martes, 28 de mayo de 2024

Culto a la denuncia

Algunas veces lo único que nos queda como
defensa es la sátira. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El ir con el chisme es de rajados nos decían en la primaria exactamente los que habían cometido una falta ya que, de haber denunciado su acción, tomarían represalias o al menos, ésa era su amenaza; ese mismo esquema se replica en la actualidad sólo que con armas de fuego, pero el desquite se maneja igual que cuando niños y el aguante es cada vez menor. Con la tendencia actual, resulta que los agresores sociales toman el papel de agredidos por una sociedad «que no los comprende», que los ha marginado y que no tuvieron más opción que delinquir, tomar por asalto las calles, extorsionar comerciantes, secuestrar y matar a inocentes. Han tomado el camino de la muerte prematura por una vida de lujos apresurados, porque ¿saben cuántos traficantes han muerto? Y nosotros seguimos aquí.

La literatura dedicada a evidenciar delitos o desenmascarar delincuentes aparece de vez en cuando, casi como un paliativo para distraer el enojo popular, del primer libro que tengo memoria es aquel llamado «Lo negro del ‘Negro’ Durazo», de José González G. publicado el 1° de enero de 1983 por editorial Posada; lo leí con cierta fruición y sirvió como vacuna para ya no tener curiosidad por ponerle nombres a la corrupción, aunque después de esa lectura y fuera de cronología, fui por «El guarura» del periodista José Pérez Chowell, publicado el 16 de abril de 1980 por editorial Universo. Ambas obras denuncian las corruptelas perpetradas desde la silla presidencial, el primero en el sexenio de José López Portillo y el segundo en el de Luis Echeverría Álvarez.

Desde aquellos años han aparecido obras similares hasta llegar al más reciente «El rey del cash» de la escritora y periodista Elena Chávez González donde trata los tejes y manejes del actual mandatario; este tipo de denuncias pueden representar un extraordinario ejercicio periodístico, sin embargo, el esfuerzo no permea hacia la sociedad en general pues todos conocemos el riesgo que corren aquellos que se atreven a denunciar los delitos de las autoridades. También está el hecho de que desconfiamos de la buena voluntad de cualquiera, ni siquiera nuestros conocidos gozan de buen crédito o quizá pensemos que no vale la pena ponerlos en riesgo, rasgo bastante noble comparado con lo que vivimos a diario; la cuestión no está en si nos atrevemos, sino en que no estamos seguros.

El meollo del asunto es la escasa protección con la que cuentan algunos escritores y la nula de los ciudadanos de a pie; ir a acusar a un delincuente lo consideramos intrínsecamente, una sentencia de muerte puesto que, a decir de la actual administración, el perdón y los derechos que valen la pena proteger son los de la delincuencia. Mi única explicación para que todo esté dado de esta manera es que el actual gobierno debe pagar la deuda que adquirió por dieciocho años de campaña manteniendo a un haragán, a su séquito y a todas sus locuras incluidos los constantes plantones para desquiciar a los tres sexenios anteriores, aunque del de Peña Nieto tengo mis dudas... En el negocio del poder hay varios recovecos que se nos escapan como agua entre los dedos. Salud.

Beto

martes, 21 de mayo de 2024

Proyección del personaje

La identificación surge en el momento en que
nos imaginamos en sus zapatos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Podríamos pensar que el perfilar a un personaje es una tarea muy complicada, lo difícil es convencernos de que somos capaces de hacerlo; ya en otro momento tratábamos de establecer una forma de crear a un ser ficticio pero verosímil que protagonizara las historias que se nos vinieran a la cabeza. Ahora tocaría ver si ese formato se aplicaría a todos los medios disponibles para crear mensajes literarios; en tanto la creación misma, no hay diferencia pero en cuanto a los comportamientos y los diálogos que se establecerán así como sus relaciones, sí habrá diferencia en cuanto a extensión de los segmentos en los que aparecerán, la cantidad de apoyos que tendrán, el ritmo con el cual se manejarán y si su permanencia estaría proyectada para más de una publicación.

Los personajes eternos son los que logran hacer que nos identifiquemos con sus situaciones, por muy inverosímiles que parezcan, dado que no son los lugares o la cantidad de recursos los que hacen el enganche, sino lo que sienten al estar así, sus complejos razonamientos para justificar sus acciones o los tratos a los que llegan para lograr sus cometidos, los hay con la fuerza suficiente como para enfrentar molinos de viento, con la delicadeza a flor de piel como para transformar un sembradío de maíz en un campo de ilusiones o la astucia superior como para burlar a un rey tirano; está claro que por sí mismos no alcanzarían la fama, ya que es con su posicionamiento en el gusto del lector que su trascendencia se ve asegurada y sus menciones dependerán qué tan útil será para la academia.

Es posible que busquemos, tanto al escribir como al leer, los rasgos heroicos que nos hagan sentir bien y poderosos, por lo que la afinidad con los protagonistas se da casi en automático, sin embargo, hay ocasiones en que tanto los protagonistas de bajo perfil o los personajes de apoyo son más atractivos como los casos de Pito Pérez en la literatura o Cato en la televisión norteamericana. No cuento a Sancho Panza dado que, más que un complemento del Quijote, es un contrapeso a la locura de éste que en cierto momento provoca un cambio de comportamientos, en lo particular soy más como Alfred el de Batman porque muestra cierta ascendencia sobre Bruce Wayne (Bruno Días para nosotros) como educador.

La norma nos dice que las filiaciones van hacia identificarse con los personajes protagónicos, pero eso sería también cuestión de edad puesto que los más jóvenes prefieren imaginarse realizando las más excitantes y evidentes proesas físicas y conforme avanzamos en edad, buscamos más satisfacción en el pensamiento, es por eso que suelen ser más atractivos los antagonistas o los apoyos. Lo anterior no significa que adoptaremos las personalidades de los personajes que llaman nuestra atención, cuando mucho, repetiremos gags que hagan referencia a lo que leemos o vemos, ¿que cómo lo sé? Elemental, mi querido Watson, aunque digan por ahí que mi tocayo Sherlock nunca dijo eso. Lo más interesante es caminar a su lado mientras compartimos sus aventuras a la luz de nuestro gusto. Salud.

Beto

martes, 14 de mayo de 2024

Un cuenta cuentos anacrónico

Ahora no se puede decir que no hay espacio
para guardar tantas hojas. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Cachirulo estará observando con cuidado mientras escribo estas líneas, su semblante pasará de la condescendencia a la incredulidad pues a él no le tocó disfrutar de la tecnología actual para difundir su trabajo; hace unas semanas recibí una crítica esclarecedora sobre mi técnica de escritura que se trata de realizar manuscritos en mis libretas dedicadas a temas específicos para luego transcribirlos en un procesador de textos, lo cual para mi interlocutor representaba doble trabajo; lo que no tomó en cuenta en ese momento, fue que cuando se trata de publicaciones periódicas, hay que tener dos o más revisiones del texto a compartir y escribirlos a mano primero y después teclearlos es precisamente una manera de realizar esas revisiones, por seguridad.

Aún estoy convencido de que la conexión cerebro-vista-mano-pluma es más directa que si sustituimos al instrumento de escritura por un teclado, aunque debo confesar que en la universidad, el mayor número de tareas las realicé directamente en mi máquina de escribir a pesar de los inconvenientes que representaban los errores de dedo y en consecuencia, las «moscas» que afeaban sobremanera las cuartillas, cuando eso sucedía, tomaba el riesgo de intentar borrar con una goma o correctores líquidos o en papel, si no funcionaba, no quedaba de otra que volver a teclear en una hoja nueva. Lo mismo ha sucedido en mi vuelta a los sistemas analógicos, es una especie de reeducación desde la sensibilidad de los dedos, hasta la atención que debo tener a la hora de plasmar mis ideas.

Resulta refrescante volver a aporrear esa vieja Olivetti, su sonido inunda mi estudio, lo cual no es difícil pues sólo mide tres por cuatro metros; valió la espera a que la limpiaran y la aceitaran pues quedó como nueva después de casi cuarenta años de no darle ningún tipo de mantenimiento, lo que habla en parte de que está hecha de buenos materiales; le quedaron algunos detalles pero nada de cuidado en realidad. Lo mejor de seguir usándola es que me recuerda la sensación de emular a los escritores de antes, pegados a sus grandes máquinas que correspondían al grueso de su trabajo y a su fama; imaginaba a Carlos Fuentes, a Enrique Yáñez, a Octavio Paz sentados frente a sus lustrosos teclados mecánicos viendo casi volar los tipos para dejar su marca en el níveo papel.

No tengo idea si las herramientas de escritura influyen en el resultado de las historias, sin embargo, me queda claro que sí envuelven en ciertos ambientes especiales a quienes los utilizan; la pluma o el bolígrafo crean un universo más íntimo en el que la mano es el emisario del cerebro por el que las palabras resbalan hasta depositarse en el papel que, seguramente, pasarán revista por el corazón, por lo que algunos escritos son sentimentales. Algo semejante pasa con la máquina de escribir, pero el resultado pasaría por el pensamiento industrial, así que el punto era poder producir más y más rápido; el ordenador electrónico cambió hasta el espacio pues el almacenaje ya no tuvo problema, lo que dio libertad para decidir qué se imprime y qué no. Casi quedo atrás. Salud.

Beto

martes, 7 de mayo de 2024

Las lecturas emocionantes

La importancia de la historia está por encima
de quien la protagoniza. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Habremos alguna vez estado al borde de las lágrimas por culpa de unas páginas escritas para tal cometido o tal vez, reído a mandíbula batiente porque la sorpresa que nos produjo un personaje fue tal, que no pudimos contenernos; las lecturas que nos gustan suelen proveernos de una sábana que nos llena de la calidez necesaria para disfrutarla plenamente, lo que tienen varias implicaciones, por un lado, tener un aspecto físico para estar lo más cómodos posible donde, si nos gusta beber algo a la vez que leemos, haya una superficie lo suficientemente amplia para evitar accidentes, lo mismo que el comer pero teniendo cuidado de no manchar las páginas de nuestro libro porque, podríamos comprar otra copia, pero nunca recuperaríamos la anterior.

Atesorar libros debería considerarse una contribución al patrimonio nacional y su compra, estar sujeta a todos los beneficios posibles, pero al no ser de esa manera, debemos conformarnos con las satisfacciones intrínsecas que su lectura nos proporciona; la primera es obvia para los que ya leemos por costumbre, el entretenimiento, lo que difícilmente se obtenía con los libros de texto a menos que se tratara de uno de lecturas. Nos entretenemos porque nos involucramos en las historias como si nos hubieran encargado la filmación de cada pasaje con una cámara imaginaria, lo cual nos permite opinar, involucrarnos, juzgar y hasta anticipar eventos que le darán lógica en nuestra cabeza, lo cual es importante ya que esa sensación nos permite seguir leyendo.

Recuerdo mi primer acercamiento «serio» a la literatura, fue una tarde -no sé por qué siempre es de tarde- en la que me permití más que hojear las revistas que mi padre tuvo a bien acumular en la mesita de servicio de la casa de interés social que habitábamos por ese entonces; la ciudad no permitía una estancia muy prolongada en la calle debido a que estábamos en lo que eran las orillas «muy lejanas» de cualquier otra colonia, por lo cual decidí darle una oportunidad al hermano Rabito. Las aventuras de dicho personaje, al más puro estilo de las fábulas de Esopo, giraban en torno a problemas cotidianos que varios de sus amigos, incluidos el hermano Zorro, el hermano Tejón y la hermana Tortuga, le ayudaban a resolver considerando las opciones que se les presentaban.

El siguiente paso, no sé si natural, fue «20 mil leguas de viaje submarino», «La vuelta al mundo en 80 días», «La isla misteriosa» y «Viaje al centro de la tierra» que sentaron las bases para que pensara que todo era posible, al menos en lo referente a la literatura; una pequeña pausa en Emilio Salgari, vino a reafirmar esa suposición. Sin embargo, Arthur Conan Doyle dio la puntilla para que la literatura tuviera el valor que ahora le otorgo, leer a otros autores y otros géneros fue de lo más sencillo; basta con encontrar los puntos que cada autor toca como si fueran exclusivamente para nosotros, por lo que somos capaces de entablar un diálogo directo con él, que cada historia se convierte en un legado personal pues nos permite hacerla nuestra más allá del repaso visual en las páginas. Salud.

Beto

martes, 30 de abril de 2024

Argumentar como en litigio

El juicio a un libro se ejerce en la lectura
misma. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Pareciera que un argumento teatral, cinematográfico o televisivo nada tendrían que ver con un juicio legal, pero es todo lo contrario, es precisamente de los juicios orales en la antigua Grecia al principio y después en los de la modernidad, donde ya había un registro mecanizado de lo que se exponía, de donde la dramaturgia se nutrió para plasmar la dinámica de los diálogos en sus guiones, que después heredó a los medios electrónicos de difusión, ver la similitud es sencillo si ponemos atención en sus particularidades, primero hay un problema por resolver por parte de un protagonista (algunas veces la defensa, otras la fiscalía) que intentará obstruir un antagonista (de la manera anterior) que tendrán que ser juzgados y apoyados (jurados y testigos).

Plantear un escrito nos lleva a imaginar que lo plasmado en él, pasará por los mismos filtros y tendrá que enfrentar juicios que lo ensalzarán o lo condenarán, pocas veces la satisfacción nos llega a la primera así que la parte buena es que, con la experiencia, vamos haciéndonos más resistentes tanto a los argumentos en contra como a los que están a favor. No podemos, como autores, ser los abogados defensores pero éstos saldrán del mismo lugar que los fiscales: del texto en sí; los preparativos para el juicio comienzan con la compra de la obra, su naturaleza es lo de menos, el placer esperado se busca en el gusto del lector, en segundo término en el autor y no hay más. La defensa exitosa o la condena perpetua dependen totalmente de la historia.

Al contrario de lo que sucede en los juzgados, en la literatura sí es preferible un buen pleito, las partes dan sus puntos de vista haciendo que tomemos el papel de jueces, aprovechando nuestra propensión al chisme; las pistas desfilan frente a nuestros ojos obligándonos a mantener nuestra atención en los posibles cambios que seguramente surgirán. La dicotomía maniquea de buenos y malos pasa a segundo término pues siempre estaremos tentados a ponernos en cada uno de los bandos expuestos para poder imaginar lo que piensan los personajes, sean víctimas o perpetradores. El argumento del cual hacen uso, es una oportunidad de experimentar diferentes formas de pensamiento con la ventaja de que será más vivencial que teórico.

El argumento, plasmado en un guión, manifiesta el sentir de cada personaje, las razones de sus acciones y comportamientos, sus filias y sus fobias, en fin, todo eso que le dará forma a su figura moral y que expondrán ante un jurado conformado por los lectores para ser comprendidos más que absueltos de sus pecados, para encontrar con el cual minimizar el impacto de sus tropelías o la magnitud de sus virtudes por el hecho de estar todos expuestos a las mismas tentaciones y con ello, comparar las maneras que tenemos de salir de ellas o evitarlas en lo posible. La lectura, en ese sentido, se volverá un acto de constricción en el que podríamos observar comparativamente nuestros posibles comportamientos en situaciones similares y argumentar sobre ello. Salud.

Beto

martes, 23 de abril de 2024

Cuando el sonido enamora

El sonido atrapa de la manera más inesperada.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Desde plasmar las primeras líneas de un guión que ha de gozar de múltiples intenciones provocando un sinfín de emociones en quienes lo escucharán, los sonidos son el perfecto envoltorio para todo aquello que deseamos plasmar en imágenes; hablamos porque es la manera más efectiva para transmitir ideas y conocimiento, ahora tenemos formatos más efectivos para almacenar la voz, por fortuna a la música siempre se le dio preponderancia para conservar todo tipo de géneros y así tener referencia sobre lo que se produce en cada época y, hablando de eso, es seguro que en nuestra adolescencia odiamos la frase «la música de mis tiempos era mejor», en cualquiera de sus variantes, también es seguro que ya la hemos dicho a las nuevas generaciones al menor pretexto.

Pero si repasamos mentalmente los sonidos que nos atraparon en nuestra juventud coincidiremos en que, independientemente de la emoción que nos provocaron, ésta fue lo suficientemente intensa para quedar grabada en nuestra memoria; a lo que voy, es que pudiéramos haber estado tranquilos en la sala de nuestra casa, jugando con algún obsequio dado por alguien especial (o no) y en ese momento la radio reproducía una melodía a la que, en apariencia, no prestamos atención pero años después, al recordar el juguete, de pronto se reproducen en nuestra cabeza las notas que suponíamos olvidadas y se repiten y se repiten como si quisieran cavar un hoyo en nuestro cerebro para quedarse allí eternamente y la lucha para que pare, resulta infructuosa.

Puede ser que, si no nos gustaba antes, termine por hacerlo así o en definitiva la odiemos pero de que seguirá en nuestra cabeza, eso sin duda; la producción musical sigue siendo un aspecto de la inventiva humana que nos distingue de los demás lenguajes animales, pues aunque calificamos de cantos a lo que emiten los pájaros, las ballenas o las hienas y a pesar de que podemos codificar con notas sus voces, aún no somos capaces de saber qué significan, porque algo deben significar pues si así no fuera, ninguno de ellos respondería a la voz de otros y lo hacen. A pesar de nuestra ignorancia esos trinos, ladridos y como se llame la voz de los cetáceos, nos gustan al grado de usarlos como sonidos ambientales en ocasiones.

Aunque es lo más común, elegir una canción como digna para ser percibida por nuestros oídos, es una acción compleja en la que intervienen, además del gusto adquirido, las influencias latentes y presentes, el impacto instrumental, los recuerdos producidos y la factibilidad de ser compartida mediante el baile o la escucha. La música es una especie de investidura que muestra lo que somos sin necesidad de una descripción detallada de nuestra mente o nuestro interior, basta con escuchar los primeros acordes para hacer una asociación en automático de quien la está consumiendo por cualquiera de los instrumentos portátiles aún existentes. Escuchar sonidos nos remite a nuestra animalidad original, nos excita o nos calma porque es el estímulo primigenio. Salud.

Beto

martes, 16 de abril de 2024

El manejo de la imagen

Es muy atractivo para los creadores
difundir su propia imagen. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Desde la década de los cincuenta del siglo pasado, la vida se ve transcurrir en un cuadro dentro de nuestras casas, con el antecedente de la gran pantalla normalizada desde inicios de la misma centuria; escribir para esos medios requiere de una muy marcada imaginación visual o al menos, haber tenido una larga trayectoria de consumo de medios audiovisuales, que lo académico es sólo un complemento. Debo aclarar mi exageración, no trato de implicar que no sea necesario estudiar cine, periodismo o comunicación para escribir buenos guiones, pero el estudio sin el talento sirve lo mismo que peste sin el otro, es decir, son complementarios; cada una de esas carreras dará el sustento teórico necesario para que la imaginación pueda guiar al talento de manera coherente.

Para entender la distribución de las imágenes que han de insertarse en el cuadro hay que recurrir a la regla de los tercios que, como toda receta, es más una recomendación pero es muy útil para desarrollar la apreciación estética; para los aficionados a la fotografía la recomendación les parecerá totalmente lógica, para quienes no lo sean, el reto es preguntarse ¿por qué unas fotos les gustan más que otras? A veces, incluso aunque se trate de los mismos objetos, las mismas personas o los mismos lugares retratados preferimos unos cuadros sobre otros, la clave está en entender qué es lo que vemos y saber qué es lo que está fotografiado -de qué es la foto, pues- y para ello, debemos saber de qué se tratan los planos en un mismo cuadro.

Si bien son importantes los aspectos técnicos, no son urgentes en términos de apreciación pues lo que más importa es el gusto por lo que se ve, ahora bien, si es la práctica lo que nos interesa, entonces sí habría que averiguar cómo sacarle provecho a la cámara que tengamos a la mano sin importar que esté en función manual o automática; si se trata de la contenida en el teléfono móvil, lo que se impondrá será el buen manejo de los filtros pues en términos comunicacionales, tanto formas, colores y dimensiones tienen una intencionalidad pero también una respuesta que pocas veces es controlada. El uso de la imagen fija ha servido desde tiempos antiguos para informar sobre todo lo acontecido a nivel individual y a nivel colectivo aunque no libre de interpretación.

Sabrán ustedes del atractivo en el uso de los audiovisuales en la difusión de la información, un ejemplo lo encontramos en todos los canales en la red dedicados a hacer resúmenes de películas o análisis de las mismas, lo que en las salas cinematográficas podían ser los cortos de las próximas proyecciones; el manejo de las expresiones ha tomado relevancia principalmente por la cercanía que proveen los equipos móviles dado lo cual, la cara, los gestos y los movimientos de los conductores nos crean la historia, más que los movimientos de cámara o la iluminación; se hace televisión subalterna puesto que las producciones, salvo algunas excepciones, no cuentan con los recursos necesarios para tener los espacios, las cámaras ni el personal en funcionamiento. Salud.

Beto

martes, 9 de abril de 2024

Tendencia a lo fácil

Como los correctores ortográficos, el autotune
es de relativa ayuda. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Las cargas afectivas y lo que tenemos por cierto, suelen nublar nuestro entendimiento; tomamos como verdadero sólo lo que entendemos y lo que no, lo lanzamos a la canasta de lo sobrenatural o de lo inútil. Simplificar nuestro entorno es lo más común que hacemos para entender lo que sucede en él y la búsqueda de explicaciones, en estos tiempos, cuenta con muchas herramientas menos de paciencia; la inmediatez a la que rendimos pleitesía en estos días posiblemente responda a una idea mal encausada de productividad (término que ya de sí nos amarra a ritmos poco sanos) por lo cual es en lo que nos enfocamos sin dejar de ser urgente, pero sólo nos mantiene entretenidos dejando poco a la inventiva y al uso de la iniciativa como elementos de un crecimiento integral que nos prepare para el futuro.

En el mundo de las letras, el crear contenido con textos supone dos cosas, la primera, una vez que el escrito está terminado y publicado ya no pertenece al autor sino a cada lector que hace el favor de consumirlo y dos, no puede controlar la crítica a su trabajo menos aspirar a ello, la perspectiva parece aterradora pues si algo tememos socialmente es a la crítica, ya que no nos hemos educado para soportar ningún tipo de presión extra de lo que estamos dedicados y eso se debe a que, generalmente, no estamos seguros de emprender cosas nuevas lo que nos deja con una estima frágil frente a los demás; en el otro lado, está la mayoría que realmente no sabe emitir una crítica, pues no suelen ser certeros en sus comentarios o, por el contrario, tienden a ser condescendientes.

La parte tecnológica también tiende a facilitar los esfuerzos de creación literaria pues vino a democratizar por ejemplo, la impresión, más que nada en el ahorro del tiempo y la simplicidad de los procedimientos, la encuadernación artesanal sigue los mismos pasos desde el siglo XVI, sólo han cambiado los materiales, lo que no debe bajar la calidad del producto en sí mismo pues sería tanto como permitirnos el vivir del pasado y nunca volver a producir; se puede mantener la fama por una única canción pero no por un solo libro, pareciera que los lectores son más exigentes y están más ávidos de letras que consumir mientras que la música puede escucharse una y otra vez y ni siquiera se pide que la producción sea basta, aún recuerdo la primera canción que escuchaba a diario.

Es posible que nuestra capacidad de olvido (en mi caso anosognosia) juegue en nuestro favor para evitarnos el tener presentes aquellas lecturas que nada nos dijeron, eran insufribles o de plano, estaban muy mal hechas; si no lo creen, tratan de recordar algún pasaje del libro que menos les haya gustado. Todo lo contrario pasa con las canciones, podría apostar a que recuerdan el estribillo de la peor canción que hayan escuchado. No menciono lo que yo recuerdo porque la lista es bastante extensa, lo bueno es que a la música actual no la escucho, aumentaría exponencialmente el número. Hay cosas sencillas que tienen el potencial de hacernos reflexionar y las hay muy rebuscadas que usan el ruido, tanto auditivo como visual nada más para ocultar la falta de interés o talento. Salud.

Beto

martes, 2 de abril de 2024

El estilo y uno

Que nos identifiquen depende de
qué tan definidos estamos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Es como cualquier práctica humana cuando, para poder apreciarlo, deben observarse detalles que nos diferencian de los demás junto con el dominio de las características comunes y cuando llegamos a ello, podemos estar seguros de que vamos en camino de tener una identidad propia como escritores. L afirmación puede ser algo rara, pero si les dijera que plumas de la talla de García Márquez o Agustín Yáñez también estaban enfrascados en esa misma búsqueda ¿qué dirían? Un estilo no puede estar terminado puesto que cambiamos todo el tiempo, nuestros intereses mutan y, de alguna manera, las palabras que usamos van adecuándose a la idea que tenemos de nuestra propia edad y a veces, a la idea que creemos que los demás tienen de nosotros.

Hay palabras o frases que nos definen y hacen que la identificación por parte de los demás se facilite, sin embargo, no es eso lo que pudiéramos llamar estilo ya que en ese nivel, sólo estaríamos ubicando los gags al más puro estilo de Chespirito, recuerden los famosos «eso, eso, eso», «¡chanfle!», «no contaban con mi astucia», etc.; para el estilo, habría que considerar el manejo de imágenes, de los tiempos, la utilización de los géneros literarios, si hay mezcla de ellos y, en fin, todo aquello que modifique las historias que contamos. Ahora bien, aunque hay cambios que suelen hacer atractivas las producciones literarias, no todo atrevimiento es digno de admiración como en el caso de las novelas de José Agustín, que al utilizar el intento de adjetivo de uno de sus personajes, queda en algo ridículo.

Si hay alguien seguidor del recientemente fallecido autor, que me perdone pero su personaje Oliverio dista una enormidad de ser clásico como para calificar de «olivérico» su hombro, la verdad, fue más un truco barato. El lado contrario y en un género musical, si escuchamos las composiciones de Chava Flores, con un uso magistral del lenguaje popular y las imágenes que logra con su libre uso de los ritmos de narración y palabras de uso cotidiano que, a pesar del tiempo, siguen estando vigentes. Podríamos pensar que tener un estilo definido es sólo para aquellos que tienen un gran talento pero no es así, como un pequeño secreto, los que nos iniciamos en el oficio de la pluma, comenzamos trazando las primeras líneas tal y cual solemos hablar cotidianamente.

Debe ser muy gratificante saber que alguien que lea nuestros ensayos, novelas, cuentos o poemas, sepa identificarnos en ellos, que cuando sea calificada su calidad, nuestra imagen sea un detonante para que puedan disfrutarlos y que si los van a recomendar, nuestro nombre vaya incluido. Ambicionar algo menos que eso, sería casi perder el tiempo; nuestra firma como nuestro nombre deben pesar lo mismo que nuestra obra como una pequeña contribución al bienestar de los demás que fuera por información, enseñanza o entretenimiento. Es entonces el cómo se maneja la información más que el insertarse en un género determinado lo que llamaremos estilo y es en donde se establezcan los diálogos entre nuestras letras y las distintas imaginaciones de los lectores. Salud.

Beto

martes, 26 de marzo de 2024

Seguir las recetas

Las extravagancias lingüísticas se dan más
por ignorancia que por conocimiento. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Salvo la vez que el Gabo afirmó que sería buena idea no respetar las reglas de ortografía porque el contexto es el que da el significado a las palabras, he estado de acuerdo en todo lo que sugieren las grandes plumas para escribir; las reglas están hechas por algo, aunque hagamos el favor diario de completar ideas de los que suelen hablar con oraciones mochas, cambiar mentalmente las palabras que otros dijeron equivocadamente o corregir la acentuación discretamente, es cierto que llega a confundir que nos tomemos tantas libertades que podrían destrozar la estructura del idioma, nótese aquí mi intento de ser condescendiente ya que, por supuesto y aunque me sé todas las malas palabras proferibles hasta el momento, pienso que su uso indiscriminado sólo muestra falta de vocabulario.

Las reglas gramaticales se establecieron por algo, se estructuraron según las circunstancias que rodeaban al idioma en el siglo XVI, después aparece la RAE para darle formalidad al asunto (aunque a veces parezca que sufren de demencia senil), durante mucho tiempo dio la impresión de que, para que se produjeran cambios en las estructuras o palabras, se estudiaban los usos en los grupos sociales y después se decidía si era prudente registrarlos en las enciclopedias, actualmente pareciera que nada más se requiere que durante un corto tiempo, mucha gente diga algo (aunque esté errado) para registrarlo como bueno. Quizá ya estén muy viejitos los miembros de la Academia, pues qué otra cosa puede ser, porque resulta inexplicable que acepten sin más, una expresión como “wey”.

Aún recuerdo el libro «Ejercicios ortográficos» que llevamos en sexto año de primaria, al cual dábamos el ínfimo valor de una simple obligación escolar, cuando en realidad, era una de las mejores armas para tener una buena expresión escrita. De haber entendido la oportunidad de esas páginas nos brindaban, no estaríamos despotricando en contra de los textos que recibimos todos los días en las redes sociales con el pretexto de la eficiencia y el ahorro del tiempo, quizá para el que redacta, no así para el que lee. Una regla no escrita (para la escritura ¡qué redundancia!) afirma que el texto debe facilitar la lectura y no al revés, ni siquiera por querer parecer erudito o enigmático, pues eso se logra con la profundidad de los conceptos que usamos no con lo rebuscado de las palabras.

Debería ser hora de que pretextos como «es que está escrito en mayúsculas» o «pero me entendiste» prescriban al uso inadecuado de la lengua que, heredada o impuesta, es con la que nos levantamos en la mañana pensando en lo que haremos en el día y con la que nos acostamos en la noche planeando los días futuros; de jóvenes nos hacía gracia el inventar palabras o usar vocablos insultantes pues suponíamos que con ello adquiriríamos respeto, ni hablar de anglicismos o galicismos (exageré, nadie pela el francés), práctica posiblemente copiada de una deficiencia académica de aquellos que se van a los Estados Unidos de braceros, gente con una adolescencia tardía y crónica cuyos lenguajes no han madurado lo suficiente como para hablar correctamente dos idiomas. Puedo equivocarme. Salud.

Beto

martes, 19 de marzo de 2024

¿Existe la especialización temática?

La memoria no es exacta pero contamos
con casi el mismo entusiasmo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Agatha Chritie diría, con una amplia sonrisa, que sí y detrás de ella todos los autores de novelas de misterio y de terror, con lo que yo estaría de acuerdo pero la pregunta importante sería ¿cómo se llega a la especialización? La respuesta corta: escribiendo de todo. Ya lo habrán intuido, si tenemos un abanico amplio de posibilidades, es probable que encontremos un tema que nos guste por encima de los demás. La selección inicial puede ser algo complicada puesto que implica poner atención especial en aquello que suponemos debe ser de interés para los demás también, pero si lo pensamos de esa manera, nos costará más trabajo que si optamos que nos sea satisfactorio y sólo explicamos  y narramos porqué lo es, para lo que las anécdotas o los cuentos suelen ser de utilidad.

Prácticamente todo puede ser descrito, lo mejor de ello es que las bases de una buena descripción son móviles y variadas, lo que las hace si no infinitas en número, sí muy accesibles para cualquiera por la misma razón; los colores, las formas, la amplitud o lo estrecho de un espacio, la cantidad y variedad de plantas, las cicatrices en la cara o el cuerpo son material de primera para iniciar cualquier texto, tampoco hay un orden estricto para realizarlas así que, haciendo uso de la imaginación, cualquiera con un sincero interés por crear para los demás las escenas que les lleven por mundos alternos, puede convertirse en un gran exponente de la pluma. Buenas noticias, nunca un escritor más es demasiado, sólo hay por así decirlo, escasez de lectores.

Si en lugar de objetos tangibles optamos por sentimientos, la profundidad de la narración nos llevará por caminos más personales en los que el único responsable de los resultados es el lector, pues confiamos en que su interpretación lógica y racional, guiará (pero no determinará sus sentires; cuando encontramos un tema que nos apasiona y del cual podemos escribir sin restricciones, se crea un vínculo en el cual pareciera que nos enfrentamos a un reflejo de nosotros mismos al tiempo en que transformamos el compromiso por compartirlo con los demás en diversión. Es común que el tema sirva como tarjeta de presentación de escritores famosos como Loret de Mola, Sergio Sarmiento o Denisse Dresser con la política o a Catón y Germán Dehesa en la parte chusca.

Sin pretender que todos crean que hay una fórmula secreta para encontrar el tema que nos viene bien, sí podríamos pensar en un esquema básico de búsqueda y encuentro en, al menos, tres pasos. El primero tiene que ver con la lectura y el saber sobre los géneros literarios, para saber mucho hay que leer mucho; el segundo, identificar las obras que más llamaron nuestra atención por cualquier detalle, sin involucrar el gusto; y tercero, ¿qué tanto sabemos de esos datos y cuáles otros conocemos que se manejen de formas similares. Con estar tres pistas podemos tener conciencia sobre cómo vamos formando nuestras preferencias, las cuales seguramente se han mantenido como consumidores, lo que falta es convertirnos en seres a los que les gusta contar historias. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...