martes, 28 de mayo de 2024

Culto a la denuncia

Algunas veces lo único que nos queda como
defensa es la sátira. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El ir con el chisme es de rajados nos decían en la primaria exactamente los que habían cometido una falta ya que, de haber denunciado su acción, tomarían represalias o al menos, ésa era su amenaza; ese mismo esquema se replica en la actualidad sólo que con armas de fuego, pero el desquite se maneja igual que cuando niños y el aguante es cada vez menor. Con la tendencia actual, resulta que los agresores sociales toman el papel de agredidos por una sociedad «que no los comprende», que los ha marginado y que no tuvieron más opción que delinquir, tomar por asalto las calles, extorsionar comerciantes, secuestrar y matar a inocentes. Han tomado el camino de la muerte prematura por una vida de lujos apresurados, porque ¿saben cuántos traficantes han muerto? Y nosotros seguimos aquí.

La literatura dedicada a evidenciar delitos o desenmascarar delincuentes aparece de vez en cuando, casi como un paliativo para distraer el enojo popular, del primer libro que tengo memoria es aquel llamado «Lo negro del ‘Negro’ Durazo», de José González G. publicado el 1° de enero de 1983 por editorial Posada; lo leí con cierta fruición y sirvió como vacuna para ya no tener curiosidad por ponerle nombres a la corrupción, aunque después de esa lectura y fuera de cronología, fui por «El guarura» del periodista José Pérez Chowell, publicado el 16 de abril de 1980 por editorial Universo. Ambas obras denuncian las corruptelas perpetradas desde la silla presidencial, el primero en el sexenio de José López Portillo y el segundo en el de Luis Echeverría Álvarez.

Desde aquellos años han aparecido obras similares hasta llegar al más reciente «El rey del cash» de la escritora y periodista Elena Chávez González donde trata los tejes y manejes del actual mandatario; este tipo de denuncias pueden representar un extraordinario ejercicio periodístico, sin embargo, el esfuerzo no permea hacia la sociedad en general pues todos conocemos el riesgo que corren aquellos que se atreven a denunciar los delitos de las autoridades. También está el hecho de que desconfiamos de la buena voluntad de cualquiera, ni siquiera nuestros conocidos gozan de buen crédito o quizá pensemos que no vale la pena ponerlos en riesgo, rasgo bastante noble comparado con lo que vivimos a diario; la cuestión no está en si nos atrevemos, sino en que no estamos seguros.

El meollo del asunto es la escasa protección con la que cuentan algunos escritores y la nula de los ciudadanos de a pie; ir a acusar a un delincuente lo consideramos intrínsecamente, una sentencia de muerte puesto que, a decir de la actual administración, el perdón y los derechos que valen la pena proteger son los de la delincuencia. Mi única explicación para que todo esté dado de esta manera es que el actual gobierno debe pagar la deuda que adquirió por dieciocho años de campaña manteniendo a un haragán, a su séquito y a todas sus locuras incluidos los constantes plantones para desquiciar a los tres sexenios anteriores, aunque del de Peña Nieto tengo mis dudas... En el negocio del poder hay varios recovecos que se nos escapan como agua entre los dedos. Salud.

Beto

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