martes, 14 de mayo de 2024

Un cuenta cuentos anacrónico

Ahora no se puede decir que no hay espacio
para guardar tantas hojas. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Cachirulo estará observando con cuidado mientras escribo estas líneas, su semblante pasará de la condescendencia a la incredulidad pues a él no le tocó disfrutar de la tecnología actual para difundir su trabajo; hace unas semanas recibí una crítica esclarecedora sobre mi técnica de escritura que se trata de realizar manuscritos en mis libretas dedicadas a temas específicos para luego transcribirlos en un procesador de textos, lo cual para mi interlocutor representaba doble trabajo; lo que no tomó en cuenta en ese momento, fue que cuando se trata de publicaciones periódicas, hay que tener dos o más revisiones del texto a compartir y escribirlos a mano primero y después teclearlos es precisamente una manera de realizar esas revisiones, por seguridad.

Aún estoy convencido de que la conexión cerebro-vista-mano-pluma es más directa que si sustituimos al instrumento de escritura por un teclado, aunque debo confesar que en la universidad, el mayor número de tareas las realicé directamente en mi máquina de escribir a pesar de los inconvenientes que representaban los errores de dedo y en consecuencia, las «moscas» que afeaban sobremanera las cuartillas, cuando eso sucedía, tomaba el riesgo de intentar borrar con una goma o correctores líquidos o en papel, si no funcionaba, no quedaba de otra que volver a teclear en una hoja nueva. Lo mismo ha sucedido en mi vuelta a los sistemas analógicos, es una especie de reeducación desde la sensibilidad de los dedos, hasta la atención que debo tener a la hora de plasmar mis ideas.

Resulta refrescante volver a aporrear esa vieja Olivetti, su sonido inunda mi estudio, lo cual no es difícil pues sólo mide tres por cuatro metros; valió la espera a que la limpiaran y la aceitaran pues quedó como nueva después de casi cuarenta años de no darle ningún tipo de mantenimiento, lo que habla en parte de que está hecha de buenos materiales; le quedaron algunos detalles pero nada de cuidado en realidad. Lo mejor de seguir usándola es que me recuerda la sensación de emular a los escritores de antes, pegados a sus grandes máquinas que correspondían al grueso de su trabajo y a su fama; imaginaba a Carlos Fuentes, a Enrique Yáñez, a Octavio Paz sentados frente a sus lustrosos teclados mecánicos viendo casi volar los tipos para dejar su marca en el níveo papel.

No tengo idea si las herramientas de escritura influyen en el resultado de las historias, sin embargo, me queda claro que sí envuelven en ciertos ambientes especiales a quienes los utilizan; la pluma o el bolígrafo crean un universo más íntimo en el que la mano es el emisario del cerebro por el que las palabras resbalan hasta depositarse en el papel que, seguramente, pasarán revista por el corazón, por lo que algunos escritos son sentimentales. Algo semejante pasa con la máquina de escribir, pero el resultado pasaría por el pensamiento industrial, así que el punto era poder producir más y más rápido; el ordenador electrónico cambió hasta el espacio pues el almacenaje ya no tuvo problema, lo que dio libertad para decidir qué se imprime y qué no. Casi quedo atrás. Salud.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...