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| “Sé lo que piensas y no tienes que preocuparte por mí”. Foto: BAER |
“Sé lo que piensas y no tienes que preocuparte por mí”, la voz del joven heredero de los Corcuera sonó a su espalda como una promesa de lealtad inesperada para la mayoría de los presentes, pero no para el Gato. “Ya no podemos postergar nuestra plática”, dijo Efraín mirándolo fijamente a los ojos. Desde ese momento surgió entre los dos hombres una complicidad que estaría a prueba posteriormente, pero que afianzaría lazos que ninguno había contemplado; con una señal, el Gato le indicó al joven que lo siguiera hasta lo que parecía ser su despacho, un cuarto amueblado de manera minimalística, pero con todo lo necesario para funcionar. Pidió a los demás que no fueran molestados a menos que se presentara la policía y en seguida, cerró la puerta tras de sí; pidió a Estévan que se sentara donde gustara y él se fue hacia su escritorio.
Una vez instalados, las palabras fueron fluyendo de manera cordial, como si se tratara de un par de amigos que se reencontraban después de un largo tiempo; a medida que pasaban los minutos, a ambos empezaban a esclarecerse aspectos del “trabajo” que ignoraban desde la perspectiva del otro. “Entonces, dices que encontraste algo turbio en las negociaciones que hacía tu padre en Europa”. ¿Pensaban hacer algo al respecto?” “Nada que no fuera totalmente legal; pensar en tomar esa decisión me dolió mucho, pero no puedo permitir que ponga en riesgo las empresas que tanto trabajo le costó fincar a mi abuelo, con todo y que se afirme que no lo hizo de la manera más legal”. “Algo de eso tengo entendido, pero aún me parece curioso que hayas tomado la decisión sin antes conciliar con él. Algún motivo debió tener”.
“Eso sin duda, pero no creo que tenga las mejores intenciones”. El desencanto volvió a ensombrecer el rostro de Estévan, a la vez que daba todo lo que para él significaba información importante. “Recuerdo que desde niño, a mi padre sólo le interesaban dos cosas, el trabajo y consentir a mis primos, los hijos de mi tío Vicente. No sabría decirte la razón, quizá sólo sean alucinaciones mías, aunque tampoco recuerdo que haya sido especialmente atento y cariñoso con mi madre. Yo pensaba que tanta resignación era propia de una buena esposa educada en el seno de una familia católica, como eran los Rivadiego”. “¿Cómo, qué apellido dijiste?” “Rivadiego, ¿por qué la extrañeza? ¿Acaso antes no se enteraban de los casamientos por conveniencia? El Gato se quedó de una pieza, con la mirada extraviada. Continuará.
Beto

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