martes, 27 de enero de 2026

Un poco en el destierro

En la búsqueda de uno mismo, el destino
se logra en solitario. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. La introspección. No es necesario un traslado físico para alejarnos del mundanal ruido, basta con un aislamiento en algún rincón de nuestra casa en el que podamos estar solos por unos instantes para meternos en nuestros pensamientos y revisar un poco lo que la pluma ha plasmado en nuestra libreta (los que escriban directo, traduzcan a teclado); sin tratarse de saber si estamos haciendo bien o si fue prudente invertir tiempo en una práctica que a lo mejor no representa un beneficio monetario, ponernos a reflexionar sobre qué tanto nos ha gustado escribir es importante para evaluar la posibilidad de seguir y, en un futuro cercano, imprimir y publicar nuestros textos. Otro punto a considerar sería la revisión de los temas que hayamos tratado o el orden y coherencia del trabajo.

2. Un análisis puntual. Hay una infinidad de temas sobre los cuales escribir, sin embargo, sólo un único camino para hacerlo que es el tratar de encontrarnos a nosotros mismos; cada palabra, cada oración, cada cuartilla, van atrapando una parte de nosotros dibujada a fuerza de tinta y movimientos de muñeca, depositada en hojas blancas, de colores, a rayas o a cuadros, retrato que nos gustaría que los demás vieran con los mismos ojos que nosotros aunque sabemos que eso no es posible. Si existe una conexión entre un ser humano y un objeto, ésta debe ser la que hay entre un redactor y su instrumento de escritura, sin importar que sea fino o desechable, mecánico o electrónico, porque unos tendrían que ser cuidados como lo que son, objetos de alta calidad, los otros, al ser replicados en serie, serán como si estuvieran siempre presentes.

3. Cambiar el punto de vista. La búsqueda de lo que somos abre el apetito hacia otros ámbitos en los que otras personas plantean sus gustos e intereses con el fin de establecer igualdades que nos aseguren que estamos haciendo bien; las inseguridades rondan por todos lados y debemos asegurarnos la paz sin importar el esfuerzo que tengamos que realizar, pero hay ocasiones en las que debemos tomar distancia para tener una mejor perspectiva de lo que nos proponemos observar. Alejarnos como una manera de activar nuestro sentido creativo, presenta la ventaja de que ya no contaminaremos, por un momento, el entorno con las valoraciones inmediatas de las relaciones que solemos tener, pues por afinidad o simpatía, nos hacen ver las cosas con más filtros que los que nos gustaría aceptar.

4. El lobo solitario. No, no voy a hablar de José ni de su hijo Luis Roberto, tampoco del personaje de Herman Hesse, sino de esa sensación que nos tienta a apartarnos de nuestra «manada» para tratar de encontrar en otros horizontes, lo que los límites que nos rodean impiden. Tal vez no sepamos qué es, ni siquiera nos pase por la cabeza una manera de averiguarlo, pero nuestra pluma, llena de curiosidad, marcará aquel camino que parezca más incierto y poco explorado, camino que debemos transitar solos, porque cualquier compañía se volvería una distracción del intento de reencontrar motivos para andar. Los pies apuntan también hacia el mismo rumbo que señaló la tinta, las manchas que ésta dejó como señal, crean una burbuja que, confiamos, facilita el propio encuentro. Salud.

Beto

martes, 20 de enero de 2026

Vida ensimismada

La socialización puede no ser fácil
para algunos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. La óptica externa. De alguna manera el cine y la televisión han contribuido a la fábula de la vida glamorosa y excitante del escritor con personajes como Richard Castle quien, además de escribir sobre misterios policiacos, se daba el tiempo de resolverlos él mismo en su realidad como apoyo del Departamento de Nueva York; nuestra realidad dista mucho de esos escenarios, no hay demasiadas aventuras en vivo aunque sí bastantes horas de lectura de donde sacar referencias para otras nuevas. El imaginar que un escritor debe por fuerza haber vivido de la manera en que plasma sus obras, debe venir de la idea de que no es posible hablar de algo si lo has experimentado, así que resulta recurrente el escuchar preguntas como «¿de dónde sacas tus historias?», quizá para saber si de verdad eres imaginativo.

2. El anacoreta. No todo el que se aísla lo es, sin embargo, quien decide alejarse de diferentes temas que componen su vida social, se transforma en uno, obligado quizá por saturación o por ya no encontrar motivo para seguir en ellos; el anacoreta actual ya no se exilia en lugares remotos nada más, también se deslinda de medios de información y redes sociales porque los contactos, aunque virtuales, suelen exponer la vida de quien los usa, dejando a la imaginación de los demás, todo aquello que ose ocultar. El alejarse de los grupos sociales implica pensar en la posibilidad de no volver o de tener una explicación lo suficientemente convincente para pasar bien librado de un juicio por malagradecido, lo que de todos modos sucedería, aunque no de cuerpo presente, pues hay que mantener las formas.

3. El social intermitente. La sensación de inseguridad puede ser buen pretexto para desconectarnos a ratos y planear una estrategia para poder mantener contacto con nuestros seres más cercanos, aunque sea a distancia; las redes sociales permiten eso ahora sin más esfuerzo que pensar qué decir o inventar un pretexto si creemos no tener una razón, pero al parecer, entre más facilidades tenemos, más nos encerramos en nosotros mismos pues «en cualquier momento les podemos hablar». Un escritor desconocido no tendrá problemas con lidiar con las intermitencias en la vida social pues quizá sus lectores y su editorial no le exijan una producción continua, sin embargo, si su deseo es ser reconocido o ya lo es, no sólo tendrá la presión de aquellos, sino él mismo se la impondrá para mantenerse vigente.

4. El desconocido. Es ése que goza de la libertad casi absoluta, fuera del alcance de la auto censura que impone la fama; podría decirse que los límites de cada escritor se reducen proporcionalmente conforme se hace más conocido. Algún precio hay que pagar si lo que se desea es reconocimiento y éste, generalmente, se cobra en las letras mismas, ya sea mediante el patrocinio particular o estatal, el número de ediciones a tratar y hasta los lugares de distribución. Pueden decirnos qué sí y qué no escribir, pero las restricciones más severas nos las ponemos nosotros mismos aunque la contraparte suele tener un peso importante, es decir, si vamos a tener cierta permisividad, la más grande será la nuestra, cosa que puede pasernos factura, en cómodas mensualidades. Salud.

Beto

martes, 13 de enero de 2026

Las letras como contactos

Hacer castillos en el aire
puede ser productivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. No es para nosotros. En el estudio de la filosofía se tiene la idea de que por fuerza debe llegarse a la escritura y no está del todo alejado de la realidad; pensemos en la filosofía no como una carrera universitaria (porque no es una ciencia) sino como un derecho que todos tenemos de ejercitar el pensamiento y ya estando en esos menesteres, es posible que se nos ocurran ideas que pudieran ser aplicables a un aspecto de nuestra realidad, por lo tanto, si no queremos perderlas, tendríamos que apuntarlas en algún lado, entonces sí, filosofar nos llevaría en algún momento a escribir. El meollo del asunto está en convencernos de que pensamos con un fin determinado, ya que es poco común el imaginarnos compartiendo nuestras ideas, con gente que no pertenezca a nuestros círculos cercanos y sólo de manera oral.

2. El chisme funcional. Aquel que encuentra en rumores, chismes o interpretaciones variadas de los hechos la materia prima de sus comentarios o escritos, debe decidir si con ello servirá para proveer de puntos de vista o para desinformar; la novela histórica, como se ha estado manejando, confirma un poco lo anterior, es por así decirlo un chisme funcional en el que se humanizan los personajes patrios haciéndolos convivir con otros ficticios. Por supuesto, no son argumentos que debamos creer a rajatabla, sólo son referencias que requieren corroborarse o desmentirse por medio de otras fuentes pues, aunque se trata de investigadores serios quienes las escriben, también es cierto que producen ficción. Las obras literarias de este tipo nos proveen de perspectiva que ayuda a desmitificar a las figuras que tenemos en un altar, total, un poco de humanidad no les daña.

3. Inspiración e identificación. Lo mejor de la imaginación es que nos permite sentir sobre lo que leemos, por lo tanto, la simpatía, enojo, indignación o aprecio que podamos sentir por un personaje es real y, a veces, los proyectamos hacia una persona cercana o no; para los creadores de contenido, la letras son una buena fuente de inspiración, entendiendo a ésta, como el disparar referencias semejantes utilizables para crear una nueva obra, ya sea escultórica, pictórica, fílmica o escrita. Por cada obra inspirada, hay también una identificación con los personajes retratados en ellas; algunos podemos afirmar que tenemos rasgos semejantes a los de Casanova, Dorian Grey, Hércules Poirot o alguno que nunca aparezca como Godot. Pareciera algo inútil, pero algo de cada personaje nos impregna y, por un tiempo, somos ellos.

4. Seguidores o fanáticos. No importa el terreno, cuando el gusto se fanatiza, la razón pierde terreno; es incuestionable que el sentido de propiedad al que sometemos a nuestras relaciones sociales, transforma en objeto a lo que debería tratarse como sinónimo de igualdad. A partir de la racionalización de nuestro status, todo gira en torno a nosotros, ya sea como individuos o como grupo, por lo tanto, todo nos pertenece en exclusividad y en abstracto, por ejemplo, el trabajo, la patria, las fiestas. Es fácil, debido a la emotividad que exigen esas concepciones, tener un alto grado de agresividad en cuanto percibimos cualquier enfrentamiento como si fuera un ataque, ya sea por mantener una imagen, ya por manifestar alguna inseguridad, el caso es que al aferrarnos a ello, fanatizamos sobrepasando la admiración. Salud.

Beto

martes, 6 de enero de 2026

Crear comunidad

Nos agrupamos para estar
con los iguales. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Para varias cosas. Las afinidades dan parámetros para que nos juntemos en grupos más o menos numerosos, los tipos de esas agrupaciones son tan variados como los gustos que presentamos en actividades manuales o intelectuales, sin que la exclusividad de ellas sea tajante, es decir, que si varias personas se agrupan para formar un equipo deportivo, podrían considerar también, el juntarse para ver películas o realizar composturas que tuvieran que ver o no con su idea original. Aunque la lectura y escritura son actividades netamente individuales, el compartir y crear en comuna no está peleada con la introyección de lo que captamos o producimos, puesto que por medio de la comparación o el comentario, podemos ser capaces de adherir nuevas ideas o cambiar de perspectiva.

2. Contra el pánico escénico. Dicen que cuando se le teme a algo, lo mejor es echarle montón porque, «mal de muchos...»; eso último fue un permiso literario, pero no me negarán que los grupos sociales que más miedo tienen, suelen ser más violentos, para el caso podríamos analizar el tipo de lecturas que producen los movimientos sociales, ya sean minorías por convicciones políticas o por preferencias sexuales y es lógico que presenten miedo, pues el supuesto es que van a enfrentar a grupos en el poder que, de alguna manera, podrían matarlos. También está el miedo natural a sentirse expuesto, ya que una vez publicado un texto, no puede ser defendido por el autor y la conexión entre ambos difícilmente puede ser disuelta, entonces la sensación de abandono crea cierta vulnerabilidad e indecisión para repetir la experiencia.

3. Seguimiento de las formas. Desde que tengo uso de razón, las mujeres han luchado por un trato laboral igual a los hombres, lo cual entiendo, se refiere a lo legal para poder aspirar al respeto y al salario cuando se trata de los mismos puestos; sabemos que en la parte biológica eso no es posible porque las características físicas de cada sexo no lo permiten, lo cual a su vez debería ser tratado como una ventaja si se piensa en el potencial que esto debe traer consigo. El ejemplo más sencillo que se me ocurre en este momento es el embarazo; si lo pensamos, la ausencia por tres meses de la titular de un puesto, le permitirá a una empresa probar a los elementos que pudieran tener características afines. Para el mundo editorial serviría de la misma manera porque, después de todo, todo lo involucrado es una empresa.

4. La temporalidad. Aunque repitamos que nada es para siempre, sólo es cuestión de voluntad y decidir qué sí lo es; por supuesto, las cosas tienen categorías y las hay heredables si se les cuida bien, la mayoría, por desgaste natural, pues no. En cuanto a las personas o lo referente a ellas, el concepto de «siempre» debe adaptarse a lo que pretendemos; el «siempre» natural es lo que dura nuestra vida, así las cosas que duran para siempre, lo hacen mientras estamos vivos; si nos referimos a trascender, dependemos de la voluntad ajena pues el «siempre» depende en cuánto estaremos presentes en la memoria de los demás, por ejemplo, Juan Rulfo suele ser más mencionado de Agustín Yáñez. Las agrupaciones serán eternas según dure la voluntad de sus integrantes, sin importar el cambio generacional. Salud.

Beto

martes, 30 de diciembre de 2025

Consumo inteligente

En toda ocasión, un libro es
un buen regalo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Encontrar la línea. Los géneros en la literatura coquetean con la idea de mantenerse sin cambios por toda la eternidad, sin embargo, en ese empeño no pueden evitarse mezclas entre sí dando como resultado, amalgamas que llegan a convertirse en referentes para satisfacer gustos, aprendizajes y producciones; el caso de Mary Shelley y su moderno Prometeo considerado por unos como de horror y ficción, es calificado por otros como de amor y sufrimiento, será porque tiene de todo; Frankenstein es un personaje, creador en sí mismo, que pareciera no medir las consecuencias de sus actos, simplemente se fija una meta y se hace de los medios para lograrla, pero su creación cobra tal fuerza que llega a arrebatarle el protagonismo, tanto en la historia como en la imaginación de los lectores, moldeando a voluntad los aspectos más sensibles en esa relación.

2. Autores importantes. Más que un listado amplio, lo que debemos tener presente son pasajes que nos sirvan para identificar e ilustrar o que sucede en nuestro entorno, al final, ubicar a los autores es un adorno para reuniones literarias y lo verdaderamente útil es lo aplicable de sus enseñanzas, en nuestra realidad palpable. Fuera del mundo académico, si no recordamos el nombre de un autor nada pasa, sin embargo, si cambiamos una cita o nos olvidamos de ella, prácticamente nos quedamos sin mensaje. Pero lo deseable es que cada autor adquiera importancia y eso lo logra en la medida en que entra en el gusto de los lectores, entre más profundo, más importante será, ya lo que digan los críticos servirá como una referencia. todo es cuestión de gustos.

3. Búsqueda de ofertas. En términos estrictos todo el mercado es una oferta puesto que todo es ofertado, claro que entendemos no sólo el ofrecimiento de un producto para su consumo, sino que además se realiza con un costo menos al de la normalidad del momento; buscar satisfactores con esa característica exige un entrenamiento previo basado en la observación de tiendas y movimientos de consumo, a las primeras para comparar los precios y a los segundos, para saber qué es lo que está apareciendo en el gusto popular, así se tendrá la suficiente información para saber dónde comprar lo que «nos gusta» a un precio más bajo. Por supuesto, eso no garantiza que en realidad su costo haya sido menor al de su fabricación porque para la fecha en que lo adquirimos, el precio habrá subido unas cuantas veces.

4. Las ferias. Dentro de los mundos imaginarios perfectos que describe cada obra literaria difícilmente nos encontraremos una feria en donde se vendan libros; es posible que a los escritores no les llame la atención el crear meta historias en donde ellos mismos estén exhibidos y a la venta, aunque también podría tratarse de una estrategia, de mal gusto quizá, pero estrategia al fin. En una feria del libro se tiene la oportunidad de conocer escritores de todo tipo que presenten su visión particular de la realidad que compartimos; hay precios para todos los bolsillos, pero la tendencia es que se encuentren libros más baratos que en las librerías establecidas, sin embargo, los precios están en la mente, pues la necesidad y el gusto dictarán lo que nos es caro o barato. Salud.

Beto

martes, 23 de diciembre de 2025

Verter la opinión

Una opinión puede llevarnos
a lugares insospechados. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Decantación desmesurada. Para quienes escriben rodeados de millares de lectores, se ha vuelto riesgoso exponer sus ideas y, sin importar el medio, la exposición resulta a veces insoportable; la censura ya no es de uso exclusivo del gobierno, ahora se ha vuelto algo así como un patrimonio por contagio de los seguidores aplaudidores del régimen, que suponen defenderlo en contra de las «fuerzas fácticas» de los emisarios del pasado, neoliberales fifíes que sólo buscan tener el poder sin ejercerlo debidamente, sin darse cuenta de que con ese discurso, han descrito a todos los gobiernos (incluido el actual), nada más que con otros calificativos. Periodistas principalmente, pero también aquel hijo de vecino que se atreva a criticar a las autoridades vigentes, enfrentará a una horda (cada día más diezmada) de entes iracundos que sólo repiten el discurso institucional.

2. Grandilocuencia desmesurada. Un barril hace más ruido cuando está vacío, lo mismo pasa con las cabezas que tienen poco dentro, versa la sabiduría popular; es fácil darnos cuenta cuando alguien tiene poco que decir y encima está inseguro de lo que piensa, por lo cual alza la voz, arrebata la palabra y se rehusa a escuchar a los demás. En una publicación sucede algo semejante, si leemos líneas en la que se denosta un hecho u otra opinión, se pretende que lo escrito ahí sea la única verdad y encima se oculta otro tipo de información respecto de lo tratado, nos encontraremos con un texto que, de inicio, es inseguro y tiene poca estima, por lo cual debe «manotear», «vociferar» y utilizar palabras «extremadamente cultas» que en realidad dan muestra de poca tolerancia a la crítica y al error.

3. Paraíso de metiches. El panorama actual de la información ha tomado tantas vertientes como usuarios de redes sociales hay, por desgracia, aquí se cumple el viejo adagio que dice que la cantidad no asegura la calidad, pero no todo es malo o perverso, hay esfuerzos por mantener un alto nivel de notas, teniendo conciencia de que lo deseable es combatir la desinformación; en los vaivenes entre estar enterado e ignorar lo que sucede, se cuelan aquellos a los que solamente les interesa meterse en la vida de los demás, con el pretexto de que todo lo que se sube a la red es del dominio público y hasta ahí, todo parece adecuado, pero nada dice que debamos opinar a fuerza sobre todo lo publicado, el hacerlo nos convierte en simples chismosos pues, en realidad, nadie pide nuestra opinión.

4. El dogma no es opinión. Bueno, algunos sí, los que están interesados en monetizar mediante sus publicaciones o para quienes se empecinan en ser farautes de pseudo leyes naturales con las cuales se rigen y pretenden que lo hagamos los demás; al parecer verdad, el dogma dicta sin suponer una contraparte pero sí se inventa un enemigo para validarse, porque lo que no está a su favor, está en su contra. Conceptualmente, el dogma es una pared monolítica que pretende no tener fisuras, mucho menos errores que puedan poner en duda su integridad, pero esa pretensión está sustentada solamente por la afirmación de que quien lo sustenta, es la autoridad en esa materia. Por definición, un científico no puede ser dogmático porque la ciencia no busca la verdad y está abierta a la opinión. Salud.

Beto

martes, 16 de diciembre de 2025

No estamos preparados

La lectura libera sólo si abre
nuestra perspectiva. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Lecturas subversivas. El mero acto de leer ya nos convierte en rebeldes dentro de una aldea global que parece desmoronarse al tomar nuevos bríos el regionalismo comercial, el extrañamiento del otro y la individualidad ambigua, hoy, como hace muchos años no pasaba, la apreciación de los textos se basa en las preferencias cerradas de toda índole, las cuales no parecen encontrar coincidencias, sino imponer una visión particular sobre comportamientos sociales, visión dictada al parecer, por un grupo específico con cierto poder en alguna disciplina. Cuando en los ochenta empezábamos a hablar de las tribus urbanas, eran en su mayoría agentes externos a ellas los que escribían sobre su naturaleza, sus intereses o sus aficiones y el porqué había que ponerles atención, todo desde un marco periodístico que permitía cierta neutralidad de criterio.

2. Lecturas partidarias. Ahora, los textos más intensos se producen desde el interior de las agrupaciones, algunos buscando consolidarse y otras, tratando de lograr legitimidad, el caso es tratar de convencer a un número importante de personas a que se unan a causas que pretenden tener razones para que la visión que tenemos de la sociedad cambie. Hay, eso sí, un riesgo latente de adoctrinamiento que se nota en el momento en el que se pasa del convencimiento a la imposición mediante argumentos (algunas veces falaces) que sesgan la información que debería ser educativa en general, pero que se queda en el señalamiento de «bondades» en favor de un solo sector de la comunidad, lo cual no es necesariamente malo, pero sí parcializa el entendimiento de la sociedad.

3. Lecturas conservadoras. Pareciera que con este término calificaré a las lecturas no reaccionarias que están dedicadas a mantener las condiciones de desigualdad, lo cual es cierto an alguna medida; a lo que me referiré es a algunos textos que toman para sí, el mantener vigentes los conocimientos de utilidad, comenzando por una obra que dio la pauta para el registro de datos históricos que es «México a través de los siglos» (1884) llevada a cabo por Vicente Riva Palacio coordinando el trabajo de varios historiadores; «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» (1605), parodia de la novela caballeresca pero que sentó las bases para la reglamentación gramatical del idioma español; «Lisístrata» (411 a. C.)en la que Aristófanes retrata, de una manera cómica, la vida cotidiana de los atenienses, obras todas por las que vale la pena decirse conservador.

4. Lecturas liberadoras. Desde hace algún tiempo he pensado que si algo despierta la ira de los sectores retrógradas de este país, definitivamente yo tengo que probarlo, como sucedió con «Aura» de Carlos Fuentes, «Los versos satánicos» de Salman Rushdie o «Nosotros» de Yevgueni Zemiatin. De la segunda y tercera obras entiendo que hay una crítica abierta a la religión (musulmana) y velada al régimen (socialista ruso), pero ¡Aura! Si algo caracterizó a Fuentes fue su poco activismo político, social o económico, aunque sí crítico, por lo que nunca entendí el prohibir su lectura, principalmente tratándose de la que pudiera ser su mejor obra. No creo tener la autoridad moral para decir a los demás qué deban o no leer, pero si hay un ejercicio de absoluta libertad, es precisamente la lectura. Salud.

Beto

martes, 9 de diciembre de 2025

El humanismo local

Todo argumento puede tener lógica,
pero no por eso es confiable. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Su prerrequisito. Educación y escolaridad se han visto envueltas en un manoseo teórico que poco ha aportado al desarrollo humano, ya sea por la indefinición de los papeles que juegan las instituciones o porque no hemos atinado a juntarlas para poder hablar de acción integral; no podemos declararnos humanistas cuando los juicios hacia la sociedad se hacen de manera indolente basada en una educación que ha marcado diferencias como medios para relacionarnos. Tratar bien a alguien y respetarlo son cosas muy distintas y sus diferencias son de grado; para empezar, la temporalidad es diametralmente distinta, pues el buen trato es eventual mientras que el respeto es perpetuo, uno es para hacer sentir cómodo al otro y el segundo es para que se sienta seguro; un buen trato se presenta donde sea, la seguridad no.

2. El refuerzo académico. Por supuesto, hay escuelas que se autodenominan humanistas, principalmente (o son las únicas) las de nivel superior, lo que pensándolo bien, sonaría lógico si pensamos que los años de primaria, secundaria y preparatoria son etapas de acondicionamiento para entender al humanismo como un estilo de vida y no como una simple teoría con buenas intenciones, al parecer, ser humanista requiere de una conciencia especial en donde, para empezar, la valoración de lo netamente humano es única, pues las diferencias son sólo formas distintas de expresar lo mismo que tienen en la academia, una manera de poner orden a las estructuras mentales para identificar primordialmente, aquello que nos semeja en cualquier situación en cualquier parte del mundo.

3. Aplicabilidad social. Pensar en que los humanos somos buenos o malos por naturaleza pareciera el inicio de una discusión bizarra que a nada más conduciría que a huecos teóricos que no se han solucionado del todo, puesto que el humanismo no se ha caracterizado por ser determinante en sus postulados por un detalle primordial, sus observaciones están influidas por el comportamiento social. Y no debe ser de otra manera, pues es el único rasgo que posiblemente se registre numéricamente; conciencia social, mentalidad, identidad, no tienen una escala con la cual pueda darse una clasificación o se contabilice la cantidad de eventos en las que aparecen. Ser humanista en estos tiempos parece más una pose que sirve en las campañas políticas de ciertos demagogos que aprovechan muy bien sus detalles ambiguos.

4. La tragedia de la desconfianza. No por haberlo mencionado varias veces quiere decir que haya encontrado la respuesta, tener confianza en los demás no se da de un día para otro, ni siquiera en uno mismo, es un trabajo gradual que lleva un buen tiempo, pero que puede perderse en un instante. Así parece haber sido por toda nuestra existencia, ya que el miedo a morir se presentó primero (o con mayor fuerza y frecuencia) que la necesidad de socializar. Lo peor del caso, es que hemos tenido razones para desconfiar de todo y de todos significativamente porque nuestra vida no ha dejado de estar en riesgo siendo la razón la misma de siempre: la búsqueda del poder. No importa la naturaleza de éste, la fascinación por sojuzgar al otro ha mantenido a algunos inadaptados, interesados en satisfacer sus perversiones. Salud.

Beto

martes, 2 de diciembre de 2025

La reflexión

Reflexionar no es igual a preocuparse,
el resultado es distinto. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Contraria a la oración. Una buena dinámica reflexiva se compone de los elementos dictados por René Descartes y mucho antes de establecer afirmaciones, lo más importante es establecer interrogantes para guiar nuestros pensamientos, una oración como tal podría ser el resultado de un ejercicio de reflexión, al poner en relieve aquello que no termine de encajar en nuestros pensamientos, ya sea para adecuarlos o para rechazarlos. Cada uno de nosotros entenderemos que no hay lugares específicos para reflexionar, el deseo de hacerlo puede surgir donde sea, sin embargo, sí es factible tener un lugar especial para la oración, en la forma de un nicho o de un templo entero puesto que se trata de un ritual personal. Como última diferencia, al orar hay intrínseco un pedimento, mientras que de una reflexión surge una respuesta.

2. Toque medicinal. No tengo una idea clara de cuál pueda ser la diferencia entre meditar y reflexionar, parecen iguales a simple vista, pero la primera sí tiene fama de ser hasta cierto punto, medo curativa; como supongo que nunca he meditado, me quedo con la reflexión como una manera terapéutica de mantenerme cuerdo, por aquello de las visitas del alemán. El poner a trabajar las neuronas no es sólo para distraernos de preocupaciones y dolores, ni mucho menos para que nuestra cabeza dé vueltas sobre lo mismo sin llegar a algo concreto, por el contrario, reflexionar debe ser un ejercicio que nos relaje y nos permita ver las cosas desde diferentes perspectivas, alguna de ellas podría ser el germen de una teoría o un tratado sobre el cuidado del adulto mayor o los beneficios de combinar el baile con las artes marciales.

3. Productora de conocimiento. Reflexionamos con o por lo que sabemos, recordamos palabras, frases y oraciones con la fruición que da la curiosidad, reinventamos órdenes u orientaciones sin que la insatisfacción merme nuestro ímpetu creativo; rebautizamos a las cosas porque podemos, no se diga cuando hay que otorgar un sobrenombre a alguien que queremos, porque ahí ponemos en juego toda nuestra imaginación, aunque el esfuerzo sólo alcance a señalar lo evidente. Pero tuvimos que poner en una balanza a la oportunidad con la pertinencia, valorar qué tanto afectaría el ánimo de quien recibirá nuestro «obsequio» y cuidar que los demás lo pronuncien con el mismo respeto que nosotros. Si el efecto resulta ser el buscado, podríamos afirmar que se ha dado un paso hacia el conocimiento sobre el talante de esa persona y la confianza que pueda representar.

4. Su justo valor. Debería ser como acompañante cotidiana para realizar cualquier tipo de tarea, desde hacer las compras de la despensa, hasta tomar la decisión de continuar con los estudios de postgrado, dado que todo lo que decidamos, trazará el curso que tome nuestras vidas, por su pertinencia, oportunidad o la cantidad de recursos que tengamos. Obviamente no son igual de importantes unas compras que realizar estudios si los vemos como un evento único, pero si a las primeras las vemos como un plan a tres o cinco años, su dimensión cambia, esto es porque la estructura de pensamiento para tomar decisiones es la misma si planeamos grandes cosas como unas vacaciones o si saltamos un charco en un día lluvioso, pero ¿qué tal si tenemos ochenta años y el charco mide dos metros? Salud.

Beto

martes, 25 de noviembre de 2025

El cuento infantil

Nosotros decidimos qué tipo de lecturas
queremos para dormir. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Concepción cambiante. La niñez ya no es lo que fue, es cierto, pero ¿cuántas veces en la historia de la humanidad se habrá dicho algo así? Se afirma que en la Grecia antigua Sócrates o Patón, se quejaban del uso de los libros por parte de los jóvenes porque eso les iba a atrofiar la memoria, coincidentemente, algo así afirmamos milenios después acerca de los teléfonos móviles. Las narrativas literarias, así como las que usamos para justificar la vida diaria, también mantienen ciertos rasgos que las identifican por géneros en las primeras y por costumbres en las segundas, lo que influido en lo que les contamos a los niños; la prisa que crea la inmediatez cambió la fisonomía de los textos, de cuartillas repletas de letras con pasajes muy amplios a libros de unas cuantas páginas en las que predominan los grabados coloridos.

2. Valoración de dientes para afuera. Las terroríficas historias de los hermanos Grimm dieron paso a adaptaciones de ellas mismas y a otras que cambiaron los secuestros y martirios, por paseos gratificantes en bosques apacibles, esa acción debió responder a una razón de dos posibles, por un lado, debe haber desaparecido el riesgo permanente que representaba vivir en o cerca de los bosques al formarse las grandes ciudades, por lo que ya no era necesaria la advertencia de muerte en esas historias, por el otro, aunque los peligros sólo se transformaron y trasladaron de un paraje semi selvático a la «selva de concreto», debió considerarse que torturar a los niños no era conveniente pues se estaría obrando en contra de su inocencia y de la seguridad misma que ofrece el entorno urbano, aunque esto sea sólo un mito.

3. ¿Qué cosas les contamos? Como la mayor parte de lo que hacemos para niños tiene la tendencia a educar, suponemos que lo que se escriba para ellos debe tener por fuerza una moraleja. Del lado opuesto está la consideración de que a los niños sólo hay que divertirlos, pero eso se manifiesta más que nada en la televisión, un medio que alguna vez pareció rivalizar con los libros sin que hubiera un argumento convincente sobre tal cuestión, por lo pronto, suponemos que el oponente actual es el teléfono móvil, posiblemente porque los adultos nos vemos superados por las generaciones más jóvenes en su uso y en el ritmo de actualizaciones que presenta, por lo tanto, hay que satanizarlos pues ha copado el espacio en el cual les contábamos cosas a los niños. Sin embargo no ha sido así, como en todo, la subsistencia de un medio y sus historias es cuestión de hábitos.

4. La modernidad. Seguramente todavía haya muchos padres que les cuentan historias para dormir a sus hijos, los que no, no se preocupen, seguramente tienen otras dinámicas para crear lazos con ellos; en favor de las lecturas nocturnas, podemos decir que en su base pueden crear un ambiente bueno de descanso, procurador de imágenes oníricas placenteras, siempre y cuando la historia no sea de terror; el uso de la imaginación para recrear las situaciones narradas despierta la inquietud de seguir consumiendo literatura en los años posteriores, la mejor consecuencia sería la de cuestionarse sobre los hechos, si están bien o mal, si pudieron evitarse o no, si la situación hubiera sido distinta... También es posible que vaya desapareciendo porque el ritmo lo impide. Salud.

Beto

martes, 18 de noviembre de 2025

¿Para quien escribo?

El lector no tiene obligación de soportar
si no le gusta lo que lee. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Sin mercadotecnia. La pregunta no me la hice yo, fue un cuestionamiento de alguien que de editoriales sabe algo ya que prestó sus servicios para Salvat en España hace ya algunos ayeres; no lo he venido pensando en cuestión de difusión para la venta, aunque otra persona me haya dicho que si no tengo publicidad, es letra muerta. Por el contrario, sí pienso en función de quien me hace el favor de leerme, pero desde la perspectiva de que lo considero un igual y no alguien al que deba satisfacer sus necesidades de información, sería demasiado pretencioso de mi parte, por lo que escribo sobre lo que me parece interesante y pudiera compartirlo en una charla de café; ahora bien, como cuento con la paciencia de fieles lectores (tú uno de esos diez), claro que siento el compromiso de escribirles con todo y su heterogeneidad.

2. Sin un gran público. El éxito también ocupa un lugar en nuestra mente y cada uno tiene el derecho de sentirse triunfador de la manera que le dé la gana; el tener mucho dinero es un buen motivo, pero también lo son saber entablar buenas relaciones sociales, ser reconocido por tener buena sazón, saber dirigirse a grupos numerosos o tener un pequeño círculo de lectores, para los cuales el compromiso adquirido con ellos, es el mismo que si se tratara de miles; la lectura de pocos parece más íntima y cercana y cuando se conoce al autor hay dos caminos para abordarlo, uno, ser condescendiente y dejar pasar lo que pudiera considerarse un error o dos, ser extremadamente críticos porque suponemos que no cumplió con nuestras expectativas, ambos son sesgos que no nos permiten ver la obra lo más objetivamente posible.

3. Encontré el gusto. Escribir es lo más cercano a hacer trazos de dibujo con coherencia y ya que no tengo paciencia para hacer líneas con perspectiva y sombras, decidí hacer líneas con palabras y con los primeros buenos comentarios sentí la satisfacción de quien encuentra algo valioso; no es la letra en sí lo que me gusta, sino lo que provoca tanto en lo visual como en lo mental, es decir, el fondo y la forma en ese juego ancestral que los demás hacen el favor de notar. Escribir es un gusto que se vuelve vicio cuya resaca se cura justo con el mismo veneno, también es el único que cualquiera tiene a la mano y que bajo su influjo, nos volvemos bastante productivos. Apoyar un bolígrafo o una pluma en una hoja de papel o pulsar un teclado es como entablar un diálogo medio esquizofrénico en tono de debate donde ambas partes ganan.

4. Un tipo de lector. No escribo para todos, eso es claro y no es porque yo sea una vaca sagrada, por el contrario, al no ser más conocido que en un pequeño grupo, también la cantidad reafirma esa aseveración, aun así, no puedo asegurar que mis escasos lectores tengan un perfil definido a ultranza pues, aunque se trata de profesionistas en su mayoría, también los hay con otros niveles de escolaridad, lo cual me place pues me permite creer que cumplo con una de las condiciones básicas del comunicador, la de no discriminar con el propio mensaje. Aunque si tuviera que definir a mi tipo de lector, diría que es alguien abierto, dispuesto a apreciar otras perspectivas y aportar su opinión cuando sea prudente, algo que hace años era sólo un deseo y ahora se ha vuelto una muy motivadora realidad. Salud.

Beto

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