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| Reflexionar no es igual a preocuparse, el resultado es distinto. Foto: BAER |
1. Contraria a la oración. Una buena dinámica reflexiva se compone de los elementos dictados por René Descartes y mucho antes de establecer afirmaciones, lo más importante es establecer interrogantes para guiar nuestros pensamientos, una oración como tal podría ser el resultado de un ejercicio de reflexión, al poner en relieve aquello que no termine de encajar en nuestros pensamientos, ya sea para adecuarlos o para rechazarlos. Cada uno de nosotros entenderemos que no hay lugares específicos para reflexionar, el deseo de hacerlo puede surgir donde sea, sin embargo, sí es factible tener un lugar especial para la oración, en la forma de un nicho o de un templo entero puesto que se trata de un ritual personal. Como última diferencia, al orar hay intrínseco un pedimento, mientras que de una reflexión surge una respuesta.
2. Toque medicinal. No tengo una idea clara de cuál pueda ser la diferencia entre meditar y reflexionar, parecen iguales a simple vista, pero la primera sí tiene fama de ser hasta cierto punto, medo curativa; como supongo que nunca he meditado, me quedo con la reflexión como una manera terapéutica de mantenerme cuerdo, por aquello de las visitas del alemán. El poner a trabajar las neuronas no es sólo para distraernos de preocupaciones y dolores, ni mucho menos para que nuestra cabeza dé vueltas sobre lo mismo sin llegar a algo concreto, por el contrario, reflexionar debe ser un ejercicio que nos relaje y nos permita ver las cosas desde diferentes perspectivas, alguna de ellas podría ser el germen de una teoría o un tratado sobre el cuidado del adulto mayor o los beneficios de combinar el baile con las artes marciales.
3. Productora de conocimiento. Reflexionamos con o por lo que sabemos, recordamos palabras, frases y oraciones con la fruición que da la curiosidad, reinventamos órdenes u orientaciones sin que la insatisfacción merme nuestro ímpetu creativo; rebautizamos a las cosas porque podemos, no se diga cuando hay que otorgar un sobrenombre a alguien que queremos, porque ahí ponemos en juego toda nuestra imaginación, aunque el esfuerzo sólo alcance a señalar lo evidente. Pero tuvimos que poner en una balanza a la oportunidad con la pertinencia, valorar qué tanto afectaría el ánimo de quien recibirá nuestro «obsequio» y cuidar que los demás lo pronuncien con el mismo respeto que nosotros. Si el efecto resulta ser el buscado, podríamos afirmar que se ha dado un paso hacia el conocimiento sobre el talante de esa persona y la confianza que pueda representar.
4. Su justo valor. Debería ser como acompañante cotidiana para realizar cualquier tipo de tarea, desde hacer las compras de la despensa, hasta tomar la decisión de continuar con los estudios de postgrado, dado que todo lo que decidamos, trazará el curso que tome nuestras vidas, por su pertinencia, oportunidad o la cantidad de recursos que tengamos. Obviamente no son igual de importantes unas compras que realizar estudios si los vemos como un evento único, pero si a las primeras las vemos como un plan a tres o cinco años, su dimensión cambia, esto es porque la estructura de pensamiento para tomar decisiones es la misma si planeamos grandes cosas como unas vacaciones o si saltamos un charco en un día lluvioso, pero ¿qué tal si tenemos ochenta años y el charco mide dos metros? Salud.
Beto

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