martes, 2 de abril de 2024

El estilo y uno

Que nos identifiquen depende de
qué tan definidos estamos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Es como cualquier práctica humana cuando, para poder apreciarlo, deben observarse detalles que nos diferencian de los demás junto con el dominio de las características comunes y cuando llegamos a ello, podemos estar seguros de que vamos en camino de tener una identidad propia como escritores. L afirmación puede ser algo rara, pero si les dijera que plumas de la talla de García Márquez o Agustín Yáñez también estaban enfrascados en esa misma búsqueda ¿qué dirían? Un estilo no puede estar terminado puesto que cambiamos todo el tiempo, nuestros intereses mutan y, de alguna manera, las palabras que usamos van adecuándose a la idea que tenemos de nuestra propia edad y a veces, a la idea que creemos que los demás tienen de nosotros.

Hay palabras o frases que nos definen y hacen que la identificación por parte de los demás se facilite, sin embargo, no es eso lo que pudiéramos llamar estilo ya que en ese nivel, sólo estaríamos ubicando los gags al más puro estilo de Chespirito, recuerden los famosos «eso, eso, eso», «¡chanfle!», «no contaban con mi astucia», etc.; para el estilo, habría que considerar el manejo de imágenes, de los tiempos, la utilización de los géneros literarios, si hay mezcla de ellos y, en fin, todo aquello que modifique las historias que contamos. Ahora bien, aunque hay cambios que suelen hacer atractivas las producciones literarias, no todo atrevimiento es digno de admiración como en el caso de las novelas de José Agustín, que al utilizar el intento de adjetivo de uno de sus personajes, queda en algo ridículo.

Si hay alguien seguidor del recientemente fallecido autor, que me perdone pero su personaje Oliverio dista una enormidad de ser clásico como para calificar de «olivérico» su hombro, la verdad, fue más un truco barato. El lado contrario y en un género musical, si escuchamos las composiciones de Chava Flores, con un uso magistral del lenguaje popular y las imágenes que logra con su libre uso de los ritmos de narración y palabras de uso cotidiano que, a pesar del tiempo, siguen estando vigentes. Podríamos pensar que tener un estilo definido es sólo para aquellos que tienen un gran talento pero no es así, como un pequeño secreto, los que nos iniciamos en el oficio de la pluma, comenzamos trazando las primeras líneas tal y cual solemos hablar cotidianamente.

Debe ser muy gratificante saber que alguien que lea nuestros ensayos, novelas, cuentos o poemas, sepa identificarnos en ellos, que cuando sea calificada su calidad, nuestra imagen sea un detonante para que puedan disfrutarlos y que si los van a recomendar, nuestro nombre vaya incluido. Ambicionar algo menos que eso, sería casi perder el tiempo; nuestra firma como nuestro nombre deben pesar lo mismo que nuestra obra como una pequeña contribución al bienestar de los demás que fuera por información, enseñanza o entretenimiento. Es entonces el cómo se maneja la información más que el insertarse en un género determinado lo que llamaremos estilo y es en donde se establezcan los diálogos entre nuestras letras y las distintas imaginaciones de los lectores. Salud.

Beto

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