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| La lectura libera sólo si abre nuestra perspectiva. Foto: BAER |
1. Lecturas subversivas. El mero acto de leer ya nos convierte en rebeldes dentro de una aldea global que parece desmoronarse al tomar nuevos bríos el regionalismo comercial, el extrañamiento del otro y la individualidad ambigua, hoy, como hace muchos años no pasaba, la apreciación de los textos se basa en las preferencias cerradas de toda índole, las cuales no parecen encontrar coincidencias, sino imponer una visión particular sobre comportamientos sociales, visión dictada al parecer, por un grupo específico con cierto poder en alguna disciplina. Cuando en los ochenta empezábamos a hablar de las tribus urbanas, eran en su mayoría agentes externos a ellas los que escribían sobre su naturaleza, sus intereses o sus aficiones y el porqué había que ponerles atención, todo desde un marco periodístico que permitía cierta neutralidad de criterio.
2. Lecturas partidarias. Ahora, los textos más intensos se producen desde el interior de las agrupaciones, algunos buscando consolidarse y otras, tratando de lograr legitimidad, el caso es tratar de convencer a un número importante de personas a que se unan a causas que pretenden tener razones para que la visión que tenemos de la sociedad cambie. Hay, eso sí, un riesgo latente de adoctrinamiento que se nota en el momento en el que se pasa del convencimiento a la imposición mediante argumentos (algunas veces falaces) que sesgan la información que debería ser educativa en general, pero que se queda en el señalamiento de «bondades» en favor de un solo sector de la comunidad, lo cual no es necesariamente malo, pero sí parcializa el entendimiento de la sociedad.
3. Lecturas conservadoras. Pareciera que con este término calificaré a las lecturas no reaccionarias que están dedicadas a mantener las condiciones de desigualdad, lo cual es cierto an alguna medida; a lo que me referiré es a algunos textos que toman para sí, el mantener vigentes los conocimientos de utilidad, comenzando por una obra que dio la pauta para el registro de datos históricos que es «México a través de los siglos» (1884) llevada a cabo por Vicente Riva Palacio coordinando el trabajo de varios historiadores; «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» (1605), parodia de la novela caballeresca pero que sentó las bases para la reglamentación gramatical del idioma español; «Lisístrata» (411 a. C.)en la que Aristófanes retrata, de una manera cómica, la vida cotidiana de los atenienses, obras todas por las que vale la pena decirse conservador.
4. Lecturas liberadoras. Desde hace algún tiempo he pensado que si algo despierta la ira de los sectores retrógradas de este país, definitivamente yo tengo que probarlo, como sucedió con «Aura» de Carlos Fuentes, «Los versos satánicos» de Salman Rushdie o «Nosotros» de Yevgueni Zemiatin. De la segunda y tercera obras entiendo que hay una crítica abierta a la religión (musulmana) y velada al régimen (socialista ruso), pero ¡Aura! Si algo caracterizó a Fuentes fue su poco activismo político, social o económico, aunque sí crítico, por lo que nunca entendí el prohibir su lectura, principalmente tratándose de la que pudiera ser su mejor obra. No creo tener la autoridad moral para decir a los demás qué deban o no leer, pero si hay un ejercicio de absoluta libertad, es precisamente la lectura. Salud.
Beto

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