martes, 27 de diciembre de 2022

La familia Grande 104a. entrega

“El arsenal que habían acumulado, se encontraba
en puntos estratégicos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Unos golpes en la puerta interrumpieron su plática, pero quedaron de informar de sus planes al grupo una vez que estuvieran a salvo. Ruth asomó la cabeza y aunque se mostró intrigada por lo que allí sucedía, se limitó a decirles que Jacinto había vuelto con noticias sobre lo que pasaba en la ciudad. No se veía del todo alterado, sin embargo, tampoco demostraba su característica tranquilidad. “En la red escuchamos que tres grupos de la corporación se alistaban para realizar una redada por los rumbos de Peralvillo, suponen que estás escondido allí”. "Eso significa que sigue funcionando el envío de mensajes falsos a la policía. ¿Quién coordina?” “Es una pregunta capciosa, ¿verdad? Quién más sino Sergio. Ambos hermanos sonrieron, pero cada uno se quedó con sus pensamientos sabiendo que no hacía falta externarlos.

“pues bien, debemos prepararnos para el ataque. Sólo me falta ultimar un detalle con Estévan para llevar a cabo un plan”, dijo el Gato repasando mentalmente las palabras que usaría al respecto. “No creo que debamos perder tiempo, mejor dinos qué plan tienes. Lo que sea que tengas que decirme puede esperar”, dijo Estévan convencido de sus palabras. “Me parece bien, entonces vamos a trazar las rutas de acción y a repartir las tareas. debo advertirles que lo que estamos a punto de emprender, supera a todo lo que hayamos hecho con anterioridad”, contestó el Gato con algo de solemnidad. Juntaron las sillas alrededor de la mesa de sala, procurando dejar un espacio para Luis, que no tardaría en aparecer; todos apuraron las tabletas electrónicas y abrieron las aplicaciones que les serían de utilidad.

De inmediato aparecieron mapas, tiendas de electrónica, proveedores de afeites para teatro, instrumentos para alpinismo y renta de vehículos mientras de la pared principal, bajaba una pantalla que se dividió en el número de secciones igual al número de tabletas conectadas a la red. Contrastaron información que, como siempre, coordinó Saúl; Ruth se encargó de los vestuarios y el Gato daba los detalles sobre el tiempo que invertirían en cada etapa del plan; todos confiaban en que cada uno cumpliría su parte, incluido el hijo del magnate que, a la vista, parecía el más entusiasmado en participar en una de las legendarias operaciones de tan singular grupo, a pesar de que tal acción iría en contra de los intereses de su propia familia, lo que podría costarle un desconocimiento por parte de Emilio Corcuera.

Los días en que la policía se mantuvo despistada, pudieron preparar los insumos con toda tranquilidad; lo que debían adquirir estaba almacenado en los distintos puntos de la ciudad en los que tendrían acción, cada uno estratégicamente ubicado para que no representara un obstáculo por si tenían que salir de prisa o si la policía estuviera cerca, porque lo estaría, eso era seguro. El Gato contaba siempre con la tenacidad de Sergio, en cada uno  de sus encuentros, aquel había dejado patente que el parentesco no era impedimento para impartir justicia y que lo mismo le daba atraparlo por delitos corporativos o por asesinato. Eso último no lo entendía, se había asegurado de dejarle claro que él no había matado a nadie, que por el contrario, se había dedicado a desenmascarar delincuentes. Continuará.

Beto

martes, 20 de diciembre de 2022

La familia Grande 103a. entrega

“Luis, tú y yo ya estamos al borde
de la jubilación”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “Claro que sí, las muchachas se reparten la responsabilidad de compilar esa información. ¿Cómo dices que se llama tu madre?” El volumen de la voz de Efraín se había vuelto casi imperceptible, como queriendo que el sonido no viajara más allá de las paredes que los envolvían. Efraín se levantó de su asiento, dio unos pasos en dirección de la puerta. “Necesito sacar algunos datos, ¿te parece si continuamos con esto después?” “Pensé que te urgía que aclaráramos todo ahora mismo”. “Créeme, a mí ya me ha quedado claro. Por favor, dile a Saúl que venga”. Estévan salió intrigado, pensando que quizá le había dicho algo indebido o que le molestara; decidió a que él mismo le informara lo que deseaba hacer y no caer en especulaciones que a nada le llevarían, le hizo una señal a Saúl y éste respondió de inmediato.”

“¿De qué deseas que hablemos?” Saúl interrumpió los pensamientos de Efraín, que tenía la mirada puesta en un punto indefinido del cuarto. “Siéntate, lo que voy a decirte hará que te vayas de espaldas”. La expresión de Saúl cambió aunque se mantuvo tranquilo al observar que la de su amigo no era de alarma. “¿Recuerdas la vez en que tuve que ausentarme por tres meses seguidos?” “Hace ya un buen tiempo pero sí, lo recuerdo”. “¿Recuerdas también que a mi regreso me dijiste que había cambiado?”. “Claro, tenías una expresión como la que ahora tienes. En ese momento no pude descifrarla, como se me imposibilita hoy. Entonces no quisiste decirme qué te pasaba”. “Ni a nadie se lo dije, debí guardar el secreto para no poner en riesgo a una mujer muy especial, pero ahora las cosas han cambiado”.

“¿El nombre de Isabel Rivadiego, te suena?” “Realmente no, ¿quién es? ¡Espera! En el tiempo que mencionas conociste a una Isabel, ¿no?” “Así es, pasé con ella los días más felices que pueda recordar, hasta que una mañana fui a buscarla a las cabañas donde se hospedaba con su familia y ya no la encontré. Iba a pedirle que se casara conmigo, aunque sabía que sus padres estarían en contra pues yo no representaba un real porvenir para su única hija”. “¿Qué hay con ella, por qué recordarla ahora?” “Al parecer Isabel Rivadiego no es otra que María Corcuera, la madre de Estévan”. “Eso sí que es una sorpresa, pero no veo la relevancia”. “Isabel me había dicho la noche anterior a su partida que tenía algo importante que decirme, ¿atas los cabos?” “No puedes pensar en serio que ese muchacho...”.

“Eso explicaría el porqué su padre quiere desaparecerlo, más allá del interés por la herencia”. “Es cierto, la simple ambición no explica el problema y, si la lista tiene algo de coherencia, todo encaja, incluso la vehemencia con la que nos ha perseguido todo este tiempo”. A Saúl le quedó claro entonces el porqué la simpatía repentina de su amigo con ese joven qe al principio no era más que otro trabajo. En un tono burlón la preguntó: “¿Acaso crees en el llamado de la sangre?” “Ja, ja, ja, no lo sé, pero he de confesarte que llevo días teniendo un pensamiento recurrente que tiene que ver con la sucesión en el mando de este grupo. Luis, tú y yo ya estamos al borde de la jubilación y nos caerían bien unas vacaciones ¿no crees?” “Eso es seguro”, afirmó Saúl categórico. Continuará.

Beto

martes, 13 de diciembre de 2022

La familia Grande 102a. entrega

“Sé lo que piensas y no tienes
que preocuparte por mí”. Foto: BAER

Irapuato, Gto. “He estado recordando algunos episodios en los que nuestra seguridad, me refiero a Luis, Saúl y mía propia y todo me remite al movimiento estudiantil”, la reflexión no sorprendió a Saúl y Ruth se limitó a seguir escuchando “Con base en ello, el único nombre que tiene sentido es el de Emilio Corcuera. Hasta hace algunos meses no habría reparado en él pero lo acentuado de las persecuciones y el trabajo que nos encargó conectan de manera casi perfecta”. Sus amigos esperaron unos segundos en total silencio, esperando quizás instrucciones o un plan de ataque que les librara de la presión; si estaba seguro de que el actual patriarca de los Corcuera era el responsable, sólo tenía que buscarse la manera de hacerle pagar por todo, claro, estaba el detalle de Estévan quien quizá se convertiría en un obstáculo.

“Sé lo que piensas y no tienes que preocuparte por mí”, la voz del joven heredero de los Corcuera sonó a su espalda como una promesa de lealtad inesperada para la mayoría de los presentes, pero no para el Gato. “Ya no podemos postergar nuestra plática”, dijo Efraín mirándolo fijamente a los ojos. Desde ese momento surgió entre los dos hombres una complicidad que estaría a prueba posteriormente, pero que afianzaría lazos que ninguno había contemplado; con una señal, el Gato le indicó al joven que lo siguiera hasta lo que parecía ser su despacho, un cuarto amueblado de manera minimalística, pero con todo lo necesario para funcionar. Pidió a los demás que no fueran molestados a menos que se presentara la policía y en seguida, cerró la puerta tras de sí; pidió a Estévan que se sentara donde gustara y él se fue hacia su escritorio.

Una vez instalados, las palabras fueron fluyendo de manera cordial, como si se tratara de un par de amigos que se reencontraban después de un largo tiempo; a medida que pasaban los minutos, a ambos empezaban a esclarecerse aspectos del “trabajo” que ignoraban desde la perspectiva del otro. “Entonces, dices que encontraste algo turbio en las negociaciones que hacía tu padre en Europa”. ¿Pensaban hacer algo al respecto?” “Nada que no fuera totalmente legal; pensar en tomar esa decisión me dolió mucho, pero no puedo permitir que ponga en riesgo las empresas que tanto trabajo le costó fincar a mi abuelo, con todo y que se afirme que no lo hizo de la manera más legal”. “Algo de eso tengo entendido, pero aún me parece curioso que hayas tomado la decisión sin antes conciliar con él. Algún motivo debió tener”.

“Eso sin duda, pero no creo que tenga las mejores intenciones”. El desencanto volvió a ensombrecer el rostro de Estévan, a la vez que daba todo lo que para él significaba información importante. “Recuerdo que desde niño, a mi padre sólo le interesaban dos cosas, el trabajo y consentir a mis primos, los hijos de mi tío Vicente. No sabría decirte la razón, quizá sólo sean alucinaciones mías, aunque tampoco recuerdo que haya sido especialmente atento y cariñoso con mi madre. Yo pensaba que tanta resignación era propia de una buena esposa educada en el seno de una familia católica, como eran los Rivadiego”. “¿Cómo, qué apellido dijiste?” “Rivadiego, ¿por qué la extrañeza? ¿Acaso antes no se enteraban de los casamientos por conveniencia? El Gato se quedó de una pieza, con la mirada extraviada. Continuará.

Beto

martes, 6 de diciembre de 2022

La familia Grande 101a. entrega

“Esos pensamientos lograron sacarle una sonrisa”
 Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Desde ese momento, la salud de Carlota comenzó a deteriorarse, una ligera punzada en el pecho el día del entierro de Sofía fue agravándose conforme pasaban los días. don Efraín no tenía una idea clara de lo que tenía que hacer para que su mujer se sintiera mejor y aún tenía que consolar a Laura para que ésta recuperara la confianza. En su cabeza había mil conjeturas, más o menos entendía la muerte de Teresa por lo riesgoso de su trabajo, pero Sofía no había hecho mal alguno, la suya parecía una muerte absurda, sin sentido; por su lado, el Gato se hacía las mismas preguntas que su padre y en el fondo sentía que lo culpaba por sus acciones en el sesenta y ocho, pista que comenzaba a considerar pero que aún no encontraba liga que fuera coherente.

Se prometió averiguar todo lo relacionado con la muerte de sus hermanas, aunque eso le llevara toda la vida, pero sabía que no lo lograría sin ayuda por lo que convenció a sus amigos que juntos formaran la agencia que a la postre les haría ganar lo suficiente a la vanguardia del espionaje industrial y, por ende, con la posibilidad de atrapar al o a los culpables. Y ahora todos los involucrados estaban escondiéndose de la policía, la vida a la que los había arrastrado lejana estaba de ser apacible; nunca ninguno de ellos se quejó pero sabían que nada de las emociones que les proveía su trabajo iba a compensar el que no tuvieran la oportunidad de formar una familia normal, bueno quizá Lina que parecía muy interesada en que a Estévan Corcuera nada malo le pasara.

Esos pensamientos lograron sacarle una sonrisa dado que en su cabeza comenzaba a tomar forma un pensamiento que no parecía del todo descabellado, aunque primero, estaba el hecho de que aún no tenía las pistas claras ni las pruebas necesarias para señalar a un responsable de su situación, pero entendió que mucho obtendría teniendo una plática muy seria con el joven empresario. Por supuesto, las sospechas sobre su hermano Sergio quedaban sólo en la parte operacional, no, él no se mandaba solo, alguien más estaba detrás y era ya urgente averiguar quién era. “Déjame ver otra vez la lista”, dijo con tono firme, como si sólo fuera a reafirmar una sospecha. “¿Ya se levantó Estévan?”. “Al parecer sí, lo sé porque su estrecha vigilante no estaba en su cama cuando fui al cuarto”.

La respuesta de Ruth volvió a hacer que una leve sonrisa apareciera en el rostro de Efraín, por supuesto que entendió la razón aunque estaba muy lejos de sospechar hasta dónde llegaban las intenciones de su socio, pero en ese momento su atención estaba en resolver algo que ya tenía a todos muy molestos. “Olvidémonos de Sergio, él sólo es un soldado que sabe quiénes somos pero que, como es muy respetuoso de las formas, no se atreverá a quebrantar la ley nada más por echarnos el guante. De los otros tres nombres, uno está también en la mira del gobierno desde hace dos décadas y el otro, aunque es muy listo para manejar sus asuntos desde el extranjero, no podría interesarse en nosotros pues nunca lo hemos tocado en realidad, ni creo que tenga una mente tan retorcida”. Continuará.

Beto

martes, 29 de noviembre de 2022

La familia Grande 100a. entrega

“Doña Carlota fue la primera en extender
sus brazos a Laura”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Un pequeño quejido puso en alerta al matrimonio Ramírez, Laura parecía despertar del letargo en el que había estado por dos semanas, la señora la detuvo por los hombros en su intento por levantarse. “Espera, no te muevas. Aún estás delicada, debes recuperar las fuerzas y ya después harás lo que creas conveniente”. “Mi, mi hermana. ¿Dónde está?” “Lo siento, no sé a qué te refieres; cuando mi esposo y yo decidimos regresar por ti, sólo estabas tú, nadie más”. “Deben encontrarla, la secuestraron junto conmigo...”. “Calma, te prometo que averiguaremos qué le pasó, aunque insisto que contigo, nadie estaba”. La angustia se agolpaba en los ojos de Laura que no daba crédito a lo que les había pasado a Sofía y a ella y lamentaba el hecho de no haberla protegido.

“Si no hemos dado parte a la policía de que tenemos a esta muchacha, ¿cómo vamos a explicar que, según ella, estaba acompañada por otra? Preguntó a su mujer el señor Ramírez. “Yo creo que debemos dejar que se recupere y después interrogarla para saber qué le pasó, si tiene familiares y cómo podemos contactarlos”, respondió la mujer tratando de mantenerse ecuánime. Laura volvió a caer en un sueño profundo, signo de que su cuerpo estaba tratando de recuperarse; pasaron algunos días sin que hubiera vuelto a pronunciar palabra en los lapsos en que se mantenía despierta, sólo atinaba a agradecer con una inclinación de cabeza las atenciones de que era objeto por parte del matrimonio, que prefirió respetar su silencio.

El periódico local publicó la nota en la que relataba el encuentro casual que habían tenido dos exploradores en la zona con el cuerpo de una mujer joven, con señales de tortura, sin credenciales que la identificaran, los Ramírez se vieron a los ojos sabiendo que esa mujer era la que Laura había mencionado. Con todo el tacto del que fueron capaces se lo notificaron y las lágrimas brotaron abundantemente contagiando al matrimonio que se ofreció a acompañar a la muchacha a realizar los trámites que tuviera que hacer para recuperar el cadáver. Hasta ese día, después de casi un mes de su secuestro, Laura no había hecho contacto con su familia, quizás una amnesia temporal, posiblemente la vergüenza de haber sido ella la que sobreviviera, no mencionó a los Ramírez nada de ellos.

Obviamente, los Grande se pusieron como locos al no saber de sus hijas por tanto tiempo, fueron a todas las delegaciones, visitaron los hospitales sin resultado alguno; la noticia de que habían descubierto a una mujer joven muerta en una zanja les hizo pensar lo peor, pero de alguna manera quitaba la incertidumbre que hacía más grande sus dolor; nadie hubiera sospechado que el ir a identificar el cadáver significaría una de las últimas salidas de doña Carlota, quien fue la primera en extender los brazos a Laura en la morgue, rompiendo ambas en llanto, una solicitando un perdón y la otra aliviada por, al menos, recuperar a una de sus hijas. Los trámites fueron relativamente rápidos y los Ramírez permanecieron con ellos todo el tiempo. Continuará.

Beto

martes, 22 de noviembre de 2022

La familia Grande 99a. entrega

“Al llegar la mujer con lo que había preparado,
se dispuso a limpiar a la chica”. Foto: BAER
Irapuato, Gto.- Conforme se acercaba el otro carro, el captor fue ocultando con ramas el cuerpo de Laura hasta hacerla parecer un arbusto más, en seguida tomó la lámpara y se metió debajo de la camioneta fingiendo que arreglaba la dirección; el vehículo se estacionó justo detrás y descendieron dos personas, posiblemente un matrimonio que solícitos le preguntaron si estaba en problemas. “Buenas noches, gracias. No parece serio. Parece que topé con una piedra, pero sólo fue el golpe”. “Si desea que le ayudemos o lo llevemos a algún lado, sólo pídalo”. “No se preocupe, no pienso seguir, creo que de aquí me regreso a la ciudad. De cualquier manera se los agradezco”. Los señores no se movieron, como esperando que ese extraño cambiara de opinión, lo que obligó al hampón a treparse y encender la camioneta.
Avanzó de regreso unos metros, despacio para poder ver que esos dos también se alejaran del lugar, lo que ocurrió unos segundos después; aliviado, el sujeto decidió dejar todo como estaba para no arriesgarse a ser identificado. Nunca contó con que la pareja regresaría minutos después, ya que se habían percatado de que no correrían peligro; una mano había asomado cuando se acercaron, pero prudentemente no hicieron comentario alguno y regresaron para cerciorarse de lo que habían visto. Laura estaba inconsciente pero viva, así que la subieron como pudieron a su vehículo y decidieron que darían parte a las autoridades una vez que estuvieran a salvo en su casa. Durante el trayecto, el hombre iba atisbando por el retrovisor por si eran seguidos.
Al llegar a su casa, la señora de inmediato se puso a calentar agua, alistó unas toallas y buscó una serie de frascos que guardaba en la alacena, su marido mientras tanto, verificó el estado de la muchacha una vez que la recostó en una recámara que parecía haber pertenecido a otra persona. Los adornos y los cuadros colgados en las paredes indicaban que su anterior ocupante era una mujer joven acostumbrada al trabajo intelectual y a una disciplina férrea, el toque femenino lo daban el delicado gusto por los muebles y el olor a jazmín que emanaba de un aromatizador que estaba en un buró; al llegar la mujer con lo que había preparado, se dispuso a limpiar a la chica, por lo que ordenó a su marido que abandonara el cuarto, el pudor de la época no permitía hombres presentes ante una mujer desnuda.
Pasaron varios días en los que el matrimonio cuidó de Laura, temían que la inconciencia en la que se encontraba se tratara de un coma, por lo que el señor Ramírez, agente de seguros retirado y dedicado a una pequeña granja que mantenía junto con su esposa, apuraba a que dieran parte a la policía, a lo que ella se opuso determinantemente, tratando de calmar los temores de su marido de que la muchacha fuera una delincuente a la que le habrían cobrado alguna deuda; “Usted no tiene de qué preocuparse, Ramírez, la muchacha no parece ser mala. Fíjese en su ropa, a pesar de lo maltratada que la tenía, es de alguien que cuida su apariencia”, dijo la mujer con una sonrisa dibujada en los labios, segura de que su juicio no le fallaba, como nunca le había fallado. Continuará.
Beto

martes, 15 de noviembre de 2022

La familia Grande 98a. entrega

“Las luces de otro vehículo iluminaron el lugar”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La faena se repitió una y otra vez, Sofía inútilmente intentaba zafarse pero su resistencia sólo enardeció a quienes la golpeaban sin piedad; tal era su desesperación que sacó fuerzas de la nada y dio un empellón al que tenía más cerca, enfurecido por el arranque de la muchacha pero más por la burla de la que fue objeto por parte de sus compañeros, tomó a Sofía por el cabello y le propinó un puñetazo en la cara que hizo que la mujer se tambaleara u fuera a caer de espaldas al filo de una caja de madera a un metro de distancia golpeándose la nuca. Su muerte fue instantánea, de pronto estallaron todos en insultos y reclamos porque ya no tendrían en qué “entretenerse”. “Ahora tú las preparas para que temprano vayas a tirarlas al relleno”, sonó lo voz del que parecía dar las órdenes.

A regañadientes, el sujeto tomó a Sofía de una mano y la llevó arrastrando a la parte trasera que parecía ser una bodega, allí ya estaba Laura en el piso en posición fetal, inmóvil y rodeada de un líquido posiblemente agua, que les habría servido como conductor de la electricidad que utilizaron para torturarla. Ambos cuerpos tuvieron que esperar a que el hampón los subiera en una camioneta, los tapara con unos sacos de azúcar y enfilara rumbo a la carretera a Cuernavaca; una fila de automóviles hacía pesado el tránsito que se agilizaba un poco cuando de pronto uno de ellos desaparecía en alguno de los moteles que había a un lado del camino; la camioneta avanzó más allá de esos establecimientos para salir por un camino vecinal, el paisaje cambió de pronto.

El anochecer y la distancia hacían que las luces se volvieran más tenues, la tierra cubrió por completo a la camioneta lo que hizo difícil el observar el camino; avanzados unos metros, algo en la dirección tronó como si se hubiera roto, como no había un espacio adecuado para estacionarse, como pudo el conductor paró cerca de un montículo de piedras. Bajó a revisar lo que había hecho ese ruido y cuando rodeó el vehículo para buscar una lámpara debajo del asiento del copiloto, resbaló y por poco cae en lo que parecía un barranco; como pudo se sostuvo de la manija de la portezuela, metió la mano donde suponía que se encontraba la lámpara y una vez encendida se dio cuenta que, efectivamente estuvo a punto de caer por una pendiente y que la dirección no resistiría que avanzara más por ese camino.

Maldiciendo su suerte, pero al mismo tiempo agradeciendo que estuviera cerca de un desnivel ya a oscuras, se dispuso a abandonar los cuerpos en ese lugar, esperando que nadie los encontrara hasta después de un buen tiempo; tomó primero a Laura y la colocó a un lado de la rueda trasera, después a Sofía la bajó unos metros con el fin de rodarla cuesta abajo para que no quedaran juntas. El cuerpo inerte de la muchacha no puso resistencia al terreno y rápido se perdió en la oscuridad, al regresar por Laura, notó que no estaba exactamente como la había dejado, pero lo atribuyó a que lo pulido de los rines nuevos pudo haber hecho que resbalara, así que la cargó y cuando estaba a punto de tirarla al vacío, las luces de otro vehículo iluminaron el lugar, por lo que sólo atinó a colocarla en el suelo. Continuará.

Beto

martes, 8 de noviembre de 2022

La familia Grande 97a. entrega

Irapuato, Gto.- Su primera reacción fue la de negarse con cualquier pretexto, cosa que un experto en relaciones comerciales destrozó de inmediato con argumentos sencillos pero convincentes. “No pueden rehusarse después de la hospitalidad de mis muchachas, a ellas les encantaría compartir la mesa con ustedes”. “¡Ah! Comeríamos con ellas”. “Claro, tenemos la costumbre de hacerlo de esa manera para reforzar lazos y ahorrarnos tiempo. Además, estamos estrenando cocinera”. “¿Qué pasó con la anterior?” preguntó Laura con tono inquisidor. “No piense mal, sólo se jubiló, ya era una persona grande, pero me cuentan que capacitó muy bien ala nueva, así que no perderemos en sazón”, dijo el gerente con aire de suficiencia. Las dos muchachas terminaron por aceptar así que siguieron al gerente hasta el comedor.

Departieron cómodamente, hablaron sobre los planes que tenían cada uno y a qué aspiraban en lo personal, Sofía se mostró muy emocionada cuando el gerente por fin le confió la idea que tenía con respecto de la capacitación a la que pensaba introducir a su personal y en la cual ella estaba contemplada, tal fue la alegría que ni siquiera puso atención en el plato de lentejas que le sirvieron y engulló con fruición, alimento que supuestamente no le gustaba. Laura también se mostró contenta por ella, al grado de que no paraba de hablar una vez que se despidieron de las trabajadoras y del gerente al término de su ejercicio, tal era su entusiasmo que no se dieron cuenta de que un automóvil se les acercaba lentamente, dos tipos se bajaron de él y las tomaron por la cintura metiéndolas en la unidad.

Debieron pasar aproximadamente dos horas entre insultos y amenazas en las que cuatro voces se alternaban para golpearlas en el estómago y en las piernas, ellas no podían hacer otra cosa más que doblarse del dolor y tratar a ciegas de cubrirse la cara. Debido a que las vendaron de los ojos, no pudieron ver las caras de sus captores; después de ese tiempo, el carro se detuvo, pitó y una puerta metálica se abrió, el ruido de un riel terminó por aterrar a las mujeres que ni siquiera habían podido suplicar por sus vidas. “¿Dónde estamos?”, preguntó Sofía aún sin entender lo que pasaba. “Te hemos dicho que te calles; ésta es su última parada”. Laura empezó a temblar cuando dos pares de manos la tomaron por los brazos y la llevaron casi en vilo hasta azotarla en una pared.

Allí comenzó un interrogatorio despiadado con gritos, golpes en la cabeza, toques eléctricos y chorros de agua, pero ella simplemente no podía contestar porque no sabía de qué estaban hablando; desde el carro, Sofía escuchaba sus gritos y a su vez, levantaba la voz para que la dejaran en paz, de pronto todo ruido cesó, el lugar se cubrió con un silencio mortuorio hasta que una voz ordenó: “ésta ya no va a hablar, llévensela a la parte  de atrás, ya mañana vemos en dónde la tiramos”. La sangre se le bajó a los pies a Sofía que pensó lo peor y con la rabia contenida desde el primer minuto de su rapto, comenzó a maldecir a sus captores, lamentando en el fondo haber convencido a Laura de que la acompañara. “Tráete a ésa, aquí le voy a quitar lo sabrosa”. Continuará.

Beto

martes, 1 de noviembre de 2022

La familia Grande 96a. entrega

“Las dos mujeres no se dieron cuenta
del paso del tiempo”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Con todo y que esa infraestructura funcionaba como reloj, no pudieron evitar la desaparición de Sofía y Laura por varios angustiosos días; la casa de los Grande era un manicomio puesto que la menor de sus hijos no podía tener un destino tan incierto, A sus veintiún años era una alumna destacada de la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, activista por los derechos de la mujer que aún tenía muy presentes los acontecimientos del ‘68, movimiento al que su madre se opuso a que participara de ninguna manera porque “una mocosa de quince años nada tenía que hacer en esos chismes”, además, solía conformarse con las historias que les contaba el Gato. En el séptimo semestre de la carrera se propuso investigar sobre las condiciones laborales de las mujeres obreras y su proyección en tiempos electorales.

Con el arrojo característico de una Grande, buscó qué fábricas podrían ser su objeto de estudio y dio con varias que contrataban obreras en el ramo del hilado; una en particular, con varios años en el negocio, se ubicaba en la zona de Iztapalapa, en la calle Albert en el número 236, sólo tenía el inconveniente de que trabajaba un turno y cerraba a las cuatro de la tarde, así que tuvo que faltar a algunas de sus clases un día en que Laura también pudo safarse de sus obligaciones; llegaron al lugar en la ruta que llevaba poco de transitar por esos rumbos a la hora que le había fijado el gerente de la empresa. Las recibió con una sonrisa amable pero que se notaba que era ensayada para recibir a sus clientes y sin empacho en mostrarles las instalaciones incluido el taller.

A éste le había impresionado el historial académico de Sofía, tenía la costumbre de solicitarlo a todos los estudiantes que pidieran visitar sus instalaciones pues con ellos podía darse una idea del tipo de personas con las que trataría y ¿por qué no? tener oportunidades de hacerse de nuevo y mejor personal. Lo que más le llamó la atención fue que ella hubiera anotado su participación en la radio de la universidad, tanto en la producción como en la conducción de un programa sobre l a defensa del trabajo, claro que no le interesaba contratar a alguien que le fuera a alborotar a sus trabajadores, pero sí solicitarle alguna plática para su personal administrativo que les ayudara a tener un trato acorde a la ley y con el personal operativo, algo que le plantearía en la primera oportunidad que se le presentara.

La visita fue muy cordial, las costureras e hiladoras tenían en buen concepto a la empresa; tanto Sofía como Laura estaban conscientes de que estarían allí por un buen rato ya que debían aplicar la encuesta incluso después de la hora de comida. Era admirable ver esas manos manipulando la máquinas que giraban los conos receptores a una velocidad vertiginosa, los colores cambiaban como en una coreografía para un musical de Broadway; hilos y más hilos corrían de un carrete a otro y luego a cajas con la exactitud propia de un genio matemático. Hipnotizadas por tal derroche de habilidad y concentración, las dos mujeres no se dieron cuenta del paso del tiempo ni de la cantidad de hojas que habían llenado, hasta que recibieron la invitación a comer del gerente. Continuará.

Beto

martes, 25 de octubre de 2022

La familia Grande 95a. entrega

“Al poco tiempo pasaron a una flotilla de cuatro”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Jacinto seguía asistiendo a los partidos de fútbol aunque ya no jugara, aprendió en un curso por correspondencia a aplicar masajes deportivos, así que ofrecía sus servicios no sólo al equipo donde solía jugar, sino a todos los de la liga y el “Pichirilo” vino a facilitarle las cosas puesto que con él, no tendría objeción en cargar los linimentos ni las pomadas para tal efecto. En uno de esos juegos el hijo del jefe de Tránsito sufrió una falta que se vio muy aparatosa, una patada en la pierna de apoyo en el momento en que iba a disparar a puerta, el tobillo se le hinchó de inmediato y ya no pudo ponerse en pie. De inmediato pidieron que lo atendiera “el masajista”, que no era otro que Jacinto, quien con la experiencia adquirida en el terreno, se dio cuenta de que eso requería atención médica.

El hospital lucía repleto, varios médicos y enfermeras corrían de un lado a otro tratando a varios accidentados de un choque automovilístico en la carretera México-Puebla a la altura de Río Frío; al parecer a un camión de carga se le chorrearon los frenos y fue a darle alcance a otro de pasajeros, ambas unidades volcaron dejando un total de treinta y dos heridos y dos muertos, así que debieron esperar aproximadamente dos horas para que los atendieran. Se les acercó una trabajadora social y después de llenar unas formas, les pidió que esperaran otro poco a que se desocupara un médico, lo que aprovechó Jacinto para hacer plática y sondear un poco con quién estaba tratando. Una vez que lo supo, agradeció que el “Pichirilo” no le fallara en el transcurso del campo al hospital.

El parte del accidente no especificaba cómo se había dado la falla mecánica, sólo se limitaba a ofrecer una descripción general de los hechos; durante su plática, Jacinto pudo enterarse de cómo el muchacho se había interesado por jugar fútbol, de qué artimañas se había valido para que su papá patrocinara al equipo y de cómo influían para que siempre les apartaran las mejores canchas para jugar. Por su parte, el futuro empresario del transporte de alquiler le contó su tragedia y qué le motivó a dedicarse al masaje deportivo, así como su interés en hacerse de varios carros para fincar su compañía de taxis. Las formas y el aire de honradez de Jacinto despertaron la simpatía del hijo del funcionarios que le prometió ver la manera de hacer que sus planes se cumplieran, si estaba dispuesto a tener un socio.

Las negociaciones no tuvieron mayor dificultad y se cerraron con un simple apretón de manos porque si algo caracterizaba a los Grande y a los niños criados por ellos, era el sostenimiento de su palabra. No tardaron en ver los frutos de su trabajo, al poco tiempo, de un carro de sitio, pasaron a una flotilla de cuatro y en dos años ya tenían copada una parte del sector sur de la ciudad, algo que a la agencia fundada por Efraín, Luis y Saúl les benefició en gran medida por la facilidad que les representaba el mover ágilmente el equipo y personal y, sobre todo, la discreción con la que llevaba a cabo cada misión al mismo tiempo que mantenía al tanto de cualquier menester a su socio y a su hermano. Continuará.

Beto

martes, 18 de octubre de 2022

La familia Grande 94a. entrega

“En el fútbol había conocido al hijo
del jefe de Tránsito”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Los primeros en morir fueron los de su sangre en un orden cronológico estricto como para hacerle ver que su vida sólo serviría para lamentar sus decesos, en accidentes extraños y fuera de contexto, con un cuidado y precisión quirúrgicos, lo que le había impedido averiguar quién estaba detrás de todo. La muerte de Teresa había quedado totalmente en manos de las autoridades, por lo que la información al respecto fluía de manera lenta hasta que se empantanó de tal forma, que llegó el día en que se archivó y nada pudieron hacer; fue a partir del choque en que perecieron Juan y Mariano que Efraín comenzó a involucrarse en las averiguaciones, tratando de ubicar los hechos que le llevaran a esclarecer el porqué estaban sucediendo esos eventos.

“Repasemos qué estaban haciendo tus hermanos el día del accidente”, dijo Ruth con el mismo interés que si los hubiera conocido. “Habían asistido a un partido de fútbol; estaban muy interesados porque irían unos visores de la primera división a buscar jugadores”, dijo Efraín pero fue interrumpido por Jacinto. “Lo recuerdo, yo no pude jugar ese día por una infección intestinal, aunque sí asistí”. “Y según este reporte, te regresaste en la misma camioneta que ellos”, afirmó Ruth con autoridad. “Es cierto, nada más que yo venía en la cabina y ellos en la parte de atrás que, como estaba destapada, al momento del impacto, fue la causa de que salieran volando junto con otros miembros del equipo”. “Nunca se explicó cómo fue que dos de las llantas explotaran antes de que se estrellaran con esa barda.

“Fue inevitable, quien manejaba no tuvo oportunidad de controlar el vehículo; al menos pudo evadir a los coches que circulaban cerca”, logró decir el Gato con un nudo en la garganta. “Y por suerte, tú no pereciste también”, continuó sinceramente conmovido. “Pero me dejaron este recuerdito para toda la vida”, contestó Jacinto señalándose la pierna. Desde aquel día había cojeado ligeramente de la pierna derecha, producto de una fractura en la rótula y ruptura de ligamentos que no lo dejaron inválido, pero sí lo alejaron para siempre de las canchas, así que su sueño de ser jugador profesional, al igual que el de sus hermanos, se vio trunco y como había abandonado la escuela, no tuvo más remedio que buscarse empleos de medio pelo para empezar.

Hasta que vino el Gato a proponerle que se hiciera cargo de sus traslados por tierra en la ciudad de México; comenzaron con un pequeño Renault 8 que apodaron “El Pichirilo” por las condiciones en que lo adquirieron y, a pesar de que solía dejar de funcionar en ocasiones, le tomaron mucho aprecio por ser el primero que compraron con su dinero; para ese tiempo era poco común que un servicio de taxi se ofreciera en una unidad de tal índole, plan que Jacinto tenía como muy seguro gracias a que en el fútbol había conocido al hijo del jefe de Tránsito capitalino y le había brindado su amistad por un favor otorgado, así que quedaba conseguir otro carro para ponerlo a trabajar con todas las de la ley, oportunidad que se les presentaría precisamente por esa relación. Continuará.

Beto

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