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| La socialización puede no ser fácil para algunos. Foto: BAER |
1. La óptica externa. De alguna manera el cine y la televisión han contribuido a la fábula de la vida glamorosa y excitante del escritor con personajes como Richard Castle quien, además de escribir sobre misterios policiacos, se daba el tiempo de resolverlos él mismo en su realidad como apoyo del Departamento de Nueva York; nuestra realidad dista mucho de esos escenarios, no hay demasiadas aventuras en vivo aunque sí bastantes horas de lectura de donde sacar referencias para otras nuevas. El imaginar que un escritor debe por fuerza haber vivido de la manera en que plasma sus obras, debe venir de la idea de que no es posible hablar de algo si lo has experimentado, así que resulta recurrente el escuchar preguntas como «¿de dónde sacas tus historias?», quizá para saber si de verdad eres imaginativo.
2. El anacoreta. No todo el que se aísla lo es, sin embargo, quien decide alejarse de diferentes temas que componen su vida social, se transforma en uno, obligado quizá por saturación o por ya no encontrar motivo para seguir en ellos; el anacoreta actual ya no se exilia en lugares remotos nada más, también se deslinda de medios de información y redes sociales porque los contactos, aunque virtuales, suelen exponer la vida de quien los usa, dejando a la imaginación de los demás, todo aquello que ose ocultar. El alejarse de los grupos sociales implica pensar en la posibilidad de no volver o de tener una explicación lo suficientemente convincente para pasar bien librado de un juicio por malagradecido, lo que de todos modos sucedería, aunque no de cuerpo presente, pues hay que mantener las formas.
3. El social intermitente. La sensación de inseguridad puede ser buen pretexto para desconectarnos a ratos y planear una estrategia para poder mantener contacto con nuestros seres más cercanos, aunque sea a distancia; las redes sociales permiten eso ahora sin más esfuerzo que pensar qué decir o inventar un pretexto si creemos no tener una razón, pero al parecer, entre más facilidades tenemos, más nos encerramos en nosotros mismos pues «en cualquier momento les podemos hablar». Un escritor desconocido no tendrá problemas con lidiar con las intermitencias en la vida social pues quizá sus lectores y su editorial no le exijan una producción continua, sin embargo, si su deseo es ser reconocido o ya lo es, no sólo tendrá la presión de aquellos, sino él mismo se la impondrá para mantenerse vigente.
4. El desconocido. Es ése que goza de la libertad casi absoluta, fuera del alcance de la auto censura que impone la fama; podría decirse que los límites de cada escritor se reducen proporcionalmente conforme se hace más conocido. Algún precio hay que pagar si lo que se desea es reconocimiento y éste, generalmente, se cobra en las letras mismas, ya sea mediante el patrocinio particular o estatal, el número de ediciones a tratar y hasta los lugares de distribución. Pueden decirnos qué sí y qué no escribir, pero las restricciones más severas nos las ponemos nosotros mismos aunque la contraparte suele tener un peso importante, es decir, si vamos a tener cierta permisividad, la más grande será la nuestra, cosa que puede pasernos factura, en cómodas mensualidades. Salud.
Beto

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