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| Tocar también es un modo de apreciar el arte. Foto: BAER |
Menciono ambas ciudades porque es posible que no tengamos conciencia de que son dos lugares en los que inter actuamos con el pasado directamente, en algunos sectores, desde las mismas baldosas que pisamos, las paredes con las que nos protegemos de sol o los puentes que aún funcionan para cruzar calles o ríos; pareciera que las piedras con las que fueron hechos nos hablaran, pero en un español que apenas va saliendo del medievo, por lo que entenderlas nos cuesta algo de trabajo sin que eso impida admirarnos por su enorme belleza y perenne utilidad. Los utensilios, a pesar de su tamaño, van por el camino de convertirse en piezas de arte como los metates y los molcajetes de Comonfort; no creo que haya más interacción entre una obra de arte y un usuario como cuando alguien machaca unos jitomates, chiles y cebolla con esas piedras fabricadas con técnicas ancestrales conservadas rigurosamente por generaciones.
A veces el llegar a un museo donde está permitido tocar las piezas en exhibición, se siente como estar en casa de la tía que tiene muchos adornos y los cuida como su tesoro más preciado, pero que no se molesta si llegamos a tocar alguno, por el contrario, nos conmina a seguir explorando y nosotros seguimos escuchando la voz de nuestra madre diciéndonos que no toquemos nada porque lo vamos a romper. Un espacio así presenta primero la lucha entre dos partes que parecían irreconciliables porque un museo no es para jugar y si lo inventaron, entonces era para niños. Pareciera que el ser lúdico está prohibido para algunos que deben mantenerse adultos como contrapeso a los infantiles que podemos ser en estos días, lo que podría parecer triste si tomamos en cuenta todo aquello que se están perdiendo pues, por derecho, todos deberíamos tener la oportunidad de seguir jugando o de comenzar a jugar para quienes crecieron antes.
Para que los museos interactivos sigan funcionando, necesitan ser visitados; como todo juego, su atractivo se incrementa con la repetición. Recuerden cómo es que no nos aburríamos con la rayuela, el trompo, el balero, ¡el fútbol! Quizá sea imposible calcular las veces que jugábamos lo mismo cada día y a toda hora sin importar con quiénes lo hacíamos. Posiblemente el atractivo haya residido en eso, en la variedad de la gente con la que compartíamos esos momentos y un museo interactivo pudiera ser la oportunidad de repetir la experiencia de conocer a más personas en un ambiente que provee también las condiciones suficientes para aprender. Para alguien dedicado a sorprenderse con los acontecimientos diarios, un museo interactivo representaría todo un caldo de cultivo para la creación de historias en la que la ciencia y el conocimiento fueran los protagonistas como en una investigación. Salud.
Beto

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