacción entre una obra de arte y un usuario como cuando alguien machaca unos jitomates, chiles y cebolla con esas piedras fabricadas con técnicas ancestrales conservadas rigurosamente por generaciones.

A veces el llegar a un museo donde está permitido tocar las piezas en exhibición, se siente como estar en casa de la tía que tiene muchos adornos y los cuida como su tesoro más preciado, pero que no se molesta si llegamos a tocar alguno, por el contrario, nos conmina a seguir explorando y nosotros seguimos escuchando la voz de nuestra madre diciéndonos que no toquemos nada porque lo vamos a romper. Un espacio así presenta primero la lucha entre dos partes que parecían irreconciliables porque un museo no es para jugar y si lo inventaron, entonces era para niños. Pareciera que el ser lúdico está prohibido para algunos que deben mantenerse adultos como contrapeso a los infantiles que podemos ser en estos días, lo que podría parecer triste si tomamos en cuenta todo aquello que se están perdiendo pues, por derecho, todos deberíamos tener la oportunidad de seguir jugando o de comenzar a jugar para quienes crecieron antes.

Para que los museos interactivos sigan funcionando, necesitan ser visitados; como todo juego, su atractivo se incrementa con la repetición. Recuerden cómo es que no nos aburríamos con la rayuela, el trompo, el balero, ¡el fútbol! Quizá sea imposible calcular las veces que jugábamos lo mismo cada día y a toda hora sin importar con quiénes lo hacíamos. Posiblemente el atractivo haya residido en eso, en la variedad de la gente con la que compartíamos esos momentos y un museo interactivo pudiera ser la oportunidad de repetir la experiencia de conocer a más personas en un ambiente que provee también las condiciones suficientes para aprender. Para alguien dedicado a sorprenderse con los acontecimientos diarios, un museo interactivo representaría todo un caldo de cultivo para la creación de historias en la que la ciencia y el conocimiento fueran los protagonistas como en una investigación. Salud.

Beto

martes, 5 de noviembre de 2024

Arte contemplativo

El arte también yace en los ojos
de quien contempla. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Ver y no tocar pareciera una sentencia que nos dieron de niños para cuidar las cosas delicadas como adornos, aparatos electrónicos, herramientas y piezas de porcelana las que, posiblemente, tuvieran un valor estimativo alto por haber pertenecido a algún familiar querido. Lo mismo que en un museo, hay cosas en nuestra vida cotidiana que deben ser tratadas con tal cuidado que parecieran ser frágiles desde los cimientos y todo por estar llenas de cabo a rabo de adornos que buscan de mil y un formas una identidad propia; las hay con un gran compendio de figuras, artefactos, modelos a escala y cualquier objeto que pareciera contar una historia por sí mismo, las otras, las sofisticadas, revientan esas historias creando otras con acomodos distintos, ya sea por temporadas o a diario, algo que sólo los más fijados de las visitas podrían notar pero quién sabe si lo pudieran apreciar, el gusto es tan volátil como el estado de ánimo de una recién parida en sus dos primeras semanas.

Estar frente a una obra maestra nos transforma pues nuestra razón decide tomar el camino trazado por los sentimientos, la fusión entre ellos se da de manera natural pues a pesar de los racionalistas y de los románticos que suelen ver la vida en una dicotomía irreconciliable, si esa obra nos permite su manipulación, la experiencia se vuelve inolvidable; si fuéramos capaces de recordar nuestra primera experiencia táctil  consciente, quizás entenderíamos la sorpresa que provoca el darnos cuenta de que compartimos cierta parte del proceso creativo que nos acerca a la divinidad. Es algo así como poder tocar una de las cabezas colosales de Palenque, subir las escaleras de la pirámide del Sol o caminar por los pasillos del Castillo de Chapultepec, los constructores y escultores de esos portentos nos dejaron a la mano mensajes que podemos descifrar poniendo atención en los detalles que suelen jugar con nuestras cabezas asomándose de vez en cuando.

¡Y podemos tocarlos! Pero su misma grandeza nos hace sentir tal estupor que no profanaríamos su esencia con nuestra ignorancia, me imagino que lo mismo sucedería si tuviéramos al alcance a la Mona Lisa, los Girasoles o las Majas, con las manos en la espalda en señal de respeto. Es que hay obras que quitan el aliento como los Atlantes de Tula, la Piedad o el David, su tamaño se podría equiparar a la grandeza de sus autores; ya fuera talento individual o educación colectiva, lo que la humanidad ha producido con una gran carga artística se puede observar a diario, en cualquier pequeño taller de talabartería, un campo de fresas o en el hogar de todos los habitantes de este país, pero sólo unos cuantos son capaces de resumirlo con formas, manchas de colores y palabras y a pesar de los cínicos tiempos que vivimos, aún los hay que tienen la facultad asombrosa de dejarnos boquiabiertos.

Pero hay algo que debe complementar la complicidad entre la obra y el observador que son precisamente los ojos de quienes están en el otro lado del lienzo, los cinceles y el papel; la producción artística valdría poco menos que nada si no hubiera quien lo apreciara, las formas carecerían de un sentido más allá de su inserción en las tres dimensiones tangibles, los colores no pasarían de ser bonitos o feos y no habría nada más muerto que las letras. El observador replica la obra en su mente lo que lo convierte en una especie de coautor que pondrá su sello particular el cual añadirá en el momento de narrar sus impresiones a otros igual de inquietos por abstraer la naturaleza al pensamiento; contemplar y disfrutar del arte requiere de educación y quien guíe por un laberíntico camino lleno de sorpresas que nos devuelven parte de la capacidad de asombro que teníamos cuando niños. Salud.

Beto

martes, 29 de octubre de 2024

Las lecturas complementarias

Hay compañías que exigen más compañías.
Foto: BAER

Irapuato, Gto. La manera más sencilla de realizar esta categorización sería una especie de campo cartesiano donde pondríamos en el eje de las equis a los medios de difusión y en el de las yes, los géneros a considerar; la fama o la crítica positiva pueden darnos un buen parámetro, sin embargo, el gusto personal es el que debe predominar para encontrar las líneas directrices por tema, por características de los personajes, de la ubicación geográfica o cualquier otro tópico que nos pareciera interesante. Tomando en cuenta que no sólo estamos hablando de libros, los medios electrónicos jugarán un papel importante para tener una visión global de cualquier fenómeno; eso es importante porque la inspiración hay que informarla. El tiempo invertido en cada medio a considerar, aportará cierta lógica para saber qué cantidad y calidad de información va a obtenerse de cada uno de ellos, ya sea por la confiabilidad o por la extensión de sus textos.

Es relativamente sencillo ahora, con la llegada y democratización de la red, el poder hacernos de los servicios de un «combo» de información, pues la inmediatez en la que ha venido funcionando permite un esfuerzo menor que el que se hacía décadas atrás; si somos asiduos consumidores de textos en pantalla, videos o audios (y la vista aún lo permite) bien podemos localizar diarios en línea, resúmenes noticiosos en servidores como You Tube o los llamados pod casts, con los cuales estar al día con lo acontecido en nuestra localidad y el mundo, pero lo más interesante es que lo mismo podemos hacer con otros temas de interés; en el caso de la literatura es factible, además de libros, podríamos averiguar sobre reseñas de los mismos, cómo es que se fabrican, pistas para convertirnos en escritores, artículos para hacer de la experiencia algo más placentero, con el fin de tener todo un sistema global sobre el tema.

En investigación, la imagen de la lectura complementaria queda clara, para una práctica literaria, pareciera raro el tratar de enlazar y complementar historias entre sí porque se supone que son independientes, pero como ya lo dijeron en su momento Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, los escritores latinoamericanos están realizando una sola gran historia, así que tratarlas como complementos no suena tan descabellado. En algunas obras, los enlaces se darán de manera natural, en otras tantas se requerirá el uso alternativo de la imaginación, lo que significa que la responsabilidad de la interpretación es totalmente del lector lo cual no es malo, por el contrario, significa la libertad total para recrear las historias en función de sí mismas y entre ellas, lo que nos convierte a los lectores en escritores en potencia con todas las ventajas que esto significa ya que, de alguna manera, todos tenemos algo que decir.

Sería interesante averiguar si hay alguna conexión entre La región más transparente y Los trabajos de la ballena, Las batallas en el desierto y Persona normal o Pedro Páramo y Arráncame la vida; la tarea no es fácil pero sí lo suficientemente interesante como para poner a prueba nuestras capacidades de análisis y deducción; es posible entender que la atención que se debe aplicar es un poco más específica que la que aplicamos en la lectura lúdica aunque hay algo de ludicidad policiaca cuando se intenta atar cabos sueltos. Si en el universo físico algunos cuerpos estelares coinciden en sus órbitas, con más razón en el universo literario donde las impresiones y el conocimiento conforman sabidurías semejantes que, tarde o temprano, colisionarán dando por resultado una nueva narrativa. En la intimidad, en el espacio dedicado a la lectura, un libro nos lleva de la mano hacia una historia y hacia otro libro. Salud.

Beto

martes, 22 de octubre de 2024

Las características esenciales

Las coincidencias pueden no ser atractivas
hasta que se prueba lo contrario. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Hay rasgos en personas y objetos que son imprescindibles para poder describirlos con la precisión debida, un escrito carente de una descripción puntual de ellos así como de los lugares donde van a desarrollarse las acciones, presentará huecos que al lector le será difícil de llenar por lo cual, la comprensión del relato quedará trunca. Por muchas similitudes que tengan entre sí los bosques, los océanos o los desiertos, hay la necesidad de encontrar detalles que los saque de la posible monotonía que los haría perder lectores, así que lo mejor es hablar de los espacios que mejor se conocen, lo mismo aplica para las personas (de una manera peculiar) y las cosas, pues aunque los refrigeradores estén hechos en serie, lo que los distingue es lo que contienen en su interior y cómo está acomodado; la comida y la basura dicen mucho del carácter y el comportamiento de una persona.

En los comportamientos encontramos cicatrices como en la piel de un veterano de guerra o un campesino que se ha expuesto al sol toda su vida lidiando con maquinaria pesada y animales de arrastre, cada actitud o reacción ante lo que sucede en la vida cotidiana, es un pequeño resumen de cómo hemos percibido la existencia desde nuestro primigenio uso de conciencia; la concordancia entre palabra y gesto nos da pista de qué tan conforme está un individuo con su realidad y si eso lo trasladamos a un personaje que estemos perfilando, seguramente tendremos un buen marco de referencia para que el resultado sea interesante, con matices que lo acerquen a una circunstancia creíble. Incluso en los relatos fantásticos hay rasgos de realidad, ya que se apuesta a los valores identificables por casi toda la población, aquellos que exaltan esas características que nos hacen únicos o que solemos presumir a la menor provocación ante propios y extraños.

En la observación de los seres vivos es casi automático el tratar de distinguir entre sí a los miembros de un grupo, así se trate de cebras; tamaños, formas de los ojos, colores en los pelajes, abundancia de los mismos, etc., todo aquello que nos permita dramatizar nuestros relatos, ya sea enfatizando con ellos el carácter, los valores o los ideales que podemos transformar en arrojo, prudencia o cualquier actitud que nos lleve a la solución de cualquier problema por parte del protagonista de nuestra historia. Hagamos un ejercicio mental, imaginen a dos personas una masculina y la otra femenina, la primera mide 1.52 m, es regordeta y viste generalmente de traje, se peina de raya en medio y su cabello negro brilla por la buena cantidad de vaselina que usa, un incipiente bigote divide su redonda cara en dos acentuando su lánguida mirada que contrasta con la eterna sonrisa con la que suele saludar a todos.

La mujer, por su parte, mantiene una expresión de arrobamiento como si se encontrara en un eterno modo de contemplación su larga cabellera lacia le da un marco misterioso a su 1.75 m y esa especie de coquetería indiferente con la que mantiene a raya a su marido, sin mencionar el largo y entallado vestido negro que siempre porta. ¿Ya los ubicaron? Si es así, les doy diez segundos para que reconsideren su respuesta; listo, si pensaron en Homero y Morticia Adams, les diré que no, en realidad se trata de Natasha y Boris Malosnov, personajes de la serie animada Rocky y Bullwinkle, el parecido puede ser extraño sólo si pensamos que toda creación de personajes es original, lo cual no es del todo cierto, cada creador se toma licencias que seguramente coincidirán con las que se toman otros ya que la mayoría está expuesto a la misma información y si sirve de consuelo, hay un patrón en la literatura de rasgos que definen a los personajes. Salud.

Beto

martes, 15 de octubre de 2024

La expresión rige el comportamiento

Lenguajes limitados exigen
mayor esfuerzo expresivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si alguna vez escucharon que la palabra crea compromiso, se habrán dado cuenta que eso aplica desde cualquier campo del conocimiento y no se trata sólo de las «deudas de honor» ni de las promesas cumplidas o no, sino de la manera en que usamos las palabras porque el conocerlas nos obliga a utilizarlas; pero el fenómeno se da al contrario en este país, parece que no buscamos la simplificación de la expresión (que es lo deseable) sino el abaratamiento de la misma. Desde que decidimos que era plausible el usar un solo verbo para todo, hemos ido deteriorando por la baja frecuencia de su uso, palabras clave para ampliar nuestro conocimiento, porque aunque parezca poco creíble, el poder nombrar a un sujeto o a una acción de diferentes formas, nos permite ser más específicos con nuestras intenciones sin menoscabo de la significación, por lo que cuando escucho que algún término es tratado de «arcaísmo», lo primero que me pregunto es ¿por qué dejo de usarse?

La respuesta rápida es la ignorancia, pero la responsabilidad es de quien concientemente deja de usarlas por la razón que sea, la primera que se me viene a la cabeza es el cambio temporal de contenido social, lo que tiene que ver con materiales, crecimiento urbano, tecnologización, cambios en la moda y todo aquello que requiera ser bautizado o renombrado y así como la vida cotidiana apunta a la simplificación, también los esfuerzos al tratar de cumplir con las tareas y una parte del origen está en los lenguajes que usamos; si las palabras dirigen el aprendizaje por la amplitud del conocimiento que proporcionan, por supuesto que se manifestarán en el comportamiento que manifestamos a diario en cualquier lugar, algunas veces el argumentar que por a«utenticidad» nos comportamos de la misma manera en todos lados, sólo es un intento por ocultar una capacidad limitada de identificar los espacios.

Esa identificación puede ser adecuada en la medida en que conocemos las palabras y los significados de las mismas que los califican; las palabras se arraigan en la mente como garrapatas en la piel, una vez que nombramos algo, nada hay que haga que lo llamemos de otra manera. Argumentarán que cuando aprendemos un nuevo idioma es justo lo que hacemos, sin embargo, lo que realizamos es encontrar equivalencias a lo que ya conocemos pero hay un caso hipotético que ayudaría a entender el arraigo al que hago referencia. Imaginen que nacieron con un defecto visual que les hace ver dos de los colores del espectro al revés, es decir, que vieran el rojo como verde y el verde como rojo, no que cambien sólo los nombres, ven los colores como los vemos todos, pero reciben la refracción de la luz al contrario de los demás, ¿creen que tendrían algún problema?

Ni siquiera podríamos pensar en un progreso visual pues lo que vemos, tiene un grado de acto de fe, ¿cómo sabemos que los colores que percibimos, los demás los ven de la misma manera? Coincidimos es que uno es azul, que otro es amarillo y aquel es magenta pero, ¿realmente los vemos igual? Digamos que sí para no meternos en líos ya que no contamos con los aparatos que comprobarían esas dudas; pasa algo semejante, aunque más manejable porque no lidiamos con espectros, sino con entonaciones (en el caso de la expresión oral) y gramática (en la expresión escrita) que para nuestros sentidos resultan más tangibles. En un último esfuerzo mental (por hoy), me tomaré la libertad de preguntarles, ¿quiénes creen que tengan más dificultad para socializar, los ciegos o los sordo-mudos? Piensen en quiénes son más expresivos con sus rostros y eso nos dará pista sobre el esfuerzo que deben hacer para comunicarse. Salud.

Beto

martes, 8 de octubre de 2024

El discurso literario

Quien promueve la lectura es porque ya
ha transitado por esos caminos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si están pensando que son palabras llenas de florituras y mensajes muy elevados, están lejos de la realidad, no es que no existan, los hay a pasto pero creo que un escrito simple también puede tener una importante carga literaria, es más, aquel escrito cuya simpleza no sea obstáculo para poder sentir lo plasmado en la hoja, tiene mucho más valor literario que aquel que esté muy rebuscado. Pos supuesto no implico que todos los escritos deben ser simples, ya que hay obras maestras que retan nuestro conocimiento, pero se trata de no esconder la falta de talento. Aunque no soy muy afecto a los poemas, puedo distinguir entre uno bueno y otro que tenga posibilidades de serlo; no creo que haya malos poemas pues quienes se avientan a escribirlos, tienen una imaginación muy activa y preparada para resumir al máximo lo que a los prosistas nos tomaría más de una cuartilla describir y proponer.

Y hablando de cuartillas, viene a mi mente el recuerdo de cuando estaba en la universidad, las tareas de un maestro ya mencionado en estos espacios; éstas consistían en leer un libro y hacer un comentario de él a manera de examen mensual, el único requisito era que debíamos realizarlo en una cuartilla, ni más ni menos. Al principio nos pareció una misión imposible pues, ¿cómo íbamos a «meter» todo lo que nos sugiriera la obra entera? Debía estar loco, si quería nuestro trabajo, tenía que darnos más espacio para trabajar, al menos dos. La protesta pudo trascender si no es porque nos dimos cuenta que al pedirnos el trabajo, sí teníamos que leer todo el libro, pero sólo escribir sobre un aspecto específico que nos hubiera llamado la atención y, honradamente, qué bueno que era así pues en lo que a mí respecta, significó un ejercicio de humildad ya que fue la primera vez que descubrí «la hoja en blanco» pues poco y nada se me ocurría.

Escribir historias es algo muy cercano a la creación divina, las vidas de los personajes están en manos de una voluntad que puede mostrarse de acuerdo a las restricciones que ella misma se imponga, quizá disemine entre ellos sus miedos, sus fortalezas, sus ambiciones y, muy probablemente, todo aquello de lo que no se sienta capaz de hacer, sublime o perverso, con la ventaja de que el daño o beneficio que pudiera hacer, sería indirecto; encender pasiones es el oficio del escritor literario y del dramaturgo, pero el primero promete una intimidad más centrada en el individuo, que apela a la complicidad del lector para recrear todo, el número de veces que sea necesario en cada cabeza, algunas se quedarán ahí en su totalidad, otras sólo en partes, las demás se olvidarán como una invitación a una nueva lectura en la que el descubrimiento sea la moneda de cambio.

El discurso literario es, en resumen, la herramienta que permite a dos personas hablar entre sí mediante el diálogo entre personajes, en lugares creados y recreados por dos visiones distintas con valores semejantes aunque no necesariamente en el mismo orden, lo que permite encontrar mayor riqueza en cada lectura; el acto de leer un texto cargado de fantasía, misterio, horror o cualquier otro género literario apuesta a la libertad de interpretación y a la atención voluntaria de las tramas, muy distinta a la tergiversación de contenidos por la cual podríamos calificar erróneamente una obra y dejarla de lado por algún prejuicio. Siendo la lectura, posiblemente, el único vicio que tiene una afectación positiva, promoverla debería ser una obligación moral y los promotores ser vistos con alguna deferencia, por ejemplo Benito Taibo, Francisco Martín Moreno, Juan Miguel Zunzunegui y muchos otros. Salud.

Beto

martes, 1 de octubre de 2024

Invención de las palabras

Es como devanarse los sesos en buscar nombre
para que terminen diciéndose «wey». Foto: BAER

Irapuato, Gto. Como juego infantil puede pasar; puede ser una poderosa herramienta para la comicidad, sin embargo, en el devenir diario suele ser sólo ruido. La invención de palabras sucede a veces involuntariamente, cuando no encontramos el término correcto para definir, calificar o nombrar un objeto o situación lo que nos llevaría a equivocarnos y decir algo disparatado; muchos de los términos que usamos en la actualidad nos vienen del extranjero, principalmente de la tecnología, curiosamente no hemos sido capaces de traducirlas así que terminajos en inglés pululan en nuestros lenguajes como si nada. Tal vez sea porque aún suponemos que soltar anglicismos a destajo nos hace ver bien o por simple flojera de hallar el equivalente en español; no creo que sea una moda como lo suponíamos antaño, es algo más arraigado con lo que los lingüistas trabajarán diciendo que los idiomas son dinámicos y cambian todo el tiempo, pero...

Al igual que la población de habla inglesa, los que vivimos en el marco de una lengua española hemos supuesto que el contraer palabras es un avance, sin embargo, creo que el usar apócopes o aféresis no enriquece realmente al idioma, sólo nos hace creer que somos cariñosos con personas específicas, así usamos «má» o «pá» por mamá y papá; ¿qué decir de los anglicismos, que parecieran ponernos en un nivel superior cuando en realidad muestran un marcado desconocimiento del español y en cada caso, no hubo una revisión académica para su uso o preferir su equivalencia como vestimenta en lugar de outfit, incluso tenemos términos más exactos como «ropa de calle» para saber a cuál ropa externa (contraria a la ropa interior) nos referimos; la vida cotidiana se ve inundada de ocurrencias que nos parecen simpáticas pero que nada aportan a la riqueza del idioma, pues no se nota un cambio significativo que facilite la comprensión.

Por supuesto es gracioso escuchar a Teo González decir que «mariguanicen la legaliguana» en una de sus rutinas pero que los de a pie intentemos hacerlo por parecer graciosos con todas las palabras que se nos atraviesan, no es muy loable que digamos; en los deportes hemos escuchado términos que, como nos tocó el tiempo en que los implementaron, los escuchamos como algo natural, por ejemplo ¿de dónde viene la palabra «trallazo»? Quizá se escriba trayazo, no estoy seguro, pero por su sonido es posible que se trate de una fusión de dos palabras como trazo y rayo con el aumentativo al final o que a algún comentarista se le trabó la lengua y dijo una barbaridad que a los demás se les hizo curiosa y la usaron sin mayor revisión sobre su pertinencia, así que se quedó. Pero no cualquier ocurrencia tiene buen destino, aunque sigan usándose, pues sólo denotan una falta de conocimiento como el vocablo «óilo» que usaba Capulina en sus películas.

Ahora bien, no estoy en contra de la adopción de palabras o de su invención por cualquier medio, pero no creo en el hacerlo sin cuestionarnos el origen o el porqué de adaptarlas; las que ya estaban antes de que naciéramos no son del todo nuestra responsabilidad el erradicarlas, pero sí saber la razón de su existencia, sin embargo, a partir de que tenemos conciencia de nuestros lenguajes, sí es nuestra obligación el proteger nuestras formas de expresión, sin el afán de ser puristas, tan sólo por poder explicar la razón por la cual usamos o no ciertas palabras, el que la mayoría ignorante deje de usarlas y por ello pasen a las filas de los anacronismos, no significa que se hayan vuelto inútiles, lo único que necesitan es que se les dé la oportunidad de volver y adquirir nueva significación de acuerdo a las circunstancias actuales y así dejar de integrar anglicismos (u otros) sin ton ni son. Salud.

Beto

martes, 24 de septiembre de 2024

Mi personaje favorito

La última cruzada es posiblemente
la mejor de las entregas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Encontrarlo fue un golpe de suerte por cualquier lado que se le vea; no fue el resultado de una búsqueda exhaustiva, fue una total casualidad; no había tenido nociones de él en ningún momento y eso que en los primeros años de la universidad, llevaba una buena bitácora sobre las películas que quería ver; ni siquiera esa un momento lógico (desde mi perspectiva) para ir al cine, pues estaba de vacaciones con mi familia en Acapulco, pero entramos a la sala con la reserva y la resignación de no haber encontrado otra cosa que hacer. Además empezaría a llover en cualquier instante y no estábamos cerca del hotel; la cinta empezó sin el clásico aviso de inicio de todas las películas, eso sí, los créditos parecían esconderse entre los cuadros pues no recuerdo haberlos visto en esa primera ocasión y, a pesar de tratarse de unos exploradores en parajes selváticos, mi atención se mantuvo en la pantalla, pudo ser porque el aire acondicionado ya había hecho su magia.

Si el director pensó la secuencia de esa manera, no lo sabré, pero sin duda le dio al clavo pues con un movimiento de cabeza logró meterme en la trama como si yo pudiera acompañar al protagonista tan cerca como los otros personajes, fue tal la identificación que sentí que años después adquirí un sombrero semejante, un artículo que me gustaba desde niño y el pretexto para su compra terminó de completarse al andar en la calle enfundado en un traje vendiendo seguros de vida. Por ese tiempo debe haber sido curioso ver a alguien con un equipo de cómputo vestido como en los años cincuenta y eso que no me vieron vestido como Indiana Jones como quería desde el principio, pero en el trabajo no me lo permitieron; pues sí, mi personaje favorito es ése que Harrison Ford ha inmortalizado gracias a una estupenda interpretación en una trilogía hecha de la manera más humana posible para un súper héroe, muy por encima del hombre araña.

Mi alegría se multiplicó cuando supe que habría un segundo capítulo, aunque he de decir que esa historia medio oscura no me dejó muy satisfecho que digamos, pero las actuaciones se mantuvieron en un muy buen nivel; la cosa cambió radicalmente con la tercera entrega; la intensidad, el suspenso y el humor se recuperaron hasta casi compensar los huecos que había dejado «El templo de la perdición». «La última cruzada» debe agradecer buena parte de su éxito a la actuación del icono cinematográfico que es Sean Connery, cuya participación como padre del personaje protagónico terminó de definir el perfil de éste, a la vez que encontramos la justificación de sus actitudes y su aparente cinismo a la hora de «negociar» los objetos que son de su interés. También supimos que su nombre no era Indiana, sino Henry Jones II, el otro era el nombre de su perro de la infancia, a decir de él, muy buen perro.

Ser arqueólogo nunca fue una opción seria para mí, aunque pasó por mi mente en una ocasión hasta que me enteré de las condiciones de trabajo; si no me atrae la idea de acampar por diversión, menos por trabajo; en la película, hasta lo más precario de las situaciones parece glamoroso, pareciera no importarles a los personajes el no tener acceso al agua corriente, a la electricidad o tener lodo en los calzones, que en realidad tampoco me importaría si supiera que en la noche regresaría a mi casa. Por desgracia, los milenios de evolución se han arraigado mucho en este cuerpecito que no se comerán los gusanos porque me han de cremar; pero mientras exista la manera de seguir viendo a Indiana Jones, aunque sea en las precuelas  televisivas o en las secuelas donde ya rebasó los límites del octogenario promedio, mi sed de aventuras entre piedras milenarias, artefactos mágicos y pergaminos reveladores de oscuros secretos, estaré bien. Salud.

Beto

martes, 17 de septiembre de 2024

Las lecturas pausadas

Que el tener libros también es un tema
de economía. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Nada se compara al placer de acumular libros, excepto el haberlos leído en su totalidad; cuando se le ha quitado la obligatoriedad a la lectura, ésta se vuelve la compañía más completa que podamos tener, dadas sus condiciones de atención y generosa información que nos brinda sin tener que cuestionar más allá de lo que ofrece. Un libro no replica ni se traba y funciona estupendamente en condiciones buenas de luz; permite pausas en las que sus condiciones no cambiarán a pesar de que se prolongue por mucho tiempo, aunque los diálogos con sus páginas sí que se transformarán en un intercambio más maduro si nos permitimos una segunda, tercera o más lecturas ya que, las palabras no cambian, pero la manera de abordarlas sí. Pero nadie ha dicho que la lectura de un libro debe hacerse de cabo a rabo en una sentada, es válido por cualquier motivo, el hacer pausas puesto que varias tareas requieren nuestra atención.

Lo mejor de los libros es que no se ofenden si de pronto empezamos a leer otro, podríamos sentir que no hemos sido constantes, pero eso es problema nuestro, no de la obra y la sensación se borra retomándolo desde unas líneas atrás; a veces esos cambios nos sirven para afinar nuestros gustos o reafirmarlos o a veces la distancia hace que aumente el cariño por la lectura. Como en una vieja relación, volver a hojear un libro ya leído nos provee de perspectivas no contempladas la primera vez, las mismas palabras pueden provocarnos remembranzas de lo que vivimos antes de leerlo pero también de lo que sentimos después o durante la lectura de aquella; seguramente estarán tratando de recordar su primer libro comprado o regalado, el primero que les hizo llorar, el que los indignó, en cualquier caso, el autor tuvo un triunfo compartido con ustedes y si vuelven a leerlo, la comunión estará completada en el más alto nivel.

¿Y qué tal con aquellos que son complicados para leerse? En este momento recuerdo las siete veces que tuve que reiniciar «El Quijote», yo creo que Miguel no quería que lo leyera y me jactara en vano, aun así, lo terminé y me jacto no porque recuerde todo el contenido, bueno ni siquiera puedo afirmar que recuerde al menos un pasaje completo, pero sí presumo de que el español antiguo no me venció ni provocó que lo dejara como adorno en mi librero (aunque ganas no me faltaron por ahí de la cuarta leída); debo leerlo otra vez, ya que es una lectura que tiene muchas referencias que hay que corroborar y no es de lectores bien nacidos el dejar las cosas al aire, por otro lado aunque no he tenido la oportunidad de hacerlo en público, es bastante presumible decir: «yo sí me leí El Quijote completo», algo que no sí si el ingenioso hidalgo agradeciera o si Cervantes al menos me diera una palmada, pero sí presumiría a la primera provocación.

Como ése, otros libros han pasado más de una vez por el escrutinio de mi curiosidad y otro punto a presumir está en que soy de lo más democrático que pueda haber, pues no discrimino ni extensiones ni formatos, eso podría constatarlo Rius; podría afirmar en ese aspecto, que mi biblioteca es lo suficientemente variada como para calificarla de ecléctica, aunque no todo lo extensa que quisiera o pudiera, pero como diría mi madre, «si tuviera más espacio, seguro tampoco me sería suficiente», pero el chiste de todo ello es que, como lectores, debemos considerar que el poner en pausa una lectura, no significa que la tengamos en el abandono, sino que es la oportunidad de «oxigenarla», darle espacio para que, al retomarla, tengamos elementos para valorarla en todo su esplendor y ni qué decir de llevar varias lecturas al mismo tiempo, podrían ser complementarias. Salud.

Beto

martes, 10 de septiembre de 2024

¿Y los lectores?

Los grandes personajes suelen cocinarnos
muy buenas tramas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Posiblemente una especie en extinción pero, ¿quién puede asegurar que no es eso, sino la manifestación de una evolución en la lectura? El avance que significa, no nada más en lo tecnológico sino en el alcance de las letras contemporáneas, el poder leer en pantalla lo que resulta de interés a cada uno de nosotros sin el esfuerzo que significaba antaño el buscarlo, trae también una adaptación de nuestra anatomía, lo que seguramente no veremos, pero seguro que nuestros padecimientos darán a las futuras generaciones ventajas para no quedar a ciegas, al menos en eso confío. Los casos de «vista cansada», multiplicados últimamente por el uso de las pantallas, no se han frenado aun la implementación de lentes de protección en contra de la radiación azul, puesto que no nos ha quedado claro que el problema está, más que nada, en el tiempo tan prolongado de su uso, por lo que habría que pensar en imponernos un tiempo estimado prudente.

El lector es un investigador en potencia, hurga en las páginas con el entusiasmo de un niño bajo el árbol en día de navidad, con la diferencia de que tal fiesta se puede repetir a diario con un libro. Habrá quien diga que leer les da la oportunidad de reflexionar y ordenar las ideas, otros preferirán la versión de que sirve primordialmente como entretenimiento, ambas versiones son válidas puesto que ninguna excluye a la otra, la diferencia entre uno y otro lector, será la profundidad que le otorgue a lo que sus ojos captan. Un lector asiduo aprende además a calificar su entorno porque al contrario del decir de algunos, las comparaciones no son odiosas, lo que molesta es la intención con la cual se hace; el que tiene la costumbre de leer, encuentra en todo lo que le rodea, referencias que le ayuden a comprender situaciones o acontecimientos con los cuales valorar sus propias acciones y la pertinencia de mantenerlas igual.

Algo en lo que pocas veces reparamos y ni qué decir de mencionarlo, es el sentido crítico; lo ejercemos, es cierto, pero sin la parte que de verdad lo hace valioso que es la propuesta. Es relativamente fácil señalar fallas o errores, pero pocas veces esos señalamientos vienen con la sugerencia de qué hacer al respecto y, antes de que protesten por esta afirmación, pregúntense si es que lo hacen, cuántas veces iniciaron sus «sugerencias» con «lo que debes hacer», «es que no pones atención» o «se te ha dicho varias veces», todas indicando que en realidad no hay un interés de acompañamiento y quien todo el tiempo, quien cometa un error, estará solo. Eso significa que no hemos aprendido a leer a las personas o que no nos interesa más que saber sobre los resultados, por lo que -si trasladamos eso a un libro- pocas veces estaremos seguros y satisfechos sobre lo que obtuvimos de las páginas a las que les dimos tiempo.

La complicidad se hace presente con cada paso de página, el sonido es la garantía de que el gusto va dirigiendo la lectura, que el apetito aumenta conforme va en aumento el lado izquierdo del libro y la satisfacción es en lo último en lo que se piensa porque conforme se acerca el final, se desearía que mágicamente aumentaran las hojas, pero como eso no es posible, habrá que empezar otro proceso de enamoramiento con otra obra. Al convertirnos en lectores adquirimos un compromiso por conocimiento personal, no necesariamente con el autor, sino con los personajes que éste nos presenta; hay diálogo con cada uno de ellos por todo aquello que nos refieren ya sea por coincidencia con personas reales, otros personajes u objetos en ciertos lugares o por lo que provocan que sintamos, según el estado de ánimo que nos domine, aunque por lo general, somos bastante empáticos a la hora de posar la mirada en sus hojas. Salud.

Beto

martes, 3 de septiembre de 2024

¿Hay un mundo de escritores?

Muchos de los mundos parecen flotar
en la nada. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Es posible, pero no estoy enterado si eso aplica en la ciudad; he tenido la impresión de que el círculo intelectual-artístico irapuatense es muy cerrado pero es sólo eso, una impresión. Conozco a mucha gente inteligente, ilustrada, que suele mantener buenas conversaciones o citar buenos libros, que también es capaz de ver lo interesante en otros seres y vivir su vida de tal manera que, con un solo vistazo, los demás podemos apreciar lo luminosos que son; pero una sociedad de expertos en la pluma no parece tener aún un espacio específico, al menos no evidente, donde el intercambio de ideas se dé por oficio, ni en la forma de un club, ni en la de una logia, por lo que he estado pensando en las posibles razones de que no haya el interés de que exista y al vuelo se me ocurren tres que, si les damos atención, seguramente nos demos cuenta de que son fáciles de resolver con una pizca de voluntad y otra de curiosidad.

Escribir es como criar a un perro, se hará de acuerdo a cómo lo trates, si lo socializas se hace sociable, si lo ocultas se vuelve arisco, si lo azuzas se hará hosco y hasta podría atacar a alguien; una vez que ha madurado se le deja libre pero a diferencia de los cánidos, no se espera que regrese, por el contrario, se desea que encuentre hogar en todos los espacios en los que logre entrar y adoptar en ellos nuevas responsabilidades. Es posible que sea más específico de los mundos de los escritores, pues incluso, cada uno es capaz de crear varios de ellos, tanto para compartir con los lectores como entre sí; la convivencia cotidiana puede hacer que varias mentes creativas transformen un mismo espacio en mundos pocas veces explorados, como sucede con los juegos infantiles. Y no sólo es la facultad de dejar volar la imaginación, sino el permitirse cada uno escuchar las visiones que los demás tienen que compartir.

El mundo del escritor debe tener papel y plumas en abundancia, un archivo extenso de sucesos referenciales, datos históricos que sirvan de marco y una lista muy grande de conocidos a quienes «culpar» de todo eso que se le venga a la mente; habrá lectura, por supuesto, pero sólo como un mecanismo para compartir impresiones con otros escritores, los personajes resultantes serán la renta que pudieran cobrar para las próximas producciones. Esas lecturas -acompañadas de letras o no- servirán para lo mismo que Chava Flores decía que servían los compositores, para darle sabor al caldo. Las características de las lecturas que todos somos capaces de hacer, están aderezadas con los estados de ánimo que tengamos en el momento, lo cual es válido porque la objetividad está hecha para la teorización, no para la ludicidad, así que si las tomamos como punto de partida para echar a volar la imaginación, serán los sentimientos las monedas de cambio.

El mundo del escritor suele ser todo lo contrario a lo establecido líneas arriba, son relativamente pocos a los que les interesa una vida social activa y luminosa, no por ser antisocial, sino porque se distrae pensando en varias cosas a la vez; el profesional de la pluma cree fervientemente que todo en la vida puede ser objeto de narración por lo que invertirá su tiempo (buena parte de él) en observar su entorno, en sacar los detalles que hagan a objetos y personas interesantes para los demás, sacar a la luz esas relaciones que pudieran representar una enseñanza o al menos una referencia para actuar frente a un evento. El escritor mismo llega a pertenecer a sus escritos volviéndose un personaje que, voluntaria o involuntariamente, muestra todo aquello que le mueve a meterse en situaciones ajenas para hacerlas de su control, quién quita y en un paseo, ustedes se vuelven protagonistas de una historia. Salud.

Beto

martes, 27 de agosto de 2024

Sin alucines

Como todo, escribir no sale a la primera,
pero sí sale. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Hemos vivido vidas ajenas desde que tenemos uso de razón, nos place saber cómo es que se lo pasan personas que nada tienen que ver con nosotros. Las historias en los libros o en los medios electrónicos tienen el encanto de parecer inocuas, al menos para quienes saben diferenciar entre lo real y lo ficticio, la realidad circundante es también adaptable a las formas culturales con las cuales crecimos, para que después, la plasmemos en múltiples formatos que repetirán lo mismo para completar el círculo creativo. Estoy adelantándome porque me ganan las ansias, pero volvamos al principio, ¿qué nos mueve a indagar en vidas ajenas? ¿No es suficiente lo que pasamos en la realidad para andar metiéndonos en los problemas de otros? No creo que sea el simple gusto por el chisme, debe movernos algo más profundo o significativo, como el encontrar las semejanzas que nos sirvan de referencia para entender lo que pasa en los círculos más cercanos.

Sean seres ficticios o históricos, lo que vivieron tiene el atractivo de la inmunidad ya que a nosotros nada nos pasará al leerlo, cuanto más, podríamos identificarnos, admirarnos o indignarnos pero sin compromisos ni consecuencias; ver algunas realidades dentro de una burbuja nos permite darnos cuenta de todo eso de lo que gozamos pero también de lo que carecemos, incluso si la historia que leemos está en las páginas del diario de nota roja. Es un alivio que a nosotros no nos pase lo malo aunque sea una lástima que suceda, pero ¿qué podemos hacer? Sólo enterarnos de lo sucedido y tratar de evitar que esos «accidentes» se produzcan cerca de nosotros o de los nuestros; la imagen de una vitrina también sirve aunque nos pone en una plataforma ajena a lo observado, que es quizá, la forma más utilizada por todos para tratar de comprender el exterior dado que es un mecanismo que nos permite mantenernos objetivos ante lo observado.

Al menos eso deseamos creer, pero la identificación con los personajes creados por otros, nos facilita el trabajo de crear universos alternativos, pero no merma de ninguna manera el uso de la imaginación; para efectos de la producción literaria habría que hacer acopio de toda la visión infantil que nos quede en bodega, desde recuerdos hasta todo eso que nos sacó una expresión de sorpresa, admiración contagiada por alguien cercano, lo cual le da el valor extra de ser compartido con cierta lógica, por ejemplo, el ser fanático de un deporte y de un equipo específico, seguir la trayectoria de un atleta, aficionarnos a un tipo de lectura o música, permite desarrollar el sentido de pertenencia a la sociedad en la que vivimos y, posiblemente, descubrir todo aquello que es presumible del espacio geográfico que ocupamos porque, después de todo, gran parte de nuestro cometido en esta vida, es dar razón de lo que hicimos en ella.

Describir los parajes, las elevaciones, los edificios o las calles del lugar que habitamos es un trabajo especializado que no muchos se animan a realizar, puesto que hay la tendencia a creer que es difícil hacerlo, pero yo objetaría a esa suposición que la única existente es el descubrir la manera en que nos gusta platicar (si es que nos gusta), porque los temas se nutren con lo que leemos o escuchamos, lo corto de palabras se soluciona averiguando en un diccionario (por lo que hay que tener uno a la mano siempre) y lo fantasioso se equilibra con el uso de la lógica. En estas líneas pareciera que estoy simplificando demasiado el camino a la escritura, quizá sea así pues aún no he mencionado uno de los elementos más importantes que distingue al escritor de quienes ven remota la posibilidad de convertirse en uno que es la voluntad. Las hojas y las plumas están en su lugar, nada más falta usarlas. Salud.

Beto

martes, 20 de agosto de 2024

El caso Polo

Al parecer, en las cortes de lo familiar,
no se necesitan jurados. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Confío en que todos entendemos la diferencia entre ficción y realidad (fuera de discusiones académico-bizantinas) y a su vez, en que comprendemos que la mayor parte de los contenidos de la televisión son inventados; ya el suponer que es el medio el que crea los contenidos y no éstos los que definen al medio, se los dejo a los teóricos de la comunicación. ¡Ah, caray! Yo soy comunicólogo, así que no estaría mal que me ocupara de ello; a varias décadas de que Laswell emitiera su famoso paradigma en el que todos hemos basado alguna explicación de lo que entendemos por fenómeno comunicacional y que más o menos por el mismo tiempo Marshall McLuhan se aventara la puntada de afirmar que «el medio es el mensaje», la investigación en comunicación ha apuntado a varias metas.

Para el mundo del reality (que no deja de ser ficción) la intención es supuestamente, transmitir lo que alguien de interés público ofrece como su ida cotidiana en un ambiente controlado y con una competencia de por medio, lo cual me hace pensar en una forma específica de tomadura de pelo; por lo que respecta a los que ventilan las cosas de la «gente común», un fraude doble. Porque dígame, ¿quién en su sano juicio se pone a exponer sus miserias a todo color y a nivel internacional? Pareciera gente demasiado necesitada de atención, a menos que en realidad no fueran gente normal, digo, de los actores lo entiendo, de eso viven pero, ¿y si acaso los que salen como cualquier hijo de vecino fueran..? ¡Una triple tomadura de pelo!

No sé cómo se maneje exactamente la palabra «reality» pero en español «realidad» implica algo que no es mentira o falso, pero hemos aceptado que nos vendan programas de «laboratorio» como si se tratara de la vida cotidiana, lo que en términos científicos cuando un ambiente está controlado, difícilmente el objeto de estudio se comportará normalmente. A manera de adelanto, todos sabemos que la cotidianidad de cualquier persona es sumamente aburrida en una pantalla, por lo tanto, algo debe introducirse como variable para hacerla medianamente atractiva, vimos algo de eso en Big Brother, The Truman Show y en varios otros programas televisivos como Caso Cerrado de la denominada abogada y presentadora Ana María Polo.

La dicha variable no es otra cosa que actores y actrices que representan un personaje «real» para hacer creíbles las tramas que, en la circunstancia de Caso Cerrado tenemos a la estupenda actriz de reparto y doblaje Liliana Barba, quien interpretó a una mujer llamada «Liliana» que demandaba a su madre por discriminación religiosa, para mayor referencia, Liliana barba hacía la voz de Carlitos en la serie «Aventuras en pañales». No puedo alegar que haya un engaño puesto que en todos esos programas «reales» lo que menos abunda es la realidad, por otro lado, sólo basta con haber visto algunas de las muchas películas o series gringas de abogados, para saber que en una corte de allá no se puede funcionar sin jurado como lo hace autoritariamente la Polo en algunos casos. Salud.

Beto

martes, 13 de agosto de 2024

Un paso a la ficción

Blanca Nieves esperando a que le digan
de dónde salió su versión. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si ya el insertarnos en lo que llamamos realidad es difícil, verla a través de una pantalla pareciera una locura; eso podría pasar como una alegoría de nuestra tendencia a la intermediación por parte de los demás, puesto que para todo requerimos de intérpretes que nos faciliten la comprensión de lo que vemos y escuchamos; varios autores se han encargado de imaginar una sociedad intelectualmente inutilizada a la que nada más hay que dirigir hacia un punto con la única obligación de satisfacer las necesidades básicas de una población indolente e irracional, fanatizada en contra de fantasmas teóricos y enemigos inventados. Más que obras literarias, parecen las profecías de modernos vaticinadores que han descubierto una profunda depresión que nos vuelve autómatas.

Mucho de lo que nos inspira surge de lo cotidiano, de lo que solemos hacer por rutina, la seguridad por mucho que la post modernidad abogue por salir de la «zona de confort» (cualquier cosa que eso sea), la verdad es que los periodos de tranquilidad son el sustento de los conflictos, si no los tomamos en cuenta, no podríamos contrastar cada episodio. Cada detalle que nos rodea podría ser un actante en nuestras historias, dotándolos de características antropomórficas o dejando intacta su naturaleza, lo que los anima son las circunstancias con las que revestimos sus hábitats por lo que podríamos ver nacer de un huevo a una mariposa de acero o ver volar tortugas armadas con sables y pensar que todo eso es posible en todos los universos alternos que se nos ocurran.

Como mediadora, la pantalla fija limita el movimiento aunque mantiene la atención, la pantalla portátil, amplía el movimiento pero limita la atención; nos hemos vuelto un peligro para nosotros mismos dado que antes al apagar el televisor, buscábamos la compañía humana, ahora al separarnos de la casa, buscamos una conexión de wi-fi. Pareciera que, conforme estamos ampliando los horizontes físicos, restringimos los afectivos; podemos alegar lo que sea pero no debe pasar inadvertido que la inmediatez de la información nos ha vuelto intolerantes a la frustración, lo cual es lógico considerando que los habitantes de estas benditas tierras, siguen siendo los eternos adolescentes que salieron desde los días de la independencia. Seguimos teniendo la piel muy delgada.

Entre el surrealismo y el realismo mágico los naturales de este lugar nos encontramos con que la nuestra es una realidad desfasada de los demás países del orbe pues mientras ellos han valorado sus periodos de paz, de este lado pasamos la vida imaginando cómo partirnos la cara, si por allá buscan la manera de disfrutar su tiempo libre, nosotros lo hacemos en el tiempo laboral; Einstein podrá ser el padre de la relatividad pero aquí vivimos quienes estiramos o encogemos las horas según sean nuestras conveniencias. «Ahorita» es una medida de tiempo perfectamente válida para encontrar los «destos de la desa» y entregárselos a «fulano »o «mengano» y andar sin preocupaciones por «esos caminos de Dios», todo así de exacto y perfecto. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...