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| El arte también yace en los ojos de quien contempla. Foto: BAER |
Estar frente a una obra maestra nos transforma pues nuestra razón decide tomar el camino trazado por los sentimientos, la fusión entre ellos se da de manera natural pues a pesar de los racionalistas y de los románticos que suelen ver la vida en una dicotomía irreconciliable, si esa obra nos permite su manipulación, la experiencia se vuelve inolvidable; si fuéramos capaces de recordar nuestra primera experiencia táctil consciente, quizás entenderíamos la sorpresa que provoca el darnos cuenta de que compartimos cierta parte del proceso creativo que nos acerca a la divinidad. Es algo así como poder tocar una de las cabezas colosales de Palenque, subir las escaleras de la pirámide del Sol o caminar por los pasillos del Castillo de Chapultepec, los constructores y escultores de esos portentos nos dejaron a la mano mensajes que podemos descifrar poniendo atención en los detalles que suelen jugar con nuestras cabezas asomándose de vez en cuando.
¡Y podemos tocarlos! Pero su misma grandeza nos hace sentir tal estupor que no profanaríamos su esencia con nuestra ignorancia, me imagino que lo mismo sucedería si tuviéramos al alcance a la Mona Lisa, los Girasoles o las Majas, con las manos en la espalda en señal de respeto. Es que hay obras que quitan el aliento como los Atlantes de Tula, la Piedad o el David, su tamaño se podría equiparar a la grandeza de sus autores; ya fuera talento individual o educación colectiva, lo que la humanidad ha producido con una gran carga artística se puede observar a diario, en cualquier pequeño taller de talabartería, un campo de fresas o en el hogar de todos los habitantes de este país, pero sólo unos cuantos son capaces de resumirlo con formas, manchas de colores y palabras y a pesar de los cínicos tiempos que vivimos, aún los hay que tienen la facultad asombrosa de dejarnos boquiabiertos.
Pero hay algo que debe complementar la complicidad entre la obra y el observador que son precisamente los ojos de quienes están en el otro lado del lienzo, los cinceles y el papel; la producción artística valdría poco menos que nada si no hubiera quien lo apreciara, las formas carecerían de un sentido más allá de su inserción en las tres dimensiones tangibles, los colores no pasarían de ser bonitos o feos y no habría nada más muerto que las letras. El observador replica la obra en su mente lo que lo convierte en una especie de coautor que pondrá su sello particular el cual añadirá en el momento de narrar sus impresiones a otros igual de inquietos por abstraer la naturaleza al pensamiento; contemplar y disfrutar del arte requiere de educación y quien guíe por un laberíntico camino lleno de sorpresas que nos devuelven parte de la capacidad de asombro que teníamos cuando niños. Salud.
Beto

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