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| El juicio a un libro se ejerce en la lectura misma. Foto: BAER |
Plantear un escrito nos lleva a imaginar que lo plasmado en él, pasará por los mismos filtros y tendrá que enfrentar juicios que lo ensalzarán o lo condenarán, pocas veces la satisfacción nos llega a la primera así que la parte buena es que, con la experiencia, vamos haciéndonos más resistentes tanto a los argumentos en contra como a los que están a favor. No podemos, como autores, ser los abogados defensores pero éstos saldrán del mismo lugar que los fiscales: del texto en sí; los preparativos para el juicio comienzan con la compra de la obra, su naturaleza es lo de menos, el placer esperado se busca en el gusto del lector, en segundo término en el autor y no hay más. La defensa exitosa o la condena perpetua dependen totalmente de la historia.
Al contrario de lo que sucede en los juzgados, en la literatura sí es preferible un buen pleito, las partes dan sus puntos de vista haciendo que tomemos el papel de jueces, aprovechando nuestra propensión al chisme; las pistas desfilan frente a nuestros ojos obligándonos a mantener nuestra atención en los posibles cambios que seguramente surgirán. La dicotomía maniquea de buenos y malos pasa a segundo término pues siempre estaremos tentados a ponernos en cada uno de los bandos expuestos para poder imaginar lo que piensan los personajes, sean víctimas o perpetradores. El argumento del cual hacen uso, es una oportunidad de experimentar diferentes formas de pensamiento con la ventaja de que será más vivencial que teórico.
El argumento, plasmado en un guión, manifiesta el sentir de cada personaje, las razones de sus acciones y comportamientos, sus filias y sus fobias, en fin, todo eso que le dará forma a su figura moral y que expondrán ante un jurado conformado por los lectores para ser comprendidos más que absueltos de sus pecados, para encontrar con el cual minimizar el impacto de sus tropelías o la magnitud de sus virtudes por el hecho de estar todos expuestos a las mismas tentaciones y con ello, comparar las maneras que tenemos de salir de ellas o evitarlas en lo posible. La lectura, en ese sentido, se volverá un acto de constricción en el que podríamos observar comparativamente nuestros posibles comportamientos en situaciones similares y argumentar sobre ello. Salud.
Beto

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